Misterio en ninguna parte

Georges Simenon - La noche de la encrucijada

La encrucijada de las Tres Viudas, situada en la carretera nacional que va de París a Étampes, a tres kilómetros de Arpajon, debe su nombre a la leyenda de una casa allí situada en la que tres viudas vivieron hacía cincuenta años: una madre de noventa años y sus dos hijas de sesenta y siete y sesenta años. Eran tan avaras que vivían exclusivamente de lo que les daban su huerta y su corral, sin apenas salir de casa. Hasta que llegó un momento en que, al no haber sido vistas durante una larga temporada, el alcalde del vecino pueblo de Avrainville se decidió a hacerles una visita y se las encontró a las tres muertas. Decía la leyenda que la hija mayor se había roto una pierna y que por rabia había envenenado a su hermana y también a su madre, hasta que ella misma murió de inanición al no poder moverse del sitio.

Actualmente en la encrucijada hay únicamente una gasolinera con su taller mecánico, que regenta el señor Óscar, el cual vive con su mujer en el piso superior, y dos viviendas más, la casa convencional de un contratista de seguros, Michonnet, y su esposa, y la casa de las Tres Viudas, donde ahora vive Carl Andersen, un misterioso danés que lleva un monóculo en el ojo izquierdo y se dedica al diseño de telas, junto a su hermana Else, que pasa la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación por motivos poco claros.

Cuando una mañana de domingo aparece el cadáver de Isaac Goldberg, un corredor de diamantes holandés asesinado de un tiro en el pecho, en el garaje de Andersen, pero dentro del coche nuevo, un seis cilindros, del vecino Michonnet, Carl Andersen se convierte en el principal sospechoso del inspector Maigret.

Pero en sucesivas visitas a la casa de las Tres Viudas, el inspector Maigret no logra dar con la prueba que incrimine a Andersen. La hermana de Andersen, Else, parece el prototipo de la femme fatale, y pasa el tiempo fumando cigarrillos, entre su habitación y el tocadiscos del oscuro salón lleno de libros en diversas lenguas. Andersen parece sentirse devoto a ella. Él cocina y se ocupa de todo, y cuando tiene que salir de casa la encierra en su habitación. En esa atmósfera turbia, “a la vez íntima y desordenada,” vivían los dos hermanos cuando el asesinato de Isaac Goldberg atrae hacia ellos la atención que Carl Andersen había precisamente tratado de eludir al fijar su residencia en un lugar tan aislado.

Mientras, el señor Michonnet no hace más que lamentarse por la pérdida de su coche nuevo, y el señor Óscar, un antiguo pugilista, ahora el jefe de la gasolinera y el taller mecánico donde suelen repostar los camiones de mercancías que se dirigen cada noche al mercado de Les Halles, se muestra cercano y jovial con Maigret: la historia le parecería muy divertida si no fuera que hay un cadáver por medio. Pero ninguno de ellos vio ni oyó nada, y ninguno tiene coartada. La noche en que la viuda de Goldberg llega a la encrucijada es asesinada de un disparo no bien ha puesto un pie fuera del coche. Es entonces cuando el inspector Maigret comprende que el culpable de estos dos asesinatos puede ser cualquiera de los habitantes de esta tétrica encrucijada.

Lo innombrable

 

hjames short stories2

Una parte de las críticas que recibió The Turn of the Screw, la más famosa historia de fantasmas de Henry James, al ser publicada, reflejó el escándalo moral que suscitó entre algunos de los primeros críticos que la leyeron, que la calificaron como repulsiva, asquerosa y, en el caso de la reseña en el periódico The Independent, como “una afrenta a la más sagrada y dulce fuente de la inocencia humana.” Para estos críticos, el acto de lectura de este relato era moralmente comprometedor para el lector, que no podría evitar hacerse partícipe de la atmósfera de corrupción moral destilada por la simple presencia de los dos infames fantasmas que visitan a la institutriz de la casa de Bly y a los dos niños, Miles y Flora, de diez y ocho años respectivamente, a su cargo.

Especialmente a partir del ensayo de Edmund Wilson, “La ambigüedad en Henry James,” de 1934, que pronuncia el caso de la institutriz como el de un delirio neurótico causado por la pasión insatisfecha por el guardián de los niños, la interpretación de la historia se ha dividido entre los que creen que los fantasmas son fruto de la imaginación de la institutriz y los que otorgan fiabilidad a la realidad de su existencia.

Ciertamente, la institutriz parte con todas las cartas para acabar siendo víctima del delirio. Hija menor de un pastor de Hampshire, con veinte años de edad este es su primer empleo y las dos reuniones con el guardián de los niños suponen sus únicos dos encuentros con un varón deseable con un status reconocido, la posible personificación en su mente de los apuestos galanes de la novela romántica que ha formado parte de la dieta intelectual de la institutriz. El hecho de que el apuesto guardián de los niños establezca como condición primordial no ser molestado en adelante, al tiempo que otorga a la inexperimentada institutriz la autoridad absoluta sobre la casa de Essex en la que viven los niños con la impresionable ama de llaves, Mrs Grose – la institutriz pronto comprende que Mrs Grose será una aliada incapaz de cuestionar su propia voz, que es revestida de todo el peso de la autoridad en Bly – y los demás sirvientes implica que esta establezca desde el principio una concepción un tanto grotesca de su propio papel.

En la casa de Bly se le concede uno de los mejores dormitorios; el ama de llaves Mrs Grose no tiene la capacidad ni la voluntad de ejercer el mando, y el guardián no quiere ser molestado bajo ninguna circunstancia – exenta de cualquier fuente externa de autoridad, la institutriz queda prendada de su propia estación al mando de Bly, y su vocación, especialmente una vez que conoce a los angelicales y misteriosos niños, es la de alcanzar, a través de su papel como institutriz, el rango de heroína.

Es por esto que, al conocer que los niños son visitados por los fantasmas de Peter Quint, un sirviente del guardián que vivió con ellos antes de morir en extrañas circunstancias, y Miss Jessel, su anterior institutriz, sobre quienes recayó una oscura reputación en el pasado, la institutriz decide que la batalla que ha de librar con estos dos espíritus nefastos es una lucha del bien contra el mal por la posesión de las almas de los dos niños.

Henry James es en gran parte de su obra el maestro de lo no-dicho. Parte de su genio reside en que es en la imaginación del lector donde la mayor parte de la acción tiene lugar, pues los silencios, las frases no acabadas, las conclusiones apenas esbozadas sobre cada anécdota, cada idea parcialmente expuesta… constituyen el intangible, etéreo e inasible, pero firmemente trabado armazón de la historia.

The Turn of the Screw, más que una historia de fantasmas, es una historia sobre el silencio, sobre lo que no se puede escribir, sobre lo innombrable. En ella Henry James eleva el silencio a la categoría de un arte. Los dos grandes errores de la institutriz tienen lugar en las ocasiones en las que se atreve a nombrar lo innombrable frente a cada uno de los niños. De esta manera los pierde, y ellos se pierden. Es sólo en el silencio paciente de las frases ambiguas y las acciones aparentemente justificadas que existe un atisbo de esperanza para los niños asediados por el influjo del pecado. Cuando ella quiebra ese silencio, en su afán por derrotar el mal, el orden vital de la casa de Bly se desmorona y la convivencia, la propia vida, se hacen imposibles.

Contra la mercantilización de la educación

Nuccio Ordine - Clásicos para la vida

En este libro que se centra en el papel de los clásicos en la pedagogía, el profesor de literatura italiana y especialista en el Renacimiento de la Universidad de Calabria, Nuccio Ordine, nos presenta cincuenta citas de cincuenta trascendentales clásicos de la literatura universal para extraer de cada una de estas citas una enseñanza moral. El volumen puede servir para animarnos a leer por nuestra cuenta alguna de las cincuenta obras citadas, pero ya de por sí cumple su función al ofrecer pequeñas grandes lecciones de gran provecho para vivir una vida mejor, como ciudadanos mejor formados y por lo tanto más libres y más capaces de fortalecer los valores democráticos de nuestra sociedad.

La primera parte de libro, traducido del italiano por Jordi Bayod, consta de una elaborada introducción sobre la importancia del papel de los clásicos en la escuela. Cada una de las cincuenta citas está sacada de una columna publicada en el Corriere della Sera entre septiembre de 2014 y agosto de 2015. Estas columnas, a su vez, estuvieron inspiradas en las lecciones que el profesor Ordine acostumbraba a ofrecer a sus alumnos todos los lunes comentando un fragmento de un texto clásico. En esta introducción Nuccio Ordine se despacha a gusto criticando la pésima situación de la educación pública, en un tiempo en que se va avanzando hacia la supuesta panacea de la escuela digital mientras se dejan de lado los preciados saberes que proporciona el estudio de las humanidades.

Nuccio Ordine se apoya en un texto del sabio Albert Einstein, “Sobre la educación,” que cierra el libro para exponer cómo, en las palabras de Einstein, “lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados.” Ordine se enfrenta a la concepción utilitarista de la educación, como mero medio de obtener un título para acceder a una profesión. Esta crisis también afecta el ámbito de la investigación universitaria, donde las investigaciones puramente teóricas están recibiendo menos subvenciones que las que tienen objetivos prácticos.

La misión sagrada de la escuela es alimentar la curiositas, del niño, su sed de conocimientos de toda índole, su ansia de conocer la verdad. Y la adquisición de conocimiento, en la opinión de Ordine, no puede ir alejada de la interiorización de valores morales tales como “la legalidad, la tolerancia, la justicia, el amor al bien común, la solidaridad humana, el respeto a la naturaleza y al patrimonio artístico.” No puede haber mayor valor democrático que una amplia distribución de la cultura, y esto no puede sino redundar en el fortalecimiento de los principios que deberían regir aún nuestra sociedad.

La inocencia de un mundo más cruel

Jane Austen's England

Resulta una experiencia inaudita acercarse a este estudio de la historia social durante el período en que vivió la novelista inglesa Jane Austen como el que proporciona este libro. En un tiempo como el actual en que Jane Austen se afianza como icono predilecto del gusto popular y académico, al tiempo que proliferan las ediciones de sus novelas y los estudios críticos, las traducciones de éstas y sus adaptaciones cinematográficas… sigue subsistiendo un desconocimiento generalizado de las características de la sociedad de la época, quizá afianzado por el halo de idealización de las representaciones de sus obras en la pantalla, y por el hecho de que las obras mismas de Austen se centran en cuestiones que atañían a la sociedad más respetable, lejos de las vicisitudes prosaicas de la vida ordinaria.

Este libro escrito por la pareja de historiadores Roy y Lesley Adkins viene a subsanar esa deficiencia en nuestro conocimiento de la vida cotidiana en la Inglaterra de Jane Austen. Para elaborarlo han consultado una gran variedad de fuentes documentales, de las cuales se reproducen los diarios y cartas personales de algunos testigos comunes de la época: el pastor James Woodforde, que estaba a cargo de la parroquia de Weston Longville en Norfolk, la institutriz Nelly Weeton, que trabajó en diversas residencias en el norte de Inglaterra, y también los relatos de dos viajeros extranjeros: el americano Benjamin Silliman y el alemán Carl Moritz.

De la mano de estos testigos de la época nos es dado espiar los usos y costumbres centrados alrededor de una serie de episodios y aspectos fundamentales de la vida, como lo son las bodas, la infancia, la vida doméstica, la moda, la religión y la superstición, la riqueza y el trabajo, el tiempo libre, el crimen, la medicina y los decesos. Aspectos a la luz de los cuales la vida cotidiana en el período de la Regencia del príncipe Jorge se nos aparece mucho más alejada de nuestra vida moderna de lo que en un primer momento pudiéramos sospechar.

Comencemos por las bodas. Al margen de la imagen de glamour romántico de los bailes elegantes que se organizaban para que los jóvenes encontrasen pareja, una vez se había pasado por la vicaría la realidad de la vida de la mujer casada era poco envidiable. Su propiedad se convertía en propiedad de su marido, y no tenía derecho a poseer tierras o ingresos propios, a no ser que se hubiese especificado lo contrario en un acuerdo. Los ricos podían comprar una licencia de matrimonio, pero la gente común debía recibir la aprobación paterna y de los vecinos de su parroquia. Es por esto que eran comunes las parejas de enamorados que se escapaban para casarse sin consentimiento paterno, sobre todo a pequeños pueblos en la frontera con Escocia, donde las leyes que regían el matrimonio eran menos estrictas. Las mujeres no casadas sin ingresos particulares se enfrentaban a un futuro complicado. Algunas, como Nelly Weeton, se hacían institutrices, con lo que podían subsistir aunque sus ingresos derivados de este trabajo fueran bajos. El divorcio se podía conseguir sólo de manera costosa, mediante una ley parlamentaria, y por lo tanto estaba reservado para las clases pudientes. En tales casos la madre solía perder la custodia de los hijos. Estaba permitido que el marido golpease a su esposa, a no ser que pusiera en peligro su vida. Un método utilizado por los maridos que no podían aspirar a pagar un divorcio era el de vender a sus esposas, incluso en contra de la voluntad de éstas. Esta práctica era denostada por muchos, pero continuó hasta casi el fin del siglo diecinueve. Estas “ventas de esposas” solían ser por acuerdo previo y debían ser conducidas en un lugar público.

Una mujer viuda tenía muchas opciones de caer en la pobreza más absoluta, ya que la herencia pasaba automáticamente a los hijos o familiares varones. Es por esto que debían tratar de volver a casarse. El principal papel de la mujer dentro del matrimonio era el de tener hijos, lo cual en numerosas ocasiones resultaba en su propia muerte en el parto. Debido a la ley de la época, era esencial tener un hijo varón para asegurar que la herencia no se iba a parientes varones lejanos.

Cuando estaban embarazadas, las mujeres pasaban la mayor parte del tiempo dentro de la casa, y se metían en cama unas seis semanas antes de la fecha probable del parto. Es así que la mayor parte de las veces, las mujeres daban a luz en sus hogares, pues en los hospitales no se podía garantizar la higiene, y a estos sólo acudían las mujeres pobres. El destino de una madre pobre no casada era negro, frecuentemente desembocaba en la prostitución. Se las despedía de sus trabajos como sirvientas y no encontraban otra manera de subsistir.

El acto de dar a luz era muy peligroso, pues no había anestesia ni antibióticos, y no se conocía la naturaleza de las infecciones. En los hospitales las infecciones eran frecuentes. En aquel tiempo se empezaron a realizar las primeras cesáreas, pero la práctica no estaba desarrollada ni generalizada. Un cirujano de la época realizó en noviembre de 1793 la primera cesárea en la que la madre sobrevivió, aunque no el bebé.

Una vez que nacía el bebé, se le solía asignar una mujer que se ocuparía de amamantarlo, normalmente una mujer campesina o una sirvienta que hubiese dado a luz recientemente, pues existía la superstición de que las madres no debían dar el pecho a sus hijos. Cuando eran muy pequeños, los niños a veces se criaban con padres adoptivos, y tal fue el caso de las hermanas Austen.

Otra costumbre que puede parecer supersticiosa era la de que la mujer que había dado a luz debía ser purificada en una ceremonia religiosa. Como la madre no era ritualmente “purificada” hasta unas semanas después del parto, a veces no podía asistir al bautizo de su hijo o hija, que se realizaba muy pronto después del nacimiento.

Existía la costumbre de enrollar a los bebés en bandas de ropa tirante, pues se creía que esto prevenía la formación de miembros torcidos, aunque en realidad causaba serios problemas. Pero en la década de 1790 esta práctica ya iba a menos, y se comenzaba a vestir a los bebés con túnicas y gorros. Apenas existían juguetes para niños, y en su lugar habitualmente se los sedaba con una mezcla de licor, opio, morfina y un compuesto del mercurio.

La mortalidad infantil era alta y abundaban las enfermedades infecciosas. En casi todas las familias moría al menos un hijo. Sin embargo la población estaba en pleno proceso de expansión, y las ciudades crecían. Si un niño era abandonado en un lugar público, se convertía en la responsabilidad de la parroquia. En 1741 se abrió el primer hospital en Londres para niños abandonados. Otras madres pobres y solteras asesinaban a sus hijos o trataban de abortar. Mujeres con más recursos podían trasladarse a una residencia discreta para ocultar su embarazo y luego daban el bebé en adopción.

El uso de anticonceptivos se consideraba inaceptables para las mujeres casadas, y cada esposa tenía de media seis o siete hijos que sobrevivieran al parto y a la primera infancia. Unos tipos de preservativos muy toscos y primitivos se utilizaban con las amantes o las prostitutas. La prostitución no era ilegal, pero la homosexualidad sí.

Los juguetes sólo estaban al alcance de las clases más pudientes, y en general los castigos a los hijos por sus travesuras eran muy severos. Era frecuente el delito de robar a niños. Algunos niños eran robados para ser proporcionados a familias que no podían tener hijos, otros para ser utilizados como mano de obra barata, y otros eran vendidos para la esclavitud en los países en que ésta existía o para la prostitución.

Los niños de las familias con recursos aprendían sus primeras lecciones en casa con una institutriz. Las escuelas locales se especializaban en la enseñanza de la gramática del latín, para que los estudiantes pudiesen acceder a Oxford o Cambridge, donde el latín era muy importante. Gradualmente, estas escuelas empezaron a enseñar también griego, matemáticas y literatura, oratoria y deportes. Algunas de estas escuelas públicas eran más selectas, como las de Eton o Harrow, y el acceso a las mismas requería de contactos especiales. Las niñas aprendían en casa de la mano de las institutrices, aunque empezaba a haber algunas escuelas que las admitían. La educación formal de Jane Austen terminó a los once años.

Existían escuelas de caridad y religiosas para los niños pobres, sobre todo del credo noconformista, hasta que la iglesia de Inglaterra empezó a crear escuelas para los pobres, pero se centraban en la educación religiosa. A los catorce años estos niños pobres podían comenzar a trabajar como aprendices, bajo un estricto contrato que duraba siete años. Los niños de buena familia de esta edad que no querían seguir estudiando solían unirse a la Marina Real. Los niños más pobres eran llevados a las minas o a las fábricas textiles del norte, donde las condiciones de trabajo eran muy duras. Pero quizá el trabajo más duro que podía realizar un niño era el de limpiar chimeneas, un trabajo que frecuentemente resultaba en su muerte prematura.

En la arquitectura se desarrollaba el elegante estilo georgiano en los barrios residenciales más pudientes, pero los pobres vivían hacinados en viviendas insalubres, especialmente en Londres. Había poca seguridad respecto a la vivienda. Las viudas generalmente debían abandonar el domicilio familiar.

Los inviernos de la década de 1790 fueron especialmente fríos, y la mayoría de los hogares se calentaban con carbón, que llegaba de las minas a través de la incipiente red de canales. A veces los amplios vestidos de las mujeres eran atrapados por las llamas, y en los periódicos abundaban las noticias de mujeres que morían por esto. Los incendios eran frecuentes, y en aquel tiempo se formaban los primeros cuerpos de bomberos. Las casas se iluminaban con velas de distintos tipos y calidades.

Hubo problemas de hambrunas debidas al aumento de la población, a las guerras con Francia y al hecho de que algunos granjeros almacenaban la cosecha para inflar los precios. La leche y otros alimentos eran frecuentemente adulterados. Era difícil mantener la comida fresca, sobre todo en verano. La posesión de hielo se convirtió en una obsesión. Los contrabandistas campaban a sus anchas. Las cenas eran copiosas, aunque a veces los alimentos estaban en mal estado.

La moda del vestido femenino comenzó a imitar el mundo clásico, mientras que el atuendo masculino imitaba el estilo militar. El avance de las fábricas textiles significó que empezasen a proliferar los tejidos. Los caballeros llevaban pantalones hasta la rodilla y medias. Los hombres pobres llevaban puesto lo que pudiesen encontrar. Las mujeres llevaban apretados corsés. La muselina empezó a ponerse de moda. La ropa se hacía por encargo, y muchas veces se rehacía o transformaba. El paraguas empezaba a utilizarse en aquel tiempo. Las pelucas iban cayendo en desuso. La ropa y las sábanas se lavaban en enormes calderas, pero no frecuentemente, ya que era un trabajo pesado y costoso. Normalmente se dedicaba una semana al lavado de prendas de ropa y ropa de cama y toallas cada mes y medio, y se contrataba a mujeres para realizar la tarea. Las primeras máquinas lavadoras de madera comenzaban a aparecer. El jabón era caro y estaba sujeto a elevados impuestos, por lo que la gente frecuentemente sólo utilizaba agua para lavarse. Las casas tenían orinales pero también una construcción en el jardín que servía de inodoro.

Muchos hombres salían de la universidad para seguir una carrera en la iglesia de Inglaterra. Sus parroquianos debían pagarle un tributo, conocido como “tithe,” que podía consistir en un diez por ciento de sus cosechas, pero también había impuestos para el registro de bodas, bautizos y entierros. Los pastores tenían suficientes ingresos, pero también realizaban donaciones caritativas entre los más pobres de la parroquia. El lugar en que se sentaba un feligrés en la iglesia era indicativo de su estatus social. La clase trabajadora trabajaba seis días a la semana y el domingo debía ir a la iglesia. Poco a poco el metodismo empezó a ganar popularidad, sobre todo entre las clases más humildes.

Entre las supersticiones estaba la creencia en los fantasmas. La gente que se suicidaba no recibía una sepultura en terreno consagrado, sino que era enterrada por la noche en una encrucijada al tiempo que se clavaba una estaca en el cuerpo. La gente temía a las brujas, y cuando alguna era cazada, se la castigaba públicamente.

Un impuesto sobre la renta fue introducido en 1799, pero los ricos seguían viviendo sin realizar trabajo alguno. Derivaban sus ingresos de sus tierras y propiedades. Al mismo tiempo, muchos trabajadores perdían sus empleos en las fábricas por el avance de las máquinas, lo que ocasionó el surgimiento del ludismo, el movimiento que consistía en destrozar las máquinas de las fábricas textiles principalmente.

El trabajo agrícola seguía el curso natural de las estaciones y se vio afectado por el comienzo de la práctica de cercar la tierra. Esto dio lugar a que muchos labradores perdieran sus derechos a trabajar las tierras y tuvieran que abandonar los pueblos para buscar empleo en los centros urbanos. La Marina inglesa tenía derecho a apresar a jóvenes para forzarles a trabajar de marineros. En los pueblos, las parroquias debían hacerse cargo de los pobres que vivían en su jurisdicción.

Los trabajadores poseían escasas oportunidades para el ocio. Existían deportes por los que se torturaba a animales, incluidos los toros. La tortura de animales como entretenimiento fue prohibida en 1835. Se jugaba al futbol, al cricket, se practicaba la lucha y las carreras de caballos estaban muy de moda. En la ciudad se iba al teatro y en los pueblos se asistía a las actuaciones de actores ambulantes. Los primeros conciertos musicales empezaban a tener lugar. La mayor parte de la gente organizaba cenas con familiares y amigos como entretenimiento. Comenzaron a apreciarse las oportunidades de realizar viajes para conocer los lugares más apartados de las islas, mientras que el Grand Tour de Europa seguía siendo una costumbre respetable.

Se produjo una gran expansión en la publicación de libros, aunque existían las bibliotecas que funcionaban con suscripciones. Solían leerse los libros en alto al resto de la familia, más que leerse en solitario. Habitualmente se escribían cartas, aunque el papel de que podía hacerse uso era limitado.

La gente frecuentemente tenía que caminar para desplazarse. Sólo los ricos tenían carruajes, aunque todo el mundo podía alquilar una plaza en una diligencia. Aunque éstas no siempre eran seguras, debido a las condiciones de los caminos y a los bandoleros. Las primeras carreteras de peaje comenzaban a aparecer, aunque éstas eran resentidas por la mayor parte de la población.

El crimen estaba muy extendido, especialmente en los caminos. Muchos de estos ladrones eran antiguos soldados que seguían la tradición de Dick Turpin, que fue ejecutado en 1739. La gente que salía viaje tenía razones para sentirse nerviosa. También se robaba mucho en las casas, tanto en las de clase media como en las afluentes. La pena de muerte estaba extendida porque las cárceles estaban mal vistas, ya que se consideraba que en ellas se gastaba dinero en mantener a criminales. Pero existían las prisiones para la gente que tenía deudas, aunque este procedimiento para hacerles pagar parezca ilógico en caso de que no dispusiesen de dinero. El padre de Charles Dickens estuvo en una de estas prisiones. Algunos criminales eran transportados a América, donde debían trabajar como esclavos en las plantaciones, y más tarde, después de la guerra de independencia, serían transportados a Australia. Otros delincuentes podían sufrir latigazos, incluso por robar una hogaza de pan. Las ejecuciones eran públicas. Frecuentemente los cadáveres de los criminales ejecutados se dejaban colgando de unas construcciones especiales a la vista de todos durante un tiempo, para disuadir a posibles futuros criminales. La traición se consideraba merecedora de los castigos más brutales. Las mujeres eran quemadas en la hoguera, y los hombres troceados en público.

La ciencia médica comenzaba a desarrollarse, pero para ello los cirujanos necesitaban poder disponer de cuerpos que diseccionar, y debido a esto surgió un comercio clandestino de cadáveres. Había hombres que se dedicaban a asaltar tumbas para robar cadáveres recientes y proporcionarlos a los hospitales de cirujanos para sus estudios. Nadie podía estar seguro de que su familiar no hubiese sido robado de su tumba por la noche, a pesar de que existían guardias nocturnos en los cementerios para intentar evitar estos robos. Algunas familias recurrían a vigilar las tumbas día y noche. Los pobres no podían hacer esto, y por eso sus tumbas eran las más frecuentemente asaltadas.

Entre los tratamientos médicos era frecuente desangrar a los enfermos, y las amputaciones. Existía el problema de la pérdida temprana de la dentadura, y para solventarlo se hacían trasplantes de dientes. Muchos de estos dientes trasplantados provenían de cadáveres. De los cuerpos de los soldados caídos en Waterloo en junio de 1815 se robaron muchos dientes para trasplantes. Los que asaltaban tumbas para vender los cuerpos a médicos cirujanos también vendían los dientes del cadáver a dentistas. En 1832 se pasó una ley para regular la adquisición de cadáveres para el estudio anatómico.

El mundo de nuestros antepasados puede chocarnos, atraernos o repelernos, pero en todo caso representa uno de los escalones que han hecho posible el progreso de que disfrutamos hoy en día. Es importante no idealizar el tiempo que ya pasó, pero también es conmovedor leer los testimonios de primera mano de aquellos que nos precedieron en esos momentos en los que podemos atisbar en ellos una inocencia moral no corrompida por el descreimiento que es el precio de la modernidad.

Entre la atrocidad y el amor

Elvira Navarro - Los últimos días de Adelaida García Morales

En la polémica en torno a la publicación de Los últimos días de Adelaida García Morales (2016) por Elvira Navarro, esta valiente autora ha sido más que injustamente tratada. La acusación vertida por Víctor Erice en Babelia (El País), en el tristemente famoso artículo “Una vida robada,” por la que éste echa en cara a Elvira Navarro que no haya respetado los límites entre la realidad y la ficción, utilizando la identidad de su fallecida exmujer la escritora Adelaida García Morales en su libro, no tiene sentido a la luz de lo afirmado por Carlos Pardo en el artículo, también publicado en El País, de Maribel Marín, “La ficción también duele:

“Nadie pidió a Mörike en su Mozart de camino a Praga ni a Büchner en la obra maestra Lenz que se documentaran ni que preguntaran a la familia.”

Y, más adelante, en las palabras de Javier Cercas:

“Tolstói no le pidió permiso a Napoleón para meterlo en Guerra y paz, Shakespeare mete todo lo que quiere…”

Un célebre ejemplo reciente del uso de personajes reales como punto de partida para la elaboración de una obra de ficción es la exitosa y ampliamente subjetiva novela de Julian Barnes inspirada en Dmitri Shostakóvich, El ruido del tiempo (2016).

Y, curiosamente, el propio Erice ha recurrido a la obra de Orson Welles para promocionar sus talleres de cine “Rosebud” a los que se puede acceder en su página web https://www.rosebudtalleresdecine.com/, y no creemos que haya tenido la deferencia de consultar a la familia y amigos del célebre cineasta norteamericano.

Vemos, por lo tanto, que la realidad es y ha sido una fuente constante de elementos en base a los cuales desarrollar productos artísticos, aunque en el caso de los talleres de cine de Víctor Erice, el uso que hace de la palabra Rosebud es meramente comercial.

Elvira Navarro - Los últimos días de Adelaida García Morales2

En la argumentación de Víctor Erice, éste resalta que Elvira Navarro se refugia detrás de los personajes de su obra – “una suerte de burladero intelectual,” dice él – que tienen el objetivo de “resguardarla de los riesgos que entraña pisar el ruedo.” Parece que el cineasta la pretenda acusar, con su lenguaje enrevesado, de utilizar la ficción para perpetrar una difamación sobre su persona y la de Adelaida García Morales: “me preocupaba que el libro de Navarro incurriera en un uso vano de nuestros nombres,” dice en la primera parte del artículo. Y también dice: “Tras la lectura pude comprobar que Navarro me hace irrumpir en su texto en más de una ocasión, aludiendo no sólo a mi condición de director de la película El Sur, sino también como expareja de Adelaida.” Sin embargo, en ningún caso hace mención de su derecho a acudir a los tribunales para reparar los posibles daños a su imagen y/o a la de su exmujer. Lo que sí deja caer es su convicción de que Elvira Navarro habría utilizado el nombre y la identidad de Adelaida García Morales con fines publicitarios y lucrativos, rehusando dar a su libro el nombre, dice Erice, por poner un ejemplo, de Los últimos días de Paquita Martínez.

El caso es que Víctor Erice confirma por sí mismo que la anécdota de la que parte Elvira Navarro para la elaboración de su obra es real: “lo único real que contenía el texto era una anécdota protagonizada por Adelaida pocos días antes de morir, según la cual había acudido a la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de Dos Hermanas pidiendo 50 euros para poder ir a ver a su hijo en Madrid.” El lenguaje empleado por Erice en este momento también se presta a los equívocos. Dice que la anécdota es “lo único real,” pero también afirma que “según” esa anécdota Adelaida García Morales había acudido a dicho ayuntamiento para pedir dinero, un uso del lenguaje que arroja sombras sobre la veracidad de la misma anécdota que se acaba de describir como “real.”

Sin embargo parece en mi opinión perfectamente legítimo que una escritora que se confiesa gran admiradora de otra escritora de una generación anterior, decida tomar la pluma y dejar discurrir su inspiración creativa para acercar la figura de ésta a un público contemporáneo que por obra y gracia de la total pasividad de las entidades culturales y de la crítica literaria del país, apenas la conocía, y esto parece especialmente grave teniendo en cuenta la excelente calidad literaria de su obra.

Hubo una reacción contra Elvira Navarro en las redes sociales a raíz de la publicación del artículo acusador de Víctor Erice, pero dudo que todos los ofendidos se hubiesen siquiera leído la obra de Navarro, pues si lo hubieran hecho habrían comprobado que la crítica de Erice no se sostiene. Para cualquier lector mínimamente cualificado resulta fácil distinguir los elementos reales de los ficticios en Los últimos días de Adelaida García Morales. La anécdota protagonizada por la autora en el ayuntamiento de Dos Hermanas en los últimos días de su vida ya ha declarado el propio Erice ser cierta (o eso creemos). Sacando esa anécdota, todo lo demás referido a Adelaida García Morales es claramente ficticio, a no ser que el lector crea posible que García Morales fuese visitada por un sátiro llamado Adam que la empujaba a realizar rituales con los que ultrajar a la Virgen en el cementerio de su localidad. A todas luces, todo esto es una recreación imaginativa con tintes góticos y claramente irreales.

El caso es que en esta parte ficticia de la narración es donde Elvira Navarro alcanza, a partir de sucesos enteramente imaginativos, a expresar una verdad – y una crítica – más patente y más profunda. El sátiro, representante de la lascivia masculina – recordemos que un sátiro es una figura mitológica con cabeza y torso de hombre y la parte inferior del cuerpo de macho cabrío – curiosamente se llama Adam, como el primer hombre de la Creación, y es aquí cuando resuena la crítica feminista en el libro de Navarro. Víctor Erice ha manifestado sentirse ofendido por la portada del libro de Navarro, en la que se muestra un retrato coloreado que él realizó a Adelaida. No es para menos, junto a esta fotografía, que reposa sobre una mesa, hay dos libros, y en la portada de uno de ellos podemos leer claramente el nombre de la escritora norteamericana Siri Hustdvet, la esposa de Paul Auster, que ha presentado recientemente su libro de ensayos La mujer que mira al hombre que mira a las mujeres (2017), una perspectiva feminista sobre el mundo del arte, y que utilizó su novela Un mundo deslumbrante (2014) como catarsis de su frustración por el escaso reconocimiento a su obra, cuya repercusión en los medios según Hustdvet se ha visto disminuida por el hecho de ser ella la esposa de Paul Auster.

Y bien, quizás Elvira Navarro también crea, podemos deducir por su elección de portada, que Adelaida García Morales vio el reconocimiento a su obra ensombrecido por el prestigio y la notoriedad de su marido Víctor Erice, y, a pesar de que la propia Navarro rehúse hablar de literatura femenina o de los valores femeninos en la obra de García Morales, su principal cometido con Los últimos días de Adelaida García Morales parece ser la realización de una crítica feminista del desgraciado destino, literario y personal, de tan excelsa escritora. Y es en este contexto cuando especialmente duele que en su artículo “Una vida robada,” Víctor Erice describa a su fallecida exmujer con las siguientes palabras: “Logró cierta fama literaria, aunque efímera.” Parece que Elvira Navarro hubiera pretendido, ante semejante falta de entusiasmo, no sólo homenajear a la autora extremeña, como ella misma ha declarado, sino también traerla a la atención de las nuevas generaciones de lectores, aquellos que éramos niños cuando El Sur seguido de Bene y El silencio de las sirenas salieron a la luz y que por lo tanto no pudimos llegar a conocer a esta escritora en los años oscuros, con escasa repercusión mediática a pesar de que siguió trabajando, que siguieron a su divorcio.

Elvira Navarro - Los últimos días de Adelaida García Morales3

Elvira Navarro se fija en dos escenas principales de la película en las que la adaptación del relato chirría especialmente. El personaje de la concejala de Cultura del ayuntamiento, a través de quien se vertebra parte de la narración en la primera parte del libro, siente remordimientos tras el fallecimiento de Adelaida García Morales por no haberle gestionado bien la ayuda, y decide leer su relato más famoso, El Sur, y ver la película de Víctor Erice con el fin de ayudarse a tomar una decisión sobre el probable homenaje que piensa que podría organizar desde su puesto en la concejalía de Cultura. Es ilustrativo que sea la concejala de Igualdad la que ve como la cara oculta de su conciencia. La tensión entre las concejalías de Cultura e Igualdad en el ayuntamiento de la historia podría verse como una representación de la base crítica del libro de Navarro: el rango inferior otorgado a las mujeres en el ámbito cultural aún en nuestros días se encontraría en parte detrás del ostracismo sufrido por García Morales a lo largo de su carrera – inexplicable a tenor de la extraordinaria calidad literaria de su obra en nuestro panorama narrativo y del nivel del auto-exigencia de la escritora – pero especialmente desde su divorcio y su caída progresiva en la depresión.

A la concejala le produce asco la “deriva incestuosa” de la película, que comienza a manifestarse más claramente en las escenas que describen la primera comunión de Estrella, especialmente en ese pasodoble que su padre baila con ella, al tiempo que el personaje de Rafaela Aparicio (que no aparece en el libro) no deja de repetirle a Estrella que con su vestido de comunión parece “una novia.” El tono de la descripción de la primera comunión en el libro de Adelaida García Morales es bien distinto. El padre no se va a las colinas colindantes a disparar tiros para manifestar su hombría. En el libro la niña, Adriana, lejos de quedar sometida al padre a través del ritual de emparejamiento que supone bailar el pasodoble juntos, escena, que, como he dicho, no tiene lugar en el libro, tiene un arrebato místico en la iglesia. El amor entre ambos es, en este momento, puro. Cuando ve que el padre se ha acercado a la iglesia a pesar de ir en contra de sus ideas, se dispone a realizar un sacrificio ante Dios por amor hacia su padre:

“No te habías preparado como para una fiesta. Pero a mí eso no me importó, pues, viéndote en aquella penumbra que te envolvía, me pareció que soportabas una especie de maldición. Por primera vez temí que pudieras condenarte de verdad. Entonces, cansada ya de tantos padrenuestros inútiles como había rezado por ti, se me ocurrió hacer un trato con Dios. Le ofrecí mi vida a cambio de tu salvación. Yo moriría antes de cumplir los diez años: si no era así, significaría que nadie me había escuchado en aquellos momentos.”

No se dice en el libro de Adriana que parece “una novia” cuando hace la primera comunión. Eso sí, su padre le dice “Pareces una reina.” La vinculación de Adriana con un don especial, tal como el regio, no termina aquí. En dos escenas que aparecen en el libro pero que no fueron introducidas en la película Adriana emula a Juana de Arco. Tiene una amiga de su edad que se convierte en blanco de su hostilidad, Mari-Nieves, y en sendas ocasiones la ataca, la segunda de ellas después del convite de su primera comunión: “Yo llevaba puesto mi vestido blanco de reina. Esta vez me sabía llena de razón.” La fortaleza interior de Adriana es así proyectada agresivamente hacia el exterior; es la misma fortaleza con la que superará el deseo de su padre de someterla, lo que acaba provocando el suicidio de éste quizás en mayor medida que su fallida relación con Gloria Valle / Irene Ríos.

La representación de la otra mujer que el padre de Adriana amó es quizás otro de los puntos en que hay una divergencia importante entre el libro y la película. Este personaje incluso adquiere un nombre diferente en el film: Irene Ríos, que en realidad es el nombre artístico de la mujer, que es actriz. Las escenas de la película en que aparecen Irene Ríos – una película dentro de la película –, el cine Arcadia y el café Oriental son enteramente la invención de Víctor Erice, y su resultado es bastante desigual.

En el libro no hay una visita de la abuela y su criada, sino que la abuela enferma y los padres de Adriana van a Sevilla a acompañarla en su muerte. Es allí que el romance del padre con Gloria Valle revive o quizás sale a la luz; podemos suponer que se encontrase con ella allí, ya que era vecina de la casa familiar. Adriana percibe el cambio a su regreso: “Supe que en tu vida había existido otra mujer.” Gloria Valle les envía cartas a casa que la madre destruye. Al comprobar el estado de postración en que se haya su padre, la imagen de éste que tiene Adriana se altera: “Te vi envejecido y, al mismo tiempo, desvalido como un niño.” Es entonces cuando empieza a comprender que ella también puede sobreponerse a él, siguiendo el ejemplo de Gloria Valle.

La historia en la película es bien distinta. Mientras que en el libro Gloria Valle es una mujer angelical que el padre conoció en un baile de disfraces cuando ambos tenían quince años: él iba vestido de don Juan con una careta de diablo (recordemos a Adam, el sátiro que asalta a Adelaida García Morales en el libro de Elvira Navarro) y ella iba vestida de Doña Inés. He aquí otra imagen, muy poderosa, de la pureza femenina frente a la lascivia diabólica del hombre. Pero nada de esto es representado en la película de Erice, en la que Gloria Valle pierde los atributos trascendentales de su nombre (Gloria) y pasa a adquirir el lascivo, por húmedo, apellido Ríos. Irene Ríos no es una Doña Inés angelical sino una actriz de segunda a la que suelen dar papeles de mujer fatal. Con estas modificaciones en el guion Víctor Erice se permite hacer su homenaje particular al mundo del cine; Irene Ríos incluso aparece cantando el clásico tema, Blue Moon, que hizo famoso Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (1961), un momento de la película en el que Erice no le importó hacer uso de la propiedad intelectual ajena. En todo caso, vemos como la historia de El Sur pierde los atributos místicos de que goza la representación del amor en el proceso de adaptación al cine.

Otro ejemplo de la deriva lasciva de la película está en la importante escena en la que Adriana se esconde debajo de la cama durante varias horas. Dice Adriana:

“Un día decidí escapar a tus ojos, aunque me quedara en casa. Quizás con mi fingida desaparición deseara descubrir en ti una necesidad desesperada de encontrarme. Así que me escondí debajo de una cama. Me armé de paciencia, dispuesta a no salir de allí en mucho tiempo.”

Vemos que la decisión de Adriana de esconderse es una manera de llamar la atención de su padre, que está ahora sumido en la melancolía que le produce el recuerdo de Gloria Valle. En la película el padre golpea rítmicamente el suelo de su estudio en el ático con el bastón, al tiempo que la niña llora. Mientras se desarrolla este juego licencioso, la madre acaba finalmente encontrando a Adriana debajo de la cama, y en ese momento le pregunta por qué llora, a lo que Adriana responde con una contundente exclamación: “¡Porque me gusta!” El equívoco sobre el posible placer que la niña derivaría de la sonoridad rítmica de los golpes del bastón del padre no aparece en el libro, pues en el libro no existe tal bastón. Sí que hay un momento bastante anterior en el que, en una escena en un contexto totalmente diferente, Adriana contesta “¡Porque me gusta!” a la pregunta de su madre de por qué llora. Pero en esa escena la niña llora porque la madre es distante con ella, y no interviene el padre en absoluto: “¡No la quiero porque ella tampoco me quiere a mí!,” había exclamado Adriana con anterioridad.

Podemos ver que mientras que la niña sufre un cierto proceso de perversión en la película, en el libro su pureza se mantiene intacta. Es demasiado lista para dejarse someter, y de hecho las escenas finales que tienen lugar en Sevilla cuando conoce a su medio hermano Miguel demuestran el grado de dominio que ha adquirido sobre el sexo opuesto, pues es capaz de encandilar al chico desde el conocimiento de que éste está condenado a sentirse decepcionado.

Cuando visita la casa familiar de su padre en Sevilla después del suicidio de éste hay una imagen por la que nos queda claro que Adriana es responsable del suicidio de su padre:

“Por primera vez me dirigía a la que había sido tu habitación. En ella, un escarabajo de noche se hacía el muerto. Había quedado rezagado y, sin darme cuenta, lo pisé. El leve crujido de su cuerpo me provocó una repugnancia sin límites y una lástima absurda.”

Es así como sabemos que además de sentir lástima por su padre, Adriana ha terminado por sentir repugnancia ante el interés de éste por ella, que se hace explícito cuando ella es adolescente, a través de los suspiros y quejidos de éste en la noche, y únicamente de esta manera, pero no cuando es niña.

Sin embargo, la niña Estrella es una niña sometida sexualmente en el film. Cuando crece, papel que interpreta con mucha gracia Icíar Bollaín, vemos que su interés por su padre ha pasado, pero en la película esto se relaciona con que ella ha encontrado un sustituto, el Carioco. Ni qué decir tiene que el Carioco no aparece en el libro. Hay un chico, Fernando, con el que la Adriana adolescente camina a veces y que despierta celos furibundos en el padre, lo que propicia su suicidio, pero el papel de este Fernando es mínimo, no llega en realidad a ocupar el rango de sustituto, y además en seguida se va del pueblo, mientras que al final de la película podemos asumir que la relación entre Adriana y el Carioco ha progresado.

La concejala de Cultura se siente especialmente molesta por la escena del padre charlando con la hija tras la comida en el Gran Hotel. La escena que se corresponde con ésta en el libro tiene lugar en el jardín de la casa. El restaurante del Gran Hotel nos sugiere una cita romántica un tanto decadente, un intento de seducción desesperado, que se ve incrementado por el hecho de que en un salón contiguo se celebre una boda cuyos novios acaban bailando el mismo pasodoble de la primera comunión de Adriana. En el libro la cita final tiene lugar en el jardín de la casa, el lugar en el que padre e hija jugaban con el péndulo en aquellos momentos idílicos del pasado, cuando su relación era completa. En esta cita en el jardín Adriana pregunta al padre por el secreto de Gloria Valle, al tiempo que en la cita en el restaurante Estrella interroga al padre sobre Irene Ríos. “¿Es ese el motivo de tu sufrimiento?” pregunta una Adriana ya madura y compasiva. El padre responde con estoicismo: “Mira, el sufrimiento peor es el que no tiene un motivo determinado. Viene de todas partes y de nada en particular. Es como si no tuviera rostro.” Una escena muy distinta tiene lugar en el restaurante del Gran Hotel entre Estrella y su padre, en la que el padre se emborracha. Estrella le pregunta quién era Irene Ríos, y el padre niega haberla conocido. Después de que el padre va al baño, Estrella dice que tiene que irse. El padre le pide que no vaya a clase. Parece que quisiera consumar su relación. “No te entiendo,” dice Estrella. Entonces el padre suelta una frase fatal: “Y cuando eras así de pequeña, ¿tampoco me entendías?” A continuación suena el pasodoble de la comunión.

En la película por tanto el padre termina por hacer su perversión de su hija explícita. En el libro no existe tal perversión, sino que hay un estado de enamoramiento platónico entre hija y padre que la hija supera sin llegar a corromperse, logrando crecer como mujer y mantener en su espíritu la nostalgia del romance imposible con su progenitor más allá de la muerte de éste.

Ferrol

25 de agosto de 2017

El enigma de la inmortalidad

Donna Tartt - The Goldfinch
Donna Tartt, The Goldfinch, 2013

La novela de Donna Tartt ganadora del premio Pulitzer en 2014, El jilguero, es una meditación de algo menos de 1.000 páginas sobre la compleja relación del ser humano con el arte. En la historia que Tartt narra con una gran maestría y un pulso dickensiano, un niño de 13 años, Theo Decker, es uno de los pocos supervivientes de un atentado terrorista en el Museo Metropolitano de Nueva York en el que pierde a su madre. En la confusión que sucede a la explosión, se hace con el cuadro de 1564 de Carel Fabritius, “El jilguero,” actualmente en el museo Mauritshuis de La Haya, una pequeña tabla que curiosamente sobrevivió la gran explosión que tuvo lugar en Delft en ese mismo año de 1564 en la que el pintor Fabritius, discípulo de Rembrandt y probable maestro de Vermeer, perdió la vida a la par que la gran parte de su obra.

Theo Decker se apropia de “El jilguero” en el instante que sucede a la explosión, y como resultado de la misma y de la dolorosa pérdida de su madre, comienza a vivir un episodio de estrés postraumático, intensificado por la adicción a las drogas que desarrolla a lo largo de su adolescencia, que abarcará la mayor parte del libro y del que sólo se desprenderá hacia el final del mismo, curiosamente cuando el cuadro del que se apropió ilegítimamente sea restaurado a la propiedad pública. Entre ese momento del robo y el momento en que el cuadro es devuelto a las autoridades median catorce años y la casi totalidad de la novela, un período durante el cual somos testigos de la serie de saltos inconexos en la vida de Theo, algunos motivados por un destino que parece implacable, otros por las decisiones erróneas que él mismo toma llevado por una certera tendencia autodestructiva.

La manera en la que el nudo de la novela se resuelve en los capítulos finales es tan improbable como la larga concatenación de hechos casuales –la novela misma parte de la casualidad, pues el propio Theo se preguntará repetidas veces por qué tuvieron su madre y él que estar en aquella parte del museo, aquel día, a aquella hora, en una interrogación desesperada con el más allá que articula el punto exacto de su desesperación–, desastres y milagrosos rescates. Es pues ésta una novela que no se resiste a su propia ficcionalidad, un aspecto de la misma que se ve reflejado en su autoconciencia como objeto literario. El jilguero es un homenaje a tres autores tan dispares como geniales: Charles Dickens, Fiódor M. Dostoievski y J.D. Salinger. La perspectiva múltiple que estos tres grandes maestros proporcionan contribuye al perpetuo sentimiento de dislocación de la novela, con sus múltiples escenarios: el Nueva York refinado y lluvioso de Manhattan, el desierto árido de Las Vegas, la claustrofobia infernal de la habitación de hotel en Ámsterdam en la que Theo experimentará la mística conversión que le librará de su propio errático ego, inconscientemente trastornado, como lo ha estado a lo largo de la novela, por las demandas contrarias de la herencia genética y el espíritu.

Una introducción a Matar a un Ruiseñor (1960), de Harper Lee

to-kill-a-mockingbird

El argumento de Matar a un ruiseñor (1960) se ve afectado por dos momentos históricos contrapuestos pero entre los que se establece un diálogo original y enriquecedor: la Gran Depresión de la década de los años 30 y el movimiento de reivindicación de los derechos civiles de los afroamericanos liderado por Martin Luther King desde el segundo lustro de los años 50, el período en el que fue escrita.

La novela, perteneciente al género del Bildungsroman, describe el inicio del proceso de crecimiento de dos hermanos, Jem y Scout, en una pequeña ciudad ficticia del Sur profundo, en el estado de Alabama, basada en Monroeville, la ciudad originaria de Harper Lee, y está narrada con una original técnica narrativa por la que las voces de la Scout adulta y la Scout niña se superponen. Sin embargo, quizás sea el proceso de maduración de Jem el que adquiere una importancia central en la novela, al tiempo que es atestiguado por una Scout niña que no siempre es capaz de interpretar los sucesos que tienen lugar a su alrededor correctamente.

Jem al comienzo de la novela, en el verano de 1933, es un niño de 10 años a las puertas de la adolescencia. Sus fantasías infantiles, que le impulsan a liderar las incursiones de los niños, –ambos hermanos se han hecho amigos de un tercer niño, Dill, que veranea en la vecina casa de su tía– en el jardín de la lúgubre casa de los Radley, una familia sobre la que pesa una sobrecogedora leyenda negra construida por toda la población de Maycomb. El hijo menor de los Radley, Arthur, conocido como Boo, no ha salido de la propiedad de los Radley en los últimos quince años, y la naturaleza de su personalidad y sus actividades dentro de la casa o alrededor del pueblo bajo el cobijo de la noche son fuente de inagotable inventiva entre las gentes de Maycomb. Los niños conocen bien la leyenda del vecindario: en su adolescencia, el chico de los Radley congenió con unos muchachos que no eran compañía muy recomendable, y juntos llevaron a cabo diversas felonías que acabaron llamando la atención de las autoridades de Maycomb, de modo que el padre de Arthur finalmente tomó la decisión de encerrar a su hijo en su casa como castigo. Un suceso espeluznante protagonizado por Arthur cuando tenía 33 años no hizo sino incrementar el carácter gótico de su reputación: en cierta ocasión en que se hallaba recortando el periódico local para su álbum de recortes, su padre entró en la sala y Boo le clavó las tijeras en el muslo, las sacó, las limpió y siguió con su tarea.

Cuando los niños comienzan a representar una obra de teatro basada en la historia de Boo Radley, Jem asume el papel del trastornado protagonista. Es el comienzo de su búsqueda de un sustituto de Atticus como su modelo de figura paterna en Boo. Predeciblemente, Atticus desaprueba la pantomima. Es el comienzo de la larga serie de estrictas demandas y prohibiciones que inflige a los niños. Jem y Scout son conscientes de que Atticus es un elevado modelo a seguir, pero mientras Scout se contenta con asumir el papel de hija devota, temerosa y vigilante, y, a pesar de su carácter fuerte e impulsivo, en ocasiones chivata, Jem es apenas consciente de que en su viaje hacia la edad adulta necesita otros modelos que complementen al rígido Atticus.

Atticus es el abogado de Maycomb, y, aunque no es una figura representativa del tradicional caballero sureño, sino un hombre intelectual y solitario, que rompió la tradición familiar de vivir de la tierra, abandonando la pequeña plantación familiar para estudiar Derecho, la población de Maycomb le tiene en alta estima, sólo perturbada por la convicción con que éste decide defender al trabajador negro, Tom Robinson, de las acusaciones de haber violado a una mujer blanca, con lo cual parece romper uno de los códigos no escritos que sellan las normas de convivencia del pueblo, establecidas sobre un sistema de castas estrictamente jerarquizado. Es por esto que a pesar de que Atticus aparentemente subvierte la estricta moralidad de Maycomb, en realidad no deja de ser un hombre que es producto de su entorno y a quien le resulta incapaz escapar de él. Recordemos que Atticus “estaba relacionado por vínculos de sangre o matrimonio con casi cada una de las familias del pueblo.” (Cap. 1).

Los niños perciben las deficiencias de Atticus, que comenzó su familia a una edad tardía, lo que hace que se diferencie de los padres de los demás niños del colegio: no le gusta jugar al fútbol, los niños piensan que su trabajo consiste en no hacer nada útil o digno de atención hasta que tiene lugar el juicio a Tom Robinson. Sin embargo, la apreciación que tienen los niños de su padre se ve incrementada cuando éste mata de un tiro a un perro rabioso. Hasta ese momento a los ojos de Jem las habilidades de su padre eran meramente intelectuales, y por lo tanto mayormente inefectivas en el mundo real. Atticus, según su vecina Maudie Atkinson, es digno de elogio porque “es la misma persona en su casa y en las calles del pueblo.” No hay ambigüedades ni claroscuros en Atticus, pero esto también significa que su vida privada es sacrificada en beneficio de su vida pública. Jem y Scout se sorprenden al verle sacarse la chaqueta y aflojarse la camisa en pleno desarrollo del juicio contra Tom Robinson: para ellos, acostumbrados a verle vestir tan pulcramente en casa como en la oficina, esto era equivalente a verle desnudo. Es así que para Atticus, un “hombre público,” el ejercicio pleno de su profesión, cuando adquiere la mayor visibilidad posible en el estrado en el que se juzga a Tom Robinson, es sentido como lugar íntimo.

El caso opuesto es el de Boo Radley, un “hombre privado” sin apenas un átomo de vida pública, ya que vive encerrado. Es así que Boo encarna para los niños el lado oscuro de la conciencia y aparece como el complemento necesario a la luminosidad pública de su padre, para quien la vida privada se encuentra en el ejercicio más notorio de su profesión. Mientras que Atticus Finch cree en el poder de las instituciones para solventar los problemas de la vida humana, y es por esto que a pesar de haber sido una celebridad por su diestro uso de la escopeta en su juventud, en la actualidad ha delegado todas sus habilidades de defensa personal en el ejercicio de su profesión, y es así que cuando dispara al perro rabioso lo hace no sin cierta incertidumbre ante lo que supone disparar un arma. Es famosa su lección a los niños, que da título a la novela: pueden disparar a todas las urracas que quieran, pero es un crimen matar a un ruiseñor. Los niños, Jem especialmente, intuyen que la dependencia exclusiva en los poderes institucionales de la democracia americana no es suficiente para afrontar los peligros ocultos que acechan en la vida real y completar su crecimiento como adultos plenamente auto-suficientes.

La plena validez de instituciones sociales de la sociedad democrática como la justicia y la educación es puesta en tela de juicio, pues Scout ya aprende muy al comienzo de la novela que los “avanzados” sistemas pedagógicos empleados por su profesora solamente persiguen retardar las habilidades lectoras que ya ha adquirido en su casa. Los niños buscan completar su propia educación intentando aprender de y sobre Boo Radley. Finalmente, cuando las propias vidas de Jem y Scout son puestas en peligro debido a la incapacidad del sistema de la justicia para resolver el conflicto en Maycomb en torno a Bob Ewell y Tom Robinson, Boo Radley, quien comprende el valor de la violencia en una crisis de supervivencia, se convierte en el salvador de los niños, habiéndose probado las limitaciones de Atticus, con su idealista fe en el sistema, para proteger a los suyos.