Mi traducción de “El sueño,” un bello relato de Mary Shelley

Mary Godwin01

EL SUEÑO

El tiempo en el que tuvo lugar la pequeña leyenda que voy a narrar fue aquél del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya accesión al trono y conversión, aunque trajeron la paz al reino, no fueron suficientes para hacer cicatrizar las profundas heridas que los dos bandos enemigos se habían infligido mutuamente. Feudos privados y el vivo recuerdo de afrentas mortales subsistían entre aquellos que ahora parecían unidos; y no era infrecuente que las manos que se apretaban en lo que parecía un saludo amistoso, involuntariamente aferrasen, en el momento de separarse, la empuñadura del estilete, como si se tratase de un portavoz más adecuado de sus pasiones que las palabras corteses que habían acabado de pronunciar sus labios. Muchos de los católicos más acérrimos se retiraron a las distantes provincias de que provenían, y mientras ocultaban en la soledad su resentimiento, con no menor avidez aguardaban el día en que pudieran manifestarlo abiertamente.

En un gran castillo fortificado construido en una escarpada colina sobre el río Loire, no lejos de la ciudad de Nantes, habitaba la última descendiente de su linaje, y la heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había pasado el año anterior en la más completa soledad en su apartada morada, y el luto que lucía por su padre y sus dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era la apropiada razón por la que no formaba parte de la vida de la corte, participando de sus celebraciones. Pero la condesa huérfana había heredado un reputado título e innumerables tierras, y pronto se le hizo saber que el Rey, su guardián, deseaba que ella las entregase, junto con su mano, a algún noble cuya heredad y méritos le hiciesen merecedor de ello. Constanza, por toda respuesta, expresó su intención de tomar los hábitos y retirarse a un convento. El Rey enérgica y resueltamente lo prohibió, creyendo que tal idea era el resultado de una sensibilidad agitada por la tristeza, y confiando en su esperanza de que, transcurrido un tiempo, el apasionado espíritu de la juventud atravesaría esta nube pasajera.

Había transcurrido un año, y aún la condesa persistía en su empeño, así que finalmente Enrique, poco deseoso de forzar su voluntad —deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que conducían a una muchacha tan hermosa, joven y a quien la fortuna había concedido tantos talentos, a desear enterrarse en un convento— anunció su intención, ahora que el tiempo del luto había acabado, de visitarla en su castillo; y, señaló el monarca, si no traía consigo suficientes persuasiones para conducirla a cambiar su propósito, daría su consentimiento a que lo cumpliera.

Constanza había pasado muchas horas tristes, días llenos de lágrimas y noches agitadas por sus penas. Había cerrado las puertas de su castillo y, como Lady Olivia en Twelfth Night, se había abocado a llorar en soledad. Como era su propia dueña, con facilidad pudo silenciar los ruegos y reproches de quienes la servían, y alimentó su desgracia como si se tratase del objeto de su amor. Pero ésta era demasiado insistente, amarga y ardiente para ser una invitada favorecida. Lo cierto era que Constanza, joven, apasionada y vivaracha, se enfrentaba a ella, se debatía y ansiaba desecharla. Pero todo aquello que parecía alegre por sí mismo, o hermoso en apariencia, sólo servía para renovar su pesar, y sólo podía sobrellevar el peso de su tristeza haciendo uso de la paciencia, cuando, rindiéndose ante ella, dejaba que la oprimiese pero sin llegar a torturarla.

Constanza había dejado el castillo para vagabundear por los prados colindantes. A pesar de que sus aposentos eran altos y amplios, se sentía oprimida dentro de sus muros, bajo sus abigarrados tejados. El cielo azul, las tierras que se extendían hacia lo alto y el antiguo bosque, que ella asociaba con cada uno de los tan estimados recuerdos de su vida anterior, la incitaban a pasar horas y días bajo sus umbrosos techos. El movimiento y el cambio que se sucedían eternamente, mientras el viento se colaba entre las ramas, o el sol en su viaje hacía llover sus rayos a través de ellas, la calmaban y la liberaban de aquella monótona tristeza que le oprimía el corazón con una punzada tan implacable bajo el tejado de su castillo.

Había un lugar al borde del bosque, un rincón particular desde el que podía discernir todo el campo que se extendía a lo lejos, pero que al mismo tiempo estaba espesamente poblado con altos árboles que daban abundante sombra —un lugar al que había jurado no volver, pero al que inconscientemente sus pasos siempre la conducían, y adonde en este momento de nuevo, por la vigésima vez en aquel día, había llegado sin darse cuenta. Se sentó sobre un montículo de hierba, y observó con añoranza las flores que ella misma había plantado para adornar aquel recoveco reverdecido —su templo a los recuerdos de su amor. Sostenía la carta del Rey que había sido responsable de tanta desesperación. El abatimiento se había asentado en sus rasgos, y su frágil corazón le preguntaba al destino por qué, tan joven, vulnerable y abandonada, tenía ella que enfrentarse a esta nueva fatalidad.

—Lo único que pido —pensaba— es vivir en la propiedad de mi padre, en el lugar que me es conocido desde la infancia, para regar con mis innumerables lágrimas las tumbas de aquellos que amé, y aquí en estos bosques, donde alumbré un sueño de amor tan imposible, ¡seguir celebrando por siempre las exequias de la Esperanza!

El crujir de las ramas llegó a sus oídos — su corazón latió con fuerza — y luego todo se quedó en silencio.

—¡Qué tonta soy! —murmuró—. Víctima de mis propias imaginaciones: porque fue aquí que nos conocimos, porque sentada aquí le he esperado, y sonidos como estos han anunciado, su ansiada llegada, así que ahora cada liebre que corre y cada pájaro que hace despertar al silencio, me recuerdan a él. Oh Gaspar, que un día fuiste mío, ¡nunca jamás se alegrará este rincón con tu presencia, nunca jamás!

De nuevo los arbustos se agitaron, y se oyeron pisadas en el matorral. Se levantó, su corazón latía impetuosamente, debía de ser aquella tonta de Manon, con sus  impertinentes súplicas para que regresase al castillo. Pero las pisadas eran más firmes y lentas que las de su criada, y en un momento discernió al intruso emergiendo de la sombra. Su primer impulso fue el de huir… pero verle una vez más, oír su voz… una vez más antes de establecer un juramento eterno entre amos, verse juntos, y cubrir el gran abismo que había creado la ausencia, no podría dañar a los muertos, y aliviaría la tristeza fatal que hacía palidecer de tal manera su mejilla.

Y ahora él se hallaba frente a ella, el mismo amado con quien había intercambiado juramentos de fidelidad. Él, como ella, parecía triste. Y tampoco pudo ella resistir la mirada suplicante que le solicitaba que se quedase allí un momento.

—He venido hasta aquí, señora —dijo el joven caballero— sin la esperanza de poder torcer vuestra inflexible voluntad. Vengo tan sólo para veros una vez más, y para despedirme antes de viajar a la Tierra Prometida. Vengo a suplicaros que no os encerréis en un oscuro convento para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien no veréis más. ¡Tanto si muero como si vivo en Palestina, Francia y yo nos hemos separado para siempre!

—¡Palestina! —exclamó Constanza—. Sería algo temible, si fuese verdad, pero el rey Enrique nunca permitiría que se perdiera así su caballero favorito. El trono por el que luchasteis, debéis guardar. Os imploro, si alguna vez he tenido alguna influencia en vuestros pensamientos, que no vayáis a Palestina.

—Una palabra vuestra podría detenerme, tan sólo una sonrisa, Constanza —y el joven admirador se inclinó ante ella; pero la determinación de ella regresó al contemplar una escena anteriormente tan querida y familiar, ahora tan extraña y tan prohibida.

—¡No os detengáis aquí por más tiempo! —gritó—. Vuestras no serán ya más mis sonrisas ni mis palabras. ¿Por qué habéis venido hasta aquí, aquí, donde se pasean los espíritus de los muertos, sintiendo que este rincón umbroso les pertenece, y por lo tanto han de maldecir a la falsa muchacha que permite que su asesino perturbe su reposo sagrado?

—Cuando el amor era joven y vos erais dócil —respondió el caballero— me enseñasteis a pasearme por los recovecos de estos bosques. Me recibíais en este amado rincón, donde una vez jurasteis ser sólo mía, justo debajo de estos antiguos árboles.

—Fue un malvado pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y ha sido duramente castigado!

Sus palabras infundieron nuevos ánimos al joven caballero, quien aún así no se atrevió a moverse, por menos que ella, quien a cada momento parecía dispuesta a emprender el vuelo, fuese perturbada en aquel momento de tranquilidad. Pero respondió lentamente:

—Aquellos eran días felices, Constanza, llenos de terror y de un gozo profundo, cuando al anochecer llegaba yo rendido a vuestros pies, y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera particular de aquel castillo ceñudo, este recodo sombreado sobre el que brillaban las estrellas era el altar del amor.

—¿Días felices? ¡Días miserables! —replicó Constanza. Aquellos en que imaginé que algo bueno podría resultar de no cumplir mi obligación, y que Dios recompensaría la desobediencia. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un océano de sangre nos divide por siempre! ¡No os acerquéis a mí! Aquellos seres amados que han muerto se interponen en este momento entre nosotros: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, ¡y me amenazan por prestar oído a su asesino!

—¡No soy tal! —exclamó el joven. Mirad, Constanza, somos cada uno de nosotros los últimos miembros de nuestro linaje. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos solos. No era así cuando por primera vez nos amamos, y cuando mi padre, mi pariente, mi hermano… ¡qué digo! ¡incluso cuando mi propia madre profería maldiciones contra la casa de Villeneuve, yo, a pesar de todo, la bendecía! Te veía a ti, querida mía, y la bendecía. El Dios de la paz plantó el amor en nuestros corazones, y en medio del misterio y del secreto nos encontramos muchas noches de verano en los valles iluminados por la luna, y cuando lucía la luz del día en todas partes, volábamos a este dulce recodo para escapar de su escrutinio, y aquí, en este mismo lugar en el que yo ahora me arrodillo para suplicaros, ambos nos arrodillamos y nos prometimos el uno al otro. ¿Incumpliremos nuestros votos?

Constanza lloraba mientras su amante recreaba las escenas de horas felices.

—Nunca —exclamó. ¡Nunca jamás! Tú sabes, o conocerás pronto, Gaspar, la fe y los propósitos de aquella que no se atreverá a ser vuestra. ¿Nos correspondía hablar del amor y de la felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre rugían en torno nuestro? Las flores fugaces que  nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas al encuentro mortal con sus enemigos. Mi padre murió por la acción del vuestro, y poco importa saber si, como mi hermano me juró, y vos negáis, vuestra mano asestó o no asestó el golpe que acabó con él. Vos luchabais con aquellos que le mataron. No digáis más, si quiera otra palabra: es impiedad que las almas infelices de los muertos os oigan. Idos, Gaspar, olvidadme. Vuestra carrera será gloriosa bajo el cuidado del caballeroso y galante rey Enrique, y una hermosa chica escuchará, como yo hice una vez, vuestras promesas, que la harán feliz. ¡Adiós! ¡Que os bendiga la Virgen! En la celda de mi monacal hogar no olvidaré la mejor lección cristiana: la de rezar por nuestros enemigos. ¡Gaspar, adiós!

Se alejó rápidamente de aquel recodo. Con pasos presurosos recorrió el claro en dirección al castillo. Una vez que se halló bajo la protección de sus propias habitaciones dejó que estallase la explosión de dolor que rasgaba su dulce pecho como una tempestad. Pues la suya era aquel peor tipo de tristeza que daña los recuerdos de felicidad, uniendo el amor a lo que se presume es la culpa en una sociedad tan temida como aquella a que da lugar el tirano cuando ata a un hombre vivo a un cadáver. Repentinamente un pensamiento le asaltó la mente. Al principio quiso rechazarlo por parecerle pueril y supersticioso, pero parecía no querer irse. Llamó rápidamente a su criada.

—Manon —le dijo­—. ¿Habéis dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon hizo la señal de la cruz.

—¡Santo cielo! Nadie lo ha hecho, desde que tengo uso de razón, excepto dos mujeres: una calló al río Loire y se ahogó; la otra solamente miró el estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir palabra. Es un lugar temible, ¡y si aquella muchacha que pretende hacer votos no ha conducido su vida de manera piadosa, mala será la hora en que deje descansar su cabeza sobre la piedra sagrada!

Constanza también se santiguó.

—En lo que se refiere a nuestras vidas, es solamente a través del Señor y de los santos que alguno de nosotros puede esperar que sean merecedoras. Dormiré en ese lecho mañana por la noche, y si, como he oído, es cierto que la santa se digna a aconsejar a quien va allí a hacerle votos en sus sueños, ella me guiará, y así, conociendo que actúo de acuerdo con los dictados del Cielo, ¡me resignaré incluso a lo peor!

El Rey iba de camino a Nantes desde París, y pasó esta noche en un castillo que sólo distaba unas millas. Antes del amanecer un joven caballero fue introducido en sus aposentos. El caballero tenía el aire serio, quizás deberíamos decir pesaroso, y aunque era hermoso en sus rasgos y en sus proporciones, su aspecto era cansado y ojeroso. Guardó silencio en la presencia del rey Enrique, quien, atento y alegre, dirigió sus vivos ojos azules a su invitado, preguntando con suavidad:

—¿Así que se ha mantenido obstinada, Gaspar?

—Se ha mantenido resuelta a garantizar la miseria de ambos. Aún así, mi señor, no es, créame, la menor de mis penas, el que Constanza sacrifique su propia felicidad al tiempo que destruye la mía.

—¿Y creéis que dirá que no al gallardo caballero que yo mismo le presente?

—¡Oh, mi señor, no penséis eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente vuestra generosa condescendencia. Pero aquella a quien no pudo persuadir la voz de su amado en soledad, mientras los recuerdos y la soledad de los amantes contribuían al hechizo, resistirá incluso las órdenes de Su Majestad. Está empeñada en encerrarse en un convento, y yo, si es de vuestro agrado, me marcharé ahora: desde ahora soy un soldado de la cruz, y moriré en Palestina.

—Gaspar —dijo el monarca— conozco a las mujeres mejor que tú. No la conseguirás ni mediante la sumisión ni los ruegos lacrimosos. Es natural que la muerte de sus familiares haya afectado tanto el corazón de la joven condesa, quien, al alimentar en soledad sus lamentos y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión. Dejad que lleguen a ella las voces de este mundo, la voz del poder y la del sentimiento en conjunción; la primera voz imperiosa, la otra suplicante, de modo que ambas resuenen en su propio corazón, y por mi palabra y la Sagrada Cruz ella será vuestra. Mantengamos nuestro plan. Y ahora cabalguemos: la mañana avanza y el sol se ha levantado.

El Rey llegó hasta el palacio del obispo, y procedió a oír misa en la catedral. Una cena suntuosa tuvo lugar a continuación, y ya era la tarde cuando el monarca prosiguió a través de la ciudad junto al río Loire hacia donde, un poco más arriba de Nantes, el Chateau Villeneuve se erigía. La joven condesa le recibió a la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla blanqueada por la desgracia, el aspecto de triste desesperación que le habían indicado que debería esperar. Su mejilla estaba sonrojada, su manera animada, su voz era apenas trémula.

—Ella no le ama —pensó Henry— o, de otro modo, su corazón ya ha consentido.

Se preparó un almuerzo para el monarca, y tras un momento de inseguridad, provocado por la alegría del aspecto de ella, éste mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y respondió con mucha rapidez:

—Mañana, mi buen señor, pido que me dé tiempo hasta mañana. Todo se decidirá entonces. Mañana he prometido a Dios… o…

Parecía confundida, y el Rey, a un tiempo sorprendido y gratificado, dijo:

—Entonces no odiáis al joven de Vaudemont. Le perdonáis que la sangre enemiga corra por sus venas.

—Se nos enseña que debemos perdonar y amar a nuestros enemigos —la condesa respondió con cierta agitación.

—Ciertamente, por San Denis, esa respuesta es adecuada para un simplón —dijo el Rey, riendo—. ¡Qué veo! ¡Mi fiel sirviente, Don Apolo disfrazado, acercaos, y agradecedle a la señorita su amor!

Así disfrazado el caballero se había quedado atrás oculto a todos, contemplando con infinita sorpresa el comportamiento y la tranquila expresión de la señorita. No podía escuchar sus palabras, pero ¿era ésta aquélla que él había visto temblando y llorando la tarde anterior? ¿Era ésta aquélla cuyo propio corazón estaba dividido por pasiones encontradas, que veía los pálidos fantasmas de su padre y de sus familiares anteponerse entre ella y el amante a quien adoraba más que a la vida misma? Era un misterio difícil de resolver. La llamada del Rey se correspondía perfectamente con su propia impaciencia, y dio un paso adelante. Se arrodilló a sus pies, mientras ella, aún víctima de la pasión, que se había exacerbado por la actitud tranquila que había adoptado, lanzó un grito al reconocerle, y se desmayó sin sentido sobre el suelo.

Era difícil de comprender lo que le ocurría. Incluso después de que sus criados la reanimasen, se desmayó de nuevo, y luego lloró copiosamente, mientras el monarca, que esperaba en el salón mirando de reojo el almuerzo a medio comer y canturreando un romance que conmemoraba la debilidad de la mujer, no sabía cómo responder a la mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente el criado de mayor rango se acercó con una disculpa, diciendo que la señorita estaba indispuesta, muy indispuesta, y que al día siguiente se arrojaría a los pies de Su Alteza, para solicitar su perdón, y comunicarle su intención.

—¿Mañana? ¿De nuevo mañana? ¿Acaso el día de mañana traerá consigo un encantamiento, doncella? —dijo el Rey—. ¿Podríais resolver el misterio, hermosa? ¿Cuál es el extraño cuento que le pertenece al día de mañana, ya que todo depende de su llegada?

Manon enrojeció, dirigió la vista al suelo, y dudó. Pero Enrique no estaba iniciado en el arte de persuadir a las criadas para que revelasen las intenciones de sus señoras. Manon estaba, además, asustada ante el plan de la condesa, que ésta persistía obstinadamente en llevar a cabo, así que se sentiría fácilmente inducida a descubrirlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, acostarse en un estrecho saliente de la roca sobre las profundas y rápidas aguas del Loire, y si, como era más probable, la desafortunada soñadora lograba no caerse al río, interpretar las inquietantes visiones que un sueño tan perturbado habría de producir por el dictado del Cielo, era una locura de la que incluso el propio Enrique no podría creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podría Constanza, ella cuya belleza era tan marcadamente intelectual, y las alabanzas de cuya entereza y talentos él había escuchado perpetuamente… podría ella engañarse a sí misma de una manera tan extraña? ¿Puede la pasión burlarse así de nosotros? ¿Puede como la muerte hacer descender al mismo nivel incluso a la aristocracia del alma, subyugando al noble y al campesino, al sabio y al necio? Era extraño —pero ella debía cumplir su propósito. Al menos ella no estaba segura de qué decisión tomar, y era de esperar que Santa Catalina no jugaría su papel con malas intenciones. En caso contrario, un propósito que hubiese sido modificado por un sueño podría asimismo ser influenciado por otros pensamientos en los días posteriores. En lo que respectaba al tipo de peligro más material, habría que ingeniar algún tipo de salvaguarda.

No hay un sentimiento más terrible que aquel que invade a un frágil corazón humano empeñado en gratificar los ingobernables impulsos que contradicen a los dictados de su conciencia. Los placeres prohibidos son considerados los más apetecibles. Quizás sea así en el caso de aquellas naturalezas más rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la competición, aquellos que se sienten felices en un altercado, y dichosos ante el conflicto de la pasión. Pero el gentil espíritu de Constanza era más dulce y más delicado, y la contienda entre el amor y la obligación oprimían y torturaban su pobre corazón. Subordinar su comportamiento a las inspiraciones de la religión, o, por así decirlo, de la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que amenazaban su empresa le conferían un atractivo añadido; era una felicidad arriesgarse por él, la misma dificultad del camino que conducía a la consecución de sus deseos al mismo tiempo gratificaba su amor y distraía sus pensamientos de su agonía. O si era decretado que debía sacrificarse, el riesgo del peligro y de la muerte serían de poca importancia en comparación con la angustia que entonces le habría sido adjudicada para siempre.

La noche amenazaba con ser tormentosa, el viento imperioso sacudía los cristales de las ventanas, y los árboles agitaban sus enormes brazos umbrosos, como unos gigantes harían en una danza fantástica o en una reyerta mortal. Constanza y Manon, en soledad, abandonaron el castillo por una puerta trasera, y comenzaron a descender por la colina. La luna aún no se había levantado, y aunque ambas conocían el camino, Manon tambaleándose y temblando, mientras que la condesa, envuelta en su manto de seda, subía con paso firme por la ladera de la montaña.  Llegaron a la orilla del río, donde estaba amarrada una pequeña barca, y un hombre esperaba. Constanza se introdujo con delicadeza en la barca, y luego ayudó a subir a su temerosa acompañante. En  unos breves instantes estaban en medio de la corriente. El cálido, tempestuoso y animado viento equinoccial soplaba sobre ellos. Por primera vez desde que enlutase, un ramalazo de placer hinchó el pecho de Constanza. Ella recibió la emoción con una alegría doble. “No puede ser,” pensó, “que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. No puedo amar nunca a otro. Me moriré si me tengo que separar de él, y este corazón, estos miembros, tan despiertos a sensaciones ardientes, ¿pueden estar predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla imperiosamente en su interior. Viviré para amar. ¿Acaso no aman todas las cosas — el viento al tiempo que susurra a las aguas veloces, las aguas al tiempo que besan las orillas llenas de flores y se apresuran para mezclarse con el mar? El Cielo y la tierra son sostenidos por, y viven a través del amor. ¿Será Constanza únicamente, cuyo corazón ha sido siempre un profundo pozo del que surge, desbordándose, el afecto sincero, quien se vea obligada a colocar una piedra sobre la fuente para taponarla por siempre?

Estos pensamientos seguramente conducirían a sueños agradables, y quizás la condesa, adepta a la ciencia del dios ciego, por este motivo los consentía de buena gana. Pero en este momento en que la absorbían estas dulces emociones, Manon la tomó del brazo.

—Señora, mirad —gritó. Se acerca pero los remos no hacen ruido. ¡Que nos proteja la Virgen! ¡Ojalá estuviésemos en casa!

Una negra barca surcó las aguas a su lado. Cuatro remadores, vestidos con túnicas negras, empujaban unos remos que, como había señalado Manon, no emitían ningún sonido. Otro reposaba frente al timón. Como los otros, su persona estaba velada por un manto oscuro, pero no llevaba cubierta la cabeza, y aunque su rostro no se dirigía hacia ellas, Constanza reconoció en él a su amado.

—¡Gaspar! ­—gritó—. ¿Estás vivo?

Pero la figura del barco ni volvió la cabeza ni respondió, y pronto se había perdido entre las sombras que rodeaban a las aguas.

¡Qué diferentes fueron ahora las ensoñaciones de la bella condesa! Ya el Cielo había comenzado su sortilegio, y formas no terrenales las rodeaban, las cuales descubría al fijar la vista a través de la penumbra. En un momento vio y dejó de ver la barcaza que había ocasionado su terror, y ahora parecía que había otra allí, en la que estaban los espíritus de los muertos, y su padre agitaba el brazo para saludarla desde la orilla, y sus hermanos le fruncían el ceño.

Entretanto habían llegado a su destino. La barcaza se amarró en una pequeña cala, y Constanza saltó a la orilla. En este momento tembló, y casi cedió a los ruegos de Manon de que regresasen, hasta que la poco avispada criada mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que ella debía dar al día siguiente. ¿Qué respuesta daría, si regresaba ahora?

Así que se apresuró y subió por el terreno irregular de la orilla, y luego la cruzó, hasta que llegó a una colina que colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba oscuro — salvo por una pequeña lámpara, que, levemente agitada por el viento, parpadeaba débilmente en frente de la figura de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron, oraron, y luego, levantándose, con un acento alegre la condesa dio las buenas noches a su sirvienta. Abrió una pequeña puerta de hierro que daba a una estrecha caverna. El rugido de las aguas se oía a lo lejos.

—No debes seguirme, mi pobre Manon —dijo Constanza— ni aunque mucho lo desees. Esta aventura tengo que vivirla yo sola.

Parecía poco justo dejar a la temblorosa criada sola en la capilla, que no podía ser consolada ni por la esperanza ni por el miedo, el amor o la desgracia; sin embargo, en aquellos tiempos, los escuderos y las damas de compañía a menudo jugaban el papel de subalternos en la armada, recibiendo golpes y ninguna fama. Además, Manon estaba a salvo en territorio sagrado. La condesa mientras tanto siguió su camino, tanteando en la oscuridad a través del estrecho y tortuoso pasaje. Finalmente lo que parecía un haz de luz brilló ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Llegó a una caverna abierta que colgaba en el lado de la colina, sobre la veloz corriente del río. Escudriñó la noche. Las aguas del Loire discurrían veloces, como desde aquel día han seguido discurriendo — siempre distintas, pero las mismas. El cielo estaba espesamente cubierto con nubes, y el viento entre los árboles evocaba un sonido tan lastimero y ominoso como si se agolpase en torno a la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y observó el que iba a ser su lecho — un estrecho saliente de tierra y piedra cubierta de musgo que bordeaba el precipicio. Se desprendió del manto —era ésta una de las condiciones del sortilegio, inclinó la cabeza y deshizo las trenzas de su negra cabellera. Se descalzó los pies, y así, preparada para sufrir de la manera más aguda el frío de la noche, se estiró en el estrecho lecho que apenas le confería suficiente espacio para reposar, y desde donde, si se movía en sueños, caería a las frías aguas que discurrían por debajo.

Al principio le parecía que nunca iba a ser capaz de quedarse dormida. No era extraño que su exposición a las olas y su peligrosa postura impidiesen que sus pestañas se cerrasen. Finalmente cayó en una suerte de ensoñación tan suave y tranquila que no deseaba caer en el sueño. Pero luego poco a poco sus sentidos se empezaron a nublar, y en un momento estaba en el lecho de Santa Catalina, mientras el Loira corría bajo ella y los vientos salvajes pasaban en torno suyo, y al momento siguiente… ¿dónde se hallaba? ¿qué sueños envió la santa? ¿la conducirían a la desesperación o la conminarían a ser feliz para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la negra corriente, un hombre vigilaba, preso de mil miedos y apenas atreviéndose a esperar nada bueno. Había sido su intención llegar antes que la joven, pero cuando se dio cuenta de que había malgastado su tiempo, hizo envolver los remos en una tela para apaciguar su sonido y sin perder un segundo había sobrepasado la barca en la que iba su Constanza, sin ni siquiera girarse al ser llamado, temeroso de enfadarla, y de que le ordenase regresar. La había visto aparecer por el pasadizo, y había temblado cuando ella se inclinó sobre el precipicio. La vio avanzar, vestida como iba de blanco, y pudo distinguirla al yacer ella sobre aquel borde que sobresalía en lo alto. ¡Qué vigilia pasaron los dos amantes! Ella entregada a pensamientos visionarios, y él sabiendo —y la consciencia de ello sacudía su pecho con una extraña emoción— que sólo el amor, y de hecho el amor por él, la había conducido a aquel peligroso lecho, y que mientras todo tipo de peligros la rodeaban, ella solamente se preocupaba por atender a una pequeña y queda voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a decidir los destinos de ambos. Ella quizás dormía —pero él permanecía despierto y la observaba, y la noche pasó, mientras él ahora oraba, ahora caía en un trance producido por la alternancia de la esperanza y el miedo, hallándose sentado en su barca con los ojos fijos en el blanco atuendo de la que dormitaba allá en lo alto.

Se hizo la mañana… ¿era la mañana lo que luchaba por abrirse camino entre las nubes? ¿Llegaría la mañana algún día para despertarla? ¿Y acaso había dormido? ¿Y qué sueños de buena o mala fortuna la habían asaltado? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que siguieran esperando mientras él avanzaba con la intención de escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, más aún, de la imposibilidad del intento. Él se asió al rostro rugoso de la colina, consiguiendo encontrar apoyo para sus pies donde parecía no haberlo. La pendiente, efectivamente, no era marcada; los peligros del lecho de Santa Catalina consistían en la probabilidad de que alguien que se acostase en un lecho tan estrecho se precipitaría sobre las aguas. Gaspar continuó ascendiendo trabajosamente, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cumbre. Con la ayuda de sus ramas, consiguió incorporarse en un extremo del saliente, cerca de la almohada sobre la que descansaba la cabeza descubierta de su amada. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, su cabello oscuro caía en torno a su garganta y acariciaba sus mejillas, su rostro permanecía sereno. El sueño se hallaba allí en toda su inocencia y en toda su vulnerabilidad. Las salvajes emociones se habían amortiguado, y su pecho se alzaba al compás de una respiración regular. Pudo ver cómo el corazón de ella latía al elevar las hermosas manos que se cruzaban sobre el mismo. Ninguna estatua labrada en mármol para construir una efigie monumental podría parecer la mitad de hermosa, y dentro de aquella forma insuperable habitaba el alma más pura, tierna, devota y afectuosa que hubiese alguna vez infundido su calor a un pecho humano.

¡Con qué profunda pasión la observó Gaspar, albergando esperanzas de la placidez de su angelical expresión! Una sonrisa coronaba sus labios, y él también sonrió involuntariamente, mientras recibía estos felices augurios, cuando de pronto la mejilla de ella enrojeció, su pecho se agitó, una lágrima cayó de sus negras pestañas, y luego una multitud de ellas, al alzarse ella gritando: “¡No, no dejaré que muera! ¡Desharé sus cadenas! ¡Le salvaré!” La mano de Gaspar se hallaba junto a ella y sujetó el ligero cuerpo cuando iba a caer del peligroso lecho. Ella abrió los ojos y descubrió a su amado, que había contemplado el sueño del destino de ambos, y que la había salvado.

Manon también había dormido bien, con sueños o sin ellos, y se sorprendió al despertar por la mañana rodeada de una pequeña multitud. La pequeña y triste capilla estaba cubierta de tapices, el altar había sido adornado con cálices de oro, el sacerdote decía misa a un buen número de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba allí, y buscó a otra persona que no pudo encontrar, cuando la puerta de hierro del pasadizo se abrió y Gaspar de Vaudemont hizo su entrada, escortando a la bella Constanza, la cual apareció con sus vestidos blancos y oscuro y despeinado cabello, y en cuyo rostro las sonrisas y el sonrojo competían con una emoción aún más profunda, al tiempo que se acercó al altar, y arrodillándose con su amado, pronunció el juramento que les iba a unir por siempre.

Pasó largo tiempo antes de que el feliz Gaspar pudiese obtener de su mujer el secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de que ella ahora disfrutaba, había sufrido demasiado para no contemplar aún ahora con terror aquellos tiempos en los que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso que les conectaba a ambos contenía oscuros augurios. Explicó que aquella temible noche había tenido muchas visiones. Había visto los espíritus de su padre y sus hermanos en el paraíso, había visto a Gaspar combatiendo victorioso contra los infieles, le había descubierto en la corte del rey Enrique, gozando del favor y del aprecio de todos, y se había visto a ella misma, primero entristecida en un convento, luego como esposa, agradecida al Cielo por la generosa porción de felicidad que se le había encomendado, pero al siguiente momento estaba sola llorando por sus tristes días, hasta que de pronto se halló en tierra de moros, y la santa misma, Santa Catalina, la guiaba sin ser vista a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio, y contempló a los paganos que celebraban su victoria, y luego, descendiendo a las mazmorras, tantearon su camino a través de húmedos túneles  y enmohecidos pasajes de bajo techo, hasta una celda, más oscura y terrible que las demás. En el suelo de ésta yacía un hombre con ropas sucias y raídas, con bucles despeinados y una salvaje barba enmarañada. Su mejilla estaba delgada y pálida, sus ojos habían perdido la llama, su forma era un simple esqueleto, las cadenas caían holgadamente sobre los huesos sin carne.

—¿Y fue mi aparición en aquel atractivo estado y brillante atuendo lo que dulcificó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonriendo ante este retrato de lo que nunca tendría lugar.

—Así es, —replicó Constanza— pues mi corazón me sugirió que todo era culpa mía, y ¿quién podría volver tu pulso a la vida, restaurarte, salvo aquella que te había destruido? Mi corazón nunca se agitó tanto por mi caballero cuando vivía feliz como  lo hizo a su imagen decaída mientras yacía, en las visiones de la noche, a mis pies. El velo que me cubría los ojos cayó, la oscuridad me abandonó. Pienso que comprendí en aquel momento lo que son la vida y la muerte. Me había sido dado creer que para hacer felices a los vivos no debía injuriar a los muertos, y comprendí qué malvada y vana era esa filosofía que identificaba la virtud y el bien con el odio y la crueldad. Decidí que no debíais morir, que yo desharía vuestras cadenas y os salvaría, y os conminaría a vivir para el amor. Me levanté, y la muerte que quería evitar en vos, en mi presunción, habría sido la mía —fue entonces que por primera vez percibí el verdadero valor de la vida— si no fuera que vuestro brazo estaba allí para salvarme, vuestra querida voz me conminaba a ser dichosa por siempre.

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Parejas culpables

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Podría decirse que Corazón tan blanco, publicada en 1992, es la novela que lanzó la carrera internacional de Javier Marías y sin embargo no es una novela que haga muchas concesiones al lector, pues el ritmo de sus peripecias es lento y el calado de sus extensas divagaciones filosóficas –ocasionalmente repetidas palabra por palabra, como un eco maldito de la conciencia– profundo.

La mayor parte de la acción tiene lugar dentro de la conciencia del protagonista, Juan, un joven recién casado de Madrid que trabaja como intérprete. La marca indeleble que ha dejado en su memoria familiar el suicidio inexplicable de su tía Teresa Aguilera al regresar de su viaje de novios con el que luego sería el propio padre de Juan, Ranz, un crítico de arte de dudosos métodos de trabajo, le dificulta la tarea de entregarse a su nueva condición de hombre casado al tiempo que se van incrementando sus sospechas respecto a las personas que componen su círculo más íntimo: su recién estrenada esposa Luisa, su padre, y su perturbador amigo de la infancia, Custardoy el Joven.

No contribuyen a templar la ansiedad del narrador la serie de desdoblamientos ominosos que va estableciendo entre Luisa y él y otras parejas enfrascadas en relaciones destructivas, como Guillermo y Miriam, la pareja de la habitación de al lado en el hotel de La Habana en que pasan parte de la luna de miel, o “Bill” y Berta, que se han conocido a través de los anuncios de contactos en Nueva York.

De todos estos desdoblamientos quizás el que argumente la metáfora central de la novela sea el establecido entre Ranz y Teresa Aguilera y los Macbeth y Lady Macbeth de la ficción shakesperiana, pues es ahí donde se articula la ominosa sensación de culpabilidad que Juan asocia apenas conscientemente al compromiso matrimonial. El hecho de que entre las parejas no pueda haber secretos –pese al misterioso consejo que da Ranz a su hijo en el día de su boda– se debe a que vivir en pareja significa tener que escuchar los relatos del otro, y el acto de escuchar irremediablemente nos hace cómplices, si no instigadores, de las hazañas que se nos relatan al calor conspiratorio de la almohada.

Juan sólo conseguirá aceptar su nueva vida plenamente adulta de hombre casado cuando le es dado compartir la culpa largamente sostenida en silencio por su padre; es ésta, pues, una novela que afirma los lazos familiares al tiempo que expone laboriosamente las mil maneras en que estos nos constriñen y determinan. Al tiempo, la novela plantea un profundo interrogante sobre la condición de la existencia humana y el papel de la voluntad en un mundo condicionado por el pasado y por aquellas personas que incitan a los otros, haciendo uso del lenguaje a menudo tan engañoso, a amar, a matar, a morir.

correcciones a la traducción de The Goldfinch de Donna Tartt

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A medida que vaya anotando correcciones a la traducción de The Goldfinch / El jilguero de Donna Tartt por Aurora Echevarría iré ampliando esta publicación. La rigurosidad en las traducciones es algo que las editoriales deben tanto al autor como a los lectores.

1. Boy with a Skull / Niño con calavera

II.

Fragmento referido a los temores que experimenta Theo Decker respecto a la reunión del colegio.
Donna Tartt: I had no idea what they might spring on my mother and me once they had us in the office; the very word “conference” suggested a convocation of authorities, accusations and face-downs, a possible expulsion.
Aurora Echevarría: No tenía ni idea de qué nos soltarían a mi madre y a mí una vez que estuviéramos en el despacho; la misma palabra “cita” hacía pensar en una asamblea de autoridades, acusaciones e intimidaciones, una posible expulsión.
Mi traducción: (En lugar de emplear la palabra “cita” (date) muy neutral, emplearía “conferencia,” una traducción directa que conserva un tono de formalidad excesiva por parte de las autoridades del colegio que hace lógicas las aprensiones de Theo Decker.

III.

D. T.: “Along Park Avenue, ranks of red tulips stood at attention as we sped by.”
A. E.: “A lo largo de Park Avenue, las hileras de tulipanes rojos se quedaban en posición de firmes a medida que pasábamos a toda velocidad.”
Mi traducción: “A lo largo de Park Avenue, las hileras de tulipanes rojos se erguían para llamar la atención a medida que pasábamos a toda velocidad.”

D. T.: “The leaves were just coming out on the trees.”
A. E.: “Empezaban a caer las hojas de los árboles.”
Mi traducción: “Empezaban a salirles las hojas a los árboles.” (es el día 10 de abril)

D. T.: “My mother stumbled a little stepping onto the curb, and I caught her arm.”
A. E.: “Mi madre dio un traspié al bajar en la cuneta y me agarró el brazo.”
Mi traducción: “Mi madre se tambaleó un poco al poner los pies en la acera, y la agarré del brazo.”

D. T.: “No. I said time warp.”
A. E.: “Nada. He dicho «vueltas del tiempo».
Mi traducción: “Nada. He dicho «una deformación temporal».”

D. T.: “Lolloping? So much of her talk was exotic to my ear, and lollop sounded like some horse term from her childhood: a lazy gallop maybe, some equine gait between a canter and a trot.”
A. E.: “¿Deambulando? —Gran parte del vocabulario de mi madre sonaba exótico a mis oídos, y «deambular» me pareció algún término de equitación de su niñez, una cabalgada lenta quizá, un paso equino entre galope y trote.”
Mi traducción: “¿Jineteando? —Gran parte del vocabulario de mi madre sonaba exótico a mis oídos, y «jinetear» me pareció algún término de equitación de su niñez, una cabalgada lenta quizá, un paso equino entre galope y trote.

D. T.: “Bits of paper were whirling in the air and tumbling down the street.”
A. E.: “Volaban y se arremolinaban papeles por la calle.”
Mi trad.: “Trocitos de papel se arremolinaban en el aire y caían sobre la calle.”

IV

D.T.: She was good at what she did; she preferred working behind the camera rather than in front of it; and I knew she got a kick out of seeing her work on subway posters and on billboards in Times Square.
A.E.: Se le daba bien; prefería este trabajo a estar detrás de la cámara, y yo sabía que disfrutaba viendo su obra en los anuncios de metro o en las vallas publicitarias de Times Square.
Mi traducción: Se le daba bien. Prefería trabajar detrás de la cámara a delante de ella; y yo sabía que la emocionaba ver su trabajo en los anuncios del metro y en las grandes vallas publicitarias de Times Square.

V

D.T.: I was in a ragged white cave. Swags and tatters dangled from the ceiling. The ground was tumbled and bucked-up with heaps of a gray substance like moon rock, and blown about with broken glass and gravel and a hurricane of random trash, bricks and slag and papery stuff frosted with a thin ash like first frost.
A.E.: Me hallaba en una cueva blanca y escabrosa de cuyo techo colgaban harapos y guirnaldas. El suelo estaba derruido y cubierto de montones de algo semejante a la roca lunar, y por todas partes había cristales rotos y grava, así como una estela de cascotes, ladrillos, escoria y papel desperdigados al azar, revestido de una fina capa de ceniza que recordaba a una primera helada.
Mi traducción: Me hallaba en una cueva blanca y escabrosa de cuyo techo colgaban tiras de escombros. Sobre el suelo hundido se alzaban montículos de una sustancia gris parecida a la roca lunar, y por todas partes habían estallado cristales y grava y un vendaval de desechos, ladrillos y escoria y un material semejante al papel revestido de una fina capa de ceniza que recordaba a una primera helada.

D.T.: … and I must have told you, how I went for piano lessons, at the old Armenian lady’s? There was a green lizard that lived in the palm tree, green like a candy drop, I loved to watch for him…
A.E.: No sé si ya te lo habré contado, pero cuando tomaba lecciones de piano en la casa de la anciana armenia había una lagartija verde viviendo en la palmera, verde como una lechuga. Me encantaba vigilarla…
Mi traducción: No sé si te lo habré contado, pero cuando tomaba lecciones de piano en la casa de la anciana armenia había una lagartija verde viviendo en la palmera, verde como una gominola. Me encantaba vigilarla…

D.T.: The right side of his head was such a sticky drench of blood I could hardly see his ear.
A.E.: De la sien del lado derecho de la cabeza le colgaba un amasijo tan viscoso de sangre que apenas se le veía la oreja.
Mi traducción: El lado derecho de su cabeza era tal amasijo de sangre que apenas podía verle la oreja.

D.T.: Then—to my intense relief—he grew calmer, quieter, his grasp on my hand loosening, melting, a sense of sinking and spinning almost like he was floating on his back away from me, on water.
A.E.: Vi con gran alivio que estaba cada vez más tranquilo, más silencioso; la fuerza con que me agarraba la mano disminuía, se desvanecía, daba la impresión de que se hundía, casi como si se alejara dando vueltas sobre el agua.
Mi traducción: Entonces vi con gran alivio que se tranquilizaba, se sosegaba; la fuerza con la que me agarraba la mano disminuía, desaparecía, mientras transmitía la sensación de que se hundía y giraba casi como si se alejase de mí flotando sobre su espalda, en el agua.

VI

D.T.: Faint traces of fire licked down the far walls of what had been the exhibition shop, spitting and sparkling in the dim, some of it well below the level where the floor should have been.

A.E.: En las paredes de lo que había sido la tienda del museo había pequeñas llamas chisporroteando y echando chispas en la oscuridad, algunas de ellas ardían muy por debajo del nivel donde debía haber estado el suelo.

Mi traducción: Unas débiles llamas consumían las paredes de lo que había sido la tienda del museo, chisporroteando y chispeando en la oscuridad, algunas bastante por debajo del nivel al que tendría que haber estado el suelo.

 

D.T.: Things were looking decidedly more industrial in this direction: wooden pallets, a flatbed pushcart, a sense of crated objects being moved and stored.

A.E.: Todo era resueltamente más industrial por este lado: palets de madera, una carretilla de base plana, objetos dentro de cajones de embalaje que daban la impresión de que los estaban trasladando y almacenando.

Mi traducción: Todo tenían un aspecto decididamente más industrial por este lado: paletas de madera, una carretilla de base plana, la sensación de que por allí se transportaban y se almacenaban objetos guardados en cajones de embalaje.

 

2. La lección de anatomía.

I.

Donna Tartt: He particularly didn’t enjoy being around me, not that he often was: in the mornings, as I got ready for school, he sat puffy-eyed and silent over his coffee with the Wall Street Journal in front of him, his bathrobe open and his hair standing up in cowlicks, and sometimes he was so shaky that the cup sloshed as he brought it to his mouth.

Aurorra Echevarría: Le desagradaba en particular tenerme cerca, si bien eso no sucedía muy a menudo; por la mañanas, mientras me preparaba para ir al colegio, se tomaba el café en silencio con los ojos hinchados, The Wall Street Journal abierto delante de él, el albornoz abierto y el pelo de punta y a veces le temblaban tanto las manos que derramaba café al llevarse la taza a los labios.

Mi traducción: Le desagradaba en particular tenerme cerca, si bien eso no sucedía muy a menudo: por las mañanas, mientras me preparaba para ir al colegio, se tomaba el café en silencio con los ojos hinchados leyendo el Wall Street Journal, con el albornoz abierto y el vello sobresaliéndole en remolinos, y a veces temblaba tanto que la taza se derramaba al llevársela a los labios.

 

Donna Tartt: and some days (…) he didn’t come clattering in until three or four in the morning: banging the door, dropping hsi briefcase, crashing and bumping around so erratically that sometimes I bolted awake in terror…

Aurora Echevarría: y algunos días (…) llegaba a las tres o las cuatro de la madrugada con gran estruendo; aporreaba la puerta, dejaba caer el maletín y daba tumbos tan erráticos por la casa que a veces me despertaba de golpe…

Mi traducción: y algunos días (…) no llegaba con gran estrépito hasta las tres o las cuatro de la mañana: aporreaba la puerta, dejaba caer el maletín y comenzaba a tropezar y a dar tumbos por la casa de manera tan errática que a veces me despertaba de golpe aterrorizado…

 

Donna Tartt: Though the walk home took forever, I don’t remember much about it except a certain gray, cold, rain-shrouded mood on Madison Avenue—umbrellas bobbing, the crowds on the sidewalk flowing silently downtown, a sense of huddled anonymity like old black and white photos I’d seen of bank crashes and bread lines in the 1930s.

Aurora Echevarría: A pesar de que el trayecto de regreso fue interminable, no recuerdo mucho de él aparte de cierto ambiente gris y frío envuelto en lluvia por Madison Avenue; el vaivén de los paraguas, los transeúntes dirigiéndose en silencio hacia el centro, el anonimato de las masas, como en las viejas fotografías en blanco y negro que había visto de quiebras de bancos y de colas para el pan en la década de 1930.

Mi traducción: A pesar de que el trayecto de regreso a casa se me hizo interminable, no recuerdo mucho del mismo excepto cierto ambiente gris y frío y amortajado por la lluvia en Madison Avenue; el vaivén de los paraguas, las multitudes que descendían silenciosamente hacia el centro por las aceras, la sensación del anonimato de las masas, que recordaba a las viejas fotografías en blanco y negro que había visto del tiempo en que quebraban los bancos y la gente hacía cola para recibir comida en la década de 1930.

 

3. Park Avenue

I.

Donna Tartt: … but his tone conveyed a reassuring sense of the nine-to-five world: office filing systems, industrial carpeting, business as usual in the borough of Manhattan.

Aurora Echevarría: … pero su voz transmitía la sensación de control del mundo de los negocios: sistemas de archivo, moqueta industrial y atención permanente al público en el barrio de Manhattan.

Mi traducción: … pero el tono de su voz transmitía la reconfortante sensación del mundo de oficina: sistemas de archivo, moqueta industrial, y el corriente discurrir de los negocios en el barrio de Manhattan.

 

III.

Donna Tartt: Friends of Platt’s called it “the creepatorium”…

Aurora Echevarría: Los amigos de Platt lo llamaban “el estrafalatorio”…

Mi traducción: Los amigos de Platt lo llamaban “el horroritorio”…

(Nota: La casa de los Barbour es oscura, por lo que los amigos de Platt tratan de sugerir con su mote que da miedo, pero no es una casa estrafalaria, sino más bien acomodada.)

 

Donna Tartt: Among the rest of his kittenish, sharp-toothed, athletic siblings—racing around between their friends and their sports teams and their rewarding after-school programs—he stood out like a random pastehead who had wandered out onto the lacrosse field by mistake.

Aurora Echevarría: En medio de sus hermanos atléticos y juguetones que corrían de aquí para allá con sus amigos, su equipo de deporte y sus actividades extraescolares de pago, Andy destacaba como un despistado que se ha metido sin casco en un campo de lacrosse.

Mi traducción: En medio de sus hermanos joviales, incisivos y atléticos, que correteaban entre sus amigos y sus equipos de deporte y sus satisfactorias actividades extra escolares, Andy llamaba la atención como un empollón cualquiera que se hubiese adentrado en el campo de lacrosse por error.

 

IV

Donna Tartt: Sitting around on my own watching movies was the only thing I’d done since my mother’s death that had felt even vaguely normal.

Aurora Echevarría: Ver películas solo era lo único que había hecho desde que había muerto mi madre y me parecía bastante normal.

Mi traducción: Pasar el rato viendo películas yo solo era la única cosa que había hecho desde la muerte de mi madre que me había parecido remotamente normal.

 

VI

Donna Tartt: Actually, the card was from Dorothy (the “Bob,” plainly in her hand, had been squeezed in alongside her own signature as an afterthought).

Aurora Echevarría: En realidad la tarjeta era de Dorothy (resultaba evidente que ella había escrito “Bob”, incorporándolo a su propia firma como un pensamiento tardío).

Mi traducción: En realidad la tarjeta era de Dorothy (resultaba evidente que ella había escrito “Bob,” apretando las letras junto a su propia firma tras recapacitar).

 

Donna Tartt: It’s a perfectly handy skill for any boy to know.

Aurora Echevarría: Es algo útil que cualquier chico puede aprender.

Mi traducción: Es una habilidad que le puede resultar útil a cualquier chico.

 

 

 

Testimonio y búsqueda de la vida

Luis Landero - El balcón en invierno
Luis Landero, El balcón en invierno, 2014.

Este libro hermosísimo es el resultado del esfuerzo de Luis Landero por recuperar la ilusión por la escritura a través de la rememoración de las experiencias vitales que le llevaron a convertirse en escritor, partiendo de la necesidad que el autor confiesa experimentar, ya bien madurada su obra literaria, cuando se dispone a empezar una nueva novela en el mes de septiembre de 2013, de escapar al menos temporalmente de la ficción, al tiempo que se formula a sí mismo la melancólica pregunta “¿Dónde está en verdad la vida?” mientras deja que su mirada atraviese el balcón de su despacho, enfrentándose aterrado al dilema de la contraposición tópica entre la escritura y la vida. Un primer malogrado ensayo de escritura de su nueva novela le provoca una desasosegante nostalgia de la vida de acción que nunca llegó a vivir, al tiempo que experimenta el hastío del escritor experimentado que ya conoce demasiado bien las reglas de su oficio. ¿Es allí fuera donde está la vida o en la soledad y el amor de la literatura? Finalmente llega a un compromiso satisfactorio entre el anhelo de la vida vivida en el fragor y la menudencia de las calles y las ficticias novelas sobre “el hombrecillo gris”: escribirá sobre su propia vida, reconociendo que sólo los libros leídos y las palabras escritas permanecen como verdadero testimonio de nuestro periplo vital.

Toda autobiografía de un artista es una novela de aprendizaje estético, y Luis Landero emprende la narración de la consolidación de su vocación literaria sin poder reprimir su propia incredulidad frente a los azares que le han llevado a convertirse en escritor. El libro, pues, constata la búsqueda de la lucidez del autor a través del dominio de la palabra. El punto de llegada, la sensación de plenitud vital adquirida en la celebración de sus vínculos familiares, habiendo superado heroicamente la misión de redimir la hiriente conciencia de fracaso de su padre, devuelve al autor la conciencia plena de su herencia milenaria como último eslabón de una familia descendiente de hojalateros judíos del siglo XV.

Sintiéndose heredero de una concepción épica de la vida, manifiesta ya desde la experiencia plena de su niñez de niño mentiroso en el campo de Extremadura: “Tú creías que vivías en el centro del mundo,” se dice el autor, con aquellos viajes a pie entre la finca familiar de Valdeborrachos y el pueblo, prolijamente descritos, “comparables en mi corazón a las andanzas míticas de la antigüedad.” El influjo de la naturaleza preñada de vida e historia en el alma infantil da lugar a la fascinación con las maravillas de la ciudad cuando en octubre de 1960 se produce la emigración de la familia a Madrid, como parte de aquella desbandada bulliciosa del campo a la ciudad en aquel tiempo de apertura económica. Así el autor se ve obligado a fraguar su identidad a caballo entre el mundo moderno de la ciudad y el mundo antiguo, como tantos otros de su generación.

Una noche de septiembre de 1964 tiene lugar el momento decisivo alrededor del cual gira todo el libro, la conversación con su madre en el balcón de la casa del barrio de la Prosperidad al que se mudaron al establecerse en Madrid. Es el primer momento de entrada en la edad adulta, habiendo heredado el lugar de su padre, fallecido unos pocos meses antes, en la familia, y en aquel preciso momento epifánico, como tantos otros descritos en el libro, es cuando centellea la evidencia súbita de su condición de poeta, de que ésa es su vocación, lo que quiere llegar a ser. El balcón del barrio de la Prosperidad es un lugar limítrofe entre dos mundos, el pasado del campo extremeño que doblegaron sus antepasados, “un paisaje hecho de tiempo, donde puede percibirse el poderoso latir de la historia,” y el futuro incierto en que ha de satisfacer las esperanzas que su padre depositó en él. Ya ha descubierto el valor sagrado de las palabras y experimentado el milagro de escribir los primeros poemas, pero no será hasta varios años más tarde, en 1969, que encontrará al mentor que le iniciará en un conocimiento serio de la literatura.

El balcón en invierno es un testimonio deliciosamente escrito de una época y de un escritor parte de esa generación de escritores que estrenó la democracia, cuyos padres, una “generación infortunada,” habían sido testigos del horror fratricida y, generalmente, de la escasez, y que depositaron así en gran manera en sus hijos, que llegaron a la edad adulta bajo el manto de silencio pero también la oportunidad económica del tardofranquismo, su fe y esperanzas en una vida mejor. Es un testimonio por el que el autor atestigua su lugar en el círculo crudo y jubiloso de la vida, su intención última “que se sepa… que se vivió, y se soñó, y que si en ese desear y afanarse ningún acto llegó a ser del todo provechoso, tampoco fue del todo en vano. Y que la sangre que circula por nuestro cuerpo circula también por los siglos pasados y circulará por los venideros hasta el fin de los tiempos…”

¿Os amaréis después de esto?

Perdida
Gillian Flynn, Gone Girl, 2012.

¿Tiene cabida la aspiración a encontrar a nuestra media naranja en pleno siglo XXI? ¿Son las parejas perfectas, los matrimonios perfectos, ya cosa de un pasado irrecuperable? ¿Cómo enmendar una relación matrimonial que se ha ido desgastando rápidamente frente a los inconvenientes mundanos de la vida, en los años siguientes a la crisis económica de 2008 que sacudió tantas unidades familiares? Éstas son algunas de las preguntas que intenta responder la inteligente novela de 2012 de la autora norteamericana Gillian Flynn, con la que batió records de ventas, y que en 2014 fue adaptada al cine con Ben Affleck y Rosamund Pike en los papeles de la controvertida pareja protagonista.

El conflicto de identidad es uno de los grandes problemas que comparte la pareja. Amy Elliott Dunne es perfectamente consciente de que su personalidad es puramente ficticia: el cúmulo de una selección de rasgos que definirían el ideal femenino del joven americano: la Chica Enrollada que no pone trabas a las necesidades sexuales de su pareja, a la vez que a le gusta seguir los deportes y comer comida basura, justo como a los chicos, una construcción masculina diseñada con el exclusivo propósito de satisfacer los deseos masculinos más egoístas. Amy fue incapaz de desarrollar una personalidad propia mientras crecía como hija única de un par de exitosos autores de libros infantiles, los libros de la Asombrosa Amy, en los que ella era protagonista, la hija perfecta que crece para convertirse en la mujer perfecta, en la esposa perfecta.

Fue a través de esos libros que Amy aprendió desde niña que la imagen completa que queremos dar de nosotros mismos no sólo puede sino que debe suplantar a nuestro verdadero Yo lleno de carencias (¿si es que éste existe, de alguna manera, o alguna vez lo hemos llegado a conocer?) y de este modo no hay carencias naturales que no podamos lograr disfrazar ejerciendo un rígido control, una estricta disciplina que, en ocasiones, cuando la visión que Amy tiene de ella misma se ve amenazada, la llevan a la autoflagelación que realiza con el fin de producir el chantaje emocional. ¿Pero acabará esta tendencia anormal en el comportamiento de Amy convirtiéndola en una sociópata?

Nick Dunne creció en un ambiente familiar muy distinto al de Amy, en medio de una familia rota de Missouri, en el Medio Oeste americano. Su padre es una figura negativa cuya furibunda misoginia no hace sino acentuarse cuando acaba sufriendo Alzheimer y en quien Nick desea no terminar por encarnarse, aun cuando esto le lleve a convertirse en un ser incapaz de expresar sus emociones; su madre es una mujer amable y sobreprotectora que no le prepara adecuadamente para enfrentarse a los sinsabores del mundo adulto, y mucho menos a la turba mediática que se cierne sobre él cuando todos los indicios apuntan a su culpabilidad en la desaparición y posible asesinato de su esposa Amy.

No parece una coincidencia que Nick Dunne fuese un periodista especializado en el cine americano, lo que lleva a la pareja a compartir una elevada conciencia del carácter mimético de la vida de su generación: aquellos que crecieron bajo la influencia de los programas televisivos y las películas e Internet, influencias ostensiblemente deshumanizadoras, como vemos en el caso de los protagonistas, que tienen en común un único rasgo pero que les une al final de la historia indefectiblemente: la conciencia de que la única manera de seguir adelante pasa por pasar del odio y el deseo de destrucción mutua a un renovado compromiso basado en el fingimiento de que sí se aman, de que sí son felices, de que sí son la pareja americana perfecta.

O conto da vida

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Manuel Rivas, As voces baixas, 2012.

«As voces baixas» é un libro da descuberta da vida. O autor bota unha ollada cíclica ao tempo do seu crecemento primeiro en Monte Alto e logo no “paraíso inquedo” da aldea en vilo de Castro de Elviña, unha fronteira do alén na que aprendeu a escoitar as voces baixas que xermolan do manuscrito da terra, a descubrir o reverso imaxinario do seu territorio iniciático. As voces baixas non son tan só as voces dos mortos que oen Vladimir e Estragón, son o murmurio quedo que se escoita da boca da literatura: un certo punto onde, tal como albiscara o segundo manifesto surrealista, acougan a vida e a morte, o real e o imaxinario, o comunicábel e o incomunicábel, o alto e o baixo… reconciliándose nun espazo que non é outro que o espazo circular dos petroglifos concéntricos da Costa da Morte. A “óptica de alargamento” que propón Manuel Rivas require dos sentidos externos e os internos, que os dous nenos, Manuel e a súa irmá María, que aparecen xuntos na foto da portada, aprenderan a conxugar baixo o efecto do lampo circular do Faro de Hércules, ou mentres adormecían cos ollos abertos baixo o tellado estrelado da casa de Corpo Santo.

Os circos concéntricos da Costa da Morte, que “foron talvez a primeira escrita de Galicia,” reproducen o trazo da boca da nai, que a miúdo falaba soa, co movemento interior da danza na que viran o de dentro e o de fóra, nun entroido existencial do que partillan o aquén e o alén, nese punto do que xorde todo que é a boca da nai, e as dos avós, que tamén gustan de falar sós, ao seu modo, e ao mesmo tempo é o lampo circular do faro que os nenos albiscan desde Castro, e o pozo baleiro que o pai cavou na horta e que inexplicablemente nunca deu auga, e o vulto esférico que levaban as lavandeiras de Castro na cabeza, e o buraco no muro da romaxe de San Bieito, polo que había que pasar para que se producise a milagre da curación. Pero sobre todo o circo da burbulla do nivel que o pai empregaba na construción e que tiña a facultade de correxir o ollo, ese obxecto máxico, e tamén a “esfera do mundo” que era o balón de fútbol co que xogaban as mulleres de Castro o martes de Entroido, algo que só ocorría en Castro de Elviña, esa república con vontade de aldea na que o mundo se puña ao revés.

Hai lugares, especialmente en Castro de Elviña, nos que se asenta esta fronteira entre o aquén e o alén, como a corredoira da Cavaxe en Castro: “Eu tíñalle respecto a aquel camiño da Cavaxe. Ao seu abrir e pecharse.” Nese camiño abrírase a maleza e apareceran os saltimbanquis e, outro día, unha comitiva fúnebre cun pequeno cadaleito branco. “Eses camiños fondos formaban parte dunha trama e dun urdido, onde a lanzadeira do andar tecía o coñecido e o descoñecido que te podía comunicar con calquera parte de Galicia.” (páx. 101). Ou o penedo do Cuco, unha rocha coa forma deste paxaro dende cuxo pescozo os nenos domeñaban “o arco ártabro todo.” Ou a pena do Goliacho, escenario da batalla de Elviña no 1809 e das primeiras citas amorosas da adolescencia.

Son importantes os relatos da aprendizaxe, do moi querido instituto mixto do arrabalde no que Luz Pozo e outros profesores abriron os horizontes dos estudantes e tamén da escola de ensino primario de Castro na que souberon que había un relato diferente á cronoloxía histórica das leccións do mestre. Fronte á memoria dun Imperio do que non cren formar parte, os nenos de Castro descobren o verdadeiro movemento da historia no voo do morcego: “Os animais axudan a ver. Se hai un voar que me enfeitiza é o dos morcegos. (…) Ese xeito de desarranxo absoluto, os xiros imprevistos, a ruptura de perspectivas, o ser visíbel e invisíbel a un tempo. Unha retranca total dos sentidos. O presente alucinado.” E segue: “Fronte á cronoloxía histórica das leccións escolares, o seu avance impetérrito de maquinaria pesada, nos relatos das voces baixas confundíanse tempos e episodios. En apariencia. Como no voar do morcego.” (páx. 96)

Estas voces baixas, á fin, como dicíamos, non son tan só as voces dos mortos. Son as voces do vento que se divertía ao non deixar andar aos nenos á saída da escola. A voz do castiñeiro do Souto que multiplicaba as castañas segundo as necesidades da xente que tiña que facer os seus colares para o día de Defuntos. A voz de dor do penedo do Cuco ao morrer derruido. A casa mesma que o pai construíu naquela ladeira afastada de Castro no ano 1963, que, como a de Henri Bosco, “loitaba bravamente.” A voz incluso do camión “tolambrón” que Jorge, de Palavea, un amigo do pai. Ou a voz, mesmamente, dos agoiros da natureza que advirten da inminencia do conflito civil ós avós do autor a primeiros de xullo do 1936.

Este conto da vida é un adestramento na ollada pero tamén a testemuña dun tempo quizáis xa perdido para sempre, no que o fin da ditadura se albiscaba como a oportunidade de escapar das duras restricións do pasado.

Mis correcciones a la traducción de Wolf Hall de Hilary Mantel (En la corte del lobo)

En-la-corte-del-lobo
Hilary Mantel, En la corte del lobo, 2012. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez.

Aquí presento una selección de mis correcciones a la traducción de Wolf Hall de Hilary Mantel: En la corte del lobo, traducida para Destino por José Manuel Álvarez Flórez, aunque el total de mis correcciones fue de 762. De especial significación me pareció el problema de la dificultad en la traducción de los nombres de personas, por la que algunos, como los de Thomas Boleyn y Thomas More se presentaban como Thomas Bolena y Thomas Moro, alternando en un mismo nombre el uso del inglés y el español. Me parecería mejor opción siempre dejar los nombres en su versión original, para que no desentonen frente a los de otros personajes.

A sinewy little twitcher, always twitching after his own advantage.
a. Un hombre nervudo y pequeño que, aunque aquejado de temblores, espasmos y tirones, sabe actuar siempre en beneficio propio.
b. Un hombrecito nervudo que no deja de impacientarse, aunque siempre se impacienta en beneficio propio.

The family never meet but he thanks God that Walter’s not with them anymore.
a. La familia nunca se reúne, pero él da gracias a Dios porque Walter no esté ya con ellos.
b. Siempre que la familia se reúne da gracias a Dios porque Walter no esté ya con ellos.

He thinks about the jittery sidestep of a skittish horse, the smell of the brewery.
a. Piensa en el caballo inquieto que se desvía nervioso, los caballos se asustan, el dolor de la destilería.
b. Piensa en la vacilación nerviosa del caballo encabritado, el olor de la destilería.

You don’t have to hold me up.
a. No tenéis que sostenerme.
b. No tenéis que imitarme.

They only heard of it in the Wolsey household.
a. Ellos sólo lo oyeron, en la casa de Wolsey.
b. Eso no ocurría cuando la casa pertenecía a Wolsey.

But insight cannot be taken back.
a. Pero no se puede recuperar la intuición.
b. Pero no se puede desdeñar lo ya intuido.

It is a shame for the scholars.
a. Es una vergüenza para los maestros.
b. Es una pena por los estudiantes.

She is slumped in a chair.
a. Se retrepa en el asiento.
b. Se deja caer en una silla.

He never had a parish church but he built the tower higher.
a. Nunca tuvo una iglesia parroquial, pero construyó la torre más alta.
b. Aumentó la altura de las torres de todas las iglesias parroquiales que poseyó.

The sickly milk-faced creeper.
a. La rastrera empalagosa.
b. La muchacha rara y enfermiza con rostro de leche.

Still… as we heard of it in Cambridge, you performed such labours for the foundation… the students and Fellows all commend you… no detail escapes Master Cromwell.
a. De todos modos… Cuando nos enteramos en Cambridge, vos realizabais tantos trabajos para la fundación…, los estudiantes y los maestros os alababan…, al señor Cromwell no se le escapa un detalle.
b. De todos modos… Llegó a nuestros oídos en Cambridge que realizasteis buenos trabajos para la fundación… los estudiantes y los maestros os alaban… al señor Cromwell no se le escapa un detalle.

There is a shuffle, a grunt, a sigh.
a. Se oye un arrastrar de pies, un susurro un suspiro.
b. Alguien se mueve, se oye un bufido, un suspiro.

Jo drops her lead, but still Bella runs behind.
a. Jo aminora la marcha, pero, de todos modos, Bella tiene que correr.
b. Jo deja caer la correa, pero aun así Bella corre detrás de ella.

Still, as he is Lord Treasurer, he has paid me my back wages. I was three quarters of the year in arrears.
a. De todos modos, como es Lord Tesorero, me ha pagado mis salarios atrasados. Eran tres o cuatro años de atrasos.
b. De todos modos, como es Lord Tesorero, me ha pagado mis salarios atrasados. Eran tres cuartos de año en atrasos.

He said, ‘If I thought my cap knew my counsel, I would cast it into the fire.’
a. Dijo: “Si creyese que mi gorra iba a darme consejos, la arrojaría al fuego.”
b. Dijo: “Si creyese que mi gorra conocía mis intenciones, la arrojaría al fuego.”

He means to say that he will not choose any adviser now: not my lord of Norfolk, nor Stephen Gardiner, or anyone, any person to be closet o him, to be so close as the cardinal was.
a. Parece indicar que ya no elegirá ningún consejero: ni milord Norfolk ni Stephen Gardiner ni nadie, ninguna persona que esté próxima a él, nadie que esté tan próximo como lo estaba el cardenal.
b. Parece indicar que ya no elegirá ningún consejero: ni milord Norfolk ni Stephen Gardiner ni nadie, para que esté próximo a él, tan próximo como lo estaba el cardenal.

…his writing hand tucked into a hidden fist.
a. … apretando el puño de la mano con la que escribe.
b. … la mano con la que escribe agazapada dentro de un puño escondido.

“Rex quondam rexque futurus.” The former King is the future King.
a. El rey anterior es el futuro rey.
b. El rey que fue es el rey que será.
(inscrito en la tumba de Arturo)

Sir John is not, perhaps, more than a dozen years older than himself, but amiability can be ageing.
a. Sir John tal vez no le lleve doce años, pero su amabilidad puede estar envejeciendo.
b. Sir John tal vez no le lleve doce años, pero ser amable envejece a uno.

He puts the cat down, opens the bag. He fishes up on his finger a string of rosary beads; for show, says Avery, and he says, good boy.
a. Deja el gato en el suelo, abre la bolsa. Saca con el dedo una hilera de cuentas del rosario; para enseñar, dice Avery, y él dice, buen chico.
b. Deja el gato en el suelo, abre la bolsa. Saca con el dedo una hilera de cuentas del rosario; para guardar las apariencias, dice Avery, y él dice, buen chico.

I expected to see her walk in one day.
a. Esperaba verla entrar un día.
b. Creía posible que apareciese sin más un día.

… that’s the Howards for you, that’s the Boleyns.
a. … pero eso son los Howard para ti, eso son los Bolena.
b. … pero así son los Howard, así son los Bolena.

While my lord cardinal was alive, he never wanted for a jewel in his hat or a horse or a handsome house.
a. Mientras el cardenal vivía, nunca deseó una joya ni un sombrero ni un caballo ni una hermosa mansión.
b. Mientras mi señor el cardenal vivía, nunca le faltó una joya en el sombrero ni un caballo ni una hermosa mansión.

Thomas, when you’re cold and under a stone, you’ll talk yourself out of your grave.
a. Thomas, cuando estéis frío y debajo de una lápida, os convenceréis vos mismo de que debéis salir de la tumba.
b. Thomas, cuando estéis frío y debajo de una lápida, vuestra labia os sacará de la tumba.

You don’t get on.
a. No sigáis.
b. No os lleváis bien.

All the kept women and the runaway daughters.
a. Todas las mujeres encerradas y las hijas fugadas.
b. Todas las mujeres mantenidas y las hijas fugadas.

… but think, is it likely that a man who has not spared himself on the hunting field and in the tilt yard should not get some injury by the time he is the king’s age?
a. Pero piensa que es natural que el que no ha eludido la caza y las Justas tenga alguna lesión al llegar a la edad de ser rey.
b. Pero pensad, ¿es probable que un hombre que no ha eludido ni la caza ni las justas no haya sufrido alguna lesión a la edad del rey?

He hears her calling, Thomas, Thomas… It is a name that will bring half the house out, tumbling from their bedside prayers, from their very beds: yes, are you looking for me?
a. La oye llamar: Thomas, Thomas…, el nombre pone en marcha a la mitad de la casa, abandonan sus oraciones de antes de acostarse, hasta las camas; sí, ¿me buscáis a mí?
b. La oye llamar: Thomas, Thomas… Es un nombre que puede hacer salir a la mitad de la casa, dejando a medias sus oraciones antes de acostarse, dejando hasta sus camas: sí, ¿me buscáis?

Lizzie comes packaged into her velvet and lace, her outlines as firm as her sister’s are indefinite and blurred, her eyes bold and hazel and eloquent.
a. Lizzie viene envuelta en sus ropas de terciopelo y encaje, con lo que sus curvas, tan firmes como las de su hermana, resultan indefinidas e imprecisas; sin embargo, sus ojos audaces color avellana resultan elocuentes.
b. Lizzie viene envuelta en sus ropajes de terciopelo y encaje, sus rasgos tan firmes como los de su hermana son indefinidos y borrosos, sus ojos audaces de color avellana y elocuentes.

Henry says, ‘His father left Crookback for my father’s service.’
a. Su abuelo – dice Enrique – dejó Crookback para servir a mi padre.
b. Su abuelo – dice Enrique – dejó al Jorobado para servir a mi padre.
(se refiere a Ricardo III)

Two days after he sees More shivering at the sermon, he conveys a pardon to Lady Exeter.
a. Dos días después ve a Moro tiritando en el sermón, transmite un perdón para Lady Exeter.
b. Dos días después de ver a Moro tiritando en el sermón, transmite un perdón para Lady Exeter.

I would rather see my only son dead, I would rather see them cut off his head, than see you refuse this oath, and give comfort to every enemy of England.
a. Preferiría ver muerto a mi propio hijo antes que ver que os cortan la cabeza, antes que ver que os negáis a prestar este juramento y apoyáis a todos los enemigos de Inglaterra.
b. Preferiría ver muerto a mi propio hijo, preferiría ver cómo le cortaban la cabeza, que veros rechazar este juramento, dando alegría a todos los enemigos de Inglaterra.

It is a still morning, misty and dappled.
a. La mañana es tranquila, nebulosa y encapotada.
b. La mañana es tranquila, neblinosa y salpicada de nubes.

I shall not indulge More, he thinks, or his family, in any illusion that they understand me. How could that be, when my workings are hidden from myself?
a. No permitiré que Moro, piensa él, ni su familia, abriguen ilusiones de que me comprenden. ¿Cómo podrían comprenderme ellos, cuando ni yo mismo me comprendo?
b. No permitiré que Moro, piensa él, ni su familia, abriguen ilusiones de que me comprenden. ¿Cómo podría ser así, cuando ni yo mismo alcanzo a dilucidar los fines de mis propósitos?

‘It is not as if the queen likes me,’ Jane says.
a. No me gusta la reina, en realidad – dice Jane –.
b. No es que la reina me aprecie, en realidad – dice Jane –.

La literatura como tabla de salvación

La Conversación

Hoy voy a comentar la novela de un amigo, Guillermo de Miguel Amieva, abogado palentino y escritor, colaborador en diversas publicaciones y orgulloso y digno masón, que he leído en ebook, descubriendo que tan gratificante puede resultar leer a un clásico como la obra poco conocida de un amigo, aunque las emociones que cada una despierte sean diferentes.

La conversación es una novela con un marcado cariz autobiográfico en la que el autor, en un ejercicio con reminiscencias unamunianas se propone estrechar las fronteras entre la realidad y la ficción, pues el mismo narrador, el autor, Guillermo de Miguel Amieva, es personaje, y además aparece desdoblado al encarnarse asimismo en otro personaje, Alejandro, su yo joven, aquel que él era en la Semana Santa del año 1992, cuando tenía 30 años y partió desde la Meseta hacia Las Palmas para realizar una última visita a su abuelo, Guillermo Amieva, de 86 años, vegetariano imbatible y aficionado al budismo, que fue un noble ebanista de profesión, que no fue a la escuela pero que cuenta con La sabiduría de Occidente de Bertrand Russell entre los libros de su biblioteca, y con el que mantiene una relación entrañable desde que éste le regalara a los seis años su primer juego de ajedrez. Alrededor de las partidas que jugaron se empezó a entrehilar el adiestramiento del nieto por parte del abuelo en el arte de la conversación, conversaciones por medio de las cuales pretendió prepararle para la ardua tarea de enfrentarse a la vida, dejándole como legado sus propios errores, para que el nieto no los cometiera a su vez.

Entre los consejos del abuelo está el fundamental de que no desaproveche la oportunidad de “vivir,” que quedó indefectiblemente plasmado en aquella última carta escrita por el abuelo que el Guillermo del presente ha recuperado, y que resulta el punto de partida de la acción, pero también la recomendación de que sea justo antes que bueno, y la voluntad del abuelo de que no se case, que Alejandro no escuchará, pues le vemos en 2011 felizmente casado y con dos hijas, la menor de las cuales, Blanca, se llevará consigo en su peculiar viaje a través del tiempo.

Pues un peculiar viaje en el tiempo articula la trama de esta historia, por el que el narrador, que no es otro que el propio autor, emprenderá acompañado de su hija un viaje desde la Castilla de la primavera de 2011 a Las Palmas de 1992, con el objeto de volver a revivir aquella última conversación con su abuelo, y de encontrarse con su yo más joven. El arte de la conversación se practicará a lo largo del relato a varios niveles. Está la conversación recuperada con el abuelo, la conversación que el autor mantiene con sus amigas de Facebook, y cuyas contribuciones se incorporan a la estructura de la propia novela, y, sobre todo, la conversación que el autor-narrador mantiene consigo mismo, que consigue salpicar la narración de auténticas perlas filosóficas, entre las cuales está la siguiente reflexión que Alejandro se hace mientras conduce en dirección al aeropuerto de Madrid por las llanuras de Castilla: “la soledad es tierra fértil para el desarrollo del pensamiento y para descubrir las claves esotéricas que lo explican todo.” Ya en el aeropuerto, el Guillermo maduro nos demuestra su interés en profundizar en el conocimiento de lo real, al mostrar su desprecio hacia “aquellos que no saben ver las caras ocultas de la vida, esos reversos significantes que, como entre bambalinas, dejan el poso de lo que está un poco más allá.”

Así vamos descubriendo a un Guillermo de Miguel Amieva que es crítico con la sociedad española de su tiempo, a la que considera egoísta, poco cimentada en el propósito común, anclada en viejas creencias. Pero él basa su esencia en su espíritu, no en su pensamiento: “Piensa que el ser, nunca cambiante, no puede verse reflejado en el pensamiento, sino en el espíritu.” Es por esto que no es partidario de cambiar las instituciones mientras que no se produzca el ansiado cambio en las condiciones espirituales del pueblo. Con el paso de los años ha ido formulando ésta su pequeña filosofía existencial a un tiempo constructiva y escéptica, – al margen de las opiniones políticas del abuelo, comunista y republicano y luego seguidor de Felipe González, y de su padre, castellano católico y en un tiempo afiliado a UCD – y sin duda hondamente marcada por el poso de amargura que le produce la comprensión de que el sueño ilustrado de la humanidad se ha visto crudamente distorsionado por la violencia del siglo XX: “Lo que entendemos por vivir bien no deja de ser una exaltación de los derechos individuales, individualismo que Occidente ha llevado al extremo sacrificando la cohesión que toda sociedad debe tener en torno a un objetivo que supere el propio egoísmo.”

Esta revivida última partida de ajedrez con el abuelo sería el preludio al comienzo de la vida madura de Alejandro, el Guillermo de 1992, y sirve como punto de partida para la reflexión vital: “Vivir es recuperar lo que fuimos para proyectarlo a lo que seremos, recomponernos cada mañana sabiendo quiénes somos.” Sobre esta conciencia del esfuerzo que supone construir la propia identidad a través del tiempo se construye su idealismo escéptico. Su conclusión al problema del sufrimiento en la vida se resuelve mediante la conciencia de la necesidad del desapego. Si la vida es un tablero de ajedrez, acaban por razonar los personajes, la solución está en separar el movimiento en el tablero del propio sentimiento.

(Originariamente publicado el 14 de septiembre de 2013.)

mi traducción de los tres primeros capítulos de «La letra escarlata»

CAPÍTULO 1
La puerta de la prisión

Una multitud de hombres barbudos, vestidos con prendas deslucidas y sombreros grises puntiagudos como los chapiteles de los campanarios, mezclados con mujeres, algunas de las cuales llevaban capotas, y otras la cabeza descubierta, estaba reunida en frente de un edificio de madera, cuya puerta había sido construida con gruesos maderos de roble, y estaba tachonada con puntas de hierro.

Los fundadores de una nueva colonia, cualquiera que sea la Utopía de virtud humana y de felicidad que hayan proyectado originariamente, han debido siempre reconocer entre sus necesidades prácticas iniciales el disponer una porción de la tierra virgen para el cementerio, y otra porción para erigir la prisión. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, casi con tanta seguridad como que trazaron el primer cementerio en el terreno de Isaac Johnson, alrededor de su tumba, que con posterioridad se convirtió en el núcleo de todo el conjunto de sepulcros del viejo camposanto de King’s Chapel. Lo cierto es que, unos quince o veinte años tras el asentamiento de la población, la cárcel de madera ya mostraba las marcas producidas por el tiempo atmosférico y otras indicaciones de la edad, que concedían un aspecto aún más sombrío a su fachada ceñuda y lúgubre. El óxido sobre la pesada herrumbre de la puerta de roble tenía una apariencia más antigua que ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo relacionado con el crimen, parecía que nunca hubiese conocido una edad joven.

Al pie de este feo edificio, y entre él y el camino de la calle, había una parcela de hierba, con mucha bardana y otros desagradables hierbajos de ese tipo, los cuales evidentemente encontraban algún elemento de su gusto en el suelo que había tan tempranamente albergado la flor negra de la sociedad civilizada, la prisión. Pero a un lado del portal, con las raíces partiendo casi del mismo umbral, había un rosal salvaje, cubierto, en este mes de junio, con las preciosas y delicadas flores que podría imaginarse ofrecían su fragancia y frágil belleza al prisionero que entraba, y al criminal convicto que se adentraba para vivir su condena, como señal de que el profundo corazón de la naturaleza podía compadecerse de él y mostrarle su bondad.

Este rosal silvestre, por una extraña casualidad, ha pervivido en la historia; pero si meramente sobrevivió, salido del austero y frío bosque, tanto tiempo después de la caída de los gigantes pinos y robles que originariamente le daban sombra, o si, como dice la tradición, creció bajo las pisadas de la devota Ann Hutchinson al cruzar ésta la puerta de la prisión, no me propondré determinar. Al encontrarlo de este modo en el umbral de nuestra propia narración, que va seguidamente a dar comienzo desde un portal tan poco propicio, no podemos dejar de arrancar una de sus flores y ofrecerla al lector. Podrá servir, esperemos, para simbolizar alguna apacible lección moral que nos encontremos por el camino, o podrá suavizar el oscuro final de una historia de fragilidad y sufrimiento humanos.

Capítulo 2
La plaza del mercado

El campo frente a la prisión, una mañana de verano de no hace menos de doscientos años, estaba ocupado por un número considerable de habitantes de Boston que miraban fijamente la puerta de madera de roble con remaches de hierro. En cualquier otra población, o en un periodo más tardío de la historia de Nueva Inglaterra, el aspecto sombrío y rígido de los rostros barbudos de aquella buena gente habría anunciado que se preparaba algún asunto terrible. Habría significado nada menos que la próxima ejecución de algún criminal notable, sobre quien la sentencia de un tribunal legal no habría sino confirmado el veredicto de la opinión pública. Pero, dada la severidad que mostraba el carácter puritano en aquellos primeros tiempos, una conclusión de este tipo no estaría exenta de dudas. Podría ser que algún esclavo perezoso, o un niño desobediente, a quien sus padres habían entregado a la autoridad civil, iba a recibir un correctivo a base de latigazos. O podría ser que un seguidor del antinomianismo, un quákero, o el adepto de alguna otra secta religiosa, iba a ser expulsado de la ciudad, o que un indio vagabundo y ocioso, a quien el aguardiente del hombre blanco hubiese impulsado a armar jaleo en las calles, iba a ser conducido a golpes a la espesura del bosque. Podría ser, también, que una bruja, como la vieja señora Hibbins, la malhumorada viuda del magistrado, iba a morir en el cadalso. Cualquiera que fuera el caso, se reflejaba en los espectadores en gran medida el mismo aire de solemnidad, como correspondía a una gente para la cual la religión y la ley eran casi idénticas, y en cuyo carácter ambas estaban tan irremediablemente entrelazadas, que tanto los más leves como los más severos actos de disciplina se hacían a una vez venerables y terribles. Poca y desapasionada era la simpatía que podía encontrar un transgresor, entre concurrencia como ésta, en el cadalso. Por otro lado, una pena que, en nuestros días, provocaría un cierto grado de ridículo e infamia, podría entonces estar revestida con una dignidad casi tan solemne como la de la misma pena capital.

Era una circunstancia digna de notarse, en la mañana de verano en la que da comienzo nuestra historia, que las mujeres, de las que había varias entre la multitud, parecían estar especialmente interesadas en el castigo que se esperaba. Aquella época no era tan refinada como para que sentido alguno del decoro impidiese a aquellas personas que habitualmente portaban enaguas y miriñaque salir a las vías públicas, si se presentaba la ocasión, y abrir paso a sus voluminosos cuerpos entre la multitud más cercana al cadalso con ocasión de una ejecución. Moral, tanto como físicamente, había en aquellas esposas y doncellas recién llegadas de Inglaterra un material más tosco que en sus hermosas descendientes, separadas de aquéllas por una serie de seis o siete generaciones; pues, a través de aquella línea genealógica, cada madre había transmitido sucesivamente a su hija un rubor más suave, una belleza más sencilla y delicada, y un porte físico menor, además de un carácter menos fuerte y sólido que el suyo mismo. Las mujeres que estaban en ese momento reunidas en torno a la puerta de la prisión se hallaban a menos de medio siglo de distancia del periodo en que la reina Isabel, que había sabido gobernar como un hombre, las había representado no sin acierto. Ellas eran sus rudas súbditas; y la ternera y la cerveza de su tierra nativa, acompañadas de una dieta moral no más refinada, daban consistencia a sus personas. El brillante sol de la mañana, por lo tanto, alumbraba anchas espaldas y pechos bien desarrollados, y mejillas redondas y encendidas, que habían madurado en la lejana isla, y apenas se habían vuelto más delgadas o más pálidas en la atmósfera de Nueva Inglaterra. Había, por encima, un atrevimiento y una rotundidad en el lenguaje de estas matronas, pues todas ellas parecían serlo, que nos sobresaltaría a todos nosotros en el tiempo presente, bien por su intencionalidad o su volumen.
—Comadres, —dijo una ruda dama de unos cincuenta años—, voy a daros mi opinión. Redundaría en beneficio público si a nosotras, mujeres de edad madura y feligresas de buena reputación, nos fuese encomendado el castigo de tales malefactoras como esta Hester Prynne. ¿Qué pensáis, deslenguadas? Si la fresca fuese juzgada por nosotras cinco, que estamos aquí reunidas como en una piña, ¿saldría librada con una sentencia como la que le han dado los venerables magistrados? ¡Doy fe de que no!
—Se dice, —dijo otra—, que el reverendo Dimmesdale, su piadoso párroco, está profundamente afligido por que un escándalo como éste haya tenido lugar en su congregación.
—Los magistrados son buenos hombres temerosos de Dios, pero excesivamente misericordiosos, eso es cierto, —añadió una tercera matrona, ya entrada en años—. Al menos deberían haberle marcado la frente con hierro candente. Eso habría afectado a Madame Hester, estoy segura. Pero a ella, la desvergonzada, ¡poco le va a importar lo que le coloquen en el corpiño del vestido! Pues, pensad, ¡puede que lo cubra con un broche, u otro adorno pagano de ese tipo, y seguir andando por la calle como si nada!
—¡Ah, pero… —exclamó, con mayor suavidad, una joven casada que llevaba a un niño de la mano—, dejadla que cubra la marca como buenamente pueda, el remordimiento siempre anidará en su corazón.
—¿Qué importan las marcas y los signos, tanto en el corpiño de su vestido como en la carne de su frente? —gritó otra mujer, la más fea al tiempo que la más implacable entre este grupo de ellas que se habían constituido como jueces—. Esta mujer ha manchado el nombre de todas nosotras, y debería morir. ¿No hay una ley para ello? Ciertamente la hay, tanto en las Escrituras como en los estatutos de la ciudad. ¡Entonces que los magistrados, que han hecho de ella caso omiso, se agradezcan a sí mismos si sus propias esposas o hijas se desvían del camino correcto!
—¡Que el cielo se apiade de nosotros, señora! —exclamó un hombre entre la multitud— ¿acaso una mujer sólo ha de ser virtuosa si tiene un sano miedo al cadalso? ¡Pues ése es el juicio más terrible que se ha expresado hasta ahora! ¡Callad ahora, cotillas! Pues el cerrojo de la puerta de la prisión está girando y ya llega la misma Hester Prynne.

La puerta de la prisión se abrió de golpe desde dentro y apareció, en primer lugar, como una sombra negra saliendo a la luz del sol, la sombría y espeluznante figura del alguacil, portando una espada hacia un lado, y su bastón de mando en la mano. Este personaje ilustraba y representaba con su aspecto toda la sombría severidad del código de leyes puritano, que era su responsabilidad hacer cumplir hasta las últimas consecuencias para el culpable. Extendiendo el bastón de su oficio con su mano izquierda, dejó descansar la derecha sobre el hombro de una joven mujer, a la que así hizo avanzar, hasta que, en el umbral de la prisión, ésta se zafó de él, en un movimiento caracterizado por la dignidad natural y la fuerza de su carácter, y salió al aire libre como si fuese por su propia voluntad. Llevaba en sus brazos una criatura, un bebé de unos tres meses de edad, que pestañeaba y escondía su pequeño rostro de la luz demasiado vívida del día; probablemente porque en su existencia, hasta este momento, sólo había conocido la penumbra gris de una mazmorra, u otro oscuro apartamento de la prisión.

Cuando la joven mujer, la madre de esta criatura, se halló en presencia de la multitud, pareció ser su primer impulso el de estrechar a la niña contra su pecho, no tanto como un impulso de amor maternal como para ocultar una cierta señal, que había sido bordada o fijada a su vestido. Al momento siguiente, sin embargo, sabiamente comprendiendo que una señal de su vergüenza difícilmente iba a servir para ocultar la otra, sostuvo al bebé con el brazo, y, con el rostro azorado, pero con una sonrisa altiva y una mirada que se resistía a ser humillada, contempló a sus convecinos. En el seno de su vestido, en una hermosa tela roja, rodeada de un bordado muy elaborado y con fantásticos adornos en hilo dorado, aparecía la letra A. Había sido confeccionada tan artísticamente, con tanta creatividad y exuberancia de la imaginación, que tenía el efecto de una acertada decoración final al conjunto que llevaba puesto, que era tan esplendoroso como correspondía al gusto de la época, aunque mucho más de lo que era permitido por las leyes suntuarias de la colonia.

Aquella joven mujer era alta, y su figura derrochaba elegancia. Sus cabellos eran abundantes y oscuros, tan brillantes que reflejaban con vivos destellos los rayos del sol; su rostro, además de ser hermoso por la regularidad de sus facciones y la luminosidad de su tez, tenía toda la fuerza de expresión que comunican un entrecejo bien marcado y unos ojos profundamente negros. Tenía el aspecto de una dama, además, tal como éste era concebido en aquellos tiempos, esto es, la caracterizaban una cierta majestuosidad y dignidad, más que la gracia delicada, evanescente e indescriptible por la que se reconoce a las damas hoy en día. Y nunca había parecido Hester Prynne más una dama, en la antigua interpretación del término, como cuando salió de la prisión. Aquellos que ya la conocían, y habían esperado verla apagada y oscurecida por una nube sombría, sintieron un profundo asombro, e incluso sobresalto, al percibir cómo su belleza irradiaba un halo que partía de la desgracia e ignominia que la cubrían. Puede ser cierto que, a los ojos de un observador atento, había algo exquisitamente doloroso en todo ello. Su vestido, el cual, ciertamente, ella misma había confeccionado para la ocasión en la prisión, siguiendo solamente su propio gusto, parecía expresar la actitud de su espíritu, la desesperada inquietud de su talante, en su estilo salvaje y pintoresco. Pero lo que atraía todas las miradas, y que, de hecho, transfiguraba a la mujer —de modo que tanto los hombres como las mujeres que habían tratado con Hester Prynne anteriormente tenían ahora la sensación de estar viéndola por primera vez en sus vidas— era la Letra Escarlata, tan fantásticamente bordada e iluminada sobre su pecho. Tenía el efecto de un conjuro, sustrayéndola de las relaciones ordinarias con la humanidad y situándola en una esfera propia.
—No puede negarse que es hábil con la aguja —comentó una de las espectadoras— pero, ¿ha habido mujer alguna, antes de esta fresca, que idease manera tan descarada de mostrarlo? Amigas, ¿qué significa esto sino que se ríe en la cara de nuestros piadosos magistrados, convirtiendo en motivo de orgullo lo que ellos, caballeros de gran valía, quisieron infligir como castigo?
—Deberíamos, —murmuró la anciana con el rostro más férreo— arrancarle ese bonito vestido de los delicados hombros de Madame Hester, y por lo que se refiere a la letra roja que ha cosido de manera tan peculiar, yo puedo darle un trapo de esta franela que uso para mi reumatismo.
—Hágase la paz, vecinas —murmuró la más joven de ellas— que no os oiga. Cada puntada de esa letra bordada debe de haberla sentido en su corazón.

El sombrío alguacil hizo ahora un gesto con su bastón.
—¡Haced paso, buenas gentes! ¡Haced paso, en el nombre del Rey! —gritó. Abridle paso, y os prometo que la señorita Prynne se dirigirá a un lugar desde el cual cualquier hombre, mujer o niño podrá contemplar su atrevido traje desde esta hora hasta la una de la tarde. ¡El cielo bendiga la virtuosa colonia de Massachussetts, en donde la iniquidad es obligada a salir a la luz del sol! Ven por aquí, Madame Hester, para mostrar vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.

Inmediatamente se abrió un camino de entre la turba de espectadores. Precedida por el alguacil, y seguida por una comitiva irregular de hombres de duro semblante y mujeres de rostros poco amables, Hester Prynne echó a andar hacia el lugar que se había determinado para su castigo. Un grupo de ansiosos y curiosos colegiales, que entendían más bien poco de lo que ocurría, sacando que resultaba en pasar medio día sin clases, corrían en frente de ella, volviendo las cabezas continuamente para mirarla a la cara, y al bebé que parpadeaba en sus brazos, y al ignominiosa letra en su seno. No había una gran distancia, en aquellos días, entre la puerta de la prisión y la plaza del mercado. Pero desde el punto de vista de la prisionera, debió de parecer un viaje algo largo, pues, aunque su manera era altiva, ella probablemente agonizaba a cada paso de todos aquellos que se amontonaban para verla pasar, como si su corazón hubiese sido arrojado a la calle para que todos ellos lo escarnecieran y lo pisotearan. Sin embargo, nuestra naturaleza es tal que, maravillosa y misericordiosamente, la víctima no llega usualmente a conocer la intensidad de su sufrimiento en el momento de la tortura, sino merced a la amargura que deja tras de sí. De modo que, con un andar casi sereno, Hester Prynne sufrió esta parte de su castigo, y llegó hasta una suerte de cadalso que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, prácticamente bajo los aleros de la iglesia más antigua de Boston, como si formara parte de la misma.

De hecho, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal, la cual, desde hace dos o tres generaciones, ha constituido meramente parte de nuestra tradición histórica, pero que era considerada, en aquellos tiempos, tan efectiva en la promoción de la buena ciudadanía como lo fue la guillotina entre los terroristas de Francia. Se trataba, pues, de la plataforma sobre la que se alzaba la picota, ese instrumento de disciplina ideado para sujetar la cabeza humana firmemente, y así mostrarla a la visión del público. El propio ideal de la ignominia se hallaba encarnado y se hacía manifiesto en esta armazón de madera y hierro. No puede haber una afrenta, considero, contra nuestra común naturaleza humana, —cualesquiera que hayan sido los delitos del individuo— ninguna afrenta más flagrante que prohibir al culpable que oculte su rostro por la vergüenza, tal como era la esencia de este castigo. En el caso de Hester Prynne, sin embargo, y como no era infrecuente en otros casos, su sentencia establecía que debería quedarse un cierto tiempo sobre la plataforma, pero sin tener que estar sujeta a aquel cepo por el cuello. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, ascendió un tramo de peldaños de madera, y así apareció a la vista de la multitud que la rodeaba, aproximadamente a la altura de los hombros de un hombre que estuviese en la calle.

Si hubiera habido un papista entre la multitud de puritanos, podría haber percibido en esta hermosa mujer, tan llamativa en su manera de vestir y en su semblante, y sujetando al bebé contra su pecho, la viva imagen de la Divina Maternidad, que tantos pintores ilustres han rivalizado por representar: alguien que le recordaría, ciertamente, aunque sólo por el contraste, a aquella sagrada imagen de maternidad libre de pecado, cuyo Hijo iba a redimir el mundo. Aquí se hallaba la mancha del pecado más grave sobre la cualidad más sagrada de la vida humana, y el resultado era que el mundo se aparecía más oscuro ante la belleza de esta mujer, y más perdido a causa de la niña que había tenido.

La escena estaba revestida de cierta solemnidad, como la que debe siempre acompañar a un espectáculo de culpa y vergüenza ajenas, antes de que la sociedad se haya vuelto lo suficientemente corrupta para sonreír, en lugar de sobrecogerse ante el mismo. Los testigos de la desgracia de Hester Prynne aún no habían superado esta simplicidad. Eran lo bastante rudos como para poder contemplar su muerte, si ésta hubiese sido la sentencia, sin murmurar sobre su severidad, pero tampoco tenían la falta de corazón de una clase social diferente, que habría hallado objeto de burla en una exhibición como la presente. Incluso si hubiese habido una predisposición a ridiculizar el asunto, ésta habría sido reprimida y contenida por la solemne presencia de hombres tan dignos como el gobernador, y algunos de sus consejeros, un juez, un general, y los sacerdotes de la ciudad, todos los cuales se hallaban sentados o de pie en un balcón de la casa parroquial, observando la plataforma desde lo alto. Al hallarse allí congregadas personalidades de ese calibre, sin que esto pusiera en evidencia la majestad o reverencia de su rango, podía con toda seguridad deducirse que la sentencia legal iba a ser aplicada de manera enérgica y eficaz. En correspondencia, la multitud permanecía sombría y grave.

La infeliz condenada se mantenía en pie como buenamente podía, bajo la atenta mirada de mil ojos implacables, todos fijados en ella, y concentrados en su seno. Era prácticamente intolerable. Siendo de naturaleza impulsiva y apasionada, se había endurecido para soportar los dardos y las puñaladas envenenadas de la afrenta pública, que se descargaría por medio de todo tipo de insultos; pero había una cualidad tan terrible en la actitud solemne del pueblo, que habría preferido observar aquellos rostros rígidos deformados por una alegría desdeñosa, de la que ella fuese el objeto. Si la multitud hubiese estallado en carcajadas —cada hombre, cada mujer cada niño de voz aguda contribuyendo por su parte— Hester Prynne podría haberles correspondido con una amarga y desdeñosa sonrisa. Pero, bajo la severidad del castigo que estaba condenada a soportar, sentía, por momentos, la necesidad de gritar con todo el poder de sus pulmones, y arrojarse del cadalso al suelo, para no volverse loca.

Había, sin embargo, intervalos en los que toda la escena, en la cual ella desempeñaba el papel más destacado, parecía desvanecerse frente a sus ojos, o, cuando menos, brillaba indistintamente, como si los espectadores fuesen una masa de figuras imperfectas y de imágenes espectrales. Su mente, y en especial su memoria, mantenían una actividad casi sobrenatural, y continuamente se le aparecían escenas diferentes a esta tosca calle en una pequeña ciudad junto al borde de las tierras salvajes del oeste: otros rostros distintos a los que la observaban desde los bordes de aquellos sombreros con forma de chapitel. Se trataba de reminiscencias aparentemente nimias e insignificantes, episodios de su infancia y de sus días de colegio, juegos, peleas infantiles, y de su vida doméstica en sus años de soltería se agolpaban en su mente, entremezclados con recuerdos de todo aquello que revistió gravedad en su vida posterior. Cada imagen era tan vívida como la siguiente, como si todas tuviesen la misma importancia, o todas fuesen igualmente un simple juego.

Posiblemente se tratase de un resorte instintivo de su espíritu para liberarse, mediante la exhibición de estas formas fantasmagóricas, del cruel peso y de la dureza de la realidad.
Sea como fuere, podría decirse que el cadalso de la picota le ofrecía a Hester Prynne un punto de vista desde el que le era revelada toda la senda por la que había ido avanzando desde su feliz infancia. De pie sobre aquel miserable promontorio, contempló de nuevo su aldea natal, en la vieja Inglaterra, y el hogar de sus padres: una casa decaída de piedra gris, con un pobre aspecto, aunque retenía un escudo de armas medio borrado sobre el portal, como prueba de una antigua hidalguía. Vio el rostro de su padre, con su frente determinada, y una venerable barba blanca, que flotaba sobre el anticuado cuello isabelino; el rostro de su madre también, cuyo semblante reflejaba un amor atento y ansioso siempre en sus recuerdos, y el cual, desde el día de su muerte, había a menudo reprendido dulcemente a su hija en su camino. Vio su propio rostro, brillando con su belleza juvenil, e iluminando por dentro el oscuro espejo en el que se le había dado por mirarse. Allí contempló otro semblante, el de un hombre bien entrado en años, el rostro pálido, delgado, de un hombre dedicado a los libros, con los ojos débiles y borrosos por efecto de la lámpara de la que se habían servido para inclinarse sobre muchos libros sesudos. Sin embargo aquella misma mirada borrosa tenía un poder extraño y penetrante, cuando el propósito de su dueño era el de leer el alma humana. Esta figura perteneciente al estudio y al claustro, como la imaginación femenina de Hester Prynne no dejaba de percibir, estaba ligeramente deformada, con el hombro izquierdo un poco más alto que el derecho. A continuación se alzaban ante ella, en aquella galería de la memoria, las avenidas estrechas e intricadas, los altos edificios grises, las enormes catedrales, y los edificios públicos, de construcción antigua y de delicada arquitectura, de una ciudad europea, en la que una nueva vida le había aguardado, todavía en conexión con el erudito deforme: una nueva vida, pero alimentada de materiales gastados por el tiempo, como una mata de musgo sobre un muro derruido. Finalmente, en lugar de estas escenas pasajeras, retornó la tosca plaza del mercado del asentamiento puritano, donde todos los habitantes de la ciudad se habían reunido, y dirigían su severa mirada a Hester Prynne —sí, a ella misma que seguía de pie en el cadalso de la picota, con una niña en sus brazos, ¡y la letra A, en color escarlata, fantásticamente bordada con hilo dorado, sobre su seno!

¿Podía ser cierto? Apretó a la niña tan fieramente contra su pecho que ésta emitió un gritito. Bajó la vista para contemplar la letra escarlata e incluso la tocó con su dedo, para asegurarse de que la criatura y la vergüenza eran reales. ¡Sí! —éstas eran sus realidades— ¡todo lo demás se había desvanecido!

Capítulo 3
El reconocimiento

De esta intensa conciencia de constituir el objeto del severo escrutinio general, la mujer que portaba la letra escarlata se vio liberada al discernir, al fondo de la concurrencia, una figura que se apoderó irresistiblemente de sus pensamientos. Un indio, con su habitual indumentaria, se encontraba allí. Pero los pieles rojas no visitaban las colonias inglesas tan infrecuentemente como para que uno de ellos hubiese atraído la atención de Hester Prynne en un momento como aquel, y mucho menos hasta el punto de excluir cualquier otro asunto o idea de su mente. Al lado del indio, y en términos evidentemente amigables con el mismo, se hallaba un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de ropas civilizadas y salvajes.

Era de pequeña estatura, y tenía el semblante surcado por numerosas arrugas, el cual, sin embargo, difícilmente podría describirse como el de un anciano. Sus rasgos mostraban los signos de una gran inteligencia, como si a fuerza de cultivar sus facultades mentales se hubiese modelado su apariencia física, haciéndose su ingenio manifiesto por medio de señales inequívocas. A pesar de que, debido a la aparentemente descuidada disposición de su heterogénea vestimenta, se había esforzado por ocultar o disimular la peculiaridad, resultaba evidente a los ojos de Hester Prynne que uno de los hombros de este hombre se alzaba más alto que el otro. Una vez más, nada más descubrir aquel rostro delgado, y la ligera deformidad del porte de aquel personaje, estrechó a su criatura contra su seno, con tal convulsión que el pobre bebé profirió otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oírlo.

A su llegada a la plaza del mercado, y desde algún tiempo antes de que ella le viera, el extraño había clavado sus ojos en Hester Prynne. Fue descuidadamente al principio, como si fuera un hombre acostumbrado a mirar mayormente en su interior, y a quien los asuntos ajenos son de poco valor e importancia, a no ser que se relacionen con algún elemento de su mente. Muy pronto, sin embargo, esta mirada se volvió determinada y penetrante. Una expresión de horror se retorcía sobre sus facciones, como si una serpiente se deslizase con rapidez sobre ellas, deteniéndose de cuando en cuando, y exhibiendo todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció por obra de alguna fuerte impresión, la cual, sin embargo, éste controló instantáneamente por un esfuerzo de su voluntad, de modo que, salvo por ese único momento, se diría que su expresión general era de calma. Tras un breve instante, la convulsión se hizo apenas imperceptible, y finalmente se recluyó en las profundidades de su naturaleza. Cuando descubrió los ojos de Hester Prynne clavados en los suyos, y vio que ella parecía reconocerle, lenta y tranquilamente alzó el dedo, hizo un gesto con el mismo en el aire, y lo llevó a sus labios.

Entonces, tocando el hombro de un parroquiano que estaba a su lado, se dirigió a él, de manera formal y cortés:
—Dígame, buen señor —dijo— ¿quién es esa mujer? ¿y por qué motivo se halla aquí expuesta a la vergüenza pública?
—No debe de ser usted de esta región, amigo —respondió el parroquiano, observando con curiosidad al que le hacía la pregunta y a su salvaje compañero— de otro modo habría oído hablar de Hester Prynne y de sus fechorías. Ha causado un gran escándalo, le puedo jurar, en la congregación de nuestro piadoso párroco, el señor Dimmesdale.
—Tenéis razón —replicó el otro—, soy un forastero, y acabo de pasar un tiempo viajando, muy en contra de mi gusto. He sufrido terribles contratiempos por tierra y por mar, y he sido prisionero largo tiempo de las tribus paganas hacia el sur, y ahora he sido traído aquí por este indio, para ser liberado de mi cautividad. ¿Le importaría mucho, por lo tanto, explicarme qué ofensas ha cometido esta mujer, Hester Prynne… si he dicho su nombre correctamente, y qué es lo que la ha traído a aquel cadalso?
—Ciertamente, amigo. Y pienso que debe de ser motivo de satisfacción, después de las dificultades de su estancia en las tierras salvajes —dijo el parroquiano— comprobar que se halla finalmente en una tierra en la que la iniquidad es investigada, y sometida a castigo a los ojos de los gobernantes y del público, como es el caso aquí en nuestra bendita Nueva Inglaterra. Aquella mujer, señor, como usted debe saber, era la mujer de un hombre de ciencia, un inglés, pero que vivió por un tiempo en Amsterdam, desde donde, hace ya algún tiempo, tenía la intención de viajar para asentarse entre nosotros los de Massachussetts. Con este propósito, envió a su esposa, quedándose él allá para ocuparse de ciertos asuntos. Pero el caso es, buen señor, que en estos dos años, o menos, en que la mujer ha habitado aquí en Boston, ninguna noticia ha llegado de este hombre de ciencia, el señor Prynne, y su joven esposa, ya veis, al ser abandonada a su propio criterio…
—Ah, ya veo —dijo el forastero, con una sonrisa amarga—-. Un hombre tan sabio como el que describís debería haber aprendido esto también en sus libros. Y ¿quién, según usted, señor, sería el padre de aquel bebé, que debe de tener tres o cuatro meses, me parece a mí, que las señora Prynne sujeta en sus brazos?
—Verdaderamente, señor, ese asunto es aún un enigma, y el profeta Daniel que lo exponga aún no ha aparecido —respondió el parroquiano—. La señora Hester se niega tajantemente a hablar, y los magistrados han conferido sobre el asunto en vano. Quién sabe si el culpable se halla contemplando este triste espectáculo, sin que le conozcan los hombres, y olvidando que Dios sí le puede ver.
—El hombre de ciencia —observó el forastero con otra sonrisa— debería venir él mismo a investigar este misterio.
—Sería muy apropiado, si aún vive —respondió el parroquiano—. Si bien, buen señor, nuestros magistrados de Massachussetts, considerando que esta mujer es joven y hermosa, y que, sin duda, sufrió una gran tentación, y que, además, como parece lo más probable, su marido probablemente se encuentre en el fondo del mar, no se han atrevido a imponerle nuestra recta ley. La pena por su culpa es la muerte. Pero en su gran misericordia y bondad han condenado a la señora Prynne a permanecer sólo durante un espacio de tres horas en la plataforma del cadalso, y luego, permanentemente, por el resto de su vida natural, a llevar una señal de ignominia sobre su seno.
—¡Una sabia sentencia! —exclamó el forastero, inclinando la cabeza gravemente—. Así ella se convertirá en un sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa sea grabada sobre su lápida. Me molesta, sin embargo, que el cómplice en su iniquidad no deba, al menos, permanecer en el cadalso junto a ella. Pero, ¡ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!

Inclinó la cabeza cortésmente hacia el comunicativo parroquiano, y, tras susurrar unas pocas palabras a su ayudante indio, ambos se abrieron camino entre la multitud.

Mientras esto ocurría, Hester Prynne había permanecido en su pedestal, todavía fijando la mirada en el forastero, una mirada tan fija que, en los momentos de mayor concentración parecía que todos los demás objetos del mundo visible desapareciesen, dejándolos solos a él y a ella. En caso de producirse tal entrevista, probablemente ésta habría sido más terrible incluso que encontrarle ahora del modo en que lo hizo, mientras el caluroso sol del mediodía caía sobre su rostro e iluminaba su vergüenza, con la señal escarlata de su infamia sobre su seno, con la criatura nacida del pecado en sus brazos, con toda aquella gente, atraída como si de un festival se tratase, mirando fijamente la fisonomía que debería haber sido contemplada sólo a la cálida luz de la chimenea, en la feliz reclusión del hogar, o bajo un velo en la iglesia. Horrible como era su situación, sin embargo le proporcionaba un refugio encontrarse en la presencia de estos miles de testigos. Era mejor hallarse así, con tanta gente entre él y ella, que tener que verse cara a cara, los dos solos. Buscó refugio, por así decirlo, en su exposición pública, y temió el momento en el que esta protección le fuese retirada. Sumida en estos pensamientos, apenas percibió una voz tras ella que repetía su nombre, en un tono alto y solemne, que podía ser oído por toda la multitud.
—Óyeme, Hester Prynne —dijo la voz.

Ya se ha mencionado que justo sobre la plataforma en la que se encontraba Hester Prynne había una especie de balcón, o una galería abierta, que partía del edificio parroquial. Era el lugar en el que se hacían las proclamaciones, entre un nutrido grupo de la magistratura, con todo el ceremonial que era propio de tales oficios públicos en aquellos días. En el caso que nos ocupa, el gobernador Bellingham atestiguaba la escena en cuestión, y rodeaban su silla cuatro guardias que portaban alabardas. Llevaba una pluma oscura en el sombrero, una capa con los bordes bordados, y una túnica de terciopelo negro por debajo; se trataba de un caballero de edad avanzada, en cuyas arrugas se había escrito la dura experiencia de su vida. Era un hombre muy a propósito para hallarse al frente de una comunidad que debía su origen y progreso, y el presente estado de su desarrollo, no al impulso de la juventud, sino a las severas y templadas energías de la edad viril y a la sombría sagacidad que reunía tantos logros, precisamente por carecer apenas de imaginación y esperanza. Las otras eminentes personalidades por las que estaba rodeado el mayor dignatario se distinguían por la dignidad en el porte, que correspondía a un período en el que era considerado que las formas de la autoridad poseían la sacralidad de las instituciones divinas. Se trataba, sin lugar a dudas, de hombres buenos, justos y sabios. Pero, de entre el conjunto de la familia humana, no habría resultado fácil seleccionar un número similar de personas sabias y virtuosas, que habrían sido menos capaces de sentarse a juzgar el corazón de una mujer extraviada y de separar en él lo bueno de lo malo, que estos sabios de aspecto rígido hacia los que

Hester Prynne ahora dirigía su rostro. Ella parecía consciente, ciertamente, de que cualquier tipo de simpatía que pudiera esperar se hallaba en los corazones más grandes y cálidos del gentío, pues, mientras alzaba sus ojos hacia el balcón, la infeliz palideció, y tembló.

La voz que había llamado su atención era aquella del famoso y reverendo John Wilson, el clérigo más longevo de Boston, un gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos en la profesión, y además un hombre con un espíritu amable y jovial. Esta última cualidad, sin embargo, estaba menos desarrollada que sus dones intelectuales, y él la contemplaba como un rasgo por el que avergonzarse antes que congratularse. Allí estaba; un borde de pelo rizado entrecano le sobresalía por debajo de la gorra, mientras que sus ojos grises, acostumbrados a las sombras de su despacho, pestañeaban, como los de la criatura de Hester, bajo el sol implacable. Tenía la apariencia de aquellos retratos que aparecía en los oscuros grabados de antiguos volúmenes de sermones, y no tenía mayor derecho que el que cabría suponer a uno de esos retratos para aparecer allí, como lo hacía ahora mismo, y entrometerse en una cuestión de pasión, angustia y culpa humanas.
—Hester Prynne —dijo el clérigo— me he esforzado en compañía de este joven hermano, cuya predicación de la Palabra has tenido el privilegio de escuchar, —en este momento el señor Wilson puso la mano sobre el hombro de un pálido joven que se encontraba a su lado— me he esforzado, como decía, por persuadir a este buen joven de que tratase contigo, aquí, frente a la faz del Cielo, y en presencia de estas sabias y rectas autoridades, y ante los oídos de toda la gente, en referencia a la vileza y negrura de tu pecado. Conocedor de tu temperamento mejor que yo, él podría mejor juzgar qué argumentos emplear, si suaves o terroríficos, de modo que prevaleciesen sobre tu dureza y obcecación, de modo que dejases de ocultar el nombre de aquél que te tentó a caer de esta manera. Pero él me señala, con la suavidad propia de un hombre joven, aunque sea más sabio de lo que sus años señalarían, que no estaría de acuerdo con la propia naturaleza femenina el obligarte a descubrir los secretos de tu corazón a plena luz del día, y en presencia de una multitud tan grande.

Verdaderamente, tal y como me he esforzado en convencerle, la vergüenza se debe hallar en cometer el pecado, y no en mostrarlo. ¿Qué dices sobre esto, una vez más, hermano Dimmesdale? ¿Deberías ser tú, o yo, quien tratase con el alma de esta pobre pecadora?

Se produjo un murmullo entre los dignos y reverendos ocupantes del balcón, y el gobernador Bellingham expresó en voz alta lo que discutían, hablando con una voz firme, aunque templada por el respeto al joven clérigo al que se dirigía.
—Mi buen señor Dimmesdale —dijo él— la responsabilidad del alma de esta mujer recae mayormente sobre vos. Os corresponde, de este modo, exhortarla a que se arrepienta y a que, como prueba y consecuencia de esto, confiese.
La decisión de estas palabras condujo las miradas de toda la multitud hacia el reverendo señor Dimmesdale, un joven clérigo que había llegado de una de las mejores universidades inglesas, trayendo toda la sabiduría de la época a nuestros bosques salvajes. Su elocuencia y su fervor religioso ya le habían hecho eminente en su profesión. Era una persona de apariencia muy llamativa, con una frente blanca y elevada, ojos grandes, marrones y melancólicos, y una boca que, a menos que éste la contrajese por su voluntad, solía parecer temblorosa, lo que expresaba tanto sensibilidad nerviosa como un gran dominio de sí mismo.
Así era el joven que el reverendo Wilson y el gobernador habían presentado al público, al pedirle que se dirigiese, frente a los oídos de todos los allí presentes, a aquel misterio que es el alma de la mujer, tan sagrada incluso cuando se corrompe. Al encontrarse en tal difícil tesitura la sangre desapareció de sus mejillas, y sus labios temblaron.
—¡Háblele a esa mujer, hermano! —dijo el señor Wilson—. Es de gran importancia para su alma, y, por lo tanto, como dice nuestro venerable gobernador, de gran importancia para la tuya, a cuyo cargo está la de ella. ¡Exhórtala a que confiese la verdad!
El reverendo Dimmesdale inclinó la cabeza, en actitud orante, como parecía, y luego dio un paso adelante.
—Hester Prynne —dijo, asomándose al balcón, y mirándola fijamente a los ojos— ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves lo que se espera de mí. Si sientes que traería la paz a tu alma, y que tu castigo terrenal de este modo será más efectivo para tu salvación, ¡te exhorto a que digas el nombre de tu compañero en el pecado y en el sufrimiento! No mantengas el silencio al interpretar erróneamente que le debes compadecer y amar, pues, ciertamente, Hester, aunque tuviese que descender desde una posición prominente para encontrarse junto a ti en tu pedestal de vergüenza, sería mejor esto que ocultar un corazón culpable a lo largo de una vida entera. ¿De qué puede servirle tu silencio, excepto para tentarle, sí, conducirle, por así decirlo, a añadir hipocresía a su pecado? El Cielo te ha concedido que tu ignominia sea pública, para que de este modo puedas triunfar públicamente sobre el mal que tienes dentro y sobre la tristeza que te embarga. ¡Fíjate lo que haces al negarle, a quien, quizás, no tiene el coraje de tomarla por sí mismo, la amarga pero gratificante copa que es presentada a tus labios!

La voz del joven pastor era dulce y trémula, rica, profunda y entrecortada. El sentimiento que manifestaba con tanta evidencia, antes que el significado directo de las palabras, hacían que vibrase en todos los corazones, y produjo en los que le escuchaban una simpatía unánime. Incluso el pobre bebé que Hester sujetaba contra su seno pareció verse afectado por la misma influencia, pues dirigió su mirada, hasta entonces vacante, hacia el señor Dimmesdale, y alzó los bracitos con un murmullo en parte gratificado, en parte quejumbroso. Tan vehemente pareció la argumentación del ministro, que a la gente no le cabía dudar que Hester Prynne diría el nombre del culpable, o que, de otro modo, el mismo culpable, donde quiera que se encontrase, por elevada o humilde que fuese su posición, saldría hacia adelante presa de una necesidad interior inevitable, y ascendería al cadalso.

Hester negó con la cabeza.
—¡Mujer, no transgredas más allá de los límites que marca la misericordia del Cielo! —gritó el reverendo Wilson, en un tono más severo que el adoptado previamente—. Ese bebé ha secundado con su vocecita el consejo que se te ha impartido. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, podría arrancar la letra escarlata de tu seno.
—¡Nunca! —replicó Hester Prynne, fijando los ojos, no en el padre Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven sacerdote—. He sido marcada con ella en lo más profundo de mi ser. No podéis arrancármela. ¡Y ojalá pudiera yo soportar tanto su agonía como la mía!
—¡Habla, mujer! —dijo otra voz, con frialdad y severidad, procedente de la multitud que rodeaba el cadalso—. ¡Habla, y dale un padre a tu hija!
—¡No hablaré! —respondió Hester, volviéndose pálida como la muerte, pero respondiendo a esta voz, que seguramente reconoció—. Y mi niña debe conformarse con su Padre celestial, ¡nunca conocerá uno en la tierra!
—¡No quiere hablar! —murmuró el padre Dimmesdale, el cual, inclinado sobre el balcón, con la mano sobre el corazón, había esperado por el resultado de esta petición. Ahora se apartó, respirando profundamente—. ¡Qué maravillosa la fortaleza y generosidad del corazón de una mujer! ¡No quiere hablar!

Al comprender el resuelto talante de la mente de la pobre culpable, el clérigo de más edad, que se había preparado cuidadosamente para la ocasión, dirigió a la multitud un discurso sobre el pecado en todas sus ramificaciones, pero con especial referencia a la letra ignominiosa. Con tal vigor se explayó en lo concerniente a este símbolo, durante la hora o poco más en que sus elaboradas frases rodaron sobre las cabezas de la gente, que éste asumió nuevos terrores en sus imaginaciones, y hasta les pareció que su tono escarlata procedía de las llamas del hoyo infernal. Hester Prynne, mientras tanto, se mantenía en su lugar sobre el pedestal de la infamia, con los ojos borrosos y un aire de cansina indiferencia. Había sobrellevado aquella mañana todo lo que la naturaleza humana puede soportar, y como su temperamento no era del que escapa de un sufrimiento demasiado intenso desmayándose, su espíritu sólo pudo hallar refugio bajo una insensible corteza pétrea, mientras sus facultades físicas permanecían en funcionamiento. En este estado, la voz del predicador rugió sin tregua, pero sin dar resultado, sobre sus oídos. La niña, durante la última parte de esta prueba, había llenado el aire con sus lloros y gritos. Hester intentaba callarla mecánicamente, aunque de modo ausente. Con las mismas duras formas, fue conducida de vuelta a la prisión, y desapareció de la vista de todos tras el portalón con remaches de hierro. Aquellos que la siguieron con la mirada susurraron que la letra escarlata arrojaba un destello espeluznante a lo largo del oscuro pasillo interior.

un canto a la fantasía y a su pérdida

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Ana María Matute, Paraíso inhabitado, 2008

Adriana, ya desde la perspectiva de lo que parece ser una serena madurez, nos relata la historia de su infancia y de cómo ésta llegó a su fin gracias al rito de iniciación en la vida adulta que supuso su amistad con el Niño de los bucles dorados, el hijo de la bailarina rusa, que vivía con su criado Teo en el piso debajo del terrado. Aislada en su hogar de sus hermanos mayores, ya crecidos, y de sus padres, inmersos en una separación matrimonial, Adri recurre a la riqueza de su mundo interior, frecuentemente alimentado por las historias de las dos criadas, Tata María e Isabel, en la zona “innoble” de la casa, la que tiene el suelo sin encerar, en la que habitualmente pasan su tiempo los miembros del servicio, y que tiene su corazón en la cocina.

Su secreto pasatiempo consiste en escabullirse de la cama por las noches y arrastrarse hasta el salón, donde, refugiada bajo un sofá, intenta descifrar el lenguaje secreto que utilizan los destelleantes cristales de las lámparas, que reflejan la luz de las farolas de la calle. Es allí que un día descubre la huida del Unicornio del tapiz, una noche de otoño de su primera infancia en que oyó crepitar las hojas caídas bajo las pezuñas del Unicornio. “Todavía no había estado aún en un bosque, y, sin embargo, lo presentí…” (p. 16). En los cuentos de Andersen había aprendido que los objetos de la casa despiertan en la noche, y, al abrigo del silencio y de la oscuridad, ella intenta iniciarse en este lenguaje mágico de las cosas.

Para ella es imperioso descubrir este nuevo lenguaje que sustituya al lenguaje tramposo de los adultos, a los que ella llama Gigantes, que se revela como una estafa cuando empieza a ir al colegio y comprueba que la realidad no es como se la habían contado. Su madre y las monjas consideran a su hermana Cristina como el modelo de comportamiento. Pero Adri no quiere ser como las otras personas, sino descubrirse a ella misma, desarrollar su propia originalidad, y de ahí nace su espíritu de rebeldía.

La tía Eduarda, la hermana de mamá, que vive en un viejo castillo en el norte, parece ser la única que es capaz de comprenderla, y la simpatía de Adri hacia su tía crece todavía más cuando ésta le habla de la rama normanda de la familia, a la que, dice, salta a la vista que Adri, que no es como sus hermanos, pertenece.

Pero antes de realizar el tan deseado viaje al castillo de Eduarda en el norte, que su tía le promete, Adri deberá superar una dura enfermedad y entablar una profunda y misteriosa amistad con Gavrila, un niño tan sabio que parece venido de otro mundo, el Niño que vive debajo del piso del terrado, que le promete enseñarle a volar cuando llegue la primavera, y con el que comparte sus primeras horas de felicidad mientras hojean libros de cuentos favoritos como el de «El Rey Cuervo», del que nunca quieren leer el último capítulo.

Mientras ambos van creciendo a pasos agigantados, —y al tiempo que el clima de convivencia en la ciudad se va enrareciendo en lo que son los prolegómenos de la guerra civil española— cuando llega la primavera el Niño cumple su promesa de mostrarle los secretos de la ventana que mira al cielo en la terraza de su casa, pero en la Noche Mágica de San Juan un traumático acontecimiento pondrá el fin definitivo a la infancia de Adri. Es sólo entonces, cuando el espíritu de rebelión aprendido de su amigo Gavrila ya se ha fortalecido en su interior, que Adri habrá crecido lo suficiente para poder viajar finalmente con su tía Eduarda al castillo de ésta en el norte. Pero ésa ya es una historia que, por desgracia, no tiene cabida en este mágico libro.