Testimonio y búsqueda de la vida

Luis Landero - El balcón en invierno
Luis Landero, El balcón en invierno, 2014.

Este libro hermosísimo es el resultado del esfuerzo de Luis Landero por recuperar la ilusión por la escritura a través de la rememoración de las experiencias vitales que le llevaron a convertirse en escritor, partiendo de la necesidad que el autor confiesa experimentar, ya bien madurada su obra literaria, cuando se dispone a empezar una nueva novela en el mes de septiembre de 2013, de escapar al menos temporalmente de la ficción, al tiempo que se formula a sí mismo la melancólica pregunta “¿Dónde está en verdad la vida?” mientras deja que su mirada atraviese el balcón de su despacho, enfrentándose aterrado al dilema de la contraposición tópica entre la escritura y la vida. Un primer malogrado ensayo de escritura de su nueva novela le provoca una desasosegante nostalgia de la vida de acción que nunca llegó a vivir, al tiempo que experimenta el hastío del escritor experimentado que ya conoce demasiado bien las reglas de su oficio. ¿Es allí fuera donde está la vida o en la soledad y el amor de la literatura? Finalmente llega a un compromiso satisfactorio entre el anhelo de la vida vivida en el fragor y la menudencia de las calles y las ficticias novelas sobre “el hombrecillo gris”: escribirá sobre su propia vida, reconociendo que sólo los libros leídos y las palabras escritas permanecen como verdadero testimonio de nuestro periplo vital.

Toda autobiografía de un artista es una novela de aprendizaje estético, y Luis Landero emprende la narración de la consolidación de su vocación literaria sin poder reprimir su propia incredulidad frente a los azares que le han llevado a convertirse en escritor. El libro, pues, constata la búsqueda de la lucidez del autor a través del dominio de la palabra. El punto de llegada, la sensación de plenitud vital adquirida en la celebración de sus vínculos familiares, habiendo superado heroicamente la misión de redimir la hiriente conciencia de fracaso de su padre, devuelve al autor la conciencia plena de su herencia milenaria como último eslabón de una familia descendiente de hojalateros judíos del siglo XV.

Sintiéndose heredero de una concepción épica de la vida, manifiesta ya desde la experiencia plena de su niñez de niño mentiroso en el campo de Extremadura: “Tú creías que vivías en el centro del mundo,” se dice el autor, con aquellos viajes a pie entre la finca familiar de Valdeborrachos y el pueblo, prolijamente descritos, “comparables en mi corazón a las andanzas míticas de la antigüedad.” El influjo de la naturaleza preñada de vida e historia en el alma infantil da lugar a la fascinación con las maravillas de la ciudad cuando en octubre de 1960 se produce la emigración de la familia a Madrid, como parte de aquella desbandada bulliciosa del campo a la ciudad en aquel tiempo de apertura económica. Así el autor se ve obligado a fraguar su identidad a caballo entre el mundo moderno de la ciudad y el mundo antiguo, como tantos otros de su generación.

Una noche de septiembre de 1964 tiene lugar el momento decisivo alrededor del cual gira todo el libro, la conversación con su madre en el balcón de la casa del barrio de la Prosperidad al que se mudaron al establecerse en Madrid. Es el primer momento de entrada en la edad adulta, habiendo heredado el lugar de su padre, fallecido unos pocos meses antes, en la familia, y en aquel preciso momento epifánico, como tantos otros descritos en el libro, es cuando centellea la evidencia súbita de su condición de poeta, de que ésa es su vocación, lo que quiere llegar a ser. El balcón del barrio de la Prosperidad es un lugar limítrofe entre dos mundos, el pasado del campo extremeño que doblegaron sus antepasados, “un paisaje hecho de tiempo, donde puede percibirse el poderoso latir de la historia,” y el futuro incierto en que ha de satisfacer las esperanzas que su padre depositó en él. Ya ha descubierto el valor sagrado de las palabras y experimentado el milagro de escribir los primeros poemas, pero no será hasta varios años más tarde, en 1969, que encontrará al mentor que le iniciará en un conocimiento serio de la literatura.

El balcón en invierno es un testimonio deliciosamente escrito de una época y de un escritor parte de esa generación de escritores que estrenó la democracia, cuyos padres, una “generación infortunada,” habían sido testigos del horror fratricida y, generalmente, de la escasez, y que depositaron así en gran manera en sus hijos, que llegaron a la edad adulta bajo el manto de silencio pero también la oportunidad económica del tardofranquismo, su fe y esperanzas en una vida mejor. Es un testimonio por el que el autor atestigua su lugar en el círculo crudo y jubiloso de la vida, su intención última “que se sepa… que se vivió, y se soñó, y que si en ese desear y afanarse ningún acto llegó a ser del todo provechoso, tampoco fue del todo en vano. Y que la sangre que circula por nuestro cuerpo circula también por los siglos pasados y circulará por los venideros hasta el fin de los tiempos…”

¿Os amaréis después de esto?

Perdida
Gillian Flynn, Gone Girl, 2012.

¿Tiene cabida la aspiración a encontrar a nuestra media naranja en pleno siglo XXI? ¿Son las parejas perfectas, los matrimonios perfectos, ya cosa de un pasado irrecuperable? ¿Cómo enmendar una relación matrimonial que se ha ido desgastando rápidamente frente a los inconvenientes mundanos de la vida, en los años siguientes a la crisis económica de 2008 que sacudió tantas unidades familiares? Éstas son algunas de las preguntas que intenta responder la inteligente novela de 2012 de la autora norteamericana Gillian Flynn, con la que batió records de ventas, y que en 2014 fue adaptada al cine con Ben Affleck y Rosamund Pike en los papeles de la controvertida pareja protagonista.

El conflicto de identidad es uno de los grandes problemas que comparte la pareja. Amy Elliott Dunne es perfectamente consciente de que su personalidad es puramente ficticia: el cúmulo de una selección de rasgos que definirían el ideal femenino del joven americano: la Chica Enrollada que no pone trabas a las necesidades sexuales de su pareja, a la vez que a le gusta seguir los deportes y comer comida basura, justo como a los chicos, una construcción masculina diseñada con el exclusivo propósito de satisfacer los deseos masculinos más egoístas. Amy fue incapaz de desarrollar una personalidad propia mientras crecía como hija única de un par de exitosos autores de libros infantiles, los libros de la Asombrosa Amy, en los que ella era protagonista, la hija perfecta que crece para convertirse en la mujer perfecta, en la esposa perfecta.

Fue a través de esos libros que Amy aprendió desde niña que la imagen completa que queremos dar de nosotros mismos no sólo puede sino que debe suplantar a nuestro verdadero Yo lleno de carencias (¿si es que éste existe, de alguna manera, o alguna vez lo hemos llegado a conocer?) y de este modo no hay carencias naturales que no podamos lograr disfrazar ejerciendo un rígido control, una estricta disciplina que, en ocasiones, cuando la visión que Amy tiene de ella misma se ve amenazada, la llevan a la autoflagelación que realiza con el fin de producir el chantaje emocional. ¿Pero acabará esta tendencia anormal en el comportamiento de Amy convirtiéndola en una sociópata?

Nick Dunne creció en un ambiente familiar muy distinto al de Amy, en medio de una familia rota de Missouri, en el Medio Oeste americano. Su padre es una figura negativa cuya furibunda misoginia no hace sino acentuarse cuando acaba sufriendo Alzheimer y en quien Nick desea no terminar por encarnarse, aun cuando esto le lleve a convertirse en un ser incapaz de expresar sus emociones; su madre es una mujer amable y sobreprotectora que no le prepara adecuadamente para enfrentarse a los sinsabores del mundo adulto, y mucho menos a la turba mediática que se cierne sobre él cuando todos los indicios apuntan a su culpabilidad en la desaparición y posible asesinato de su esposa Amy.

No parece una coincidencia que Nick Dunne fuese un periodista especializado en el cine americano, lo que lleva a la pareja a compartir una elevada conciencia del carácter mimético de la vida de su generación: aquellos que crecieron bajo la influencia de los programas televisivos y las películas e Internet, influencias ostensiblemente deshumanizadoras, como vemos en el caso de los protagonistas, que tienen en común un único rasgo pero que les une al final de la historia indefectiblemente: la conciencia de que la única manera de seguir adelante pasa por pasar del odio y el deseo de destrucción mutua a un renovado compromiso basado en el fingimiento de que sí se aman, de que sí son felices, de que sí son la pareja americana perfecta.