Luz, devenir, muerte

Manuel Darriba - Santa Morte

Santa Morte es un poemario que celebra la significación de una vida anónima, quizás al margen de cualquier épica aparente, pero aun así un espacio para la mirada, susceptible de aparecer henchida de impresiones sensoriales, intelectuales, proféticas… Hay un énfasis en la experiencia del tiempo en la vida humana, al tiempo que se ofrece una comprensión alternativa de la experiencia del tiempo. La voz poética se centra en la observación de la propia experiencia personal, de su encaje en el tiempo. La promesa de longevidad, la asunción del envejecimiento futuro, pasan por el necesario respeto al equilibrio universal, que, en caso de ser violado, convocaría a la Némesis.

Al tiempo que la vida es contemplada en toda su longitud, no puede evitarse el sentimiento de alienación respecto al discurrir del tiempo. Es así que el poemario se articula como la búsqueda de una filosofía de la vida, esto es, un refugio, un lugar donde habitarse.

Central a este tema es la preocupación por la experiencia vital y por cuestiones relativas a la vivencia del tiempo y del espacio. Nos hacemos conscientes de que habitamos el espacio y el tiempo. Negociamos una trayectoria; la sabiduría es premiada con la longevidad, pero las amenazas a nuestra estabilidad son constantes. El avance del tiempo puede implicar un desgaste del ser, ésa es la contrapartida a la longevidad.

Se hace necesaria la conclusión de que toda vida es representación. Nos afanamos en la escenificación de un drama, a pesar de nuestra propia inconsistencia como actores y de que el final ya haya sido escrito en tiempos quizás remotos; y también a pesar de la certidumbre del lúgubre final de la muerte.

A pesar de nuestras debilidades e inconsistencias, es posible interiorizar un rígido código moral que nos consuele frente a la decadencia de toda experiencia de vida privada. Nos amenaza no sólo la inconsistencia de las cosas, sino también, y más terriblemente, la desconfianza hacia el papel de la Providencia. Somos definidos por el temblar del pálpito, el escalofrío íntimo producido por el difícil encaje del espíritu en la materia. Esto es, nos atenaza la asunción de nuestra propia vulnerabilidad frente a la inaprensión del significado último. Esto nos conduce al cuestionamiento de la significación de la validez última de nuestros esfuerzos.

Ante las ásperas demandas de un justo cumplimiento del recorrido vital, el amor aparece como transgresión casi siempre. Transgresión, en todo caso, quizás anunciada, pues nada escapa a la sapiencia profética. La poesía aparece como redención frente a lo que la existencia tiene de construcción ficticia, a duras penas comprensible o asimilable. Frente al sinsentido vital, existe el consuelo de la afirmación de la pertenencia a una historia de dolor compartida, la asunción del desarraigo.

No se pierde la conciencia de un trayecto vital pendiente de ser revisado y juzgado, de una vida pendiente de evaluación. En ese momento último, la conciencia de haber pertenecido a la estirpe de los humildes servirá como consuelo frente a la inefabilidad de la existencia y la inevitable transgresión sensual.

También se da el desengaño frente a la historia del momento presente, su violencia ficcionalizada en los medios de comunicación. Esto es, la constatación de la disyuntiva insalvable entre la prosperidad y la desolación. Es inevitable que el pensamiento devenga en la asunción de la precariedad de la Realidad que nos sostiene.

En su parte final, el poemario atestigua la vivencia de una intimidad frágil e insegura frente al avance luminoso de la Historia hasta la llegada del momento mismo del desmoronamiento de lo Real, el colapso final. La Realidad es también una arquitectura natural que aparece codificada, receptiva al compromiso del mirar atento. Esa longevidad que aspiraba emular la voz poética al comienzo del poemario permitiría acercarse a una interpretación de las multiformes derivaciones de lo Real, desde la consciencia de que estamos nosotros mismos inscritos en estas mismas variaciones, pues somos eco y onda gravitatoria; nuestra Realidad, esto es, su Imagen (espacio sin tiempo) está inscrita en el universo.

La razón (sus proposiciones) también es Imagen, onda gravitacional, a pesar de que se ve frecuentemente ahogada por la materia, esto es, el empuje del deseo. Es así que llegamos a la formulación de una Poética. La creación es luz desperdigada. El aspecto inefable de la Creación, que es luz proyectada en el espacio y, también, una abundancia de deseo desperdigado y quizás inútil.

La vida es viaje, progresión en el miedo; es sortear la muerte y la guerra, y vencer el sueño, y confraternizar. Y, tras esta epopeya privada, la incertidumbre ante el Juicio y la significación del Misterio.

La literatura y su capacidad narrativa ayudan a explicar el mundo incluso más allá de la potencia de la conciencia y más allá de la persistencia del deseo. Cuando el poeta es finalmente vencido por el deseo, esta sumisión al deseo se convierte en un ritual creativo para insuflar su palabra de vida. Sin embargo, es peligroso equivocar las coordenadas; es necesario conocer cuándo la palabra ha sido concedida y cuándo ha sido sólo ilícitamente apropiada. La creación poética y artística es susceptible ella misma de convertirse en un enigma. La iluminación no es un don que se conceda con ligereza. La modernidad urbana y su actividad incesante actúan en cuanto agente que oscurece el significado. El destino de toda existencia es, pues, la revelación final del Misterio.

Es inevitable preguntarse si la Iluminación del presente nos ha sido concedida a costa del oscuro sufrimiento de las generaciones de la historia. No somos sino continuidad, esto es, continuidad histórica fragmentada por el deseo. La historia aparece como un reguero de sangre que llega ya a su final; el cometido del artista será alzar la vida al pasado y certificar la defunción de la Historia. Imbuidos del espanto de asistir a la defunción, una tras otra, de las generaciones, queda el consuelo del amor materno en el camino hacia la luz.

No es posible hallar protección frente a las fuerzas combinadas del deseo y el destino. Este temor nos conecta con nuestros antepasados más remotos.

El devenir es, a pesar de todo, Luz.

Ensoñación amorosa y egoísmo sentimental

Fiódor Dostoievski - Noches blancas

Las “noches blancas” de San Petersburgo tienen lugar entre mayo y finales de julio, cuando la ciudad emerge del crudo y oscuro invierno y las noches son especialmente claras. Tras ocho años de vida solitaria en esta ciudad, un joven conoce en una de estas noches blancas a una muchacha. La muchacha parece sollozar inclinada sobre la barandilla de un canal. Cuando la conoce, el protagonista ha estado paseando febrilmente por toda la ciudad y por los campos colindantes durante tres días, presa de una excitación nerviosa en apariencia provocada por la abrupta llegada de la primavera. El protagonista se describe a sí mismo, en los párrafos iniciales, como un paseante solitario, habitualmente ocupado en recorrer las calles de la ciudad, que conoce al dedillo, mientras deja volar su fantasiosa imaginación. Este famoso relato de Dostoievski es una celebración de la fragilidad de la belleza, de la intrascendencia del amor, de esos momentos fútiles y pasajeros en los que, momentáneamente, se produce la ilusión de la comunicación íntima con otra persona.

El protagonista, después de su frenético deambular urbano, y al serle dada la oportunidad de entablar conversación inesperadamente con esta joven extraña, siente la necesidad de verter su corazón y la intimidad de su alma en un torrente de palabras ante los oídos de esta mujer. Es un joven solitario y necesita por fin ser escuchado, y también desea escuchar la historia de la muchacha, necesita, a ser posible escuchar una historia que responda a su propia necesidad de ser al fin amado. Es así que se producirán, desde el mismo principio de su conversación, extendida a lo largo de cuatro noches, los sobreentendidos y los equívocos. El joven, sugestionado tras su continuado pasear en los días previos a conocerla, y afectado por el brote de la primavera en la ciudad, encontrará en ella una interlocutora romántica, pero no será capaz, como ella sí lo es, al menos parcialmente, de adivinar hasta qué punto no son en realidad más que dos extraños, ni percibirá la manera en que ella revela al tiempo que oculta el verdadero sentir de su corazón y la realidad de la situación en la que se hallan inmersos.

La segunda noche el protagonista está decidido a abrir su corazón. Al contar su historia se describe a sí mismo como un soñador, alguien a quien resulta muy difícil entablar una comunicación prosaica con un mero conocido. No conoce los rudimentos de la vida social, por eso será completamente sincero con Nástenka, pues éste es el nombre de la muchacha. Como suele ocurrir a los enamorados que carecen de una perspectiva más amplia, el joven sentirá que Nástenka estaba predestinada para él, y, así, perderá la cautela. Le cuenta su historia personal, una historia que en gran medida trata sobre su relación con la Fantasía, pero así es la vida ensimismada que vive. Cuando pasea por las calles de San Petersburgo va sumido en sus fantasías, de modo que apenas sabe por dónde camina, y cuando llega cada noche a su casa humilde, la habitación oscura y sucia y la soledad incitan todavía más a su imaginación al escape; la lectura es sólo el preámbulo al vuelo definitivo de la imaginación y bajo su febril sugestión pasará las largas noches hasta el despertar del día.

El joven, en el acto de narrar su historia, reconoce el cambio que el amor ha obrado ya en su interior. Su anterior vida de soñador solitario ya no le parece suficiente. Toda la experiencia del amor que ha tenido hasta ese momento ha sido derivada de la literatura, de las historias de los enamorados eternamente divididos de los romances proscritos. Siente que después de haber sufrido una larga condena debida a su dedicación a la Fantasía por fin se producirá la esperada redención final al conocer el amor y a Nástenka, pues él mismo reconoce que todavía no ha empezado a vivir: “Ay Nástenka, qué triste será quedarse solo, completamente solo, sin tener siquiera de qué lamentarse. ¡Nada! ¡Nada de nada! Porque todo lo perdido, todo eso era nada, un cero absoluto y absurdo, ¡no eran sino ensoñaciones!”

En esta segunda noche en que el joven revela el interior de su alma a la muchacha, ambos sienten que entre ellos se ha producido una singular comunicación, un intercambio del que han salido, o saldrán, con un beneficio compartido: un conocimiento mutuo que revertirá en autoconocimiento y en una más amplia comprensión del mundo, quizás en un futuro amor juntos. El joven ha desvelado la intimidad de su ser ante la muchacha, y ella se siente conmovida ante este gesto y decidida a compartir con él su propia historia, una peripecia que ha derivado en el nudo que ella habita en el presente –recordemos sus lágrimas inclinada sobre el canal– pero, frente a la candidez del relato del joven, en el relato de la muchacha será tan importante lo que revela como lo que oculta.

Nástenka nos cuenta al comienzo de su historia, aunque la implicación de esto se le escapa al joven, que ha sido una adolescente huérfana y dada a cometer travesuras. De algún modo se nos irá revelando como una narradora poco fiable. También, por ejemplo, su duplicidad en el uso del lenguaje se hace patente en la respuesta que da a su abuela sobre el nuevo, atractivo inquilino: “Bueno, abuela, no es del todo joven pero no es viejo.” Debido a estas travesuras su abuela, que es ciega, decidió engancharla con un imperdible que sujetaba los vestidos de ambas. Cuando el atractivo nuevo inquilino se instala en la buhardilla se ofrece a prestarles novelas en francés para que pasen mejor el rato, y la abuela enseguida se pregunta si serán o no libros morales. En las palabras de la abuela, por boca de Nástenka: “Describen cómo los jóvenes seducen a muchachas de buenas costumbres y cómo ellos, so pretexto de querer casarse con ellas, se las llevan de la casa paterna, y cómo después abandonan a su suerte a esas infelices y éstas se pierden de la forma más lamentable. Yo he leído muchos libros de esos, y todo está descrito de una forma tan bonita que por la noche te quedas leyendo a escondidas.” Los libros resultaron ser novelas de Walter Scott y de Pushkin. Nástenka quizás ha aprendido de su abuela a percibir la disparidad entre forma y contenido, entre palabra e intención, entre la apariencia, en la relación amorosa, y la verdad que se oculta tras ella. Las novelas románticas no son morales, pero son, sin embargo, muy hermosas.

Cuando el atractivo inquilino propone por primera vez a Nástenka que vaya con él al teatro para ver El barbero de Sevilla a espaldas de su abuela, Nástenka es capaz de responder de manera virtuosa: “No. No quiero mentir a mi abuela.” Pero esta virtud en la respuesta de Nástenka no es sino un requisito convencional en el lenguaje ritual de la seducción. Ella es consciente del valor del lenguaje como herramienta social, una función que permite los dobles significados, y de la necesidad del pudor femenino como requisito para superar las pruebas de pureza del pretendiente. El joven soñador, sin embargo, desconoce los rituales del cortejo amoroso. Para él el lenguaje no es sino el vehículo del alma, y la ensoñación amorosa que sufre, como en el amante primerizo, aparece a sus ojos revestida de una trascendencia que ansía comunicar a su amada.

Después de haberse contado sus respectivas historias, y cuando parece que están verdaderamente destinados el uno al otro, Nástenka cándidamente lamenta la sofisticación de los ritos sociales del lenguaje: “Escuche, ¿por qué no somos todos como hermanos? ¿Por qué la mejor persona pareciera que siempre esconde y calla algo? ¿Por qué no decimos lisa y llanamente lo que tenemos en el corazón si sabemos que no son palabras lanzadas al viento?” Pero la narración probará lo incauto que resulta tal proceder.

La historia de Nástenka es un relato de su enamoramiento del atractivo inquilino que les alquila la buhardilla. Nástenka ha aprendido de su abuela la relevancia del cortejo ritual. Es así que, como ya vimos, se niega a aceptar la primera invitación al teatro del inquilino. Cuando el inquilino extiende la invitación a la abuela, el cortejo se ha hecho oficial. Esa misma noche asisten al teatro los tres, y Nástenka es consciente de haber pasado la primera prueba del ritual de seducción. Es sólo cuando se da la situación desesperada de la inminente partida del inquilino que Nástenka resolverá saltarse los códigos del ritual del cortejo amoroso y subirá ella sola a la buhardilla en su última noche en la ciudad para declararle su amor abiertamente. Se prometen que al cabo de un año el joven inquilino volverá de Moscú para formalizar su compromiso.

Cuando el soñador protagonista conoce a Nástenka, un año más tarde, ésta llora la ausencia de su enamorado, que parece haber faltado a su promesa de regresar a buscarla. Curiosamente, es el joven soñador protagonista quien propone a Nástenka que ella envíe una carta a su enamorado para averiguar si continúa queriéndola. Esta carta de Nástenka a su enamorado es redactada por el joven soñador. Se trata de una misiva que cumple a la perfección con los requisitos del cortejo ritual, pues no ejerce presión alguna sobre el enamorado, sino que le absuelve de antemano por su defección. En caso de que las intenciones del enamorado hubieran cambiado, en la carta escribe el joven soñador en boca de Nástenka: “No lo culpo porque yo no tengo poder sobre su corazón.” Asimismo, Nástenka, en la pluma del joven soñador, se reprocha a sí misma no haber sido capaz de dominar su propio corazón. Resulta llamativo, pues, que el joven soñador ponga en boca de Nástenka un lenguaje perfectamente clasificable dentro del cortejo ritual cuando él mismo, en su intento de seducción de la propia Nástenka, se revela como totalmente ajeno a las normas rituales del cortejo.

Es así que cuando parece que el joven atractivo ha rehusado responder la carta de Nástenka, el joven soñador resuelve declarar su amor inmediatamente. Una vez más, desnuda su alma, esta vez no para contar el relato de su vida pasada, sino para proyectar sus ilusiones de futuro junto a Nástenka. El desengaño final parece la justa retribución a la indiscreción del protagonista, que no sólo no ha sabido hacer uso del lenguaje ritual del cortejo, mostrando sus sentimientos abiertamente en lugar de negociar la rendición de su amada, sino que tampoco ha sabido percibir los equívocos y las ocultaciones en el lenguaje de la propia Nástenka, insensible, en su egoísmo sentimental, a los sentimientos verdaderos de la muchacha.