Nosotras, las mujeres

Miriam Toews - Ellas hablan

Las ficciones de Miriam Toews sobre las comunidades menonitas reflejan diversos aspectos existenciales de las sociedades utópicas. Ellas hablan, su octava novela, está basada en los luctuosos sucesos que tuvieron lugar en la comunidad menonita de Manitoba, en Bolivia, a lo largo de la primera década de este siglo. En junio de 2009 estos sucesos salieron a la luz cuando ocho hombres fueron arrestados por violación. Anestesiaban a las mujeres de la comunidad cada noche con un spray y estas despertaban magulladas pero sin poder recordar lo que había sucedido.

Las mujeres de Molotschna (seis de ellas, tres generaciones en representación de todas las demás) se reúnen en un granero durante dos días en que los hombres han abandonado la colonia (han ido a la ciudad para pagar la fianza de los violadores y regresar con ellos a la colonia) para llevar a cabo una discusión de los pasos a seguir como respuesta a las agresiones. La mayoría no quieren perdonar a los hombres porque piensan que no sería un perdón sincero y que estarían transgrediendo espiritualmente). Dice Agata: “Desde la distancia sí son posibles el perdón, la compasión y el amor.” Así que deciden irse. La afrenta sufrida habrá propiciado una toma de conciencia colectiva de las mujeres. En palabras de Ona: “Cuando nos hayamos liberado, tendremos que preguntarnos quiénes somos.”

Molotschna, la comunidad menonita ficcionalizada por Toews, corresponde a una geografía rural, reacia a la modernidad, en la que se desarrollan la agricultura y la ganadería bajo el sol de poniente. El utopismo de Molotschna se refleja en la supresión de las coordenadas espacio-temporales; además de su insularidad espacial – los contornos del pueblo son poco conocidos, y las mujeres ni siquiera saben leer un mapa – el tiempo aparece suspendido. El momento presente goza de poco valor, pues parece estar anclado en la eternidad.

Las mujeres no saben leer ni escribir, no tienen conocimiento de la historia. Este desconocimiento de sus propias coordenadas parece ir irremediablemente asociado a las condiciones de vida en una comunidad utópica, esto es, asentada en un estadio existencial anterior al conocimiento, o, quizás, trascendente de todo conocimiento. Ilustrativo de este utopismo existencial es el hecho de que la principal preocupación de las mujeres en sus deliberaciones reside en la cuestión del perdón de Dios y la ansiedad por que su transgresión no ocasione el veto a su entrada en el Reino.

Un personaje, Heinz Gerbrandt, regala a August una herradura (símbolo de la suerte) antes de abandonar la colonia. Este gesto no es sino una melancólica convocación de la tranquilizadora sugestión del azar. En Molotschna no existe el azar. Todo suceso es interpretado como fruto de la voluntad divina, como premio o castigo. Este convencimiento del carácter providencial de la Creación va unido al determinismo cultural inherente a una sociedad autárquica fuertemente ruralizada. Las mujeres abandonarán el Edén equivocado de Molotschna, pero correrán el riesgo de reproducir los parámetros del utopismo, y su consecuente irrealidad, en su nueva colonia.

En un momento de la novela se nos relata cómo el obispo Peters, patriarca absoluto de Molotschna, robó el reloj del granjero Thiessen para, simbólicamente, apropiarse del tiempo:

“Peters insistió en que Earnest debía entregar su reloj, alegando que en Molotschna el tiempo era eterno, que, si uno es puro a los ojos de Dios, la vida en la Tierra se convierte en un fluir natural en la vida del Cielo, y por lo tanto el tiempo, y por ende los relojes, son irrelevantes.”

Esta consideración utópica del tiempo como eterno presente está asentada dentro de una dinámica regresiva dentro de la que se abarcan tanto la violencia sexual como la brutalización general de las costumbres manifestada en los juegos de los niños, que se divierten con boñigas y residuos orgánicos como vejigas de cerdo con las que juegan a modo de balones. Sin el avance de la historia no puede existir conciencia ni memoria, y por lo tanto el ámbito de las aspiraciones humanas es invalidado. Lo que despierta a las mujeres de esta no-existencia es el diálogo que establecen entre ellas. Su discusión en el granero resulta posiblemente en el primer ejercicio democrático de toma de decisiones en Molotschna. Las mujeres consideran cada opción (quedarse y no hacer nada; quedarse y luchar; irse) y hacen listas de los pros y los contras. Hablan en representación de todas las mujeres de la colonia y constituyen un improvisado parlamento.

Durante estos dos días a August Epp, el maestro de la escuela, uno de los escasos hombres de la colonia que es aliado de las mujeres, se le habrá encomendado la tarea de escribir las actas de las deliberaciones. La poca estima de que goza August en la comunidad se debe a su poca habilidad en las tareas del campo. En palabras de Mariche, una mujer que ha interiorizado los prejuicios de género de la colonia, es “un afeminado que no es capaz de labrar un campo o destripar un cochino.”

Detectamos en base a esta inclusión de un narrador que no es una mujer, a pesar de que el foco de la novela esté en las deliberaciones de las mujeres, que el principal problema al que se enfrentan las mujeres en su búsqueda de la emancipación es un problema lingüístico. No han recibido una educación formal, son analfabetas. Su único cometido es la realización de tareas domésticas y agrícolas. Pero ellas son conscientes de que sus limitaciones con el lenguaje afectan a su capacidad de razonamiento. Constantemente se interpelan las unas a las otras sobre el significado o la intención de tal o cual palabra, o mutuamente se cuestionan sus procesos deductivos. Las cuestiones lingüísticas devienen existenciales cuando llegan al punto de dirimir qué constituye la realidad.

La adquisición de la palabra, para estas mujeres, es sinónimo de la adquisición de una conciencia de la necesidad de preservar su condición femenina. En el acto de reunirse y dialogar, las mujeres parecen más preocupadas por las cuestiones filosóficas y espirituales que por las logísticas, incluso si estos primeros pasos hacia la vida consciente no son más que arduos titubeos marcados, en sus grandes limitaciones y omisiones, por el trauma sufrido y por la falta de educación, pero no por la ausencia de cualidades innatas en los ámbitos del pensamiento y del espíritu. Tal y como queda reflejado en sus deliberaciones, la conquista del lenguaje por parte de las mujeres va pareja con su adquisición de una conciencia de género. Es por esto que una de las mujeres traumatizadas por las violaciones, Nettie (Melvin) Gerbrandt, pierde la voluntad de hablar y su condición femenina a un tiempo, pues su repentino mutismo aparece de la mano de su regresión al género masculino.

En su papel de autor de las actas, August ayuda a las mujeres a ordenar la maraña del pensamiento. De este modo pueden verbalizar el dolor, la angustia y la indefensión que sienten, pero también la decisión y la agresividad. La escritura de August es una herramienta por la que las mujeres comienzan a corregir su propia desposesión lingüística. Se proponen adquirir su propio lenguaje, y, con ello, el autoconocimiento y una nueva conciencia. Las mujeres buscarán habitar la textualidad y la geografía, e inaugurar su propio tiempo, incluso si esta nueva geografía y este nuevo tiempo se convierten en un espejismo tan alucinado como el de Molotschna.

A pesar de su torpeza lingüística, las mujeres tienen una intuición clara de la significación que se puede ocultar detrás de los sucesos cotidianos, y se esfuerzan por conocer este lenguaje hermético. Su incipiente desarrollo lingüístico está emparentado con el misticismo. Pero en base a este peculiar misticismo, impulsado sobre todo por Ona, las mujeres tratarán de realizar su propia interpretación de la voluntad de Dios, sin la intermediación, necesariamente, de una doctrina sagrada. Las mujeres quieren ser capaces de interpretar los textos sagrados por sí mismas. Confían en que Dios presidirá sobre su nueva colonia, pero admiten no saber qué les deparará el futuro. Desconfían de la interpretación que los hombres han hecho de los textos sagrados; les interesa racionalizar su fe. Se comparan con un artista en el acto de comenzar a pintar un cuadro, sin lograr imaginar aún el resultado final.

El conocimiento es una aventura apenas comenzada, y, así, el viaje de partida está marcado por la incertidumbre. Las mujeres no conocen la geografía de su región; simplemente se plantean marcharse en dirección opuesta a los hombres, hacia el norte. El final de la novela, que coincide con la partida de las mujeres, no es un final feliz, y cualquier esperanza que convoque estará teñida por la melancolía. Resulta elocuente que las mujeres emprendan la marcha al anochecer. El final no es más que un avance entre lo más oscuro.

A pesar de la incomprensibilidad del lenguaje bíblico, las mujeres han interiorizado una interpretación de la realidad a base de parábolas o pequeñas historias ilustrativas con las que pretenden iluminar su camino. Utilizan muchas historias de animales, con los que se identifican, especialmente con aquellos que deben utilizar su argucia para sobrevivir en un entorno hostil. Las mujeres rechazan discutir su situación con los hombres, pues esto resultaría en una inversión del orden natural en Molotschna, algo tan impensable como que las gallinas se negasen a poner huevos. Este orden natural en que se ven inscritas es susceptible de verse modificado mediante la intervención divina en forma de castigos o recompensas reflejados en los sucesos más nimios.

En una comunidad sin referentes históricos, sin conciencia del pasado, sumida en un presente eterno y beatífico, pero donde se han visto brutalmente sometidas, la única posibilidad de supervivencia para estas mujeres implica una ruptura (estéril) con su comunidad. La fe menonita que profesan les conmina a abandonar el lugar sagrado, el no-lugar de Molotschna, con destino a lo ignoto. El pensamiento post-traumático de las mujeres no va a posibilitar que sinteticen una conciliación creativa; las mujeres no lograrán hacer que una nueva y más tolerable realidad crezca a partir de los residuos existentes; la única solución ante el dolor inexplicable parece la ruptura, la división entre contrarios, el exilio femenino y el celibato.

En estas narraciones que comparten, las mujeres tratarán de ver un significado providencial. Pero no sólo interpretan historias, sino también la propia realidad de la fisiología femenina, en su búsqueda de significación. Así tratan de construir un frágil argumentario para su partida. Estos relatos, muchos de ellos de August, intercalados en las deliberaciones de las mujeres, son entendidos como portales de significación. Las mujeres intuyen el valor providencial, esotérico, de toda narración. Por ejemplo, encuentran consuelo en la consideración del largo periodo de migración de las mariposas y las libélulas, que abarca varias generaciones.

Otro de los relatos curiosos que introduce August se refiere al origen de la iglesia menonita en una comunidad a orillas del mar Negro, lo que habría predestinado a toda la estirpe a una existencia mortuoria. Curiosamente, August aporta el dato de la existencia de un río lleno de vida en las profundidades de ese mar muerto. Este río simbolizaría a las mujeres, que habrían logrado preservar su vitalidad espiritual aún bajo el peso de la mortífera subyugación.

August tiene, sin embargo, dudas razonables sobre las perspectivas de la nueva colonia que fundarían las mujeres. Él sí parece haber escapado al espejismo de los valores utopistas: “¿Sería Peters otra clase de persona si no estuviera atrapado en el crisol de este experimento desquiciante?,” se dice a sí mismo hacia el final de la novela. Pero en la decisión de las mujeres ha intervenido el trauma sexual. En el caso de Ona, que padece un leve trastorno nervioso y que está embarazada como consecuencia de una violación, el trauma la llevará a rechazar el matrimonio por amor con August y cualquier tipo de relación sexual consentida. La mayoría de ellas parece sentir que se da una incompatibilidad natural entre los brutales apetitos de los hombres y las cualidades espirituales más altas. Es importante recalcar cómo el crimen machista de los violadores ha llegado a asimilarse dentro de la propia ideología patriarcal de la colonia: “una ideología perniciosa que se ha apoderado de los corazones y de las mentes de los hombres.”

A pesar de que el amor no es enteramente ajeno al sistema de explotación sexual patriarcal de la colonia, desde el punto de vista de las mujeres parece que toda actividad sexual, incluso cuando es consentida, entraña un peligro. Las relaciones entre sexos en la colonia están teñidas de agresividad desde la propia adolescencia. Los chicos de 15 años arrojan boñigas a las chicas que les gustan. Los residuos de la vida rural se convierten en armas sexuales arrojadizas.

Aunque no es un tema que llegue a hacerse explícito, los mecanismos de represión que las mujeres emplean para con otras mujeres, especialmente con las más jóvenes, que aún sienten la llamada del romanticismo, son constantes. Incluso August trata de reprimir su deseo de Ona, quizás debido a su desconfianza en su propia hombría, que le ha sido transmitida por la comunidad. Es por esto que no logrará rescatar a Ona de su misticismo. Las mujeres también se reprimen a sí mismas, inconscientemente, mediante sueños que las atemorizan.

Debido a las características de su vida dentro de una sociedad utópica, las mujeres están desprovistas de identidad. Es por esto que los diálogos entre ellas son intercalados con parcos, esquemáticos rasgos definitorios. Salvo Salome y Ona, que encarnan la lucha y el misticismo respectivamente, a veces algunas de las mujeres podrían parecer intercambiables, y sólo están marcados con claridad en ellas los rasgos generacionales (madre – hija – abuela). Cuando entonan himnos menonitas, las voces de las mujeres se alzan en armonía, se convierten en una sola voz. La fe parece el consuelo más seguro frente a la pérdida de la patria. La fe y los valores sociales adquiridos en su deliberación se convertirán en la patria inmaterial que aspiran a convocar desde su exilio.

La solución de las mujeres a la ruina del experimento utópico en Molotschna es irse y fundar su propia comunidad, que estaría dirigida por los valores de las mujeres. No habrá, pues, confrontación ni reparación posible dentro de la colonia. La comunidad no aprenderá nada de sus errores, pues las mujeres se habrán ido. Molotschna mantendrá su aislamiento moral, y no ser verá enriquecida por sus propias resistencias internas.

Parte de Ona la decisión de crear un manifiesto para la nueva colonia. Entre los puntos establecidos está la alfabetización de las niñas y el “derecho a pensar” de las mujeres. Pero, además, las decisiones serían tomadas colectivamente. Podría aventurarse que la nueva colonia estaría inspirada en una especie de socialismo utópico apenas intuido por las mujeres, pues no tienen conocimientos de teoría política ni de historia. Lo que cabe destacar es que estas mujeres, a pesar del dramatismo de su valiente partida, no han logrado escapar a los esquemas heredados del utopismo que marcan la existencia en Molotschna. Los esquemas estériles del utopismo se verán trasladados del plano religioso al plano político.

Quizás la incongruencia del punto de partida de las mujeres se hace visible en las palabras de Ona cuando se refiere a la decisión de las mujeres de no quedarse y luchar, sino irse: “Sin luchar, pero avanzando. Siempre en movimiento, sin luchar, sólo movimiento y avance, movimiento y avance.” ¿Será posible el avance real dentro de una nueva comunidad que sin embargo reproducirá los valores del utopismo, aunque desde una perspectiva mejor intencionada? Cabe recordar la advertencia que se escondía en las palabras de Mariche: “¿No estáis sugiriendo que todos, hombres y mujeres, somos víctimas de las circunstancias sobre las cuales se creó Molotschna?” Y, como punto final, resulta elocuente la mención que August hace de un cuento de Flaubert, ‘Rabia e impotencia,’ cuyo protagonista soñaba con el amor en un tumba, pero el sueño se evaporaba y quedaba sólo la tumba. August es el único de los habitantes de Molotschna que ha despertado del sueño y ve la realidad tal y como es: una tumba.