La inocencia de un mundo más cruel

Jane Austen's England

Resulta una experiencia inaudita acercarse a este estudio de la historia social durante el período en que vivió la novelista inglesa Jane Austen como el que proporciona este libro. En un tiempo como el actual en que Jane Austen se afianza como icono predilecto del gusto popular y académico, al tiempo que proliferan las ediciones de sus novelas y los estudios críticos, las traducciones de éstas y sus adaptaciones cinematográficas… sigue subsistiendo un desconocimiento generalizado de las características de la sociedad de la época, quizá afianzado por el halo de idealización de las representaciones de sus obras en la pantalla, y por el hecho de que las obras mismas de Austen se centran en cuestiones que atañían a la sociedad más respetable, lejos de las vicisitudes prosaicas de la vida ordinaria.

Este libro escrito por la pareja de historiadores Roy y Lesley Adkins viene a subsanar esa deficiencia en nuestro conocimiento de la vida cotidiana en la Inglaterra de Jane Austen. Para elaborarlo han consultado una gran variedad de fuentes documentales, de las cuales se reproducen los diarios y cartas personales de algunos testigos comunes de la época: el pastor James Woodforde, que estaba a cargo de la parroquia de Weston Longville en Norfolk, la institutriz Nelly Weeton, que trabajó en diversas residencias en el norte de Inglaterra, y también los relatos de dos viajeros extranjeros: el americano Benjamin Silliman y el alemán Carl Moritz.

De la mano de estos testigos de la época nos es dado espiar los usos y costumbres centrados alrededor de una serie de episodios y aspectos fundamentales de la vida, como lo son las bodas, la infancia, la vida doméstica, la moda, la religión y la superstición, la riqueza y el trabajo, el tiempo libre, el crimen, la medicina y los decesos. Aspectos a la luz de los cuales la vida cotidiana en el período de la Regencia del príncipe Jorge se nos aparece mucho más alejada de nuestra vida moderna de lo que en un primer momento pudiéramos sospechar.

Comencemos por las bodas. Al margen de la imagen de glamour romántico de los bailes elegantes que se organizaban para que los jóvenes encontrasen pareja, una vez se había pasado por la vicaría la realidad de la vida de la mujer casada era poco envidiable. Su propiedad se convertía en propiedad de su marido, y no tenía derecho a poseer tierras o ingresos propios, a no ser que se hubiese especificado lo contrario en un acuerdo. Los ricos podían comprar una licencia de matrimonio, pero la gente común debía recibir la aprobación paterna y de los vecinos de su parroquia. Es por esto que eran comunes las parejas de enamorados que se escapaban para casarse sin consentimiento paterno, sobre todo a pequeños pueblos en la frontera con Escocia, donde las leyes que regían el matrimonio eran menos estrictas. Las mujeres no casadas sin ingresos particulares se enfrentaban a un futuro complicado. Algunas, como Nelly Weeton, se hacían institutrices, con lo que podían subsistir aunque sus ingresos derivados de este trabajo fueran bajos. El divorcio se podía conseguir sólo de manera costosa, mediante una ley parlamentaria, y por lo tanto estaba reservado para las clases pudientes. En tales casos la madre solía perder la custodia de los hijos. Estaba permitido que el marido golpease a su esposa, a no ser que pusiera en peligro su vida. Un método utilizado por los maridos que no podían aspirar a pagar un divorcio era el de vender a sus esposas, incluso en contra de la voluntad de éstas. Esta práctica era denostada por muchos, pero continuó hasta casi el fin del siglo diecinueve. Estas “ventas de esposas” solían ser por acuerdo previo y debían ser conducidas en un lugar público.

Una mujer viuda tenía muchas opciones de caer en la pobreza más absoluta, ya que la herencia pasaba automáticamente a los hijos o familiares varones. Es por esto que debían tratar de volver a casarse. El principal papel de la mujer dentro del matrimonio era el de tener hijos, lo cual en numerosas ocasiones resultaba en su propia muerte en el parto. Debido a la ley de la época, era esencial tener un hijo varón para asegurar que la herencia no se iba a parientes varones lejanos.

Cuando estaban embarazadas, las mujeres pasaban la mayor parte del tiempo dentro de la casa, y se metían en cama unas seis semanas antes de la fecha probable del parto. Es así que la mayor parte de las veces, las mujeres daban a luz en sus hogares, pues en los hospitales no se podía garantizar la higiene, y a estos sólo acudían las mujeres pobres. El destino de una madre pobre no casada era negro, frecuentemente desembocaba en la prostitución. Se las despedía de sus trabajos como sirvientas y no encontraban otra manera de subsistir.

El acto de dar a luz era muy peligroso, pues no había anestesia ni antibióticos, y no se conocía la naturaleza de las infecciones. En los hospitales las infecciones eran frecuentes. En aquel tiempo se empezaron a realizar las primeras cesáreas, pero la práctica no estaba desarrollada ni generalizada. Un cirujano de la época realizó en noviembre de 1793 la primera cesárea en la que la madre sobrevivió, aunque no el bebé.

Una vez que nacía el bebé, se le solía asignar una mujer que se ocuparía de amamantarlo, normalmente una mujer campesina o una sirvienta que hubiese dado a luz recientemente, pues existía la superstición de que las madres no debían dar el pecho a sus hijos. Cuando eran muy pequeños, los niños a veces se criaban con padres adoptivos, y tal fue el caso de las hermanas Austen.

Otra costumbre que puede parecer supersticiosa era la de que la mujer que había dado a luz debía ser purificada en una ceremonia religiosa. Como la madre no era ritualmente “purificada” hasta unas semanas después del parto, a veces no podía asistir al bautizo de su hijo o hija, que se realizaba muy pronto después del nacimiento.

Existía la costumbre de enrollar a los bebés en bandas de ropa tirante, pues se creía que esto prevenía la formación de miembros torcidos, aunque en realidad causaba serios problemas. Pero en la década de 1790 esta práctica ya iba a menos, y se comenzaba a vestir a los bebés con túnicas y gorros. Apenas existían juguetes para niños, y en su lugar habitualmente se los sedaba con una mezcla de licor, opio, morfina y un compuesto del mercurio.

La mortalidad infantil era alta y abundaban las enfermedades infecciosas. En casi todas las familias moría al menos un hijo. Sin embargo la población estaba en pleno proceso de expansión, y las ciudades crecían. Si un niño era abandonado en un lugar público, se convertía en la responsabilidad de la parroquia. En 1741 se abrió el primer hospital en Londres para niños abandonados. Otras madres pobres y solteras asesinaban a sus hijos o trataban de abortar. Mujeres con más recursos podían trasladarse a una residencia discreta para ocultar su embarazo y luego daban el bebé en adopción.

El uso de anticonceptivos se consideraba inaceptables para las mujeres casadas, y cada esposa tenía de media seis o siete hijos que sobrevivieran al parto y a la primera infancia. Unos tipos de preservativos muy toscos y primitivos se utilizaban con las amantes o las prostitutas. La prostitución no era ilegal, pero la homosexualidad sí.

Los juguetes sólo estaban al alcance de las clases más pudientes, y en general los castigos a los hijos por sus travesuras eran muy severos. Era frecuente el delito de robar a niños. Algunos niños eran robados para ser proporcionados a familias que no podían tener hijos, otros para ser utilizados como mano de obra barata, y otros eran vendidos para la esclavitud en los países en que ésta existía o para la prostitución.

Los niños de las familias con recursos aprendían sus primeras lecciones en casa con una institutriz. Las escuelas locales se especializaban en la enseñanza de la gramática del latín, para que los estudiantes pudiesen acceder a Oxford o Cambridge, donde el latín era muy importante. Gradualmente, estas escuelas empezaron a enseñar también griego, matemáticas y literatura, oratoria y deportes. Algunas de estas escuelas públicas eran más selectas, como las de Eton o Harrow, y el acceso a las mismas requería de contactos especiales. Las niñas aprendían en casa de la mano de las institutrices, aunque empezaba a haber algunas escuelas que las admitían. La educación formal de Jane Austen terminó a los once años.

Existían escuelas de caridad y religiosas para los niños pobres, sobre todo del credo noconformista, hasta que la iglesia de Inglaterra empezó a crear escuelas para los pobres, pero se centraban en la educación religiosa. A los catorce años estos niños pobres podían comenzar a trabajar como aprendices, bajo un estricto contrato que duraba siete años. Los niños de buena familia de esta edad que no querían seguir estudiando solían unirse a la Marina Real. Los niños más pobres eran llevados a las minas o a las fábricas textiles del norte, donde las condiciones de trabajo eran muy duras. Pero quizá el trabajo más duro que podía realizar un niño era el de limpiar chimeneas, un trabajo que frecuentemente resultaba en su muerte prematura.

En la arquitectura se desarrollaba el elegante estilo georgiano en los barrios residenciales más pudientes, pero los pobres vivían hacinados en viviendas insalubres, especialmente en Londres. Había poca seguridad respecto a la vivienda. Las viudas generalmente debían abandonar el domicilio familiar.

Los inviernos de la década de 1790 fueron especialmente fríos, y la mayoría de los hogares se calentaban con carbón, que llegaba de las minas a través de la incipiente red de canales. A veces los amplios vestidos de las mujeres eran atrapados por las llamas, y en los periódicos abundaban las noticias de mujeres que morían por esto. Los incendios eran frecuentes, y en aquel tiempo se formaban los primeros cuerpos de bomberos. Las casas se iluminaban con velas de distintos tipos y calidades.

Hubo problemas de hambrunas debidas al aumento de la población, a las guerras con Francia y al hecho de que algunos granjeros almacenaban la cosecha para inflar los precios. La leche y otros alimentos eran frecuentemente adulterados. Era difícil mantener la comida fresca, sobre todo en verano. La posesión de hielo se convirtió en una obsesión. Los contrabandistas campaban a sus anchas. Las cenas eran copiosas, aunque a veces los alimentos estaban en mal estado.

La moda del vestido femenino comenzó a imitar el mundo clásico, mientras que el atuendo masculino imitaba el estilo militar. El avance de las fábricas textiles significó que empezasen a proliferar los tejidos. Los caballeros llevaban pantalones hasta la rodilla y medias. Los hombres pobres llevaban puesto lo que pudiesen encontrar. Las mujeres llevaban apretados corsés. La muselina empezó a ponerse de moda. La ropa se hacía por encargo, y muchas veces se rehacía o transformaba. El paraguas empezaba a utilizarse en aquel tiempo. Las pelucas iban cayendo en desuso. La ropa y las sábanas se lavaban en enormes calderas, pero no frecuentemente, ya que era un trabajo pesado y costoso. Normalmente se dedicaba una semana al lavado de prendas de ropa y ropa de cama y toallas cada mes y medio, y se contrataba a mujeres para realizar la tarea. Las primeras máquinas lavadoras de madera comenzaban a aparecer. El jabón era caro y estaba sujeto a elevados impuestos, por lo que la gente frecuentemente sólo utilizaba agua para lavarse. Las casas tenían orinales pero también una construcción en el jardín que servía de inodoro.

Muchos hombres salían de la universidad para seguir una carrera en la iglesia de Inglaterra. Sus parroquianos debían pagarle un tributo, conocido como “tithe,” que podía consistir en un diez por ciento de sus cosechas, pero también había impuestos para el registro de bodas, bautizos y entierros. Los pastores tenían suficientes ingresos, pero también realizaban donaciones caritativas entre los más pobres de la parroquia. El lugar en que se sentaba un feligrés en la iglesia era indicativo de su estatus social. La clase trabajadora trabajaba seis días a la semana y el domingo debía ir a la iglesia. Poco a poco el metodismo empezó a ganar popularidad, sobre todo entre las clases más humildes.

Entre las supersticiones estaba la creencia en los fantasmas. La gente que se suicidaba no recibía una sepultura en terreno consagrado, sino que era enterrada por la noche en una encrucijada al tiempo que se clavaba una estaca en el cuerpo. La gente temía a las brujas, y cuando alguna era cazada, se la castigaba públicamente.

Un impuesto sobre la renta fue introducido en 1799, pero los ricos seguían viviendo sin realizar trabajo alguno. Derivaban sus ingresos de sus tierras y propiedades. Al mismo tiempo, muchos trabajadores perdían sus empleos en las fábricas por el avance de las máquinas, lo que ocasionó el surgimiento del ludismo, el movimiento que consistía en destrozar las máquinas de las fábricas textiles principalmente.

El trabajo agrícola seguía el curso natural de las estaciones y se vio afectado por el comienzo de la práctica de cercar la tierra. Esto dio lugar a que muchos labradores perdieran sus derechos a trabajar las tierras y tuvieran que abandonar los pueblos para buscar empleo en los centros urbanos. La Marina inglesa tenía derecho a apresar a jóvenes para forzarles a trabajar de marineros. En los pueblos, las parroquias debían hacerse cargo de los pobres que vivían en su jurisdicción.

Los trabajadores poseían escasas oportunidades para el ocio. Existían deportes por los que se torturaba a animales, incluidos los toros. La tortura de animales como entretenimiento fue prohibida en 1835. Se jugaba al futbol, al cricket, se practicaba la lucha y las carreras de caballos estaban muy de moda. En la ciudad se iba al teatro y en los pueblos se asistía a las actuaciones de actores ambulantes. Los primeros conciertos musicales empezaban a tener lugar. La mayor parte de la gente organizaba cenas con familiares y amigos como entretenimiento. Comenzaron a apreciarse las oportunidades de realizar viajes para conocer los lugares más apartados de las islas, mientras que el Grand Tour de Europa seguía siendo una costumbre respetable.

Se produjo una gran expansión en la publicación de libros, aunque existían las bibliotecas que funcionaban con suscripciones. Solían leerse los libros en alto al resto de la familia, más que leerse en solitario. Habitualmente se escribían cartas, aunque el papel de que podía hacerse uso era limitado.

La gente frecuentemente tenía que caminar para desplazarse. Sólo los ricos tenían carruajes, aunque todo el mundo podía alquilar una plaza en una diligencia. Aunque éstas no siempre eran seguras, debido a las condiciones de los caminos y a los bandoleros. Las primeras carreteras de peaje comenzaban a aparecer, aunque éstas eran resentidas por la mayor parte de la población.

El crimen estaba muy extendido, especialmente en los caminos. Muchos de estos ladrones eran antiguos soldados que seguían la tradición de Dick Turpin, que fue ejecutado en 1739. La gente que salía viaje tenía razones para sentirse nerviosa. También se robaba mucho en las casas, tanto en las de clase media como en las afluentes. La pena de muerte estaba extendida porque las cárceles estaban mal vistas, ya que se consideraba que en ellas se gastaba dinero en mantener a criminales. Pero existían las prisiones para la gente que tenía deudas, aunque este procedimiento para hacerles pagar parezca ilógico en caso de que no dispusiesen de dinero. El padre de Charles Dickens estuvo en una de estas prisiones. Algunos criminales eran transportados a América, donde debían trabajar como esclavos en las plantaciones, y más tarde, después de la guerra de independencia, serían transportados a Australia. Otros delincuentes podían sufrir latigazos, incluso por robar una hogaza de pan. Las ejecuciones eran públicas. Frecuentemente los cadáveres de los criminales ejecutados se dejaban colgando de unas construcciones especiales a la vista de todos durante un tiempo, para disuadir a posibles futuros criminales. La traición se consideraba merecedora de los castigos más brutales. Las mujeres eran quemadas en la hoguera, y los hombres troceados en público.

La ciencia médica comenzaba a desarrollarse, pero para ello los cirujanos necesitaban poder disponer de cuerpos que diseccionar, y debido a esto surgió un comercio clandestino de cadáveres. Había hombres que se dedicaban a asaltar tumbas para robar cadáveres recientes y proporcionarlos a los hospitales de cirujanos para sus estudios. Nadie podía estar seguro de que su familiar no hubiese sido robado de su tumba por la noche, a pesar de que existían guardias nocturnos en los cementerios para intentar evitar estos robos. Algunas familias recurrían a vigilar las tumbas día y noche. Los pobres no podían hacer esto, y por eso sus tumbas eran las más frecuentemente asaltadas.

Entre los tratamientos médicos era frecuente desangrar a los enfermos, y las amputaciones. Existía el problema de la pérdida temprana de la dentadura, y para solventarlo se hacían trasplantes de dientes. Muchos de estos dientes trasplantados provenían de cadáveres. De los cuerpos de los soldados caídos en Waterloo en junio de 1815 se robaron muchos dientes para trasplantes. Los que asaltaban tumbas para vender los cuerpos a médicos cirujanos también vendían los dientes del cadáver a dentistas. En 1832 se pasó una ley para regular la adquisición de cadáveres para el estudio anatómico.

El mundo de nuestros antepasados puede chocarnos, atraernos o repelernos, pero en todo caso representa uno de los escalones que han hecho posible el progreso de que disfrutamos hoy en día. Es importante no idealizar el tiempo que ya pasó, pero también es conmovedor leer los testimonios de primera mano de aquellos que nos precedieron en esos momentos en los que podemos atisbar en ellos una inocencia moral no corrompida por el descreimiento que es el precio de la modernidad.

Entre la atrocidad y el amor

Elvira Navarro - Los últimos días de Adelaida García Morales

En la polémica en torno a la publicación de Los últimos días de Adelaida García Morales (2016) por Elvira Navarro, esta valiente autora ha sido más que injustamente tratada. La acusación vertida por Víctor Erice en Babelia (El País), en el tristemente famoso artículo “Una vida robada,” por la que éste echa en cara a Elvira Navarro que no haya respetado los límites entre la realidad y la ficción, utilizando la identidad de su fallecida exmujer la escritora Adelaida García Morales en su libro, no tiene sentido a la luz de lo afirmado por Carlos Pardo en el artículo, también publicado en El País, de Maribel Marín, “La ficción también duele:

“Nadie pidió a Mörike en su Mozart de camino a Praga ni a Büchner en la obra maestra Lenz que se documentaran ni que preguntaran a la familia.”

Y, más adelante, en las palabras de Javier Cercas:

“Tolstói no le pidió permiso a Napoleón para meterlo en Guerra y paz, Shakespeare mete todo lo que quiere…”

Un célebre ejemplo reciente del uso de personajes reales como punto de partida para la elaboración de una obra de ficción es la exitosa y ampliamente subjetiva novela de Julian Barnes inspirada en Dmitri Shostakóvich, El ruido del tiempo (2016).

Y, curiosamente, el propio Erice ha recurrido a la obra de Orson Welles para promocionar sus talleres de cine “Rosebud” a los que se puede acceder en su página web https://www.rosebudtalleresdecine.com/, y no creemos que haya tenido la deferencia de consultar a la familia y amigos del célebre cineasta norteamericano.

Vemos, por lo tanto, que la realidad es y ha sido una fuente constante de elementos en base a los cuales desarrollar productos artísticos, aunque en el caso de los talleres de cine de Víctor Erice, el uso que hace de la palabra Rosebud es meramente comercial.

Elvira Navarro - Los últimos días de Adelaida García Morales2

En la argumentación de Víctor Erice, éste resalta que Elvira Navarro se refugia detrás de los personajes de su obra – “una suerte de burladero intelectual,” dice él – que tienen el objetivo de “resguardarla de los riesgos que entraña pisar el ruedo.” Parece que el cineasta la pretenda acusar, con su lenguaje enrevesado, de utilizar la ficción para perpetrar una difamación sobre su persona y la de Adelaida García Morales: “me preocupaba que el libro de Navarro incurriera en un uso vano de nuestros nombres,” dice en la primera parte del artículo. Y también dice: “Tras la lectura pude comprobar que Navarro me hace irrumpir en su texto en más de una ocasión, aludiendo no sólo a mi condición de director de la película El Sur, sino también como expareja de Adelaida.” Sin embargo, en ningún caso hace mención de su derecho a acudir a los tribunales para reparar los posibles daños a su imagen y/o a la de su exmujer. Lo que sí deja caer es su convicción de que Elvira Navarro habría utilizado el nombre y la identidad de Adelaida García Morales con fines publicitarios y lucrativos, rehusando dar a su libro el nombre, dice Erice, por poner un ejemplo, de Los últimos días de Paquita Martínez.

El caso es que Víctor Erice confirma por sí mismo que la anécdota de la que parte Elvira Navarro para la elaboración de su obra es real: “lo único real que contenía el texto era una anécdota protagonizada por Adelaida pocos días antes de morir, según la cual había acudido a la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de Dos Hermanas pidiendo 50 euros para poder ir a ver a su hijo en Madrid.” El lenguaje empleado por Erice en este momento también se presta a los equívocos. Dice que la anécdota es “lo único real,” pero también afirma que “según” esa anécdota Adelaida García Morales había acudido a dicho ayuntamiento para pedir dinero, un uso del lenguaje que arroja sombras sobre la veracidad de la misma anécdota que se acaba de describir como “real.”

Sin embargo parece en mi opinión perfectamente legítimo que una escritora que se confiesa gran admiradora de otra escritora de una generación anterior, decida tomar la pluma y dejar discurrir su inspiración creativa para acercar la figura de ésta a un público contemporáneo que por obra y gracia de la total pasividad de las entidades culturales y de la crítica literaria del país, apenas la conocía, y esto parece especialmente grave teniendo en cuenta la excelente calidad literaria de su obra.

Hubo una reacción contra Elvira Navarro en las redes sociales a raíz de la publicación del artículo acusador de Víctor Erice, pero dudo que todos los ofendidos se hubiesen siquiera leído la obra de Navarro, pues si lo hubieran hecho habrían comprobado que la crítica de Erice no se sostiene. Para cualquier lector mínimamente cualificado resulta fácil distinguir los elementos reales de los ficticios en Los últimos días de Adelaida García Morales. La anécdota protagonizada por la autora en el ayuntamiento de Dos Hermanas en los últimos días de su vida ya ha declarado el propio Erice ser cierta (o eso creemos). Sacando esa anécdota, todo lo demás referido a Adelaida García Morales es claramente ficticio, a no ser que el lector crea posible que García Morales fuese visitada por un sátiro llamado Adam que la empujaba a realizar rituales con los que ultrajar a la Virgen en el cementerio de su localidad. A todas luces, todo esto es una recreación imaginativa con tintes góticos y claramente irreales.

El caso es que en esta parte ficticia de la narración es donde Elvira Navarro alcanza, a partir de sucesos enteramente imaginativos, a expresar una verdad – y una crítica – más patente y más profunda. El sátiro, representante de la lascivia masculina – recordemos que un sátiro es una figura mitológica con cabeza y torso de hombre y la parte inferior del cuerpo de macho cabrío – curiosamente se llama Adam, como el primer hombre de la Creación, y es aquí cuando resuena la crítica feminista en el libro de Navarro. Víctor Erice ha manifestado sentirse ofendido por la portada del libro de Navarro, en la que se muestra un retrato coloreado que él realizó a Adelaida. No es para menos, junto a esta fotografía, que reposa sobre una mesa, hay dos libros, y en la portada de uno de ellos podemos leer claramente el nombre de la escritora norteamericana Siri Hustdvet, la esposa de Paul Auster, que ha presentado recientemente su libro de ensayos La mujer que mira al hombre que mira a las mujeres (2017), una perspectiva feminista sobre el mundo del arte, y que utilizó su novela Un mundo deslumbrante (2014) como catarsis de su frustración por el escaso reconocimiento a su obra, cuya repercusión en los medios según Hustdvet se ha visto disminuida por el hecho de ser ella la esposa de Paul Auster.

Y bien, quizás Elvira Navarro también crea, podemos deducir por su elección de portada, que Adelaida García Morales vio el reconocimiento a su obra ensombrecido por el prestigio y la notoriedad de su marido Víctor Erice, y, a pesar de que la propia Navarro rehúse hablar de literatura femenina o de los valores femeninos en la obra de García Morales, su principal cometido con Los últimos días de Adelaida García Morales parece ser la realización de una crítica feminista del desgraciado destino, literario y personal, de tan excelsa escritora. Y es en este contexto cuando especialmente duele que en su artículo “Una vida robada,” Víctor Erice describa a su fallecida exmujer con las siguientes palabras: “Logró cierta fama literaria, aunque efímera.” Parece que Elvira Navarro hubiera pretendido, ante semejante falta de entusiasmo, no sólo homenajear a la autora extremeña, como ella misma ha declarado, sino también traerla a la atención de las nuevas generaciones de lectores, aquellos que éramos niños cuando El Sur seguido de Bene y El silencio de las sirenas salieron a la luz y que por lo tanto no pudimos llegar a conocer a esta escritora en los años oscuros, con escasa repercusión mediática a pesar de que siguió trabajando, que siguieron a su divorcio.

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Elvira Navarro se fija en dos escenas principales de la película en las que la adaptación del relato chirría especialmente. El personaje de la concejala de Cultura del ayuntamiento, a través de quien se vertebra parte de la narración en la primera parte del libro, siente remordimientos tras el fallecimiento de Adelaida García Morales por no haberle gestionado bien la ayuda, y decide leer su relato más famoso, El Sur, y ver la película de Víctor Erice con el fin de ayudarse a tomar una decisión sobre el probable homenaje que piensa que podría organizar desde su puesto en la concejalía de Cultura. Es ilustrativo que sea la concejala de Igualdad la que ve como la cara oculta de su conciencia. La tensión entre las concejalías de Cultura e Igualdad en el ayuntamiento de la historia podría verse como una representación de la base crítica del libro de Navarro: el rango inferior otorgado a las mujeres en el ámbito cultural aún en nuestros días se encontraría en parte detrás del ostracismo sufrido por García Morales a lo largo de su carrera – inexplicable a tenor de la extraordinaria calidad literaria de su obra en nuestro panorama narrativo y del nivel del auto-exigencia de la escritora – pero especialmente desde su divorcio y su caída progresiva en la depresión.

A la concejala le produce asco la “deriva incestuosa” de la película, que comienza a manifestarse más claramente en las escenas que describen la primera comunión de Estrella, especialmente en ese pasodoble que su padre baila con ella, al tiempo que el personaje de Rafaela Aparicio (que no aparece en el libro) no deja de repetirle a Estrella que con su vestido de comunión parece “una novia.” El tono de la descripción de la primera comunión en el libro de Adelaida García Morales es bien distinto. El padre no se va a las colinas colindantes a disparar tiros para manifestar su hombría. En el libro la niña, Adriana, lejos de quedar sometida al padre a través del ritual de emparejamiento que supone bailar el pasodoble juntos, escena, que, como he dicho, no tiene lugar en el libro, tiene un arrebato místico en la iglesia. El amor entre ambos es, en este momento, puro. Cuando ve que el padre se ha acercado a la iglesia a pesar de ir en contra de sus ideas, se dispone a realizar un sacrificio ante Dios por amor hacia su padre:

“No te habías preparado como para una fiesta. Pero a mí eso no me importó, pues, viéndote en aquella penumbra que te envolvía, me pareció que soportabas una especie de maldición. Por primera vez temí que pudieras condenarte de verdad. Entonces, cansada ya de tantos padrenuestros inútiles como había rezado por ti, se me ocurrió hacer un trato con Dios. Le ofrecí mi vida a cambio de tu salvación. Yo moriría antes de cumplir los diez años: si no era así, significaría que nadie me había escuchado en aquellos momentos.”

No se dice en el libro de Adriana que parece “una novia” cuando hace la primera comunión. Eso sí, su padre le dice “Pareces una reina.” La vinculación de Adriana con un don especial, tal como el regio, no termina aquí. En dos escenas que aparecen en el libro pero que no fueron introducidas en la película Adriana emula a Juana de Arco. Tiene una amiga de su edad que se convierte en blanco de su hostilidad, Mari-Nieves, y en sendas ocasiones la ataca, la segunda de ellas después del convite de su primera comunión: “Yo llevaba puesto mi vestido blanco de reina. Esta vez me sabía llena de razón.” La fortaleza interior de Adriana es así proyectada agresivamente hacia el exterior; es la misma fortaleza con la que superará el deseo de su padre de someterla, lo que acaba provocando el suicidio de éste quizás en mayor medida que su fallida relación con Gloria Valle / Irene Ríos.

La representación de la otra mujer que el padre de Adriana amó es quizás otro de los puntos en que hay una divergencia importante entre el libro y la película. Este personaje incluso adquiere un nombre diferente en el film: Irene Ríos, que en realidad es el nombre artístico de la mujer, que es actriz. Las escenas de la película en que aparecen Irene Ríos – una película dentro de la película –, el cine Arcadia y el café Oriental son enteramente la invención de Víctor Erice, y su resultado es bastante desigual.

En el libro no hay una visita de la abuela y su criada, sino que la abuela enferma y los padres de Adriana van a Sevilla a acompañarla en su muerte. Es allí que el romance del padre con Gloria Valle revive o quizás sale a la luz; podemos suponer que se encontrase con ella allí, ya que era vecina de la casa familiar. Adriana percibe el cambio a su regreso: “Supe que en tu vida había existido otra mujer.” Gloria Valle les envía cartas a casa que la madre destruye. Al comprobar el estado de postración en que se haya su padre, la imagen de éste que tiene Adriana se altera: “Te vi envejecido y, al mismo tiempo, desvalido como un niño.” Es entonces cuando empieza a comprender que ella también puede sobreponerse a él, siguiendo el ejemplo de Gloria Valle.

La historia en la película es bien distinta. Mientras que en el libro Gloria Valle es una mujer angelical que el padre conoció en un baile de disfraces cuando ambos tenían quince años: él iba vestido de don Juan con una careta de diablo (recordemos a Adam, el sátiro que asalta a Adelaida García Morales en el libro de Elvira Navarro) y ella iba vestida de Doña Inés. He aquí otra imagen, muy poderosa, de la pureza femenina frente a la lascivia diabólica del hombre. Pero nada de esto es representado en la película de Erice, en la que Gloria Valle pierde los atributos trascendentales de su nombre (Gloria) y pasa a adquirir el lascivo, por húmedo, apellido Ríos. Irene Ríos no es una Doña Inés angelical sino una actriz de segunda a la que suelen dar papeles de mujer fatal. Con estas modificaciones en el guion Víctor Erice se permite hacer su homenaje particular al mundo del cine; Irene Ríos incluso aparece cantando el clásico tema, Blue Moon, que hizo famoso Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (1961), un momento de la película en el que Erice no le importó hacer uso de la propiedad intelectual ajena. En todo caso, vemos como la historia de El Sur pierde los atributos místicos de que goza la representación del amor en el proceso de adaptación al cine.

Otro ejemplo de la deriva lasciva de la película está en la importante escena en la que Adriana se esconde debajo de la cama durante varias horas. Dice Adriana:

“Un día decidí escapar a tus ojos, aunque me quedara en casa. Quizás con mi fingida desaparición deseara descubrir en ti una necesidad desesperada de encontrarme. Así que me escondí debajo de una cama. Me armé de paciencia, dispuesta a no salir de allí en mucho tiempo.”

Vemos que la decisión de Adriana de esconderse es una manera de llamar la atención de su padre, que está ahora sumido en la melancolía que le produce el recuerdo de Gloria Valle. En la película el padre golpea rítmicamente el suelo de su estudio en el ático con el bastón, al tiempo que la niña llora. Mientras se desarrolla este juego licencioso, la madre acaba finalmente encontrando a Adriana debajo de la cama, y en ese momento le pregunta por qué llora, a lo que Adriana responde con una contundente exclamación: “¡Porque me gusta!” El equívoco sobre el posible placer que la niña derivaría de la sonoridad rítmica de los golpes del bastón del padre no aparece en el libro, pues en el libro no existe tal bastón. Sí que hay un momento bastante anterior en el que, en una escena en un contexto totalmente diferente, Adriana contesta “¡Porque me gusta!” a la pregunta de su madre de por qué llora. Pero en esa escena la niña llora porque la madre es distante con ella, y no interviene el padre en absoluto: “¡No la quiero porque ella tampoco me quiere a mí!,” había exclamado Adriana con anterioridad.

Podemos ver que mientras que la niña sufre un cierto proceso de perversión en la película, en el libro su pureza se mantiene intacta. Es demasiado lista para dejarse someter, y de hecho las escenas finales que tienen lugar en Sevilla cuando conoce a su medio hermano Miguel demuestran el grado de dominio que ha adquirido sobre el sexo opuesto, pues es capaz de encandilar al chico desde el conocimiento de que éste está condenado a sentirse decepcionado.

Cuando visita la casa familiar de su padre en Sevilla después del suicidio de éste hay una imagen por la que nos queda claro que Adriana es responsable del suicidio de su padre:

“Por primera vez me dirigía a la que había sido tu habitación. En ella, un escarabajo de noche se hacía el muerto. Había quedado rezagado y, sin darme cuenta, lo pisé. El leve crujido de su cuerpo me provocó una repugnancia sin límites y una lástima absurda.”

Es así como sabemos que además de sentir lástima por su padre, Adriana ha terminado por sentir repugnancia ante el interés de éste por ella, que se hace explícito cuando ella es adolescente, a través de los suspiros y quejidos de éste en la noche, y únicamente de esta manera, pero no cuando es niña.

Sin embargo, la niña Estrella es una niña sometida sexualmente en el film. Cuando crece, papel que interpreta con mucha gracia Icíar Bollaín, vemos que su interés por su padre ha pasado, pero en la película esto se relaciona con que ella ha encontrado un sustituto, el Carioco. Ni qué decir tiene que el Carioco no aparece en el libro. Hay un chico, Fernando, con el que la Adriana adolescente camina a veces y que despierta celos furibundos en el padre, lo que propicia su suicidio, pero el papel de este Fernando es mínimo, no llega en realidad a ocupar el rango de sustituto, y además en seguida se va del pueblo, mientras que al final de la película podemos asumir que la relación entre Adriana y el Carioco ha progresado.

La concejala de Cultura se siente especialmente molesta por la escena del padre charlando con la hija tras la comida en el Gran Hotel. La escena que se corresponde con ésta en el libro tiene lugar en el jardín de la casa. El restaurante del Gran Hotel nos sugiere una cita romántica un tanto decadente, un intento de seducción desesperado, que se ve incrementado por el hecho de que en un salón contiguo se celebre una boda cuyos novios acaban bailando el mismo pasodoble de la primera comunión de Adriana. En el libro la cita final tiene lugar en el jardín de la casa, el lugar en el que padre e hija jugaban con el péndulo en aquellos momentos idílicos del pasado, cuando su relación era completa. En esta cita en el jardín Adriana pregunta al padre por el secreto de Gloria Valle, al tiempo que en la cita en el restaurante Estrella interroga al padre sobre Irene Ríos. “¿Es ese el motivo de tu sufrimiento?” pregunta una Adriana ya madura y compasiva. El padre responde con estoicismo: “Mira, el sufrimiento peor es el que no tiene un motivo determinado. Viene de todas partes y de nada en particular. Es como si no tuviera rostro.” Una escena muy distinta tiene lugar en el restaurante del Gran Hotel entre Estrella y su padre, en la que el padre se emborracha. Estrella le pregunta quién era Irene Ríos, y el padre niega haberla conocido. Después de que el padre va al baño, Estrella dice que tiene que irse. El padre le pide que no vaya a clase. Parece que quisiera consumar su relación. “No te entiendo,” dice Estrella. Entonces el padre suelta una frase fatal: “Y cuando eras así de pequeña, ¿tampoco me entendías?” A continuación suena el pasodoble de la comunión.

En la película por tanto el padre termina por hacer su perversión de su hija explícita. En el libro no existe tal perversión, sino que hay un estado de enamoramiento platónico entre hija y padre que la hija supera sin llegar a corromperse, logrando crecer como mujer y mantener en su espíritu la nostalgia del romance imposible con su progenitor más allá de la muerte de éste.

Ferrol

25 de agosto de 2017

El enigma de la inmortalidad

Donna Tartt - The Goldfinch
Donna Tartt, The Goldfinch, 2013

La novela de Donna Tartt ganadora del premio Pulitzer en 2014, El jilguero, es una meditación de algo menos de 1.000 páginas sobre la compleja relación del ser humano con el arte. En la historia que Tartt narra con una gran maestría y un pulso dickensiano, un niño de 13 años, Theo Decker, es uno de los pocos supervivientes de un atentado terrorista en el Museo Metropolitano de Nueva York en el que pierde a su madre. En la confusión que sucede a la explosión, se hace con el cuadro de 1564 de Carel Fabritius, “El jilguero,” actualmente en el museo Mauritshuis de La Haya, una pequeña tabla que curiosamente sobrevivió la gran explosión que tuvo lugar en Delft en ese mismo año de 1564 en la que el pintor Fabritius, discípulo de Rembrandt y probable maestro de Vermeer, perdió la vida a la par que la gran parte de su obra.

Theo Decker se apropia de “El jilguero” en el instante que sucede a la explosión, y como resultado de la misma y de la dolorosa pérdida de su madre, comienza a vivir un episodio de estrés postraumático, intensificado por la adicción a las drogas que desarrolla a lo largo de su adolescencia, que abarcará la mayor parte del libro y del que sólo se desprenderá hacia el final del mismo, curiosamente cuando el cuadro del que se apropió ilegítimamente sea restaurado a la propiedad pública. Entre ese momento del robo y el momento en que el cuadro es devuelto a las autoridades median catorce años y la casi totalidad de la novela, un período durante el cual somos testigos de la serie de saltos inconexos en la vida de Theo, algunos motivados por un destino que parece implacable, otros por las decisiones erróneas que él mismo toma llevado por una certera tendencia autodestructiva.

La manera en la que el nudo de la novela se resuelve en los capítulos finales es tan improbable como la larga concatenación de hechos casuales –la novela misma parte de la casualidad, pues el propio Theo se preguntará repetidas veces por qué tuvieron su madre y él que estar en aquella parte del museo, aquel día, a aquella hora, en una interrogación desesperada con el más allá que articula el punto exacto de su desesperación–, desastres y milagrosos rescates. Es pues ésta una novela que no se resiste a su propia ficcionalidad, un aspecto de la misma que se ve reflejado en su autoconciencia como objeto literario. El jilguero es un homenaje a tres autores tan dispares como geniales: Charles Dickens, Fiódor M. Dostoievski y J.D. Salinger. La perspectiva múltiple que estos tres grandes maestros proporcionan contribuye al perpetuo sentimiento de dislocación de la novela, con sus múltiples escenarios: el Nueva York refinado y lluvioso de Manhattan, el desierto árido de Las Vegas, la claustrofobia infernal de la habitación de hotel en Ámsterdam en la que Theo experimentará la mística conversión que le librará de su propio errático ego, inconscientemente trastornado, como lo ha estado a lo largo de la novela, por las demandas contrarias de la herencia genética y el espíritu.

Una introducción a Matar a un Ruiseñor (1960), de Harper Lee

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El argumento de Matar a un ruiseñor (1960) se ve afectado por dos momentos históricos contrapuestos pero entre los que se establece un diálogo original y enriquecedor: la Gran Depresión de la década de los años 30 y el movimiento de reivindicación de los derechos civiles de los afroamericanos liderado por Martin Luther King desde el segundo lustro de los años 50, el período en el que fue escrita.

La novela, perteneciente al género del Bildungsroman, describe el inicio del proceso de crecimiento de dos hermanos, Jem y Scout, en una pequeña ciudad ficticia del Sur profundo, en el estado de Alabama, basada en Monroeville, la ciudad originaria de Harper Lee, y está narrada con una original técnica narrativa por la que las voces de la Scout adulta y la Scout niña se superponen. Sin embargo, quizás sea el proceso de maduración de Jem el que adquiere una importancia central en la novela, al tiempo que es atestiguado por una Scout niña que no siempre es capaz de interpretar los sucesos que tienen lugar a su alrededor correctamente.

Jem al comienzo de la novela, en el verano de 1933, es un niño de 10 años a las puertas de la adolescencia. Sus fantasías infantiles, que le impulsan a liderar las incursiones de los niños, –ambos hermanos se han hecho amigos de un tercer niño, Dill, que veranea en la vecina casa de su tía– en el jardín de la lúgubre casa de los Radley, una familia sobre la que pesa una sobrecogedora leyenda negra construida por toda la población de Maycomb. El hijo menor de los Radley, Arthur, conocido como Boo, no ha salido de la propiedad de los Radley en los últimos quince años, y la naturaleza de su personalidad y sus actividades dentro de la casa o alrededor del pueblo bajo el cobijo de la noche son fuente de inagotable inventiva entre las gentes de Maycomb. Los niños conocen bien la leyenda del vecindario: en su adolescencia, el chico de los Radley congenió con unos muchachos que no eran compañía muy recomendable, y juntos llevaron a cabo diversas felonías que acabaron llamando la atención de las autoridades de Maycomb, de modo que el padre de Arthur finalmente tomó la decisión de encerrar a su hijo en su casa como castigo. Un suceso espeluznante protagonizado por Arthur cuando tenía 33 años no hizo sino incrementar el carácter gótico de su reputación: en cierta ocasión en que se hallaba recortando el periódico local para su álbum de recortes, su padre entró en la sala y Boo le clavó las tijeras en el muslo, las sacó, las limpió y siguió con su tarea.

Cuando los niños comienzan a representar una obra de teatro basada en la historia de Boo Radley, Jem asume el papel del trastornado protagonista. Es el comienzo de su búsqueda de un sustituto de Atticus como su modelo de figura paterna en Boo. Predeciblemente, Atticus desaprueba la pantomima. Es el comienzo de la larga serie de estrictas demandas y prohibiciones que inflige a los niños. Jem y Scout son conscientes de que Atticus es un elevado modelo a seguir, pero mientras Scout se contenta con asumir el papel de hija devota, temerosa y vigilante, y, a pesar de su carácter fuerte e impulsivo, en ocasiones chivata, Jem es apenas consciente de que en su viaje hacia la edad adulta necesita otros modelos que complementen al rígido Atticus.

Atticus es el abogado de Maycomb, y, aunque no es una figura representativa del tradicional caballero sureño, sino un hombre intelectual y solitario, que rompió la tradición familiar de vivir de la tierra, abandonando la pequeña plantación familiar para estudiar Derecho, la población de Maycomb le tiene en alta estima, sólo perturbada por la convicción con que éste decide defender al trabajador negro, Tom Robinson, de las acusaciones de haber violado a una mujer blanca, con lo cual parece romper uno de los códigos no escritos que sellan las normas de convivencia del pueblo, establecidas sobre un sistema de castas estrictamente jerarquizado. Es por esto que a pesar de que Atticus aparentemente subvierte la estricta moralidad de Maycomb, en realidad no deja de ser un hombre que es producto de su entorno y a quien le resulta incapaz escapar de él. Recordemos que Atticus “estaba relacionado por vínculos de sangre o matrimonio con casi cada una de las familias del pueblo.” (Cap. 1).

Los niños perciben las deficiencias de Atticus, que comenzó su familia a una edad tardía, lo que hace que se diferencie de los padres de los demás niños del colegio: no le gusta jugar al fútbol, los niños piensan que su trabajo consiste en no hacer nada útil o digno de atención hasta que tiene lugar el juicio a Tom Robinson. Sin embargo, la apreciación que tienen los niños de su padre se ve incrementada cuando éste mata de un tiro a un perro rabioso. Hasta ese momento a los ojos de Jem las habilidades de su padre eran meramente intelectuales, y por lo tanto mayormente inefectivas en el mundo real. Atticus, según su vecina Maudie Atkinson, es digno de elogio porque “es la misma persona en su casa y en las calles del pueblo.” No hay ambigüedades ni claroscuros en Atticus, pero esto también significa que su vida privada es sacrificada en beneficio de su vida pública. Jem y Scout se sorprenden al verle sacarse la chaqueta y aflojarse la camisa en pleno desarrollo del juicio contra Tom Robinson: para ellos, acostumbrados a verle vestir tan pulcramente en casa como en la oficina, esto era equivalente a verle desnudo. Es así que para Atticus, un “hombre público,” el ejercicio pleno de su profesión, cuando adquiere la mayor visibilidad posible en el estrado en el que se juzga a Tom Robinson, es sentido como lugar íntimo.

El caso opuesto es el de Boo Radley, un “hombre privado” sin apenas un átomo de vida pública, ya que vive encerrado. Es así que Boo encarna para los niños el lado oscuro de la conciencia y aparece como el complemento necesario a la luminosidad pública de su padre, para quien la vida privada se encuentra en el ejercicio más notorio de su profesión. Mientras que Atticus Finch cree en el poder de las instituciones para solventar los problemas de la vida humana, y es por esto que a pesar de haber sido una celebridad por su diestro uso de la escopeta en su juventud, en la actualidad ha delegado todas sus habilidades de defensa personal en el ejercicio de su profesión, y es así que cuando dispara al perro rabioso lo hace no sin cierta incertidumbre ante lo que supone disparar un arma. Es famosa su lección a los niños, que da título a la novela: pueden disparar a todas las urracas que quieran, pero es un crimen matar a un ruiseñor. Los niños, Jem especialmente, intuyen que la dependencia exclusiva en los poderes institucionales de la democracia americana no es suficiente para afrontar los peligros ocultos que acechan en la vida real y completar su crecimiento como adultos plenamente auto-suficientes.

La plena validez de instituciones sociales de la sociedad democrática como la justicia y la educación es puesta en tela de juicio, pues Scout ya aprende muy al comienzo de la novela que los “avanzados” sistemas pedagógicos empleados por su profesora solamente persiguen retardar las habilidades lectoras que ya ha adquirido en su casa. Los niños buscan completar su propia educación intentando aprender de y sobre Boo Radley. Finalmente, cuando las propias vidas de Jem y Scout son puestas en peligro debido a la incapacidad del sistema de la justicia para resolver el conflicto en Maycomb en torno a Bob Ewell y Tom Robinson, Boo Radley, quien comprende el valor de la violencia en una crisis de supervivencia, se convierte en el salvador de los niños, habiéndose probado las limitaciones de Atticus, con su idealista fe en el sistema, para proteger a los suyos.

Un poema (musicado) digno del Nobel

johnasbery_Hace algún tiempo traduje este poema de John Ashbery que el compositor Elliot Carter musicó.

Me sorprendió porque sólo he sido capaz de atrapar plenamente sus significados en el proceso de traducirlo. Encierra más profundidad y belleza de lo que a primera vista pueda parecer, hablando de esos misterios de lo Real en los que tan pocas veces muchos se detienen: ¿Hay alguna relación entre los hechos de la naturaleza y el Significado? ¿Cuál es la cualidad más perceptible de los hechos del pasado y cómo se relacionan con nuestro presente? ¿Es el Poeta un testigo incomparable de la Creación?… No me sorprende que Elliott Carter se quedase prendado de esta obra. En su versión musical de 1978 una mezzosoprano recita las palabras de “Syringa” mientras un un tenor canta fragmentos de textos clásicos griegos.

Si tuviera que dar un Premio Nobel de Literatura a un poema musicado yo se lo daría a uno como éste:

***

John Ashbery, “Syringa.”

A Orfeo le gustaba la alegre cualidad personal
De las cosas bajo el cielo. Por supuesto, Eurydice era una parte
de esto. Entonces, un día, todo cambió. Desgarra
Hendiduras en las rocas lamentándose. Las hondonadas, los montecillos
No pueden con ello. El cielo se sacude desde un horizonte
Al otro, casi listo para deshacerse de su plenitud.
Entonces Apolo lentamente le dijo: “Déjalo todo en la tierra.
Tu laúd, ¿para qué? Por qué darle a una sosa pavana que pocos se preocupan de
Seguir, exceptuando unos cuantos pájaros de plumaje polvoriento,
Composiciones del pasado sin vida.” Pero, ¿por qué no?
Todo lo demás también debe cambiar.
Las estaciones ya no son lo que eran,
Pero está en la naturaleza de las cosas ser visto sólo una vez,
Mientras transcurren, entrechocándose con otras cosas, arreglándoselas
De algún modo. Ahí fue donde Orfeo se equivocó.
Por supuesto, Eurydice se desvaneció en la sombra;
Lo habría hecho incluso si él no se hubiera girado.
No sirve de nada quedarse ahí como una toga gris de piedra mientras la rueda completa
De la historia que se conoce destellea a su paso, mudo, incapaz de
Expresar un comentario
Inteligente sobre el elemento más complejo de su recua.
Sólo el amor permanece en el cerebro. Y algo que estas gentes,
Estos otros, llaman vida. Cantando con precisión
Para que las notas asciendan saliendo del pozo del
Difuminado mediodía rivalizando con las diminutas brillantes flores amarillas
Que crecen alrededor del borde de la cantera, encapsula
Los diferentes pesos de las cosas.
Pero no es suficiente
Simplemente seguir cantando. Orfeo lo comprendió
Y no le importó tanto que su recompensa estuviese en el Cielo
Después de que las Ménades lo hubiesen despedazado, medio
Enloquecidas por su música, cómo las transformaba.
Algunos dicen que fue por su trato a Eurydice.
Pero probablemente la música tuviera más que ver con ello, y
La manera en que la música transcurre, emblemática
De la vida y de cómo no puedes aislar una nota de la misma
Y decir que es buena o mala. Debes
Esperar a que se acabe. “El final es la coronación,”
Lo cual significa también que el “tableau”
No está en lo cierto. Pues a pesar de que las memorias, de una estación, por ejemplo,
Se combinen en una única instantánea, uno no puede guardar, glorificar
Ese momento detenido. También fluye, imperceptible;
Es una imagen de paisaje, fluido, aunque vivo, mortal,
Sobre la cual una acción abstracta se hace reposar en gruesas
Duras pinceladas. Y pedir más que esto
Es convertirse en los juncos agitados de aquel lento
Poderoso arroyo, tirando de las hierbas trepadoras
Juguetonamente, pero sin participar en la acción
Más que esto. Luego en el bajo cielo de genciana
Pequeñas sacudidas eléctricas son en un principio apenas aparentes, luego estallan
En una lluvia de llamaradas fijas de color crema. Los caballos
Han visto cada uno una porción de la verdad, aunque cada uno piensa,
“Soy una res libre. Nada de esto me está ocurriendo,
Aunque puedo comprender el lenguaje de los pájaros, y
El itinerario de las luces atrapadas en la tormenta me resulta
Perfectamente lógico.
Su lucha concluye en música tanto
Como los árboles se mueven fácilmente en el viento tras una tormenta de verano
Y está ocurriendo en las sombras de encaje de los árboles a la orilla, ahora
Día tras día.”

Pero qué tarde para estar lamentándose de todo esto, incluso
Teniendo en cuenta que los lamentos se dan siempre tarde, ¡demasiado tarde!
A lo cual Orfeo, una nube azulada con contornos blancos,
Responde que estos no son, de ninguna de las maneras, lamentos
Sino simplemente una cuidada, académica rendición de
Hechos incuestionables, un inventario de piedrecitas en el camino.
Y sin importar cómo todo esto desapareció
O llegó a donde iba, ya no es relevante
Para un poema. Su tema
Importa demasiado, y no lo suficiente, de pie allí desvalido
Mientras el poema se adelantaba, su cola de fuego, un malvado
Cometa pronosticando odio y desastres, pero tan interiorizado
Que el significado, bueno o no, nunca puede
Llegar a saberse. El cantante piensa
De manera constructiva, construye su canto en pasos progresivos
Como un rascacielos, pero en el último minuto se va.
La canción es sumergida en un instante en la negritud
Que debe a su vez inundar todo el continente
Con negritud, pues no puede ver. El cantante
Debe entonces esconderse, ni siquiera aliviado
De la carga maléfica de las palabras. La estrellificación
Es para unos pocos, y llega mucho más tarde
Cuando todas las pistas de estas gentes y sus vidas
Se han escabullido dentro de las bibliotecas, de los microfilmes.
Unos cuantos aún se interesan en ellos. “Pero ¿qué me dices de
Este-y-aquél?” aún es preguntado alguna vez. Pero ellos yacen
Congelados y fuera de nuestro alcance hasta que un coro arbitrario
Habla de un incidente totalmente diferente con el mismo nombre
En cuyo cuento hay sílabas escondidas
De aquello que ocurrió tanto tiempo antes
En alguna ciudad pequeña, un verano diferente.

Unos héroes víctimas de sus propios ideales

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Joël Dicker, El Libro de los Baltimore, 2016.

La tercera novela publicada del joven escritor suizo Joël Dicker nos relata la adolescencia y entrada en la vida adulta de Marcus Goldman, el protagonista de su gran éxito de ventas La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Alfaguara, 2013), en una novela elegantemente escrita y llena de suspense sobre la frágil perdurabilidad de la buena fortuna, sobre los sueños rotos por un destino implacable.

Marcus Goldman se erige como “el escritor,” el narrador de la propia obra que escribe, el libro que tenemos en nuestras manos, para narrarnos por medio de un intricado juego de multiplicidad de perspectivas temporales el auge y caída de sus familiares favoritos, los Goldman de Baltimore, aquellos tíos que habría deseado que fuesen sus padres y que a todas luces representan los aspectos más destacados del ideal de vida norteamericano.

Sin embargo pronto descubrimos que el ideal social encarnado por los Baltimore, la familia rica perfecta, puede ser víctima de las pasiones apenas controladas que la pertenencia a esa clase privilegiada ocasiona entre sus miembros: la envidia, la sensación de humillación, el ansia de poder y éxito absolutos…

La Banda de los Goldman la forman los tres primos: Hillel, Woody – medio adoptado por los Baltimore – y el propio Marcus Goldman, que pertenece a los menos sofisticados Goldman de Montclair, Nueva Jersey. Estos viven la edad de oro de su amistad en lo que fueron los alegres y confiados años 90 para la sociedad americana, haciéndose la promesa – pronto incumplida – de que no se traicionarán, ni siquiera por la chica que los tres aman a la vez, Alexandra Neville.

El comienzo de sus estudios universitarios trae consigo el progresivo resquebrajamiento de sus ideales puros de infancia; la visión perfecta de todo lo que son y lo que representan los Baltimore es empañada por el contacto con promesas todavía más estelares y la ambición por alcanzar metas aún más fulgurantes. Los tres ansían transfigurarse en un sueño imposible de éxito absoluto e inmaculado.

Cuanto más se aproximan a la realización de ese sueño, más salen a relucir los aspectos más oscuros que anidan en el corazón de su vínculo fraterno. Surge la traición, pero ésta no es incompatible con la pervivencia de la admiración mutua y el amor más inquebrantable. ¿Cuál es la tragedia, repetidamente aludida como “el Drama” que se cierne sobre su destino?

En esta novela Joël Dicker se ha dejado llevar por las pulsaciones vitales de los propios personajes para crear un relato complejamente imbricado desde múltiples perspectivas temporales que resulta, dentro de la ficción del relato, de la pluma del propio Marcus, a quien un encuentro fortuito con su amor de juventud, Alexandra, impulsa a realizar un arduo trabajo de rememoración y reparación de los malogrados Baltimore. Es por esto que un aparente error de composición salta a la vista, cuando, hacia el final de la novela, Marcus nos relata ciertos acontecimientos en la vida de sus primos que racionalmente no tenía manera de haber conocido. Este cabo suelto oscurece el logro final, aunque no cabe duda de que Joël Dicker es un novelista que habrá que seguir teniendo muy en cuenta.

El canto triste de una generación perdida

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Milena Busquets, También esto pasará, 2015

En esta aclamada novela de fama internacional con amplios ecos autobiográficos, Milena Busquets, que perdió a su madre, la reconocida escritora y editora catalana Esther Tusquets en el verano de 2012, recrea la dolorosa experiencia de duelo de Blanca, una mujer que, como ella, pierde a los cuarenta años a su madre, de modo que todo el acto de escritura, a través de cuya narración Blanca interpela periódicamente a su madre, se convierte en una ofrenda a la madre muerta y, a la par, es un ejercicio de aserción de la propia madurez literaria.

Moralmente exhausta tras los intensos y desgraciados meses de la terrible decadencia física y mental de su madre antes de morir, Blanca busca regenerarse mediante unas improvisadas vacaciones en el pueblo de la familia, Cadaqués, ansiando el contacto redentor con el mar cristalino que a su madre le gustó navegar, el cielo implacable bajo el sol y el pequeño ejército de casas encaladas agrupado en torno a la iglesia. La perplejidad ante su nueva condición de cabeza de familia – uno de los diversos fraudes existenciales a los que ha de enfrentarse a lo largo de la narración – y la pérdida de la perfección vital de la infancia se entrelazan con sus reflexiones sobre los preocupantes rasgos definitorios de la generación a la que pertenece: los hijos de aquellos padres tan trabajadores y ocupados de los años 60 y 70, ahora padres de hijos sobreprotegidos, una generación a caballo entre dos mundos, el que se terminaba y el que está aún por nacer, quizás una generación perdida y seguramente una generación jamás tenida en cuenta.

Frente a la fragilidad de las relaciones amorosas y las imperfecciones de los amantes sucesivos surge la necesidad de la permanencia del ideal amoroso – “A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser más lista de lo que soy,” dice Blanca – y la certidumbre de los vínculos de sangre, los que mantiene con su madre muerta y con sus dos hijos Edgar y Nico. «También esto pasará» es una historia sobre el delicado arte de vivir con ligereza, cediendo a los impulsos naturales que tal vez acaban por complicarnos la vida, pero es también un libro sobre la necesidad de aferrarse con una fidelidad absoluta a los valores más trascendentes que encarnan aquellas personas sin las cuales nuestra existencia sería apenas soportable.

Las vueltas del tiempo

Marian Izaguirre - Los pasos que nos separan pic
Marian Izaguirre, Los pasos de nos separan, 2014

El paso del tiempo, la manera en que incide en el devenir de las historias humanas, es uno de los principales protagonistas de esta nueva novela de la escritora Marian Izaguirre. De alguna manera todos parecemos quedarnos anclados a determinados momentos de nuestro devenir, quizás, más frecuentemente, a aquellos años en que tenemos la fortuna de formarnos y disfrutar los primeros regalos de la adultez.

Esto es lo que le ocurre a Salvador Frei, un escultor catalán que ronda los setenta años en un verano de finales de la década de 1970 en Barcelona. Su adorada esposa Edita, una hermosa mujer eslovena que conoció en la ciudad Trieste en 1920, ha fallecido hace un tiempo, y él vive solo con su asistenta Eulàlia y el hijo de ésta, Toni. Salvador siente cercana la muerte y ansía realizar un último viaje a los parajes en los que el descubrimiento del amor marcó su historia. Para cumplir esta voluntad pone un anuncio en La Vanguardia con el fin de encontrar un acompañante que le ayude a resolver cualquier dificultad durante el viaje.

Quien llama a su puerta es Marina, una joven estudiante de Historia del Arte que acaba de descubrir que se ha quedado embarazada durante unas vacaciones algo alocadas con unos amigos no muy fiables en la isla de Menorca. El horror ante este embarazo no deseado se multiplica al no tener ella la seguridad de quién podría ser el padre, al tiempo que su medio novio Àlex se desentiende de ella para iniciar una relación con su amiga Tessa, y las ganas de retomar su relación con su auténtico novio Adolfo son nulas. En la España de finales de los setenta, con sus padres anticuados, en Bilbao, con quienes la comunicación resulta muy difícil, la única opción que ve es la de abortar por su cuenta, pero le horroriza hacerlo en el sucio piso de la ronda de San Pablo que le recomienda la dueña de una pensión; lo mejor sería poder ir a hacerlo a Londres, pero para eso necesita el dinero que Salvador Frei podría pagarle por acompañarle en su viaje.

Los recuerdos insistentes y recurrentes de Salvador se superponen con el progreso de la narración del viaje de los protagonistas, y es así que, al ir desarrollándose ambas historias ante nuestros ojos a un tiempo, es posible al final comprender las palabras de la narradora, Olivia, cuando afirma que su propia existencia es el resultado de todas aquellas pasiones desatadas tantos años atrás, en una ciudad extranjera. Dos personas aparentemente extrañas y ajenas descubren durante el transcurso de un viaje compartido que los traumas del presente son sólo una repetición de aquellos del pasado, pero la persistencia de la memoria y de la ansiedad por reparar los propios errores proporcionarán a Salvador la manera de redimir los pecados propios, cuya culpa no le deja vivir en paz, y ayudar a esta chica, Marina, horrorizada e incrédula ante su propia caída en falso.

Se trata, pues, de una historia sobre la necesidad y el derecho a la rectificación; sobre la reconciliación entre la maternidad y la individualidad, sobre las inclemencias del destino, la diferencia entre el abandono y la renuncia, sobre los amores deseados y los no deseados, los hijos rechazados y abandonados y los hijos perdidos, sobre los actos irresponsables de la juventud, la carga persistente de la culpa a través del arco de una vida y la necesidad de redención ante la puerta última de la muerte.

A lo largo de toda la narración surge ante nosotros el hermoso cuadro de la Anunciación del pintor renacentista Antonello da Messina. Este cuadro del siglo XV, en el que la Virgen aparece con rasgos más humanizados que en otras representaciones, (“Es una mujer que quiere conservar su identidad. Es una mujer independiente que pone en tela de juicio la maternidad”) tendrá una parte crucial en el desenlace de los amores de Salvador y Edita en el Trieste de los primeros años 20 del siglo pasado que fue el escenario de las violentas confrontaciones de los camisas negras del incipiente estado fascista, que pretendían italianizar la ciudad recientemente adquirida de Austria como un despojo de la primera guerra mundial, y la población eslovena –el propio Gabriele D’Annunzio tiene un papel en esta historia–, y sirve también para recalcar los complejos sentimientos de Marina ante la noticia de su próxima maternidad.

En la villa Diodati

Villa Diodati

Es a Claire Clairmont, obstinada y enamoradiza hermanastra de Mary Shelley, por aquel entonces aún Mary Godwin, a quien hemos de agradecer —si analizamos la concatenación de circunstancias que condujeron a la memorable noche tormentosa de mediados de junio de 1816 en Villa Diodati, en Ginebra, en la que Lord Byron propuso que cada uno escribiese una historia de fantasmas— que Mary Shelley finalmente acabase produciendo la reconocida obra maestra que es su novela Frankenstein.

Claire Clairmont

Tal y como ocurrió, Claire Clairmont, cuyo verdadero nombre era Mary Jane —la hija de Mary Jane Devereux, la mujer con la que William Godwin se casó tras el fallecimiento de Mary Wollstonecraft, la celebrada autora de la Vindicación de los derechos de la mujer—, manifestaba un vivo interés en la gran estrella literaria del momento, que no era otro que Lord Byron, cuya fama se había establecido tras la publicación de los primeros cantos de La peregrinación de Childe Harold, y de alguna manera a finales de marzo de aquel 1816 había conseguido ser recibida en la concurrida residencia londinense de Piccadilly del celebrado poeta. Aunque en fechas posteriores Byron no mantendría el mismo sentimiento, inicialmente fue encandilado por la joven Claire, que tenía una hermosa voz y tocaba el piano y entregó a Byron copias del trabajo de Shelley. Fue así que ella supo que Byron preparaba su partida hacia Ginebra —planeaba pasar por el campo de batalla de Waterloo en su enorme carruaje diseñado a la imagen del de Napoleón— después del escabroso final de su breve matrimonio con Annabella Milbanke. A Claire poco podían escandalizarle los rumores del incesto de Byron con su media hermana Augusta Leigh, que habían empujado a Annabella a abandonar la residencia común, y no podía tolerar perderle de vista ahora que había dado comienzo su relación, así que decidió que debía conseguir que Shelley y Mary se decidiesen a acompañarla en pos del bardo, pues sólo así lograría que Byron accediese a recibirla en Ginebra. Shelley no tenía aún una reputación literaria establecida, pero Byron probablemente había leído su Queen Mab, y además estaba vivamente interesado en conocer a la hija de William Godwin y Mary Wollstonecraft, que había causado un pequeño revuelo en los círculos chismosos del Londres de la Regencia al conocerse que cohabitaba con un poeta casado (el mismo Shelley, que había contraído matrimonio con la hermosa y jovencísima Harriet Westbrook el 29 de agosto de 1811, y a la que había abandonado al conocer a Mary). Claire era muy adepta a imitar, con un éxito bastante cuestionable, los pasos de su hermanastra Mary en la vida: si Mary había conseguido conquistar a un apuesto poeta casado, ¿por qué no iba ella a seducir a Byron y convertirse quizás en su nueva compañera, su amante oficial, quizás la madre de su próximo bebé tras su reciente fracaso matrimonial? Una niña, de hecho, que se llamaría Allegra y nacería en enero del año próximo, fue concebida durante una de aquellas visitas a la mansión de Piccadilly -dicen las malas lenguas que fue la única ocasión en la Byron accedió a tener relaciones con ella-.

Decididamente, para que Byron se la tomase en serio, Claire Clairmont necesitaba utilizar el reclamo de su afinidad familiar con Mary Godwin. Claire preparó el encuentro entre Mary y Lord Byron, que, para su propio regocijo, fue un éxito. Lord Byron partió el 23 de abril en dirección al continente y Shelley y Mary, con su pequeño William y con Claire el 2 de mayo; poco después atravesaban el canal, y tras un accidentado trayecto en carruaje bajo las fuertes tormentas que asolaron la Europa occidental en la primavera de 1816, el llamado “año sin verano,” llegaron a Ginebra. Se registraron en el Hôtel d’Angleterre en Sécheron dos semanas antes de la llegada del propio Byron, a quien Claire aguardaba expectante. El 1 de junio Shelley y Mary alquilaron una casa, la Maison Chapuis en Cologny, hoy desaparecida, en la ribera izquierda del lago Léman, que contaba con su propio embarcadero.

A un viñedo de distancia cuesta arriba estaba la Villa Diodati, una de las mansiones más impresionantes de la ribera, con magníficas vistas sobre el lago y las montañas del Jura, que Byron alquiló el 10 de junio. Eran muchos los turistas que espiaban la Villa Diodati con sus telescopios desde las pensiones de la otra orilla para no perderse un movimiento del bardo y apercibirse de si tenía compañía femenina. Los días transcurrían plácidamente para Mary Godwin entre libros —estaba leyendo La Eneida—, paseos, dibujos y bocetos y excursiones en barca en el lago, siempre que el tiempo de aquel verano fuertemente tormentoso lo permitía. Mary había contratado los servicios de una muchacha local como niñera para el pequeño William, Louise Duvillard, conocida como Elise, e inició una amistad con el acompañante de Byron, el joven y apuesto médico John Polidori —que escribiría tres años después la brillante novela El vampiro inspirada en el relato sin acabar de Byron y que inspiraría a su vez nada menos que el Drácula de Bram Stoker—, que comenzó a enseñarle italiano mediante la lectura de Torquato Tasso y terminó por enamoriscarse de ella. Mientras, Lord Byron ocupaba el tiempo que le quedaba para sí mismo en componer el celebrado tercer canto de El peregrinaje de Childe Harold.

Es probable que entre las conversaciones de los veraneantes, tal y como sugiere Miranda Seymour en su biografía de Mary Shelley (John Murray, 2000), se hubiesen mencionado las conferencias hacía unas semanas del reputado catedrático de anatomía William Lawrence en el Colegio Real de Cirujanos, que se había atrevido a cuestionar la existencia de una base espiritual en la creación de la vida humana. El galvanismo era en aquellas fechas un método científico en boga; la práctica de aplicar pilas voltaicas a los cadáveres de criminales indeseables para tratar de ver si era posible hacerles volver a la vida estaba inspirada en las corrientes de librepensamiento que habían recorrido Europa en el siglo anterior y había surgido fundamentalmente de la publicación del libro de Luigi Galvani sobre la base electromagnética del sistema nervioso y muscular en 1791. De hecho el lago Lemán en sí era todo un referente de la Ilustración, habiendo residido a sus orillas desde Milton a Voltaire, Rousseau y Gibbon.

Según el prefacio de P. B. Shelley a la primera edición de la novela en 1818, la idea de la que surgiría Frankenstein fue inspirada por la lectura una noche tormentosa en la que los residentes de Maison Chapuis tuvieron que pernoctar en Diodati —que pudo haber sido la del 16 o el 17 de junio; los relatos difieren— de la traducción al francés de un volumen de relatos fantásticos alemanes, titulado Fantasmagoriana, ou Recueil d’histoires d’apparitions de spectres, revenants, fantômes, etc uno de los cuales trataba de la reanimación de la cabeza de un cadáver. A raíz de esta lectura, Lord Byron hizo aquella noche su famosa propuesta de que cada uno de ellos escribiese su propia historia de fantasmas. En la tercera edición de Frankenstein en 1831, Mary ahondaría en la génesis de la historia de su novela. Según explicó, inicialmente todos habían comenzado sus historias menos ella. El día siguiente volvieron a reunirse en torno a la chimenea a las doce de la noche para hablar de fantasmas, y es bien conocido que Byron consiguió aterrorizar a Shelley con su lectura del diabólico poema “Christabel” de Coleridge, quizás despertando en él cierto sentimiento de culpa por haber abandonado a Harriet por Mary. Según Mary, día tras día le preguntaban burlonamente: “¿Ya se te ha ocurrido una historia?” a lo que ella tenía que responder con una negativa. Sin embargo a lo largo de aquellas vacaciones Byron y Shelley mantuvieron arduas discusiones sobre temas diversos aunque extrañamente interconectados: el panteísmo de Wordsworth y el fundamento del “principio de la vida,” esto es, especulaciones sobre las posibilidades científicas de generar vida humana, a las que ella asistía, como “convidada de piedra,” sin tomar parte —era conocido que Byron, aunque apreciaba a Mary, detestaba a las mujeres intelectuales—.

Después de escucharles hablar una noche Mary se fue a dormir, pero no podía conciliar el sueño. Su imaginación volaba más veloz que su pensamiento y una serie de imágenes se sucedían vivamente ante su mente. A la mañana siguiente anunció a sus amigos que había alumbrado una historia. Justamente aquella mañana, el 22 de junio, Byron y Shelley iban a salir a recorrer el perímetro del lago en su barca para visitar los escenarios de la famosa novela de Rousseau La nueva Eloísa, y ella se sentó en su mesa de trabajo y comenzó a escribir las palabras que abren el capítulo IV de la novela (capítulo 7 en la reciente edición de Austral traducida por José C. Vales: “Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre…” y se dispuso a narrar su ensoñaciones de la noche. Cuando Shelley regresó el 30 de junio recibió una impresión muy favorable de su esfuerzo literario y la animó a seguir adelante.

A finales de julio Shelley y Mary, acompañados de Claire, hicieron un viaje por los Alpes, recalando en Chamonix, a los pies del Mont Blanc; la impresionante geografía helada del glaciar de Mer de Glâce inspiraría una escena crucial en Frankenstein en la que el doctor se ve obligado a confrontar a su creación, que le narra los horrores de su vida y le pide una compañera. A partir de ahí, tras el regreso a Maison Chapuis varios elementos —como la incorporación del relato del capitán Robert Walton o la impresión causada por los relatos que Matthew Lewis, el autor de la novela de terror escatológico El monje, que se acercó para visitar a Byron a mediados de agosto, trajo de sus plantaciones de esclavos en Jamaica— debieron conjugarse con el tiempo y la progresiva maduración de la mente creativa de la joven Mary para que ésta produjese, finalmente asentada en Bath con Claire a su regreso a Inglaterra a finales del verano, regreso motivado por cuestiones económicas y el creciente embarazo de Claire, la obra maestra, preclara anticipación del género de ciencia ficción y portadora de una honda riqueza interpretativa, por la que Mary Shelley es mundialmente celebrada y reconocida en la actualidad.

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Mi traducción de “El sueño,” un bello relato de Mary Shelley

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EL SUEÑO

El tiempo en el que tuvo lugar la pequeña leyenda que voy a narrar fue aquél del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya accesión al trono y conversión, aunque trajeron la paz al reino, no fueron suficientes para hacer cicatrizar las profundas heridas que los dos bandos enemigos se habían infligido mutuamente. Feudos privados y el vivo recuerdo de afrentas mortales subsistían entre aquellos que ahora parecían unidos; y no era infrecuente que las manos que se apretaban en lo que parecía un saludo amistoso, involuntariamente aferrasen, en el momento de separarse, la empuñadura del estilete, como si se tratase de un portavoz más adecuado de sus pasiones que las palabras corteses que habían acabado de pronunciar sus labios. Muchos de los católicos más acérrimos se retiraron a las distantes provincias de que provenían, y mientras ocultaban en la soledad su resentimiento, con no menor avidez aguardaban el día en que pudieran manifestarlo abiertamente.

En un gran castillo fortificado construido en una escarpada colina sobre el río Loire, no lejos de la ciudad de Nantes, habitaba la última descendiente de su linaje, y la heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había pasado el año anterior en la más completa soledad en su apartada morada, y el luto que lucía por su padre y sus dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era la apropiada razón por la que no formaba parte de la vida de la corte, participando de sus celebraciones. Pero la condesa huérfana había heredado un reputado título e innumerables tierras, y pronto se le hizo saber que el Rey, su guardián, deseaba que ella las entregase, junto con su mano, a algún noble cuya heredad y méritos le hiciesen merecedor de ello. Constanza, por toda respuesta, expresó su intención de tomar los hábitos y retirarse a un convento. El Rey enérgica y resueltamente lo prohibió, creyendo que tal idea era el resultado de una sensibilidad agitada por la tristeza, y confiando en su esperanza de que, transcurrido un tiempo, el apasionado espíritu de la juventud atravesaría esta nube pasajera.

Había transcurrido un año, y aún la condesa persistía en su empeño, así que finalmente Enrique, poco deseoso de forzar su voluntad —deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que conducían a una muchacha tan hermosa, joven y a quien la fortuna había concedido tantos talentos, a desear enterrarse en un convento— anunció su intención, ahora que el tiempo del luto había acabado, de visitarla en su castillo; y, señaló el monarca, si no traía consigo suficientes persuasiones para conducirla a cambiar su propósito, daría su consentimiento a que lo cumpliera.

Constanza había pasado muchas horas tristes, días llenos de lágrimas y noches agitadas por sus penas. Había cerrado las puertas de su castillo y, como Lady Olivia en Twelfth Night, se había abocado a llorar en soledad. Como era su propia dueña, con facilidad pudo silenciar los ruegos y reproches de quienes la servían, y alimentó su desgracia como si se tratase del objeto de su amor. Pero ésta era demasiado insistente, amarga y ardiente para ser una invitada favorecida. Lo cierto era que Constanza, joven, apasionada y vivaracha, se enfrentaba a ella, se debatía y ansiaba desecharla. Pero todo aquello que parecía alegre por sí mismo, o hermoso en apariencia, sólo servía para renovar su pesar, y sólo podía sobrellevar el peso de su tristeza haciendo uso de la paciencia, cuando, rindiéndose ante ella, dejaba que la oprimiese pero sin llegar a torturarla.

Constanza había dejado el castillo para vagabundear por los prados colindantes. A pesar de que sus aposentos eran altos y amplios, se sentía oprimida dentro de sus muros, bajo sus abigarrados tejados. El cielo azul, las tierras que se extendían hacia lo alto y el antiguo bosque, que ella asociaba con cada uno de los tan estimados recuerdos de su vida anterior, la incitaban a pasar horas y días bajo sus umbrosos techos. El movimiento y el cambio que se sucedían eternamente, mientras el viento se colaba entre las ramas, o el sol en su viaje hacía llover sus rayos a través de ellas, la calmaban y la liberaban de aquella monótona tristeza que le oprimía el corazón con una punzada tan implacable bajo el tejado de su castillo.

Había un lugar al borde del bosque, un rincón particular desde el que podía discernir todo el campo que se extendía a lo lejos, pero que al mismo tiempo estaba espesamente poblado con altos árboles que daban abundante sombra —un lugar al que había jurado no volver, pero al que inconscientemente sus pasos siempre la conducían, y adonde en este momento de nuevo, por la vigésima vez en aquel día, había llegado sin darse cuenta. Se sentó sobre un montículo de hierba, y observó con añoranza las flores que ella misma había plantado para adornar aquel recoveco reverdecido —su templo a los recuerdos de su amor. Sostenía la carta del Rey que había sido responsable de tanta desesperación. El abatimiento se había asentado en sus rasgos, y su frágil corazón le preguntaba al destino por qué, tan joven, vulnerable y abandonada, tenía ella que enfrentarse a esta nueva fatalidad.

—Lo único que pido —pensaba— es vivir en la propiedad de mi padre, en el lugar que me es conocido desde la infancia, para regar con mis innumerables lágrimas las tumbas de aquellos que amé, y aquí en estos bosques, donde alumbré un sueño de amor tan imposible, ¡seguir celebrando por siempre las exequias de la Esperanza!

El crujir de las ramas llegó a sus oídos — su corazón latió con fuerza — y luego todo se quedó en silencio.

—¡Qué tonta soy! —murmuró—. Víctima de mis propias imaginaciones: porque fue aquí que nos conocimos, porque sentada aquí le he esperado, y sonidos como estos han anunciado, su ansiada llegada, así que ahora cada liebre que corre y cada pájaro que hace despertar al silencio, me recuerdan a él. Oh Gaspar, que un día fuiste mío, ¡nunca jamás se alegrará este rincón con tu presencia, nunca jamás!

De nuevo los arbustos se agitaron, y se oyeron pisadas en el matorral. Se levantó, su corazón latía impetuosamente, debía de ser aquella tonta de Manon, con sus  impertinentes súplicas para que regresase al castillo. Pero las pisadas eran más firmes y lentas que las de su criada, y en un momento discernió al intruso emergiendo de la sombra. Su primer impulso fue el de huir… pero verle una vez más, oír su voz… una vez más antes de establecer un juramento eterno entre amos, verse juntos, y cubrir el gran abismo que había creado la ausencia, no podría dañar a los muertos, y aliviaría la tristeza fatal que hacía palidecer de tal manera su mejilla.

Y ahora él se hallaba frente a ella, el mismo amado con quien había intercambiado juramentos de fidelidad. Él, como ella, parecía triste. Y tampoco pudo ella resistir la mirada suplicante que le solicitaba que se quedase allí un momento.

—He venido hasta aquí, señora —dijo el joven caballero— sin la esperanza de poder torcer vuestra inflexible voluntad. Vengo tan sólo para veros una vez más, y para despedirme antes de viajar a la Tierra Prometida. Vengo a suplicaros que no os encerréis en un oscuro convento para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien no veréis más. ¡Tanto si muero como si vivo en Palestina, Francia y yo nos hemos separado para siempre!

—¡Palestina! —exclamó Constanza—. Sería algo temible, si fuese verdad, pero el rey Enrique nunca permitiría que se perdiera así su caballero favorito. El trono por el que luchasteis, debéis guardar. Os imploro, si alguna vez he tenido alguna influencia en vuestros pensamientos, que no vayáis a Palestina.

—Una palabra vuestra podría detenerme, tan sólo una sonrisa, Constanza —y el joven admirador se inclinó ante ella; pero la determinación de ella regresó al contemplar una escena anteriormente tan querida y familiar, ahora tan extraña y tan prohibida.

—¡No os detengáis aquí por más tiempo! —gritó—. Vuestras no serán ya más mis sonrisas ni mis palabras. ¿Por qué habéis venido hasta aquí, aquí, donde se pasean los espíritus de los muertos, sintiendo que este rincón umbroso les pertenece, y por lo tanto han de maldecir a la falsa muchacha que permite que su asesino perturbe su reposo sagrado?

—Cuando el amor era joven y vos erais dócil —respondió el caballero— me enseñasteis a pasearme por los recovecos de estos bosques. Me recibíais en este amado rincón, donde una vez jurasteis ser sólo mía, justo debajo de estos antiguos árboles.

—Fue un malvado pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y ha sido duramente castigado!

Sus palabras infundieron nuevos ánimos al joven caballero, quien aún así no se atrevió a moverse, por menos que ella, quien a cada momento parecía dispuesta a emprender el vuelo, fuese perturbada en aquel momento de tranquilidad. Pero respondió lentamente:

—Aquellos eran días felices, Constanza, llenos de terror y de un gozo profundo, cuando al anochecer llegaba yo rendido a vuestros pies, y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera particular de aquel castillo ceñudo, este recodo sombreado sobre el que brillaban las estrellas era el altar del amor.

—¿Días felices? ¡Días miserables! —replicó Constanza. Aquellos en que imaginé que algo bueno podría resultar de no cumplir mi obligación, y que Dios recompensaría la desobediencia. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un océano de sangre nos divide por siempre! ¡No os acerquéis a mí! Aquellos seres amados que han muerto se interponen en este momento entre nosotros: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, ¡y me amenazan por prestar oído a su asesino!

—¡No soy tal! —exclamó el joven. Mirad, Constanza, somos cada uno de nosotros los últimos miembros de nuestro linaje. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos solos. No era así cuando por primera vez nos amamos, y cuando mi padre, mi pariente, mi hermano… ¡qué digo! ¡incluso cuando mi propia madre profería maldiciones contra la casa de Villeneuve, yo, a pesar de todo, la bendecía! Te veía a ti, querida mía, y la bendecía. El Dios de la paz plantó el amor en nuestros corazones, y en medio del misterio y del secreto nos encontramos muchas noches de verano en los valles iluminados por la luna, y cuando lucía la luz del día en todas partes, volábamos a este dulce recodo para escapar de su escrutinio, y aquí, en este mismo lugar en el que yo ahora me arrodillo para suplicaros, ambos nos arrodillamos y nos prometimos el uno al otro. ¿Incumpliremos nuestros votos?

Constanza lloraba mientras su amante recreaba las escenas de horas felices.

—Nunca —exclamó. ¡Nunca jamás! Tú sabes, o conocerás pronto, Gaspar, la fe y los propósitos de aquella que no se atreverá a ser vuestra. ¿Nos correspondía hablar del amor y de la felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre rugían en torno nuestro? Las flores fugaces que  nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas al encuentro mortal con sus enemigos. Mi padre murió por la acción del vuestro, y poco importa saber si, como mi hermano me juró, y vos negáis, vuestra mano asestó o no asestó el golpe que acabó con él. Vos luchabais con aquellos que le mataron. No digáis más, si quiera otra palabra: es impiedad que las almas infelices de los muertos os oigan. Idos, Gaspar, olvidadme. Vuestra carrera será gloriosa bajo el cuidado del caballeroso y galante rey Enrique, y una hermosa chica escuchará, como yo hice una vez, vuestras promesas, que la harán feliz. ¡Adiós! ¡Que os bendiga la Virgen! En la celda de mi monacal hogar no olvidaré la mejor lección cristiana: la de rezar por nuestros enemigos. ¡Gaspar, adiós!

Se alejó rápidamente de aquel recodo. Con pasos presurosos recorrió el claro en dirección al castillo. Una vez que se halló bajo la protección de sus propias habitaciones dejó que estallase la explosión de dolor que rasgaba su dulce pecho como una tempestad. Pues la suya era aquel peor tipo de tristeza que daña los recuerdos de felicidad, uniendo el amor a lo que se presume es la culpa en una sociedad tan temida como aquella a que da lugar el tirano cuando ata a un hombre vivo a un cadáver. Repentinamente un pensamiento le asaltó la mente. Al principio quiso rechazarlo por parecerle pueril y supersticioso, pero parecía no querer irse. Llamó rápidamente a su criada.

—Manon —le dijo­—. ¿Habéis dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon hizo la señal de la cruz.

—¡Santo cielo! Nadie lo ha hecho, desde que tengo uso de razón, excepto dos mujeres: una calló al río Loire y se ahogó; la otra solamente miró el estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir palabra. Es un lugar temible, ¡y si aquella muchacha que pretende hacer votos no ha conducido su vida de manera piadosa, mala será la hora en que deje descansar su cabeza sobre la piedra sagrada!

Constanza también se santiguó.

—En lo que se refiere a nuestras vidas, es solamente a través del Señor y de los santos que alguno de nosotros puede esperar que sean merecedoras. Dormiré en ese lecho mañana por la noche, y si, como he oído, es cierto que la santa se digna a aconsejar a quien va allí a hacerle votos en sus sueños, ella me guiará, y así, conociendo que actúo de acuerdo con los dictados del Cielo, ¡me resignaré incluso a lo peor!

El Rey iba de camino a Nantes desde París, y pasó esta noche en un castillo que sólo distaba unas millas. Antes del amanecer un joven caballero fue introducido en sus aposentos. El caballero tenía el aire serio, quizás deberíamos decir pesaroso, y aunque era hermoso en sus rasgos y en sus proporciones, su aspecto era cansado y ojeroso. Guardó silencio en la presencia del rey Enrique, quien, atento y alegre, dirigió sus vivos ojos azules a su invitado, preguntando con suavidad:

—¿Así que se ha mantenido obstinada, Gaspar?

—Se ha mantenido resuelta a garantizar la miseria de ambos. Aún así, mi señor, no es, créame, la menor de mis penas, el que Constanza sacrifique su propia felicidad al tiempo que destruye la mía.

—¿Y creéis que dirá que no al gallardo caballero que yo mismo le presente?

—¡Oh, mi señor, no penséis eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente vuestra generosa condescendencia. Pero aquella a quien no pudo persuadir la voz de su amado en soledad, mientras los recuerdos y la soledad de los amantes contribuían al hechizo, resistirá incluso las órdenes de Su Majestad. Está empeñada en encerrarse en un convento, y yo, si es de vuestro agrado, me marcharé ahora: desde ahora soy un soldado de la cruz, y moriré en Palestina.

—Gaspar —dijo el monarca— conozco a las mujeres mejor que tú. No la conseguirás ni mediante la sumisión ni los ruegos lacrimosos. Es natural que la muerte de sus familiares haya afectado tanto el corazón de la joven condesa, quien, al alimentar en soledad sus lamentos y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión. Dejad que lleguen a ella las voces de este mundo, la voz del poder y la del sentimiento en conjunción; la primera voz imperiosa, la otra suplicante, de modo que ambas resuenen en su propio corazón, y por mi palabra y la Sagrada Cruz ella será vuestra. Mantengamos nuestro plan. Y ahora cabalguemos: la mañana avanza y el sol se ha levantado.

El Rey llegó hasta el palacio del obispo, y procedió a oír misa en la catedral. Una cena suntuosa tuvo lugar a continuación, y ya era la tarde cuando el monarca prosiguió a través de la ciudad junto al río Loire hacia donde, un poco más arriba de Nantes, el Chateau Villeneuve se erigía. La joven condesa le recibió a la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla blanqueada por la desgracia, el aspecto de triste desesperación que le habían indicado que debería esperar. Su mejilla estaba sonrojada, su manera animada, su voz era apenas trémula.

—Ella no le ama —pensó Henry— o, de otro modo, su corazón ya ha consentido.

Se preparó un almuerzo para el monarca, y tras un momento de inseguridad, provocado por la alegría del aspecto de ella, éste mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y respondió con mucha rapidez:

—Mañana, mi buen señor, pido que me dé tiempo hasta mañana. Todo se decidirá entonces. Mañana he prometido a Dios… o…

Parecía confundida, y el Rey, a un tiempo sorprendido y gratificado, dijo:

—Entonces no odiáis al joven de Vaudemont. Le perdonáis que la sangre enemiga corra por sus venas.

—Se nos enseña que debemos perdonar y amar a nuestros enemigos —la condesa respondió con cierta agitación.

—Ciertamente, por San Denis, esa respuesta es adecuada para un simplón —dijo el Rey, riendo—. ¡Qué veo! ¡Mi fiel sirviente, Don Apolo disfrazado, acercaos, y agradecedle a la señorita su amor!

Así disfrazado el caballero se había quedado atrás oculto a todos, contemplando con infinita sorpresa el comportamiento y la tranquila expresión de la señorita. No podía escuchar sus palabras, pero ¿era ésta aquélla que él había visto temblando y llorando la tarde anterior? ¿Era ésta aquélla cuyo propio corazón estaba dividido por pasiones encontradas, que veía los pálidos fantasmas de su padre y de sus familiares anteponerse entre ella y el amante a quien adoraba más que a la vida misma? Era un misterio difícil de resolver. La llamada del Rey se correspondía perfectamente con su propia impaciencia, y dio un paso adelante. Se arrodilló a sus pies, mientras ella, aún víctima de la pasión, que se había exacerbado por la actitud tranquila que había adoptado, lanzó un grito al reconocerle, y se desmayó sin sentido sobre el suelo.

Era difícil de comprender lo que le ocurría. Incluso después de que sus criados la reanimasen, se desmayó de nuevo, y luego lloró copiosamente, mientras el monarca, que esperaba en el salón mirando de reojo el almuerzo a medio comer y canturreando un romance que conmemoraba la debilidad de la mujer, no sabía cómo responder a la mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente el criado de mayor rango se acercó con una disculpa, diciendo que la señorita estaba indispuesta, muy indispuesta, y que al día siguiente se arrojaría a los pies de Su Alteza, para solicitar su perdón, y comunicarle su intención.

—¿Mañana? ¿De nuevo mañana? ¿Acaso el día de mañana traerá consigo un encantamiento, doncella? —dijo el Rey—. ¿Podríais resolver el misterio, hermosa? ¿Cuál es el extraño cuento que le pertenece al día de mañana, ya que todo depende de su llegada?

Manon enrojeció, dirigió la vista al suelo, y dudó. Pero Enrique no estaba iniciado en el arte de persuadir a las criadas para que revelasen las intenciones de sus señoras. Manon estaba, además, asustada ante el plan de la condesa, que ésta persistía obstinadamente en llevar a cabo, así que se sentiría fácilmente inducida a descubrirlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, acostarse en un estrecho saliente de la roca sobre las profundas y rápidas aguas del Loire, y si, como era más probable, la desafortunada soñadora lograba no caerse al río, interpretar las inquietantes visiones que un sueño tan perturbado habría de producir por el dictado del Cielo, era una locura de la que incluso el propio Enrique no podría creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podría Constanza, ella cuya belleza era tan marcadamente intelectual, y las alabanzas de cuya entereza y talentos él había escuchado perpetuamente… podría ella engañarse a sí misma de una manera tan extraña? ¿Puede la pasión burlarse así de nosotros? ¿Puede como la muerte hacer descender al mismo nivel incluso a la aristocracia del alma, subyugando al noble y al campesino, al sabio y al necio? Era extraño —pero ella debía cumplir su propósito. Al menos ella no estaba segura de qué decisión tomar, y era de esperar que Santa Catalina no jugaría su papel con malas intenciones. En caso contrario, un propósito que hubiese sido modificado por un sueño podría asimismo ser influenciado por otros pensamientos en los días posteriores. En lo que respectaba al tipo de peligro más material, habría que ingeniar algún tipo de salvaguarda.

No hay un sentimiento más terrible que aquel que invade a un frágil corazón humano empeñado en gratificar los ingobernables impulsos que contradicen a los dictados de su conciencia. Los placeres prohibidos son considerados los más apetecibles. Quizás sea así en el caso de aquellas naturalezas más rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la competición, aquellos que se sienten felices en un altercado, y dichosos ante el conflicto de la pasión. Pero el gentil espíritu de Constanza era más dulce y más delicado, y la contienda entre el amor y la obligación oprimían y torturaban su pobre corazón. Subordinar su comportamiento a las inspiraciones de la religión, o, por así decirlo, de la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que amenazaban su empresa le conferían un atractivo añadido; era una felicidad arriesgarse por él, la misma dificultad del camino que conducía a la consecución de sus deseos al mismo tiempo gratificaba su amor y distraía sus pensamientos de su agonía. O si era decretado que debía sacrificarse, el riesgo del peligro y de la muerte serían de poca importancia en comparación con la angustia que entonces le habría sido adjudicada para siempre.

La noche amenazaba con ser tormentosa, el viento imperioso sacudía los cristales de las ventanas, y los árboles agitaban sus enormes brazos umbrosos, como unos gigantes harían en una danza fantástica o en una reyerta mortal. Constanza y Manon, en soledad, abandonaron el castillo por una puerta trasera, y comenzaron a descender por la colina. La luna aún no se había levantado, y aunque ambas conocían el camino, Manon tambaleándose y temblando, mientras que la condesa, envuelta en su manto de seda, subía con paso firme por la ladera de la montaña.  Llegaron a la orilla del río, donde estaba amarrada una pequeña barca, y un hombre esperaba. Constanza se introdujo con delicadeza en la barca, y luego ayudó a subir a su temerosa acompañante. En  unos breves instantes estaban en medio de la corriente. El cálido, tempestuoso y animado viento equinoccial soplaba sobre ellos. Por primera vez desde que enlutase, un ramalazo de placer hinchó el pecho de Constanza. Ella recibió la emoción con una alegría doble. “No puede ser,” pensó, “que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. No puedo amar nunca a otro. Me moriré si me tengo que separar de él, y este corazón, estos miembros, tan despiertos a sensaciones ardientes, ¿pueden estar predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla imperiosamente en su interior. Viviré para amar. ¿Acaso no aman todas las cosas — el viento al tiempo que susurra a las aguas veloces, las aguas al tiempo que besan las orillas llenas de flores y se apresuran para mezclarse con el mar? El Cielo y la tierra son sostenidos por, y viven a través del amor. ¿Será Constanza únicamente, cuyo corazón ha sido siempre un profundo pozo del que surge, desbordándose, el afecto sincero, quien se vea obligada a colocar una piedra sobre la fuente para taponarla por siempre?

Estos pensamientos seguramente conducirían a sueños agradables, y quizás la condesa, adepta a la ciencia del dios ciego, por este motivo los consentía de buena gana. Pero en este momento en que la absorbían estas dulces emociones, Manon la tomó del brazo.

—Señora, mirad —gritó. Se acerca pero los remos no hacen ruido. ¡Que nos proteja la Virgen! ¡Ojalá estuviésemos en casa!

Una negra barca surcó las aguas a su lado. Cuatro remadores, vestidos con túnicas negras, empujaban unos remos que, como había señalado Manon, no emitían ningún sonido. Otro reposaba frente al timón. Como los otros, su persona estaba velada por un manto oscuro, pero no llevaba cubierta la cabeza, y aunque su rostro no se dirigía hacia ellas, Constanza reconoció en él a su amado.

—¡Gaspar! ­—gritó—. ¿Estás vivo?

Pero la figura del barco ni volvió la cabeza ni respondió, y pronto se había perdido entre las sombras que rodeaban a las aguas.

¡Qué diferentes fueron ahora las ensoñaciones de la bella condesa! Ya el Cielo había comenzado su sortilegio, y formas no terrenales las rodeaban, las cuales descubría al fijar la vista a través de la penumbra. En un momento vio y dejó de ver la barcaza que había ocasionado su terror, y ahora parecía que había otra allí, en la que estaban los espíritus de los muertos, y su padre agitaba el brazo para saludarla desde la orilla, y sus hermanos le fruncían el ceño.

Entretanto habían llegado a su destino. La barcaza se amarró en una pequeña cala, y Constanza saltó a la orilla. En este momento tembló, y casi cedió a los ruegos de Manon de que regresasen, hasta que la poco avispada criada mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que ella debía dar al día siguiente. ¿Qué respuesta daría, si regresaba ahora?

Así que se apresuró y subió por el terreno irregular de la orilla, y luego la cruzó, hasta que llegó a una colina que colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba oscuro — salvo por una pequeña lámpara, que, levemente agitada por el viento, parpadeaba débilmente en frente de la figura de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron, oraron, y luego, levantándose, con un acento alegre la condesa dio las buenas noches a su sirvienta. Abrió una pequeña puerta de hierro que daba a una estrecha caverna. El rugido de las aguas se oía a lo lejos.

—No debes seguirme, mi pobre Manon —dijo Constanza— ni aunque mucho lo desees. Esta aventura tengo que vivirla yo sola.

Parecía poco justo dejar a la temblorosa criada sola en la capilla, que no podía ser consolada ni por la esperanza ni por el miedo, el amor o la desgracia; sin embargo, en aquellos tiempos, los escuderos y las damas de compañía a menudo jugaban el papel de subalternos en la armada, recibiendo golpes y ninguna fama. Además, Manon estaba a salvo en territorio sagrado. La condesa mientras tanto siguió su camino, tanteando en la oscuridad a través del estrecho y tortuoso pasaje. Finalmente lo que parecía un haz de luz brilló ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Llegó a una caverna abierta que colgaba en el lado de la colina, sobre la veloz corriente del río. Escudriñó la noche. Las aguas del Loire discurrían veloces, como desde aquel día han seguido discurriendo — siempre distintas, pero las mismas. El cielo estaba espesamente cubierto con nubes, y el viento entre los árboles evocaba un sonido tan lastimero y ominoso como si se agolpase en torno a la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y observó el que iba a ser su lecho — un estrecho saliente de tierra y piedra cubierta de musgo que bordeaba el precipicio. Se desprendió del manto —era ésta una de las condiciones del sortilegio, inclinó la cabeza y deshizo las trenzas de su negra cabellera. Se descalzó los pies, y así, preparada para sufrir de la manera más aguda el frío de la noche, se estiró en el estrecho lecho que apenas le confería suficiente espacio para reposar, y desde donde, si se movía en sueños, caería a las frías aguas que discurrían por debajo.

Al principio le parecía que nunca iba a ser capaz de quedarse dormida. No era extraño que su exposición a las olas y su peligrosa postura impidiesen que sus pestañas se cerrasen. Finalmente cayó en una suerte de ensoñación tan suave y tranquila que no deseaba caer en el sueño. Pero luego poco a poco sus sentidos se empezaron a nublar, y en un momento estaba en el lecho de Santa Catalina, mientras el Loira corría bajo ella y los vientos salvajes pasaban en torno suyo, y al momento siguiente… ¿dónde se hallaba? ¿qué sueños envió la santa? ¿la conducirían a la desesperación o la conminarían a ser feliz para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la negra corriente, un hombre vigilaba, preso de mil miedos y apenas atreviéndose a esperar nada bueno. Había sido su intención llegar antes que la joven, pero cuando se dio cuenta de que había malgastado su tiempo, hizo envolver los remos en una tela para apaciguar su sonido y sin perder un segundo había sobrepasado la barca en la que iba su Constanza, sin ni siquiera girarse al ser llamado, temeroso de enfadarla, y de que le ordenase regresar. La había visto aparecer por el pasadizo, y había temblado cuando ella se inclinó sobre el precipicio. La vio avanzar, vestida como iba de blanco, y pudo distinguirla al yacer ella sobre aquel borde que sobresalía en lo alto. ¡Qué vigilia pasaron los dos amantes! Ella entregada a pensamientos visionarios, y él sabiendo —y la consciencia de ello sacudía su pecho con una extraña emoción— que sólo el amor, y de hecho el amor por él, la había conducido a aquel peligroso lecho, y que mientras todo tipo de peligros la rodeaban, ella solamente se preocupaba por atender a una pequeña y queda voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a decidir los destinos de ambos. Ella quizás dormía —pero él permanecía despierto y la observaba, y la noche pasó, mientras él ahora oraba, ahora caía en un trance producido por la alternancia de la esperanza y el miedo, hallándose sentado en su barca con los ojos fijos en el blanco atuendo de la que dormitaba allá en lo alto.

Se hizo la mañana… ¿era la mañana lo que luchaba por abrirse camino entre las nubes? ¿Llegaría la mañana algún día para despertarla? ¿Y acaso había dormido? ¿Y qué sueños de buena o mala fortuna la habían asaltado? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que siguieran esperando mientras él avanzaba con la intención de escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, más aún, de la imposibilidad del intento. Él se asió al rostro rugoso de la colina, consiguiendo encontrar apoyo para sus pies donde parecía no haberlo. La pendiente, efectivamente, no era marcada; los peligros del lecho de Santa Catalina consistían en la probabilidad de que alguien que se acostase en un lecho tan estrecho se precipitaría sobre las aguas. Gaspar continuó ascendiendo trabajosamente, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cumbre. Con la ayuda de sus ramas, consiguió incorporarse en un extremo del saliente, cerca de la almohada sobre la que descansaba la cabeza descubierta de su amada. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, su cabello oscuro caía en torno a su garganta y acariciaba sus mejillas, su rostro permanecía sereno. El sueño se hallaba allí en toda su inocencia y en toda su vulnerabilidad. Las salvajes emociones se habían amortiguado, y su pecho se alzaba al compás de una respiración regular. Pudo ver cómo el corazón de ella latía al elevar las hermosas manos que se cruzaban sobre el mismo. Ninguna estatua labrada en mármol para construir una efigie monumental podría parecer la mitad de hermosa, y dentro de aquella forma insuperable habitaba el alma más pura, tierna, devota y afectuosa que hubiese alguna vez infundido su calor a un pecho humano.

¡Con qué profunda pasión la observó Gaspar, albergando esperanzas de la placidez de su angelical expresión! Una sonrisa coronaba sus labios, y él también sonrió involuntariamente, mientras recibía estos felices augurios, cuando de pronto la mejilla de ella enrojeció, su pecho se agitó, una lágrima cayó de sus negras pestañas, y luego una multitud de ellas, al alzarse ella gritando: “¡No, no dejaré que muera! ¡Desharé sus cadenas! ¡Le salvaré!” La mano de Gaspar se hallaba junto a ella y sujetó el ligero cuerpo cuando iba a caer del peligroso lecho. Ella abrió los ojos y descubrió a su amado, que había contemplado el sueño del destino de ambos, y que la había salvado.

Manon también había dormido bien, con sueños o sin ellos, y se sorprendió al despertar por la mañana rodeada de una pequeña multitud. La pequeña y triste capilla estaba cubierta de tapices, el altar había sido adornado con cálices de oro, el sacerdote decía misa a un buen número de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba allí, y buscó a otra persona que no pudo encontrar, cuando la puerta de hierro del pasadizo se abrió y Gaspar de Vaudemont hizo su entrada, escortando a la bella Constanza, la cual apareció con sus vestidos blancos y oscuro y despeinado cabello, y en cuyo rostro las sonrisas y el sonrojo competían con una emoción aún más profunda, al tiempo que se acercó al altar, y arrodillándose con su amado, pronunció el juramento que les iba a unir por siempre.

Pasó largo tiempo antes de que el feliz Gaspar pudiese obtener de su mujer el secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de que ella ahora disfrutaba, había sufrido demasiado para no contemplar aún ahora con terror aquellos tiempos en los que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso que les conectaba a ambos contenía oscuros augurios. Explicó que aquella temible noche había tenido muchas visiones. Había visto los espíritus de su padre y sus hermanos en el paraíso, había visto a Gaspar combatiendo victorioso contra los infieles, le había descubierto en la corte del rey Enrique, gozando del favor y del aprecio de todos, y se había visto a ella misma, primero entristecida en un convento, luego como esposa, agradecida al Cielo por la generosa porción de felicidad que se le había encomendado, pero al siguiente momento estaba sola llorando por sus tristes días, hasta que de pronto se halló en tierra de moros, y la santa misma, Santa Catalina, la guiaba sin ser vista a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio, y contempló a los paganos que celebraban su victoria, y luego, descendiendo a las mazmorras, tantearon su camino a través de húmedos túneles  y enmohecidos pasajes de bajo techo, hasta una celda, más oscura y terrible que las demás. En el suelo de ésta yacía un hombre con ropas sucias y raídas, con bucles despeinados y una salvaje barba enmarañada. Su mejilla estaba delgada y pálida, sus ojos habían perdido la llama, su forma era un simple esqueleto, las cadenas caían holgadamente sobre los huesos sin carne.

—¿Y fue mi aparición en aquel atractivo estado y brillante atuendo lo que dulcificó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonriendo ante este retrato de lo que nunca tendría lugar.

—Así es, —replicó Constanza— pues mi corazón me sugirió que todo era culpa mía, y ¿quién podría volver tu pulso a la vida, restaurarte, salvo aquella que te había destruido? Mi corazón nunca se agitó tanto por mi caballero cuando vivía feliz como  lo hizo a su imagen decaída mientras yacía, en las visiones de la noche, a mis pies. El velo que me cubría los ojos cayó, la oscuridad me abandonó. Pienso que comprendí en aquel momento lo que son la vida y la muerte. Me había sido dado creer que para hacer felices a los vivos no debía injuriar a los muertos, y comprendí qué malvada y vana era esa filosofía que identificaba la virtud y el bien con el odio y la crueldad. Decidí que no debíais morir, que yo desharía vuestras cadenas y os salvaría, y os conminaría a vivir para el amor. Me levanté, y la muerte que quería evitar en vos, en mi presunción, habría sido la mía —fue entonces que por primera vez percibí el verdadero valor de la vida— si no fuera que vuestro brazo estaba allí para salvarme, vuestra querida voz me conminaba a ser dichosa por siempre.

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