Lo innombrable

 

hjames short stories2

Una parte de las críticas que recibió The Turn of the Screw, la más famosa historia de fantasmas de Henry James, al ser publicada, reflejó el escándalo moral que suscitó entre algunos de los primeros críticos que la leyeron, que la calificaron como repulsiva, asquerosa y, en el caso de la reseña en el periódico The Independent, como “una afrenta a la más sagrada y dulce fuente de la inocencia humana.” Para estos críticos, el acto de lectura de este relato era moralmente comprometedor para el lector, que no podría evitar hacerse partícipe de la atmósfera de corrupción moral destilada por la simple presencia de los dos infames fantasmas que visitan a la institutriz de la casa de Bly y a los dos niños, Miles y Flora, de diez y ocho años respectivamente, a su cargo.

Especialmente a partir del ensayo de Edmund Wilson, “La ambigüedad en Henry James,” de 1934, que pronuncia el caso de la institutriz como el de un delirio neurótico causado por la pasión insatisfecha por el guardián de los niños, la interpretación de la historia se ha dividido entre los que creen que los fantasmas son fruto de la imaginación de la institutriz y los que otorgan fiabilidad a la realidad de su existencia.

Ciertamente, la institutriz parte con todas las cartas para acabar siendo víctima del delirio. Hija menor de un pastor de Hampshire, con veinte años de edad este es su primer empleo y las dos reuniones con el guardián de los niños suponen sus únicos dos encuentros con un varón deseable con un status reconocido, la posible personificación en su mente de los apuestos galanes de la novela romántica que ha formado parte de la dieta intelectual de la institutriz. El hecho de que el apuesto guardián de los niños establezca como condición primordial no ser molestado en adelante, al tiempo que otorga a la inexperimentada institutriz la autoridad absoluta sobre la casa de Essex en la que viven los niños con la impresionable ama de llaves, Mrs Grose – la institutriz pronto comprende que Mrs Grose será una aliada incapaz de cuestionar su propia voz, que es revestida de todo el peso de la autoridad en Bly – y los demás sirvientes implica que esta establezca desde el principio una concepción un tanto grotesca de su propio papel.

En la casa de Bly se le concede uno de los mejores dormitorios; el ama de llaves Mrs Grose no tiene la capacidad ni la voluntad de ejercer el mando, y el guardián no quiere ser molestado bajo ninguna circunstancia – exenta de cualquier fuente externa de autoridad, la institutriz queda prendada de su propia estación al mando de Bly, y su vocación, especialmente una vez que conoce a los angelicales y misteriosos niños, es la de alcanzar, a través de su papel como institutriz, el rango de heroína.

Es por esto que, al conocer que los niños son visitados por los fantasmas de Peter Quint, un sirviente del guardián que vivió con ellos antes de morir en extrañas circunstancias, y Miss Jessel, su anterior institutriz, sobre quienes recayó una oscura reputación en el pasado, la institutriz decide que la batalla que ha de librar con estos dos espíritus nefastos es una lucha del bien contra el mal por la posesión de las almas de los dos niños.

Henry James es en gran parte de su obra el maestro de lo no-dicho. Parte de su genio reside en que es en la imaginación del lector donde la mayor parte de la acción tiene lugar, pues los silencios, las frases no acabadas, las conclusiones apenas esbozadas sobre cada anécdota, cada idea parcialmente expuesta… constituyen el intangible, etéreo e inasible, pero firmemente trabado armazón de la historia.

The Turn of the Screw, más que una historia de fantasmas, es una historia sobre el silencio, sobre lo que no se puede escribir, sobre lo innombrable. En ella Henry James eleva el silencio a la categoría de un arte. Los dos grandes errores de la institutriz tienen lugar en las ocasiones en las que se atreve a nombrar lo innombrable frente a cada uno de los niños. De esta manera los pierde, y ellos se pierden. Es sólo en el silencio paciente de las frases ambiguas y las acciones aparentemente justificadas que existe un atisbo de esperanza para los niños asediados por el influjo del pecado. Cuando ella quiebra ese silencio, en su afán por derrotar el mal, el orden vital de la casa de Bly se desmorona y la convivencia, la propia vida, se hacen imposibles.

En la villa Diodati

Villa Diodati

Es a Claire Clairmont, obstinada y enamoradiza hermanastra de Mary Shelley, por aquel entonces aún Mary Godwin, a quien hemos de agradecer —si analizamos la concatenación de circunstancias que condujeron a la memorable noche tormentosa de mediados de junio de 1816 en Villa Diodati, en Ginebra, en la que Lord Byron propuso que cada uno escribiese una historia de fantasmas— que Mary Shelley finalmente acabase produciendo la reconocida obra maestra que es su novela Frankenstein.

Claire Clairmont

Tal y como ocurrió, Claire Clairmont, cuyo verdadero nombre era Mary Jane —la hija de Mary Jane Devereux, la mujer con la que William Godwin se casó tras el fallecimiento de Mary Wollstonecraft, la celebrada autora de la Vindicación de los derechos de la mujer—, manifestaba un vivo interés en la gran estrella literaria del momento, que no era otro que Lord Byron, cuya fama se había establecido tras la publicación de los primeros cantos de La peregrinación de Childe Harold, y de alguna manera a finales de marzo de aquel 1816 había conseguido ser recibida en la concurrida residencia londinense de Piccadilly del celebrado poeta. Aunque en fechas posteriores Byron no mantendría el mismo sentimiento, inicialmente fue encandilado por la joven Claire, que tenía una hermosa voz y tocaba el piano y entregó a Byron copias del trabajo de Shelley. Fue así que ella supo que Byron preparaba su partida hacia Ginebra —planeaba pasar por el campo de batalla de Waterloo en su enorme carruaje diseñado a la imagen del de Napoleón— después del escabroso final de su breve matrimonio con Annabella Milbanke. A Claire poco podían escandalizarle los rumores del incesto de Byron con su media hermana Augusta Leigh, que habían empujado a Annabella a abandonar la residencia común, y no podía tolerar perderle de vista ahora que había dado comienzo su relación, así que decidió que debía conseguir que Shelley y Mary se decidiesen a acompañarla en pos del bardo, pues sólo así lograría que Byron accediese a recibirla en Ginebra. Shelley no tenía aún una reputación literaria establecida, pero Byron probablemente había leído su Queen Mab, y además estaba vivamente interesado en conocer a la hija de William Godwin y Mary Wollstonecraft, que había causado un pequeño revuelo en los círculos chismosos del Londres de la Regencia al conocerse que cohabitaba con un poeta casado (el mismo Shelley, que había contraído matrimonio con la hermosa y jovencísima Harriet Westbrook el 29 de agosto de 1811, y a la que había abandonado al conocer a Mary). Claire era muy adepta a imitar, con un éxito bastante cuestionable, los pasos de su hermanastra Mary en la vida: si Mary había conseguido conquistar a un apuesto poeta casado, ¿por qué no iba ella a seducir a Byron y convertirse quizás en su nueva compañera, su amante oficial, quizás la madre de su próximo bebé tras su reciente fracaso matrimonial? Una niña, de hecho, que se llamaría Allegra y nacería en enero del año próximo, fue concebida durante una de aquellas visitas a la mansión de Piccadilly -dicen las malas lenguas que fue la única ocasión en la Byron accedió a tener relaciones con ella-.

Decididamente, para que Byron se la tomase en serio, Claire Clairmont necesitaba utilizar el reclamo de su afinidad familiar con Mary Godwin. Claire preparó el encuentro entre Mary y Lord Byron, que, para su propio regocijo, fue un éxito. Lord Byron partió el 23 de abril en dirección al continente y Shelley y Mary, con su pequeño William y con Claire el 2 de mayo; poco después atravesaban el canal, y tras un accidentado trayecto en carruaje bajo las fuertes tormentas que asolaron la Europa occidental en la primavera de 1816, el llamado “año sin verano,” llegaron a Ginebra. Se registraron en el Hôtel d’Angleterre en Sécheron dos semanas antes de la llegada del propio Byron, a quien Claire aguardaba expectante. El 1 de junio Shelley y Mary alquilaron una casa, la Maison Chapuis en Cologny, hoy desaparecida, en la ribera izquierda del lago Léman, que contaba con su propio embarcadero.

A un viñedo de distancia cuesta arriba estaba la Villa Diodati, una de las mansiones más impresionantes de la ribera, con magníficas vistas sobre el lago y las montañas del Jura, que Byron alquiló el 10 de junio. Eran muchos los turistas que espiaban la Villa Diodati con sus telescopios desde las pensiones de la otra orilla para no perderse un movimiento del bardo y apercibirse de si tenía compañía femenina. Los días transcurrían plácidamente para Mary Godwin entre libros —estaba leyendo La Eneida—, paseos, dibujos y bocetos y excursiones en barca en el lago, siempre que el tiempo de aquel verano fuertemente tormentoso lo permitía. Mary había contratado los servicios de una muchacha local como niñera para el pequeño William, Louise Duvillard, conocida como Elise, e inició una amistad con el acompañante de Byron, el joven y apuesto médico John Polidori —que escribiría tres años después la brillante novela El vampiro inspirada en el relato sin acabar de Byron y que inspiraría a su vez nada menos que el Drácula de Bram Stoker—, que comenzó a enseñarle italiano mediante la lectura de Torquato Tasso y terminó por enamoriscarse de ella. Mientras, Lord Byron ocupaba el tiempo que le quedaba para sí mismo en componer el celebrado tercer canto de El peregrinaje de Childe Harold.

Es probable que entre las conversaciones de los veraneantes, tal y como sugiere Miranda Seymour en su biografía de Mary Shelley (John Murray, 2000), se hubiesen mencionado las conferencias hacía unas semanas del reputado catedrático de anatomía William Lawrence en el Colegio Real de Cirujanos, que se había atrevido a cuestionar la existencia de una base espiritual en la creación de la vida humana. El galvanismo era en aquellas fechas un método científico en boga; la práctica de aplicar pilas voltaicas a los cadáveres de criminales indeseables para tratar de ver si era posible hacerles volver a la vida estaba inspirada en las corrientes de librepensamiento que habían recorrido Europa en el siglo anterior y había surgido fundamentalmente de la publicación del libro de Luigi Galvani sobre la base electromagnética del sistema nervioso y muscular en 1791. De hecho el lago Lemán en sí era todo un referente de la Ilustración, habiendo residido a sus orillas desde Milton a Voltaire, Rousseau y Gibbon.

Según el prefacio de P. B. Shelley a la primera edición de la novela en 1818, la idea de la que surgiría Frankenstein fue inspirada por la lectura una noche tormentosa en la que los residentes de Maison Chapuis tuvieron que pernoctar en Diodati —que pudo haber sido la del 16 o el 17 de junio; los relatos difieren— de la traducción al francés de un volumen de relatos fantásticos alemanes, titulado Fantasmagoriana, ou Recueil d’histoires d’apparitions de spectres, revenants, fantômes, etc uno de los cuales trataba de la reanimación de la cabeza de un cadáver. A raíz de esta lectura, Lord Byron hizo aquella noche su famosa propuesta de que cada uno de ellos escribiese su propia historia de fantasmas. En la tercera edición de Frankenstein en 1831, Mary ahondaría en la génesis de la historia de su novela. Según explicó, inicialmente todos habían comenzado sus historias menos ella. El día siguiente volvieron a reunirse en torno a la chimenea a las doce de la noche para hablar de fantasmas, y es bien conocido que Byron consiguió aterrorizar a Shelley con su lectura del diabólico poema “Christabel” de Coleridge, quizás despertando en él cierto sentimiento de culpa por haber abandonado a Harriet por Mary. Según Mary, día tras día le preguntaban burlonamente: “¿Ya se te ha ocurrido una historia?” a lo que ella tenía que responder con una negativa. Sin embargo a lo largo de aquellas vacaciones Byron y Shelley mantuvieron arduas discusiones sobre temas diversos aunque extrañamente interconectados: el panteísmo de Wordsworth y el fundamento del “principio de la vida,” esto es, especulaciones sobre las posibilidades científicas de generar vida humana, a las que ella asistía, como “convidada de piedra,” sin tomar parte —era conocido que Byron, aunque apreciaba a Mary, detestaba a las mujeres intelectuales—.

Después de escucharles hablar una noche Mary se fue a dormir, pero no podía conciliar el sueño. Su imaginación volaba más veloz que su pensamiento y una serie de imágenes se sucedían vivamente ante su mente. A la mañana siguiente anunció a sus amigos que había alumbrado una historia. Justamente aquella mañana, el 22 de junio, Byron y Shelley iban a salir a recorrer el perímetro del lago en su barca para visitar los escenarios de la famosa novela de Rousseau La nueva Eloísa, y ella se sentó en su mesa de trabajo y comenzó a escribir las palabras que abren el capítulo IV de la novela (capítulo 7 en la reciente edición de Austral traducida por José C. Vales: “Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre…” y se dispuso a narrar su ensoñaciones de la noche. Cuando Shelley regresó el 30 de junio recibió una impresión muy favorable de su esfuerzo literario y la animó a seguir adelante.

A finales de julio Shelley y Mary, acompañados de Claire, hicieron un viaje por los Alpes, recalando en Chamonix, a los pies del Mont Blanc; la impresionante geografía helada del glaciar de Mer de Glâce inspiraría una escena crucial en Frankenstein en la que el doctor se ve obligado a confrontar a su creación, que le narra los horrores de su vida y le pide una compañera. A partir de ahí, tras el regreso a Maison Chapuis varios elementos —como la incorporación del relato del capitán Robert Walton o la impresión causada por los relatos que Matthew Lewis, el autor de la novela de terror escatológico El monje, que se acercó para visitar a Byron a mediados de agosto, trajo de sus plantaciones de esclavos en Jamaica— debieron conjugarse con el tiempo y la progresiva maduración de la mente creativa de la joven Mary para que ésta produjese, finalmente asentada en Bath con Claire a su regreso a Inglaterra a finales del verano, regreso motivado por cuestiones económicas y el creciente embarazo de Claire, la obra maestra, preclara anticipación del género de ciencia ficción y portadora de una honda riqueza interpretativa, por la que Mary Shelley es mundialmente celebrada y reconocida en la actualidad.

Licencia de Creative Commons
En la villa Diodati by Lorena Vázquez Porto is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

 

Mi traducción de “El sueño,” un bello relato de Mary Shelley

Mary Godwin01

EL SUEÑO

El tiempo en el que tuvo lugar la pequeña leyenda que voy a narrar fue aquél del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya accesión al trono y conversión, aunque trajeron la paz al reino, no fueron suficientes para hacer cicatrizar las profundas heridas que los dos bandos enemigos se habían infligido mutuamente. Feudos privados y el vivo recuerdo de afrentas mortales subsistían entre aquellos que ahora parecían unidos; y no era infrecuente que las manos que se apretaban en lo que parecía un saludo amistoso, involuntariamente aferrasen, en el momento de separarse, la empuñadura del estilete, como si se tratase de un portavoz más adecuado de sus pasiones que las palabras corteses que habían acabado de pronunciar sus labios. Muchos de los católicos más acérrimos se retiraron a las distantes provincias de que provenían, y mientras ocultaban en la soledad su resentimiento, con no menor avidez aguardaban el día en que pudieran manifestarlo abiertamente.

En un gran castillo fortificado construido en una escarpada colina sobre el río Loire, no lejos de la ciudad de Nantes, habitaba la última descendiente de su linaje, y la heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había pasado el año anterior en la más completa soledad en su apartada morada, y el luto que lucía por su padre y sus dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era la apropiada razón por la que no formaba parte de la vida de la corte, participando de sus celebraciones. Pero la condesa huérfana había heredado un reputado título e innumerables tierras, y pronto se le hizo saber que el Rey, su guardián, deseaba que ella las entregase, junto con su mano, a algún noble cuya heredad y méritos le hiciesen merecedor de ello. Constanza, por toda respuesta, expresó su intención de tomar los hábitos y retirarse a un convento. El Rey enérgica y resueltamente lo prohibió, creyendo que tal idea era el resultado de una sensibilidad agitada por la tristeza, y confiando en su esperanza de que, transcurrido un tiempo, el apasionado espíritu de la juventud atravesaría esta nube pasajera.

Había transcurrido un año, y aún la condesa persistía en su empeño, así que finalmente Enrique, poco deseoso de forzar su voluntad —deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que conducían a una muchacha tan hermosa, joven y a quien la fortuna había concedido tantos talentos, a desear enterrarse en un convento— anunció su intención, ahora que el tiempo del luto había acabado, de visitarla en su castillo; y, señaló el monarca, si no traía consigo suficientes persuasiones para conducirla a cambiar su propósito, daría su consentimiento a que lo cumpliera.

Constanza había pasado muchas horas tristes, días llenos de lágrimas y noches agitadas por sus penas. Había cerrado las puertas de su castillo y, como Lady Olivia en Twelfth Night, se había abocado a llorar en soledad. Como era su propia dueña, con facilidad pudo silenciar los ruegos y reproches de quienes la servían, y alimentó su desgracia como si se tratase del objeto de su amor. Pero ésta era demasiado insistente, amarga y ardiente para ser una invitada favorecida. Lo cierto era que Constanza, joven, apasionada y vivaracha, se enfrentaba a ella, se debatía y ansiaba desecharla. Pero todo aquello que parecía alegre por sí mismo, o hermoso en apariencia, sólo servía para renovar su pesar, y sólo podía sobrellevar el peso de su tristeza haciendo uso de la paciencia, cuando, rindiéndose ante ella, dejaba que la oprimiese pero sin llegar a torturarla.

Constanza había dejado el castillo para vagabundear por los prados colindantes. A pesar de que sus aposentos eran altos y amplios, se sentía oprimida dentro de sus muros, bajo sus abigarrados tejados. El cielo azul, las tierras que se extendían hacia lo alto y el antiguo bosque, que ella asociaba con cada uno de los tan estimados recuerdos de su vida anterior, la incitaban a pasar horas y días bajo sus umbrosos techos. El movimiento y el cambio que se sucedían eternamente, mientras el viento se colaba entre las ramas, o el sol en su viaje hacía llover sus rayos a través de ellas, la calmaban y la liberaban de aquella monótona tristeza que le oprimía el corazón con una punzada tan implacable bajo el tejado de su castillo.

Había un lugar al borde del bosque, un rincón particular desde el que podía discernir todo el campo que se extendía a lo lejos, pero que al mismo tiempo estaba espesamente poblado con altos árboles que daban abundante sombra —un lugar al que había jurado no volver, pero al que inconscientemente sus pasos siempre la conducían, y adonde en este momento de nuevo, por la vigésima vez en aquel día, había llegado sin darse cuenta. Se sentó sobre un montículo de hierba, y observó con añoranza las flores que ella misma había plantado para adornar aquel recoveco reverdecido —su templo a los recuerdos de su amor. Sostenía la carta del Rey que había sido responsable de tanta desesperación. El abatimiento se había asentado en sus rasgos, y su frágil corazón le preguntaba al destino por qué, tan joven, vulnerable y abandonada, tenía ella que enfrentarse a esta nueva fatalidad.

—Lo único que pido —pensaba— es vivir en la propiedad de mi padre, en el lugar que me es conocido desde la infancia, para regar con mis innumerables lágrimas las tumbas de aquellos que amé, y aquí en estos bosques, donde alumbré un sueño de amor tan imposible, ¡seguir celebrando por siempre las exequias de la Esperanza!

El crujir de las ramas llegó a sus oídos — su corazón latió con fuerza — y luego todo se quedó en silencio.

—¡Qué tonta soy! —murmuró—. Víctima de mis propias imaginaciones: porque fue aquí que nos conocimos, porque sentada aquí le he esperado, y sonidos como estos han anunciado, su ansiada llegada, así que ahora cada liebre que corre y cada pájaro que hace despertar al silencio, me recuerdan a él. Oh Gaspar, que un día fuiste mío, ¡nunca jamás se alegrará este rincón con tu presencia, nunca jamás!

De nuevo los arbustos se agitaron, y se oyeron pisadas en el matorral. Se levantó, su corazón latía impetuosamente, debía de ser aquella tonta de Manon, con sus  impertinentes súplicas para que regresase al castillo. Pero las pisadas eran más firmes y lentas que las de su criada, y en un momento discernió al intruso emergiendo de la sombra. Su primer impulso fue el de huir… pero verle una vez más, oír su voz… una vez más antes de establecer un juramento eterno entre amos, verse juntos, y cubrir el gran abismo que había creado la ausencia, no podría dañar a los muertos, y aliviaría la tristeza fatal que hacía palidecer de tal manera su mejilla.

Y ahora él se hallaba frente a ella, el mismo amado con quien había intercambiado juramentos de fidelidad. Él, como ella, parecía triste. Y tampoco pudo ella resistir la mirada suplicante que le solicitaba que se quedase allí un momento.

—He venido hasta aquí, señora —dijo el joven caballero— sin la esperanza de poder torcer vuestra inflexible voluntad. Vengo tan sólo para veros una vez más, y para despedirme antes de viajar a la Tierra Prometida. Vengo a suplicaros que no os encerréis en un oscuro convento para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien no veréis más. ¡Tanto si muero como si vivo en Palestina, Francia y yo nos hemos separado para siempre!

—¡Palestina! —exclamó Constanza—. Sería algo temible, si fuese verdad, pero el rey Enrique nunca permitiría que se perdiera así su caballero favorito. El trono por el que luchasteis, debéis guardar. Os imploro, si alguna vez he tenido alguna influencia en vuestros pensamientos, que no vayáis a Palestina.

—Una palabra vuestra podría detenerme, tan sólo una sonrisa, Constanza —y el joven admirador se inclinó ante ella; pero la determinación de ella regresó al contemplar una escena anteriormente tan querida y familiar, ahora tan extraña y tan prohibida.

—¡No os detengáis aquí por más tiempo! —gritó—. Vuestras no serán ya más mis sonrisas ni mis palabras. ¿Por qué habéis venido hasta aquí, aquí, donde se pasean los espíritus de los muertos, sintiendo que este rincón umbroso les pertenece, y por lo tanto han de maldecir a la falsa muchacha que permite que su asesino perturbe su reposo sagrado?

—Cuando el amor era joven y vos erais dócil —respondió el caballero— me enseñasteis a pasearme por los recovecos de estos bosques. Me recibíais en este amado rincón, donde una vez jurasteis ser sólo mía, justo debajo de estos antiguos árboles.

—Fue un malvado pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y ha sido duramente castigado!

Sus palabras infundieron nuevos ánimos al joven caballero, quien aún así no se atrevió a moverse, por menos que ella, quien a cada momento parecía dispuesta a emprender el vuelo, fuese perturbada en aquel momento de tranquilidad. Pero respondió lentamente:

—Aquellos eran días felices, Constanza, llenos de terror y de un gozo profundo, cuando al anochecer llegaba yo rendido a vuestros pies, y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera particular de aquel castillo ceñudo, este recodo sombreado sobre el que brillaban las estrellas era el altar del amor.

—¿Días felices? ¡Días miserables! —replicó Constanza. Aquellos en que imaginé que algo bueno podría resultar de no cumplir mi obligación, y que Dios recompensaría la desobediencia. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un océano de sangre nos divide por siempre! ¡No os acerquéis a mí! Aquellos seres amados que han muerto se interponen en este momento entre nosotros: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, ¡y me amenazan por prestar oído a su asesino!

—¡No soy tal! —exclamó el joven. Mirad, Constanza, somos cada uno de nosotros los últimos miembros de nuestro linaje. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos solos. No era así cuando por primera vez nos amamos, y cuando mi padre, mi pariente, mi hermano… ¡qué digo! ¡incluso cuando mi propia madre profería maldiciones contra la casa de Villeneuve, yo, a pesar de todo, la bendecía! Te veía a ti, querida mía, y la bendecía. El Dios de la paz plantó el amor en nuestros corazones, y en medio del misterio y del secreto nos encontramos muchas noches de verano en los valles iluminados por la luna, y cuando lucía la luz del día en todas partes, volábamos a este dulce recodo para escapar de su escrutinio, y aquí, en este mismo lugar en el que yo ahora me arrodillo para suplicaros, ambos nos arrodillamos y nos prometimos el uno al otro. ¿Incumpliremos nuestros votos?

Constanza lloraba mientras su amante recreaba las escenas de horas felices.

—Nunca —exclamó. ¡Nunca jamás! Tú sabes, o conocerás pronto, Gaspar, la fe y los propósitos de aquella que no se atreverá a ser vuestra. ¿Nos correspondía hablar del amor y de la felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre rugían en torno nuestro? Las flores fugaces que  nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas al encuentro mortal con sus enemigos. Mi padre murió por la acción del vuestro, y poco importa saber si, como mi hermano me juró, y vos negáis, vuestra mano asestó o no asestó el golpe que acabó con él. Vos luchabais con aquellos que le mataron. No digáis más, si quiera otra palabra: es impiedad que las almas infelices de los muertos os oigan. Idos, Gaspar, olvidadme. Vuestra carrera será gloriosa bajo el cuidado del caballeroso y galante rey Enrique, y una hermosa chica escuchará, como yo hice una vez, vuestras promesas, que la harán feliz. ¡Adiós! ¡Que os bendiga la Virgen! En la celda de mi monacal hogar no olvidaré la mejor lección cristiana: la de rezar por nuestros enemigos. ¡Gaspar, adiós!

Se alejó rápidamente de aquel recodo. Con pasos presurosos recorrió el claro en dirección al castillo. Una vez que se halló bajo la protección de sus propias habitaciones dejó que estallase la explosión de dolor que rasgaba su dulce pecho como una tempestad. Pues la suya era aquel peor tipo de tristeza que daña los recuerdos de felicidad, uniendo el amor a lo que se presume es la culpa en una sociedad tan temida como aquella a que da lugar el tirano cuando ata a un hombre vivo a un cadáver. Repentinamente un pensamiento le asaltó la mente. Al principio quiso rechazarlo por parecerle pueril y supersticioso, pero parecía no querer irse. Llamó rápidamente a su criada.

—Manon —le dijo­—. ¿Habéis dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon hizo la señal de la cruz.

—¡Santo cielo! Nadie lo ha hecho, desde que tengo uso de razón, excepto dos mujeres: una calló al río Loire y se ahogó; la otra solamente miró el estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir palabra. Es un lugar temible, ¡y si aquella muchacha que pretende hacer votos no ha conducido su vida de manera piadosa, mala será la hora en que deje descansar su cabeza sobre la piedra sagrada!

Constanza también se santiguó.

—En lo que se refiere a nuestras vidas, es solamente a través del Señor y de los santos que alguno de nosotros puede esperar que sean merecedoras. Dormiré en ese lecho mañana por la noche, y si, como he oído, es cierto que la santa se digna a aconsejar a quien va allí a hacerle votos en sus sueños, ella me guiará, y así, conociendo que actúo de acuerdo con los dictados del Cielo, ¡me resignaré incluso a lo peor!

El Rey iba de camino a Nantes desde París, y pasó esta noche en un castillo que sólo distaba unas millas. Antes del amanecer un joven caballero fue introducido en sus aposentos. El caballero tenía el aire serio, quizás deberíamos decir pesaroso, y aunque era hermoso en sus rasgos y en sus proporciones, su aspecto era cansado y ojeroso. Guardó silencio en la presencia del rey Enrique, quien, atento y alegre, dirigió sus vivos ojos azules a su invitado, preguntando con suavidad:

—¿Así que se ha mantenido obstinada, Gaspar?

—Se ha mantenido resuelta a garantizar la miseria de ambos. Aún así, mi señor, no es, créame, la menor de mis penas, el que Constanza sacrifique su propia felicidad al tiempo que destruye la mía.

—¿Y creéis que dirá que no al gallardo caballero que yo mismo le presente?

—¡Oh, mi señor, no penséis eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente vuestra generosa condescendencia. Pero aquella a quien no pudo persuadir la voz de su amado en soledad, mientras los recuerdos y la soledad de los amantes contribuían al hechizo, resistirá incluso las órdenes de Su Majestad. Está empeñada en encerrarse en un convento, y yo, si es de vuestro agrado, me marcharé ahora: desde ahora soy un soldado de la cruz, y moriré en Palestina.

—Gaspar —dijo el monarca— conozco a las mujeres mejor que tú. No la conseguirás ni mediante la sumisión ni los ruegos lacrimosos. Es natural que la muerte de sus familiares haya afectado tanto el corazón de la joven condesa, quien, al alimentar en soledad sus lamentos y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión. Dejad que lleguen a ella las voces de este mundo, la voz del poder y la del sentimiento en conjunción; la primera voz imperiosa, la otra suplicante, de modo que ambas resuenen en su propio corazón, y por mi palabra y la Sagrada Cruz ella será vuestra. Mantengamos nuestro plan. Y ahora cabalguemos: la mañana avanza y el sol se ha levantado.

El Rey llegó hasta el palacio del obispo, y procedió a oír misa en la catedral. Una cena suntuosa tuvo lugar a continuación, y ya era la tarde cuando el monarca prosiguió a través de la ciudad junto al río Loire hacia donde, un poco más arriba de Nantes, el Chateau Villeneuve se erigía. La joven condesa le recibió a la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla blanqueada por la desgracia, el aspecto de triste desesperación que le habían indicado que debería esperar. Su mejilla estaba sonrojada, su manera animada, su voz era apenas trémula.

—Ella no le ama —pensó Henry— o, de otro modo, su corazón ya ha consentido.

Se preparó un almuerzo para el monarca, y tras un momento de inseguridad, provocado por la alegría del aspecto de ella, éste mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y respondió con mucha rapidez:

—Mañana, mi buen señor, pido que me dé tiempo hasta mañana. Todo se decidirá entonces. Mañana he prometido a Dios… o…

Parecía confundida, y el Rey, a un tiempo sorprendido y gratificado, dijo:

—Entonces no odiáis al joven de Vaudemont. Le perdonáis que la sangre enemiga corra por sus venas.

—Se nos enseña que debemos perdonar y amar a nuestros enemigos —la condesa respondió con cierta agitación.

—Ciertamente, por San Denis, esa respuesta es adecuada para un simplón —dijo el Rey, riendo—. ¡Qué veo! ¡Mi fiel sirviente, Don Apolo disfrazado, acercaos, y agradecedle a la señorita su amor!

Así disfrazado el caballero se había quedado atrás oculto a todos, contemplando con infinita sorpresa el comportamiento y la tranquila expresión de la señorita. No podía escuchar sus palabras, pero ¿era ésta aquélla que él había visto temblando y llorando la tarde anterior? ¿Era ésta aquélla cuyo propio corazón estaba dividido por pasiones encontradas, que veía los pálidos fantasmas de su padre y de sus familiares anteponerse entre ella y el amante a quien adoraba más que a la vida misma? Era un misterio difícil de resolver. La llamada del Rey se correspondía perfectamente con su propia impaciencia, y dio un paso adelante. Se arrodilló a sus pies, mientras ella, aún víctima de la pasión, que se había exacerbado por la actitud tranquila que había adoptado, lanzó un grito al reconocerle, y se desmayó sin sentido sobre el suelo.

Era difícil de comprender lo que le ocurría. Incluso después de que sus criados la reanimasen, se desmayó de nuevo, y luego lloró copiosamente, mientras el monarca, que esperaba en el salón mirando de reojo el almuerzo a medio comer y canturreando un romance que conmemoraba la debilidad de la mujer, no sabía cómo responder a la mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente el criado de mayor rango se acercó con una disculpa, diciendo que la señorita estaba indispuesta, muy indispuesta, y que al día siguiente se arrojaría a los pies de Su Alteza, para solicitar su perdón, y comunicarle su intención.

—¿Mañana? ¿De nuevo mañana? ¿Acaso el día de mañana traerá consigo un encantamiento, doncella? —dijo el Rey—. ¿Podríais resolver el misterio, hermosa? ¿Cuál es el extraño cuento que le pertenece al día de mañana, ya que todo depende de su llegada?

Manon enrojeció, dirigió la vista al suelo, y dudó. Pero Enrique no estaba iniciado en el arte de persuadir a las criadas para que revelasen las intenciones de sus señoras. Manon estaba, además, asustada ante el plan de la condesa, que ésta persistía obstinadamente en llevar a cabo, así que se sentiría fácilmente inducida a descubrirlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, acostarse en un estrecho saliente de la roca sobre las profundas y rápidas aguas del Loire, y si, como era más probable, la desafortunada soñadora lograba no caerse al río, interpretar las inquietantes visiones que un sueño tan perturbado habría de producir por el dictado del Cielo, era una locura de la que incluso el propio Enrique no podría creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podría Constanza, ella cuya belleza era tan marcadamente intelectual, y las alabanzas de cuya entereza y talentos él había escuchado perpetuamente… podría ella engañarse a sí misma de una manera tan extraña? ¿Puede la pasión burlarse así de nosotros? ¿Puede como la muerte hacer descender al mismo nivel incluso a la aristocracia del alma, subyugando al noble y al campesino, al sabio y al necio? Era extraño —pero ella debía cumplir su propósito. Al menos ella no estaba segura de qué decisión tomar, y era de esperar que Santa Catalina no jugaría su papel con malas intenciones. En caso contrario, un propósito que hubiese sido modificado por un sueño podría asimismo ser influenciado por otros pensamientos en los días posteriores. En lo que respectaba al tipo de peligro más material, habría que ingeniar algún tipo de salvaguarda.

No hay un sentimiento más terrible que aquel que invade a un frágil corazón humano empeñado en gratificar los ingobernables impulsos que contradicen a los dictados de su conciencia. Los placeres prohibidos son considerados los más apetecibles. Quizás sea así en el caso de aquellas naturalezas más rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la competición, aquellos que se sienten felices en un altercado, y dichosos ante el conflicto de la pasión. Pero el gentil espíritu de Constanza era más dulce y más delicado, y la contienda entre el amor y la obligación oprimían y torturaban su pobre corazón. Subordinar su comportamiento a las inspiraciones de la religión, o, por así decirlo, de la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que amenazaban su empresa le conferían un atractivo añadido; era una felicidad arriesgarse por él, la misma dificultad del camino que conducía a la consecución de sus deseos al mismo tiempo gratificaba su amor y distraía sus pensamientos de su agonía. O si era decretado que debía sacrificarse, el riesgo del peligro y de la muerte serían de poca importancia en comparación con la angustia que entonces le habría sido adjudicada para siempre.

La noche amenazaba con ser tormentosa, el viento imperioso sacudía los cristales de las ventanas, y los árboles agitaban sus enormes brazos umbrosos, como unos gigantes harían en una danza fantástica o en una reyerta mortal. Constanza y Manon, en soledad, abandonaron el castillo por una puerta trasera, y comenzaron a descender por la colina. La luna aún no se había levantado, y aunque ambas conocían el camino, Manon tambaleándose y temblando, mientras que la condesa, envuelta en su manto de seda, subía con paso firme por la ladera de la montaña.  Llegaron a la orilla del río, donde estaba amarrada una pequeña barca, y un hombre esperaba. Constanza se introdujo con delicadeza en la barca, y luego ayudó a subir a su temerosa acompañante. En  unos breves instantes estaban en medio de la corriente. El cálido, tempestuoso y animado viento equinoccial soplaba sobre ellos. Por primera vez desde que enlutase, un ramalazo de placer hinchó el pecho de Constanza. Ella recibió la emoción con una alegría doble. “No puede ser,” pensó, “que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. No puedo amar nunca a otro. Me moriré si me tengo que separar de él, y este corazón, estos miembros, tan despiertos a sensaciones ardientes, ¿pueden estar predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla imperiosamente en su interior. Viviré para amar. ¿Acaso no aman todas las cosas — el viento al tiempo que susurra a las aguas veloces, las aguas al tiempo que besan las orillas llenas de flores y se apresuran para mezclarse con el mar? El Cielo y la tierra son sostenidos por, y viven a través del amor. ¿Será Constanza únicamente, cuyo corazón ha sido siempre un profundo pozo del que surge, desbordándose, el afecto sincero, quien se vea obligada a colocar una piedra sobre la fuente para taponarla por siempre?

Estos pensamientos seguramente conducirían a sueños agradables, y quizás la condesa, adepta a la ciencia del dios ciego, por este motivo los consentía de buena gana. Pero en este momento en que la absorbían estas dulces emociones, Manon la tomó del brazo.

—Señora, mirad —gritó. Se acerca pero los remos no hacen ruido. ¡Que nos proteja la Virgen! ¡Ojalá estuviésemos en casa!

Una negra barca surcó las aguas a su lado. Cuatro remadores, vestidos con túnicas negras, empujaban unos remos que, como había señalado Manon, no emitían ningún sonido. Otro reposaba frente al timón. Como los otros, su persona estaba velada por un manto oscuro, pero no llevaba cubierta la cabeza, y aunque su rostro no se dirigía hacia ellas, Constanza reconoció en él a su amado.

—¡Gaspar! ­—gritó—. ¿Estás vivo?

Pero la figura del barco ni volvió la cabeza ni respondió, y pronto se había perdido entre las sombras que rodeaban a las aguas.

¡Qué diferentes fueron ahora las ensoñaciones de la bella condesa! Ya el Cielo había comenzado su sortilegio, y formas no terrenales las rodeaban, las cuales descubría al fijar la vista a través de la penumbra. En un momento vio y dejó de ver la barcaza que había ocasionado su terror, y ahora parecía que había otra allí, en la que estaban los espíritus de los muertos, y su padre agitaba el brazo para saludarla desde la orilla, y sus hermanos le fruncían el ceño.

Entretanto habían llegado a su destino. La barcaza se amarró en una pequeña cala, y Constanza saltó a la orilla. En este momento tembló, y casi cedió a los ruegos de Manon de que regresasen, hasta que la poco avispada criada mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que ella debía dar al día siguiente. ¿Qué respuesta daría, si regresaba ahora?

Así que se apresuró y subió por el terreno irregular de la orilla, y luego la cruzó, hasta que llegó a una colina que colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba oscuro — salvo por una pequeña lámpara, que, levemente agitada por el viento, parpadeaba débilmente en frente de la figura de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron, oraron, y luego, levantándose, con un acento alegre la condesa dio las buenas noches a su sirvienta. Abrió una pequeña puerta de hierro que daba a una estrecha caverna. El rugido de las aguas se oía a lo lejos.

—No debes seguirme, mi pobre Manon —dijo Constanza— ni aunque mucho lo desees. Esta aventura tengo que vivirla yo sola.

Parecía poco justo dejar a la temblorosa criada sola en la capilla, que no podía ser consolada ni por la esperanza ni por el miedo, el amor o la desgracia; sin embargo, en aquellos tiempos, los escuderos y las damas de compañía a menudo jugaban el papel de subalternos en la armada, recibiendo golpes y ninguna fama. Además, Manon estaba a salvo en territorio sagrado. La condesa mientras tanto siguió su camino, tanteando en la oscuridad a través del estrecho y tortuoso pasaje. Finalmente lo que parecía un haz de luz brilló ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Llegó a una caverna abierta que colgaba en el lado de la colina, sobre la veloz corriente del río. Escudriñó la noche. Las aguas del Loire discurrían veloces, como desde aquel día han seguido discurriendo — siempre distintas, pero las mismas. El cielo estaba espesamente cubierto con nubes, y el viento entre los árboles evocaba un sonido tan lastimero y ominoso como si se agolpase en torno a la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y observó el que iba a ser su lecho — un estrecho saliente de tierra y piedra cubierta de musgo que bordeaba el precipicio. Se desprendió del manto —era ésta una de las condiciones del sortilegio, inclinó la cabeza y deshizo las trenzas de su negra cabellera. Se descalzó los pies, y así, preparada para sufrir de la manera más aguda el frío de la noche, se estiró en el estrecho lecho que apenas le confería suficiente espacio para reposar, y desde donde, si se movía en sueños, caería a las frías aguas que discurrían por debajo.

Al principio le parecía que nunca iba a ser capaz de quedarse dormida. No era extraño que su exposición a las olas y su peligrosa postura impidiesen que sus pestañas se cerrasen. Finalmente cayó en una suerte de ensoñación tan suave y tranquila que no deseaba caer en el sueño. Pero luego poco a poco sus sentidos se empezaron a nublar, y en un momento estaba en el lecho de Santa Catalina, mientras el Loira corría bajo ella y los vientos salvajes pasaban en torno suyo, y al momento siguiente… ¿dónde se hallaba? ¿qué sueños envió la santa? ¿la conducirían a la desesperación o la conminarían a ser feliz para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la negra corriente, un hombre vigilaba, preso de mil miedos y apenas atreviéndose a esperar nada bueno. Había sido su intención llegar antes que la joven, pero cuando se dio cuenta de que había malgastado su tiempo, hizo envolver los remos en una tela para apaciguar su sonido y sin perder un segundo había sobrepasado la barca en la que iba su Constanza, sin ni siquiera girarse al ser llamado, temeroso de enfadarla, y de que le ordenase regresar. La había visto aparecer por el pasadizo, y había temblado cuando ella se inclinó sobre el precipicio. La vio avanzar, vestida como iba de blanco, y pudo distinguirla al yacer ella sobre aquel borde que sobresalía en lo alto. ¡Qué vigilia pasaron los dos amantes! Ella entregada a pensamientos visionarios, y él sabiendo —y la consciencia de ello sacudía su pecho con una extraña emoción— que sólo el amor, y de hecho el amor por él, la había conducido a aquel peligroso lecho, y que mientras todo tipo de peligros la rodeaban, ella solamente se preocupaba por atender a una pequeña y queda voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a decidir los destinos de ambos. Ella quizás dormía —pero él permanecía despierto y la observaba, y la noche pasó, mientras él ahora oraba, ahora caía en un trance producido por la alternancia de la esperanza y el miedo, hallándose sentado en su barca con los ojos fijos en el blanco atuendo de la que dormitaba allá en lo alto.

Se hizo la mañana… ¿era la mañana lo que luchaba por abrirse camino entre las nubes? ¿Llegaría la mañana algún día para despertarla? ¿Y acaso había dormido? ¿Y qué sueños de buena o mala fortuna la habían asaltado? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que siguieran esperando mientras él avanzaba con la intención de escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, más aún, de la imposibilidad del intento. Él se asió al rostro rugoso de la colina, consiguiendo encontrar apoyo para sus pies donde parecía no haberlo. La pendiente, efectivamente, no era marcada; los peligros del lecho de Santa Catalina consistían en la probabilidad de que alguien que se acostase en un lecho tan estrecho se precipitaría sobre las aguas. Gaspar continuó ascendiendo trabajosamente, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cumbre. Con la ayuda de sus ramas, consiguió incorporarse en un extremo del saliente, cerca de la almohada sobre la que descansaba la cabeza descubierta de su amada. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, su cabello oscuro caía en torno a su garganta y acariciaba sus mejillas, su rostro permanecía sereno. El sueño se hallaba allí en toda su inocencia y en toda su vulnerabilidad. Las salvajes emociones se habían amortiguado, y su pecho se alzaba al compás de una respiración regular. Pudo ver cómo el corazón de ella latía al elevar las hermosas manos que se cruzaban sobre el mismo. Ninguna estatua labrada en mármol para construir una efigie monumental podría parecer la mitad de hermosa, y dentro de aquella forma insuperable habitaba el alma más pura, tierna, devota y afectuosa que hubiese alguna vez infundido su calor a un pecho humano.

¡Con qué profunda pasión la observó Gaspar, albergando esperanzas de la placidez de su angelical expresión! Una sonrisa coronaba sus labios, y él también sonrió involuntariamente, mientras recibía estos felices augurios, cuando de pronto la mejilla de ella enrojeció, su pecho se agitó, una lágrima cayó de sus negras pestañas, y luego una multitud de ellas, al alzarse ella gritando: “¡No, no dejaré que muera! ¡Desharé sus cadenas! ¡Le salvaré!” La mano de Gaspar se hallaba junto a ella y sujetó el ligero cuerpo cuando iba a caer del peligroso lecho. Ella abrió los ojos y descubrió a su amado, que había contemplado el sueño del destino de ambos, y que la había salvado.

Manon también había dormido bien, con sueños o sin ellos, y se sorprendió al despertar por la mañana rodeada de una pequeña multitud. La pequeña y triste capilla estaba cubierta de tapices, el altar había sido adornado con cálices de oro, el sacerdote decía misa a un buen número de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba allí, y buscó a otra persona que no pudo encontrar, cuando la puerta de hierro del pasadizo se abrió y Gaspar de Vaudemont hizo su entrada, escortando a la bella Constanza, la cual apareció con sus vestidos blancos y oscuro y despeinado cabello, y en cuyo rostro las sonrisas y el sonrojo competían con una emoción aún más profunda, al tiempo que se acercó al altar, y arrodillándose con su amado, pronunció el juramento que les iba a unir por siempre.

Pasó largo tiempo antes de que el feliz Gaspar pudiese obtener de su mujer el secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de que ella ahora disfrutaba, había sufrido demasiado para no contemplar aún ahora con terror aquellos tiempos en los que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso que les conectaba a ambos contenía oscuros augurios. Explicó que aquella temible noche había tenido muchas visiones. Había visto los espíritus de su padre y sus hermanos en el paraíso, había visto a Gaspar combatiendo victorioso contra los infieles, le había descubierto en la corte del rey Enrique, gozando del favor y del aprecio de todos, y se había visto a ella misma, primero entristecida en un convento, luego como esposa, agradecida al Cielo por la generosa porción de felicidad que se le había encomendado, pero al siguiente momento estaba sola llorando por sus tristes días, hasta que de pronto se halló en tierra de moros, y la santa misma, Santa Catalina, la guiaba sin ser vista a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio, y contempló a los paganos que celebraban su victoria, y luego, descendiendo a las mazmorras, tantearon su camino a través de húmedos túneles  y enmohecidos pasajes de bajo techo, hasta una celda, más oscura y terrible que las demás. En el suelo de ésta yacía un hombre con ropas sucias y raídas, con bucles despeinados y una salvaje barba enmarañada. Su mejilla estaba delgada y pálida, sus ojos habían perdido la llama, su forma era un simple esqueleto, las cadenas caían holgadamente sobre los huesos sin carne.

—¿Y fue mi aparición en aquel atractivo estado y brillante atuendo lo que dulcificó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonriendo ante este retrato de lo que nunca tendría lugar.

—Así es, —replicó Constanza— pues mi corazón me sugirió que todo era culpa mía, y ¿quién podría volver tu pulso a la vida, restaurarte, salvo aquella que te había destruido? Mi corazón nunca se agitó tanto por mi caballero cuando vivía feliz como  lo hizo a su imagen decaída mientras yacía, en las visiones de la noche, a mis pies. El velo que me cubría los ojos cayó, la oscuridad me abandonó. Pienso que comprendí en aquel momento lo que son la vida y la muerte. Me había sido dado creer que para hacer felices a los vivos no debía injuriar a los muertos, y comprendí qué malvada y vana era esa filosofía que identificaba la virtud y el bien con el odio y la crueldad. Decidí que no debíais morir, que yo desharía vuestras cadenas y os salvaría, y os conminaría a vivir para el amor. Me levanté, y la muerte que quería evitar en vos, en mi presunción, habría sido la mía —fue entonces que por primera vez percibí el verdadero valor de la vida— si no fuera que vuestro brazo estaba allí para salvarme, vuestra querida voz me conminaba a ser dichosa por siempre.

Licencia de Creative Commons
El sueño by Lorena Vázquez Porto is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

correcciones a la traducción de la novela de Kate Morton, El jardín olvidado

The Forgotten Garden y El jardín olvidado
The Forgotten Garden y El jardín olvidado

The Forgotten Garden de Kate Morton fue la primera novela cuya traducción al español analicé. Esta actividad se ha descubierto para mí como una experiencia fascinante, pero el efecto total se ha visto incrementado por el hecho de que la traducción de The Forgotten Garden al español firmada por un tal Carlos Schroeder del que no he podido averiguar información alguna por Internet, está colmada de errores y despropósitos, algunos simples descuidos, otros de mayor gravedad. Tanto es así que el problema principal que aparece con este volumen publicado por Suma de Letras es no ya tanto que no se le haya hecho justicia a la propiedad intelectual de Kate Morton, sino que las propias gramática y sintaxis de la lengua española se han visto tan afectadas que uno se pregunta cómo ninguno de los más de 230.000 lectores de la novela en español parece haber puesto todavía el grito en el cielo, pues no hace falta poseer la versión original de la novela para detectar el fracaso de su rendición al castellano, ya que la ausencia de gramaticalidad y la tortuosidad de numerosas expresiones salta a la vista de cualquier lector.

Presentaré a continuación una breve aunque, espero, representativa, lista de ejemplos de fragmentos de traducción en los que no se ha respetado ni el sentido del texto en inglés ni la gramaticalidad propia del español. En primer lugar proporcionaré la traducción publicada y firmada por Carlos Schroeder y en segundo mi propia traducción:

“Every so often the traffic current swept a wind-blown cluster of people inside the restaurant doors…” (Chapter 19)
a. De cuando en cuando el flujo del tráfico barría a los grupos de gente arremolinada dentro del restaurante…
b. De cuando en cuando del flujo de transeúntes se desprendía un grupo de gente azotada por el viento que era barrida hacia el interior del restaurante…

“Mr Swindell had been threatening to call the do-gooders ever since Sammy left them…” (Chapter 20)
a. El señor Swindell llevaba tiempo amenazando con llamar a las ‘benefactoras’ desde que Sammy falleciera…
b. El señor Swindell había estado amenazando con llamar a las ‘benefactoras’ desde que Sammy falleció…

“She tugged slightly at Sammy’s cap, which she was still wearing.” (Chapter 20)
a. Tironeó apenas de la gorra de Sammy que llevaba puesta.
b. Se recolocó con cuidado la gorra de Sammy, que aún llevaba puesta.

“Another set of footsteps in the hall and Rose was granted brief respite from the challenge of summoning up further pleasantries to converse with this strange, silent cousin.” (Chapter 28)
a. Un nuevo ruido de pasos en el corredor y Rose pudo recuperarse brevemente del desafío de buscar nuevos comentarios agradables para conversar con esta extraña y silenciosa prima.
b. Otro ruido de pasos en el pasillo y a Rose le fue concedida la oportunidad de un breve descanso en la ardua tarea de invocar nuevas formalidades para conversar con esta extraña, silenciosa prima.

“A thin beam of light passed through a tiny hole in the centre of a timber knot at the back of the desk.” (chapter 30)
a. Un delgado rayo de luz pasó a través de un pequeño agujero en el centro de la mesa del escritorio.
b. Un delgado rayo de luz se deslizó a través de un pequeño agujero en el centro de un nudo de madera en la parte trasera del escritorio.

“The other woman’s breath was warm as she combed the hair from Adeline’s brow, strangely comforting.” (Chaper 31)
a. El aliento de la otra mujer era tibio al rozar los cabellos de la frente de Adeline, una extraña sensación reconfortante.
b. Percibió el aliento cálido, extrañamente reconfortante, de la otra mujer mientras ésta le cepillaba los cabellos desde la raíz.

“He tossed the residue of morning tea from the mugs and dangled a fresh bag over each rim.” (Chapter 38)
a. Echó el resto del té de la mañana de las tazas y puso una bolsita nueva en cada una.
b. Vació las tazas de los posos del té de la mañana y dejó caer una bolsita nueva sobre el borde de cada una.

“She shifted the handles of her plastic grocery bag from around her wrist and scratched the red imprints they’d made.” (Chapter 40)
a. Ella intercambió las bolsas de plástico del mercado de mano y se rascó las marcas rojas que habían dejado.
b. Cambió de posición las asas de su bolsa de plástico de la compra, que se habían clavado en sus muñecas, y rascó las marcas rojas que habían dejado.

Sirvan estas frases como muestra reducida de lo que es el carácter generalmente excesivamente descuidado de esta traducción, y ojala consiguiera esta pequeña nota llamar la atención de las personas responsables y capaces de hacer que todas las necesarias correcciones se llevasen a cabo en la traducción de un libro que debería servir para satisfacer al público español, no para confundirlo.

El misterio en torno a la caída de Ana Bolena persiste

DSCF7422

Habría querido leer Bring Up The Bodies consecutivamente a Wolf Hall, pero una serie de lecturas estivales se interpusieron. Sin embargo, mi memoria de la primera novela de la trilogía sobre Cromwell me permitió sumergirme en la lectura de la segunda sin experimentar dificultades, conocedora ya del gran elenco de personajes. Algunos críticos anglosajones han señalado que Bring Up The Bodies puede leerse de por sí, sin haberse acercado antes a Wolf Hall. Yo no estoy de acuerdo. En Bring Up The Bodies se da por supuesto que ya conocemos a los personajes de los que se habla, y la acción da comienzo in media res, durante la estancia de Henry VIII, Cromwell y su séquito en Wolf Hall, la residencia de la familia Seymour.

Con todo, y a pesar de este espíritu de continuidad, en mi opinión Bring Up The Bodies no es sino una sombra de lo que fue la novela inaugural de la trilogía. La mayor parte de los temas de Wolf Hall meramente se repiten, y en esta segunda ocasión palideciendo ante la comparación –la representación del carácter de Cromwell, que llena al lector de admiración y un sentimiento de complicidad en Wolf Hall, se vuelve repetitiva y hueca, al tiempo que la genialidad de su figura se diluye mientras éste se deja atrapar por las intrigas de las familias descendientes de los Plantagenets, Henry Courtenay, los Montague y los Pole, que simpatizan con la fe católica y con la princesa Mary y albergan la esperanza de que el interludio reformista se disuelva con el final del matrimonio con Ana Bolena. A título personal, y sin que medie una consideración de las valoraciones históricas de la parte que Thomas Cromwell pudo haber tenido en la caída de Ana Bolena, una cuestión en torno a la que todavía impera la especulación, desde el punto de vista del lector de la novela parece poco realista que el gran reformista Thomas Cromwell, que se hizo a sí mismo al tiempo que Ana se alzaba en la corte, aceptase prestarse a tomar parte en una conjura católica, incluso con el fin de, de esta manera, satisfacer al Enrique VIII, el cual, insatisfecho por que La Bolena no le hubiese dado un heredero varón, se enamoriscaba de la recatada –en tantos aspectos de su carácter opuesta a Ana Bolena– Jane Seymour. Sin embargo, entre los cargos contra Cromwell que le condujeron a su ejecución –momento que será narrado en la tercera novela de la trilogía– estaba el de preparar clandestinamente una boda suya con la princesa Mary. Las interrogaciones en torno a la figura histórica de Cromwell persisten, pero en lo que respecta a la verdad poética de esta novela, la caracterización de Cromwell, de las motivaciones que pudieron haberle llevado a intrigar contra Ana Bolena, no deja de parecer bastante poco convincente.

Por otro lado, en esta segunda novela Thomas Cromwell carece de antagonistas creíbles, como en su momento lo fuera, en la primera novela –un antagonista a la altura de Cromwell– el insobornable Tomás Moro. Los cuerpos a los que se refiere el título son los de los cuatro amantes de la reina que son ejecutados: Henry Norris, William Brereton, Francis Weston y el músico Mark Smeaton. Las caracterizaciones de todos estos, exceptuando quizás la de Mark, son someras. Se presentan los tres primeros como simples cortesanos galantes, y a nuestros ojos, cada uno de ellos podría ser intercambiable por el otro. Además, la motivación psicológica detrás de la elaboración de la venganza de Cromwell contra este grupo se refiere como su rencor por la parte que estos cortesanos, junto con George Boleyn, el hermano de la reina y también su amante, tuvieron en una representación teatral que es descrita en la primera novela de la trilogía, Wolf Hall, en la que cada uno de ellos agarraba al ya muerto cardenal Wolsey por una extremidad para conducirlo al infierno. Según la ideación de Mantel, Cromwell habría guardado los detalles de esta representación en su retina y su parte en la persecución y ejecución de los amantes de la reina, otrora enemigos de su mentor y protector Wolsey, respondería un personal ajuste de cuentas. De nuevo, corresponde al lector decidir si parece realista que la veneración de Thomas Cromwell por el cardenal llegase al extremo de sobrepasar su identificación con la Reforma, tan ampliamente ilustrada en amplios pasajes de la novela.

Como consideración final, en esta segunda novela no aparecen algunos de los elementos que dotaron de mayor profundidad a la primera, como las referencias escatológicas al posible origen mágico de los Tudor. Se mencionan algo los rumores de brujería de Ana Bolena, sobre todo por parte de un rey Enrique ansioso por encontrarle objeciones a su matrimonio con ella, pero sin que dejen de ser estos considerados como meros rumores sin fundamento o la sustancia de bromas privadas. La Ana Bolena de Bring Up The Bodies es un personaje que aparece mayormente en las conversaciones o en los pensamientos de los otros. No sabemos a ciencia cierta si le fue infiel al rey, pero esto es lo que señalan los crecientes rumores y las declaraciones de sus propias damas.

A pesar de todos estos pormenores, Bring Up The Bodies no deja de ser una novela rica, y una lectura necesaria para todo aquel que amó Wolf Hall. Importantes temas aparecen necesariamente reflejados constantemente, como la cuestión de la legitimidad de la voluntad real, aun cuando ésta sea constantemente voluble. Dice Henry hacia el principio de la novela:

“Dios no permitiría que mi placer fuese contrario a sus designios, ni que mis designios quedasen bloqueados por su voluntad.”

Nos queda, pues, aguardar una tercera parte en la que el genio del espíritu de Cromwell no se vea ensombrecido por las incertidumbres en torno a su verdadero papel en la caída de Ana Bolena y vuelva a brillar tan intensamente como lo hizo en la primera entrega de la trilogía.

(Una versión de esta reseña fue publicada el 6 de diciembre de 2013 en http://www.librosdeotrostiempos.blogspot.com.es)

convirtiéndose en “Cromwell”

DSCF7037

Esta novela ganadora del Man Booker Prize de ficción en el año 2009 aborda uno de los periodos históricos más amados por los británicos: el divorcio del rey Enrique VIII de Catalina de Aragón y su matrimonio con Ana Bolena, que resultó en la ruptura con Roma. La intriga política en que tuvo origen este suceso es examinada en la novela de Hilary Mantel desde el punto de vista único, aunque no necesariamente limitado, del brillante estadista Thomas Cromwell cuya entrada en los círculos de poder de la corte del rey Enrique tuvo lugar al tiempo del ascenso de Ana Bolena en la estima real. De este modo, Cromwell pronto se da cuenta de que Ana y él tienen ambiciones similares: doblegar a los sectores más tradicionalistas de la corte, y de hecho del conjunto de la sociedad, para conseguir alcanzar sus ambiciones, convirtiéndose ella en reina y él en, sencillamente, “Cromwell,” el sueño de sí mismo, que en buena parte se trasladaría a la realidad, al lograr pasar de ser “el hijo del herrero” a uno de los hombres más influyentes de la Reforma, y, de este modo, el brazo derecho del rey.

Cromwell comenzó su carrera como protegido del influyente cardenal Wolsey, que destacó por sus fundaciones de colegios mayores como el Colegio del Cardenal en Oxford y bibliotecas, y que perdió trágicamente el favor real por diversos motivos, entre ellos por las intrigas de los nobles que estaban celosos de su creciente poder. En la serie de acusaciones – 44 – que los consejeros del rey preparan contra Wolsey ya se atisba el germen de la Reforma, aunque en realidad la herejía era todavía perseguida y gravemente castigada. Se le acusa formalmente de “praemunire”: representar a una jurisdicción extranjera dentro del reino, mediante el ejercicio de su función de legado pontificio. Después de la muerte de Wolsey, quien, adivinamos, se envenena a sí mismo tras ser arrestado, Cromwell ve peligrar todo lo que hasta el momento había conseguido. Un hombre menos inteligente habría renegado de Wolsey cuando su caída era inminente, pero ¿qué habría ganado con ello más que el nombre de “desertor”?, razona uno de los muchachos a su cargo. Cromwell mantiene siempre una semblanza de fidelidad a su señor, al menos en apariencia, pues cuando Wolsey se traslada al norte él se queda en Londres, realizando sus funciones como miembro del Parlamento y maniobrando su acercamiento a Enrique, mientras no deja de defender a Wolsey en todas las agitadas discusiones que anticipan su caída en desgracia.

Sin duda en esta novela Hilary Mantel se propuso otorgarnos la dimensión más humana y más actual de Thomas Cromwell, un personaje que fue amado en la corte isabelina y denostado por los elitistas victorianos, que tenían una mala consideración de su bajo origen social. La percepción popular que se ha creado es la de un astuto y ambicioso manipulador sin entrañas. En su escuela católica Hilary Mantel se sentía oprimida por la gran veneración que se dispensaba a Tomás Moro, cuya imagen decoraba una cristalera de colores. Ya desde entonces comenzó a preguntarse si acaso Thomas Cromwell, que estuvo detrás de la ejecución de Moro el 6 de julio de 1535, no tendría algo que decir a su favor. Esta novela es la plasmación de esa curiosidad por introducirse en la mente del hombre que cambió Inglaterra para siempre y mostrárnoslo como un ser de carne y hueso, con una vida familiar honesta y una enorme capacidad de trabajo, preocupado por la prosperidad propia y por los destinos de su nación, capaz de distinguir las posibilidades del devenir histórico y hacer girar los acontecimientos de manera insospechada pero con éxito.

La cuidadosa representación de las actividades cotidianas en el hogar de Thomas Cromwell en Austin Friars es sólo uno de los elementos que integran la extraordinaria caracterización de Cromwell como un hombre a la vez ambiguo, que declara no conocerse a sí mismo y cercano, que seguramente se sentiría muy confortable en una sociedad como la actual, donde priman el esfuerzo y el progreso, al menos la mayor parte de las veces. La sutil técnica novelística por la que se consigue trasladar al lector la sensación de la vida intensa del protagonista es mediante un curioso desdoblamiento de la voz narrativa por el que el narrador se introduce en la mente de Cromwell y sin embargo nos narra sus pensamientos en tercera persona. A veces frases pensadas o dichas o escuchadas por Cromwell aparecen sin acotar en forma de diálogo, y esto y la persistente utilización del pronombre “él” han provocado un quebradero de cabeza a más de un lector poco avezado. No es una novela fácil de leer, pero eso es, precisamente, porque está muy bien escrita. Hilary Mantel diseña su propia técnica narrativa para introducirse en la mente de Cromwell.

Por lo que respecta a la caracterización de los demás personajes de la historia, ésta tiene lugar a través de la conciencia de Cromwell, pero el resultado final resulta muy convincente, pues todos los personajes rezuman vitalidad y credibilidad. Los jóvenes a su cargo en su casa son observados siempre con amor y un instinto protector, los nobles como el duque de Norfolk, con una mezcla de respecto y condescendencia, la pareja real formada por Enrique y Ana Bolena con ternura y un sano sentimiento de diversión ante sus excentricidades y las peculiaridades de sus caracteres.

Como nota final, señalar que esta novela mantiene la teoría del origen mágico de los Tudor, reflejado en la leyenda de Melusina, la mujer serpiente de la que se decía que procedía Jacquetta, la madre de Elizabeth Woodville, madre a su vez de Elizabeth de York, la madre de Enrique VIII. Cromwell, en la novela, es consciente de esta historia oculta de Inglaterra, y esto es lo que le hace ver que el matrimonio de Enrique con Ana Bolena es posible, a la luz de matrimonios reales, como el de Edward IV con Elizabeth Woodville, en los que la mujer es tenida por bruja. Pero, ¿hay mejor embrujo que el amor? Y, al hilo de la historia de Melusina, ¿no resulta una curiosa coincidencia que Ana Bolena se criase en la corte de Borgoña, a la que perteneció Jacquetta, la bisabuela del rey en quien originó la leyenda del poder mágico de Melusina?

(Una versión de esta reseña fue publicada el 15 junio 2013 en http://www.librosdeotrostiempos.blogspot.com.es)