Otra vuelta de tuerca al debate sobre el papel de la “escritura femenina.”

2016.08.14

Patricia Escalona @vendedoradprosa el pasado 9 de julio reproducía en un tuit una cita de Virginia Woolf en ‘Una habitación propia’ a propósito de la escritura de Charlotte Brontë: “She will write in a rage where she should write calmly. She will write foolishly where she should write wisely. She will write of herself where she should write of her characters. She is at war with her lot.” Patricia Escalona concluía su tuit con la siguiente acotación: “La serenidad está sobrevalorada. Viva Charlotte.”

A esto respondía Aixa de la Cruz, autora del libro de memorias en clave feminista ‘Cambiar de idea’ (Caballo de Troya) con el siguiente tuit el día 10 de julio: “Llevaba tiempo con este fragmento en la cabeza, pensando precisamente eso: que cada día busco más la vehemencia desordenada que censura Woolf. Que igual la “escritura femenina” era eso: dejar que la rabia acabe con la estructura unitaria y coherente de la buena novela burguesa.”

La respuesta de Rosa Berber a través de su blog en Medium el 15 de julio, un breve pero brillante texto titulado “Rabiosas, calmadas y políticas: sobre la escritura femenina” en el que manifestaba, a raíz de haberse encontrado recientemente con la cita de Woolf en las memorias de Deborah Levy, ‘Cosas que no quiero saber,’ el conflicto provocado en ella: “Me inquieta la claridad de pensamiento. Y no vinculo el proceso creativo con la paz ni la satisfacción, desde luego, pero al menos sí con cierta voluntad restauradora.” Sin embargo, tampoco puede rechazar el punto de vista de Aixa de la Cruz: “La idea de calma de la que habla Woolf tiene, cuando menos, una naturaleza acrítica, y cuando más, está explícitamente al servicio del poder.” Y concluía: “¿Es posible, pues, pensar, al mismo tiempo, la escritura como una tarea a la vez colérica y serena, vehemente y sosegada?”

En su conclusión, Rosa Berber se muestra partidaria de que la escritura femenina supere esa “antinomia clásica” entre la rabia y la calma. Y la manera de lograrlo, éste es su brillante hallazgo, sería a través de la politización de la escritura. “Una politización que lejos está de la autoindulgencia masculina y de cierta idea patriarcal de lo político, y que funciona aquí como herramienta emancipatoria. El proceso de politización no es uno ni reconocible, bien al contrario tiene sus vaivenes, contradicciones, fallas; pero quizá solo en él puedan tener cabida y feliz convivencia tanto la rabia en su sentido más político (como virulencia en la palabra y en la idea) como la calma en su sentido más político (aplomo, serenidad, entereza). Escribimos rabiosas, escribimos tranquilas y venimos a politizarnos.”

Y bien, este hallazgo, el de la politización de la escritura femenina para superar sus propias contradicciones, no he podido evitar enlazarlo, a partir de la lectura del artículo publicado por Patricio Pron en Babelia el pasado 13 de julio: “¿Qué es un intelectual, de todas maneras?” con la sutil argumentación allí expuesta sobre la condición del intelectual (hombre o mujer) en nuestro tiempo. Como bien señala Pron, el/la intelectual y el/la escritor(a) no pueden sustraerse a los asuntos de su tiempo. Aquellas que vienen a encarnar la condición de “mujeres que escriben,” y que lo hacen, escribir, desde su condición femenina necesariamente politizada, iluminan la necesidad de compromiso de todo aquel o aquella que participa en un movimiento intelectual. Patricio Pron se fija en el estudio que Mary McCarthy hace en su novela ‘El oasis’ de las carencias de un grupo de intelectuales, inspirados en figuras reales que ella conoció, empeñados en sacar adelante una comunidad ficticia en Nueva Inglaterra conocida como Utopía. Patricio Pron señala cómo sufren la “dificultad para precisar los términos de una sociedad articulada en la participación democrática de sus integrantes.”

El tema en cuestión es el modo y la manera en que el intelectual está situado en la sociedad que interpela en su escritura; del mismo modo que la mujer no puede obviar su condición vulnerable dentro de una sociedad históricamente patriarcal, el intelectual no puede obviar su condición de contrapeso del poder. Sin embargo, la ácida crítica de Mary McCarthy se centra precisamente en el fracaso de estos intelectuales (quienes le inspiraron formaban parte de la revista de izquierdas ‘Partisan Review’) para lograr, superando la tentación vanidosa a establecerse como figura pública influyente socialmente sancionada, continuar manteniendo viva la llama de la disensión, de esa rabia entendida desde la tranquilidad que Rosa Berber reclama para la escritura femenina.

Autor: Lorena Vázquez Porto

Profesora de inglés. Libros y traducción literaria.

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