De las extrañas comunicaciones entre las almas

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La historia de Todas las almas es el relato de una perturbación, pasajera y leve, pero que ha dejado en el narrador (quien es llamado N. a falta de otro nombre) una huella indeleble que él se esfuerza por mitigar. Desde un tiempo presente en que está casado en Madrid y con un hijo recién nacido, N. hace un ejercicio de memoria de su estancia en la ciudad de Oxford, a la que llegó como profesor visitante de español para una estancia de dos años, ciudad que parece propiciar un peculiar modo de existencia por el que se le da preponderancia al “estar” sobre el “actuar.” Para N. vivir en Oxford es estar “fuera del mundo,” y todos sus habitantes en mayor o menor grado parecen sufrir de una perturbación. Así, la vida de académicos como Alec Dewar, el Matarife, es más una vida imaginada, una sombra de vida, que una vida real… N. es capaz, sin embargo, de ofrecer una perspectiva crítica hacia su propia perturbación durante el conjunto de su estancia en Oxford. Esta peculiar afección se ve incrementada por el conocimiento de que nadie allí le ha conocido en su infancia ni en su juventud, y también, especialmente durante la primavera, por la calidad inmutable de la luz de Oxford en los días más largos. Pero precisamente este desligamiento de la ciudad de Oxford le libera de cualquier sentimiento de responsabilidad. Al comienzo de su etapa allí es consciente de que cuando regrese a su ciudad, Madrid, su vida recuperará la estabilidad y la sustancia; Oxford es meramente “territorio de paso.” Pero su estancia va a ser lo suficientemente larga para que sienta que necesita procurarse un amor para ese tiempo.

Es así que primeramente se fija en una muchacha que conoce en la estación de tren de Didcot, en un trasbordo, y a la que durante una temporada, antes de conocer a la que sería su amante en Oxford, Clare Bayes, busca sin muchas esperanzas recorriendo las calles de la ciudad. Pero su primer encuentro con Clare Bayes durante una cena formal en un college saca a la muchacha de Didcot de su cabeza. En realidad necesita a una mujer que se conozca a sí misma y que sea capaz de otorgar significación a cada uno de sus actos. Pero durante cuatro semanas hacia el final de la estancia de N. en Oxford Clare se mantendrá alejada debido a que debe cuidar a su enfermo hijo Eric. Este tiempo será para N. el más duro de sobrellevar, sus vagabundeos por las librerías de viejo de Oxford en busca de volúmenes de autores raros como el galés Arthur Machen se intensificarán, y con ello su sentimiento de alienación y desconcierto respecto a sus verdaderos sentimientos hacia Clare y su propio lugar en el mundo. Precisamente, nos relata N., en la primavera Oxford se llena de mendigos también dados a vagar por las calles, como él, con lo que crece su pavorosa sensación de identificación con ellos.

Éste es sólo uno de los modos en los que la perturbación de N. toma forma. Lo cierto es que el nombre del college al que él y Clare están adscritos, All Souls – Todas las almas – sirve como enunciación del tema que da fondo a la novela. Se trata del tema de la capacidad de las almas de los vivos y los muertos para enredarse, entrar en contacto y sobreponerse unas a otras, compartir vivencias, sentimientos, dolor… por la que la vida propia de N., al entrar en esta dinámica en Oxford, ciudad preservada en almíbar, como ciudad muerta o ciudad de los muertos, le ocasiona el origen de su pasajera pero existente perturbación. Y es así que N. empieza a sentir cómo su propia alma empieza de alguna manera a diluirse, comienza a identificarse con las de los otros. Por ejemplo, en ocasiones le gusta ponerse en el lugar del marido de Clare Bayes. También ocurre que Will, el viejo portero de la Tayloriana, da en identificarle cada mañana con un profesor diferente de los que ha conocido en su larga vida trabajando en la institución, e incluyendo a un tal Mr Branshaw al que nadie nunca ha conocido. Pero su obsesión con la vida y el destino del poco conocido escritor Terence Ian Fytton Armstrong (“John Gawsworth”), para quien Machen redactó un prólogo, será una de las muestras más claras de su perturbación, y se convierte finalmente en clave principal de la novela. 

En un capítulo hacia el centro de la novela N. nos da cuenta de algunos datos sobre la vida de Gawsworth que le llaman poderosamente la atención, y complementa la información mostrándonos dos fotografías, una del Gawsworth vivo – aunque con cara de muerto, le parece a N. – y otra de la máscara mortuoria de Gawsworth. Es así que este enigmático autor es asociado al predominante tema de la muerte en la novela, y más específicamente al tema de la transmigración de las almas, pues el narrador frecuentemente siente que el alma y el destino – trágico y misterioso – de Gawsworth podrían apoderarse de sí mismo. ¿Qué ocurrió en el destino de Gawsworth que le haga ejercer una atracción tan magnética sobre N.? De una manera inesperada logramos terminar por adivinarlo. Y lo que nos ayuda es precisamente el conocimiento de esa fuerza transmigratoria de las almas, pues todas las almas están vivas: All Souls.

Sucede que durante una visita al emérito profesor retirado Toby Rylands, éste le habla, entre otras cosas, de la “sensación de descenso” que todos los hombres experimentan antes o después y que él comenzó a hacer suya hace cuarenta años. También le habla de su tiempo como espía para el servicio secreto británico, tiempo durante el cual tuvo lugar una experiencia que N. considera atroz: fue testigo del suicidio de una persona amada. Cuando N. le habla de esta conversación a su amante Clare Bayes, tiene un peculiar fallo de memoria: cree que el suicidio de aquella persona amada que presenció Rylands tuvo lugar hace cuarenta años, el momento exacto en Rylands comenzó a experimentar su sensación de descenso. Así que inconscientemente N. asocia ambos eventos en la vida de Toby Rylands en su mente. Pero esta anécdota adquiere una relevancia mayor cuando hacia el final de la novela Clare Bayes le relata a N. un secreto de familia. Y es que a comienzos de los años 50, esto es, hace cuarenta años, ya que la novela fue escrita en los ochenta y en ese mismo tiempo parece estar ambientada, su madre Clare Newton tuvo como amante en la India a un tal Terry Armstrong, – ¿puede ser posible que se tratase del mismísimo John Gawsworth?, se pregunta N., – el cual la dejó embarazada, lo que propició que ésta fuese expulsada del hogar por el padre de Clare, y esto resultó en su suicidio al tirarse desde el puente sobre el río Yamuna o Jumna con la llegada del tren, suicido que tiene lugar ante los ojos de un John Gawsworth atónito, de su hija Clare, que observaba esa tarde el puente como de costumbre desde el jardín de su casa, y del padre de ésta. Los tres amaban a Clare Newton en ese momento de su descenso, como Toby Rylands amaba a la persona que vio suicidarse, curiosamente, no parece improbable pensar, hace exactamente cuarenta años, esto es, en los años cincuenta, al mismo tiempo que Gawsworth contempló el suicidio de su amante. ¿Podríamos hablar de una transmigración del alma del malogrado escritor Gawsworth al eminente profesor de literatura y espía oxoniense Toby Rylands? ¿Cómo es posible que estas cuatro personas sufriesen a la vez una misma experiencia horrible? ¿Existe algún tipo de comunión entre las almas? No en vano, N. nos recuerda al final de la novela que para Will, el portero anciano de la Tayloriana, “todas las almas están vivas.”

(25 agosto 2013)

Autor: Lorena Vázquez Porto

Profesora de inglés. Libros y traducción literaria.

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