Lo innombrable

 

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Una parte de las críticas que recibió The Turn of the Screw, la más famosa historia de fantasmas de Henry James, al ser publicada, reflejó el escándalo moral que suscitó entre algunos de los primeros críticos que la leyeron, que la calificaron como repulsiva, asquerosa y, en el caso de la reseña en el periódico The Independent, como “una afrenta a la más sagrada y dulce fuente de la inocencia humana.” Para estos críticos, el acto de lectura de este relato era moralmente comprometedor para el lector, que no podría evitar hacerse partícipe de la atmósfera de corrupción moral destilada por la simple presencia de los dos infames fantasmas que visitan a la institutriz de la casa de Bly y a los dos niños, Miles y Flora, de diez y ocho años respectivamente, a su cargo.

Especialmente a partir del ensayo de Edmund Wilson, “La ambigüedad en Henry James,” de 1934, que pronuncia el caso de la institutriz como el de un delirio neurótico causado por la pasión insatisfecha por el guardián de los niños, la interpretación de la historia se ha dividido entre los que creen que los fantasmas son fruto de la imaginación de la institutriz y los que otorgan fiabilidad a la realidad de su existencia.

Ciertamente, la institutriz parte con todas las cartas para acabar siendo víctima del delirio. Hija menor de un pastor de Hampshire, con veinte años de edad este es su primer empleo y las dos reuniones con el guardián de los niños suponen sus únicos dos encuentros con un varón deseable con un status reconocido, la posible personificación en su mente de los apuestos galanes de la novela romántica que ha formado parte de la dieta intelectual de la institutriz. El hecho de que el apuesto guardián de los niños establezca como condición primordial no ser molestado en adelante, al tiempo que otorga a la inexperimentada institutriz la autoridad absoluta sobre la casa de Essex en la que viven los niños con la impresionable ama de llaves, Mrs Grose – la institutriz pronto comprende que Mrs Grose será una aliada incapaz de cuestionar su propia voz, que es revestida de todo el peso de la autoridad en Bly – y los demás sirvientes implica que esta establezca desde el principio una concepción un tanto grotesca de su propio papel.

En la casa de Bly se le concede uno de los mejores dormitorios; el ama de llaves Mrs Grose no tiene la capacidad ni la voluntad de ejercer el mando, y el guardián no quiere ser molestado bajo ninguna circunstancia – exenta de cualquier fuente externa de autoridad, la institutriz queda prendada de su propia estación al mando de Bly, y su vocación, especialmente una vez que conoce a los angelicales y misteriosos niños, es la de alcanzar, a través de su papel como institutriz, el rango de heroína.

Es por esto que, al conocer que los niños son visitados por los fantasmas de Peter Quint, un sirviente del guardián que vivió con ellos antes de morir en extrañas circunstancias, y Miss Jessel, su anterior institutriz, sobre quienes recayó una oscura reputación en el pasado, la institutriz decide que la batalla que ha de librar con estos dos espíritus nefastos es una lucha del bien contra el mal por la posesión de las almas de los dos niños.

Henry James es en gran parte de su obra el maestro de lo no-dicho. Parte de su genio reside en que es en la imaginación del lector donde la mayor parte de la acción tiene lugar, pues los silencios, las frases no acabadas, las conclusiones apenas esbozadas sobre cada anécdota, cada idea parcialmente expuesta… constituyen el intangible, etéreo e inasible, pero firmemente trabado armazón de la historia.

The Turn of the Screw, más que una historia de fantasmas, es una historia sobre el silencio, sobre lo que no se puede escribir, sobre lo innombrable. En ella Henry James eleva el silencio a la categoría de un arte. Los dos grandes errores de la institutriz tienen lugar en las ocasiones en las que se atreve a nombrar lo innombrable frente a cada uno de los niños. De esta manera los pierde, y ellos se pierden. Es sólo en el silencio paciente de las frases ambiguas y las acciones aparentemente justificadas que existe un atisbo de esperanza para los niños asediados por el influjo del pecado. Cuando ella quiebra ese silencio, en su afán por derrotar el mal, el orden vital de la casa de Bly se desmorona y la convivencia, la propia vida, se hacen imposibles.

El enigma de la inmortalidad

Donna Tartt - The Goldfinch
Donna Tartt, The Goldfinch, 2013

La novela de Donna Tartt ganadora del premio Pulitzer en 2014, El jilguero, es una meditación de algo menos de 1.000 páginas sobre la compleja relación del ser humano con el arte. En la historia que Tartt narra con una gran maestría y un pulso dickensiano, un niño de 13 años, Theo Decker, es uno de los pocos supervivientes de un atentado terrorista en el Museo Metropolitano de Nueva York en el que pierde a su madre. En la confusión que sucede a la explosión, se hace con el cuadro de 1564 de Carel Fabritius, “El jilguero,” actualmente en el museo Mauritshuis de La Haya, una pequeña tabla que curiosamente sobrevivió la gran explosión que tuvo lugar en Delft en ese mismo año de 1564 en la que el pintor Fabritius, discípulo de Rembrandt y probable maestro de Vermeer, perdió la vida a la par que la gran parte de su obra.

Theo Decker se apropia de “El jilguero” en el instante que sucede a la explosión, y como resultado de la misma y de la dolorosa pérdida de su madre, comienza a vivir un episodio de estrés postraumático, intensificado por la adicción a las drogas que desarrolla a lo largo de su adolescencia, que abarcará la mayor parte del libro y del que sólo se desprenderá hacia el final del mismo, curiosamente cuando el cuadro del que se apropió ilegítimamente sea restaurado a la propiedad pública. Entre ese momento del robo y el momento en que el cuadro es devuelto a las autoridades median catorce años y la casi totalidad de la novela, un período durante el cual somos testigos de la serie de saltos inconexos en la vida de Theo, algunos motivados por un destino que parece implacable, otros por las decisiones erróneas que él mismo toma llevado por una certera tendencia autodestructiva.

La manera en la que el nudo de la novela se resuelve en los capítulos finales es tan improbable como la larga concatenación de hechos casuales –la novela misma parte de la casualidad, pues el propio Theo se preguntará repetidas veces por qué tuvieron su madre y él que estar en aquella parte del museo, aquel día, a aquella hora, en una interrogación desesperada con el más allá que articula el punto exacto de su desesperación–, desastres y milagrosos rescates. Es pues ésta una novela que no se resiste a su propia ficcionalidad, un aspecto de la misma que se ve reflejado en su autoconciencia como objeto literario. El jilguero es un homenaje a tres autores tan dispares como geniales: Charles Dickens, Fiódor M. Dostoievski y J.D. Salinger. La perspectiva múltiple que estos tres grandes maestros proporcionan contribuye al perpetuo sentimiento de dislocación de la novela, con sus múltiples escenarios: el Nueva York refinado y lluvioso de Manhattan, el desierto árido de Las Vegas, la claustrofobia infernal de la habitación de hotel en Ámsterdam en la que Theo experimentará la mística conversión que le librará de su propio errático ego, inconscientemente trastornado, como lo ha estado a lo largo de la novela, por las demandas contrarias de la herencia genética y el espíritu.

Una introducción a Matar a un Ruiseñor (1960), de Harper Lee

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El argumento de Matar a un ruiseñor (1960) se ve afectado por dos momentos históricos contrapuestos pero entre los que se establece un diálogo original y enriquecedor: la Gran Depresión de la década de los años 30 y el movimiento de reivindicación de los derechos civiles de los afroamericanos liderado por Martin Luther King desde el segundo lustro de los años 50, el período en el que fue escrita.

La novela, perteneciente al género del Bildungsroman, describe el inicio del proceso de crecimiento de dos hermanos, Jem y Scout, en una pequeña ciudad ficticia del Sur profundo, en el estado de Alabama, basada en Monroeville, la ciudad originaria de Harper Lee, y está narrada con una original técnica narrativa por la que las voces de la Scout adulta y la Scout niña se superponen. Sin embargo, quizás sea el proceso de maduración de Jem el que adquiere una importancia central en la novela, al tiempo que es atestiguado por una Scout niña que no siempre es capaz de interpretar los sucesos que tienen lugar a su alrededor correctamente.

Jem al comienzo de la novela, en el verano de 1933, es un niño de 10 años a las puertas de la adolescencia. Sus fantasías infantiles, que le impulsan a liderar las incursiones de los niños, –ambos hermanos se han hecho amigos de un tercer niño, Dill, que veranea en la vecina casa de su tía– en el jardín de la lúgubre casa de los Radley, una familia sobre la que pesa una sobrecogedora leyenda negra construida por toda la población de Maycomb. El hijo menor de los Radley, Arthur, conocido como Boo, no ha salido de la propiedad de los Radley en los últimos quince años, y la naturaleza de su personalidad y sus actividades dentro de la casa o alrededor del pueblo bajo el cobijo de la noche son fuente de inagotable inventiva entre las gentes de Maycomb. Los niños conocen bien la leyenda del vecindario: en su adolescencia, el chico de los Radley congenió con unos muchachos que no eran compañía muy recomendable, y juntos llevaron a cabo diversas felonías que acabaron llamando la atención de las autoridades de Maycomb, de modo que el padre de Arthur finalmente tomó la decisión de encerrar a su hijo en su casa como castigo. Un suceso espeluznante protagonizado por Arthur cuando tenía 33 años no hizo sino incrementar el carácter gótico de su reputación: en cierta ocasión en que se hallaba recortando el periódico local para su álbum de recortes, su padre entró en la sala y Boo le clavó las tijeras en el muslo, las sacó, las limpió y siguió con su tarea.

Cuando los niños comienzan a representar una obra de teatro basada en la historia de Boo Radley, Jem asume el papel del trastornado protagonista. Es el comienzo de su búsqueda de un sustituto de Atticus como su modelo de figura paterna en Boo. Predeciblemente, Atticus desaprueba la pantomima. Es el comienzo de la larga serie de estrictas demandas y prohibiciones que inflige a los niños. Jem y Scout son conscientes de que Atticus es un elevado modelo a seguir, pero mientras Scout se contenta con asumir el papel de hija devota, temerosa y vigilante, y, a pesar de su carácter fuerte e impulsivo, en ocasiones chivata, Jem es apenas consciente de que en su viaje hacia la edad adulta necesita otros modelos que complementen al rígido Atticus.

Atticus es el abogado de Maycomb, y, aunque no es una figura representativa del tradicional caballero sureño, sino un hombre intelectual y solitario, que rompió la tradición familiar de vivir de la tierra, abandonando la pequeña plantación familiar para estudiar Derecho, la población de Maycomb le tiene en alta estima, sólo perturbada por la convicción con que éste decide defender al trabajador negro, Tom Robinson, de las acusaciones de haber violado a una mujer blanca, con lo cual parece romper uno de los códigos no escritos que sellan las normas de convivencia del pueblo, establecidas sobre un sistema de castas estrictamente jerarquizado. Es por esto que a pesar de que Atticus aparentemente subvierte la estricta moralidad de Maycomb, en realidad no deja de ser un hombre que es producto de su entorno y a quien le resulta incapaz escapar de él. Recordemos que Atticus “estaba relacionado por vínculos de sangre o matrimonio con casi cada una de las familias del pueblo.” (Cap. 1).

Los niños perciben las deficiencias de Atticus, que comenzó su familia a una edad tardía, lo que hace que se diferencie de los padres de los demás niños del colegio: no le gusta jugar al fútbol, los niños piensan que su trabajo consiste en no hacer nada útil o digno de atención hasta que tiene lugar el juicio a Tom Robinson. Sin embargo, la apreciación que tienen los niños de su padre se ve incrementada cuando éste mata de un tiro a un perro rabioso. Hasta ese momento a los ojos de Jem las habilidades de su padre eran meramente intelectuales, y por lo tanto mayormente inefectivas en el mundo real. Atticus, según su vecina Maudie Atkinson, es digno de elogio porque “es la misma persona en su casa y en las calles del pueblo.” No hay ambigüedades ni claroscuros en Atticus, pero esto también significa que su vida privada es sacrificada en beneficio de su vida pública. Jem y Scout se sorprenden al verle sacarse la chaqueta y aflojarse la camisa en pleno desarrollo del juicio contra Tom Robinson: para ellos, acostumbrados a verle vestir tan pulcramente en casa como en la oficina, esto era equivalente a verle desnudo. Es así que para Atticus, un “hombre público,” el ejercicio pleno de su profesión, cuando adquiere la mayor visibilidad posible en el estrado en el que se juzga a Tom Robinson, es sentido como lugar íntimo.

El caso opuesto es el de Boo Radley, un “hombre privado” sin apenas un átomo de vida pública, ya que vive encerrado. Es así que Boo encarna para los niños el lado oscuro de la conciencia y aparece como el complemento necesario a la luminosidad pública de su padre, para quien la vida privada se encuentra en el ejercicio más notorio de su profesión. Mientras que Atticus Finch cree en el poder de las instituciones para solventar los problemas de la vida humana, y es por esto que a pesar de haber sido una celebridad por su diestro uso de la escopeta en su juventud, en la actualidad ha delegado todas sus habilidades de defensa personal en el ejercicio de su profesión, y es así que cuando dispara al perro rabioso lo hace no sin cierta incertidumbre ante lo que supone disparar un arma. Es famosa su lección a los niños, que da título a la novela: pueden disparar a todas las urracas que quieran, pero es un crimen matar a un ruiseñor. Los niños, Jem especialmente, intuyen que la dependencia exclusiva en los poderes institucionales de la democracia americana no es suficiente para afrontar los peligros ocultos que acechan en la vida real y completar su crecimiento como adultos plenamente auto-suficientes.

La plena validez de instituciones sociales de la sociedad democrática como la justicia y la educación es puesta en tela de juicio, pues Scout ya aprende muy al comienzo de la novela que los “avanzados” sistemas pedagógicos empleados por su profesora solamente persiguen retardar las habilidades lectoras que ya ha adquirido en su casa. Los niños buscan completar su propia educación intentando aprender de y sobre Boo Radley. Finalmente, cuando las propias vidas de Jem y Scout son puestas en peligro debido a la incapacidad del sistema de la justicia para resolver el conflicto en Maycomb en torno a Bob Ewell y Tom Robinson, Boo Radley, quien comprende el valor de la violencia en una crisis de supervivencia, se convierte en el salvador de los niños, habiéndose probado las limitaciones de Atticus, con su idealista fe en el sistema, para proteger a los suyos.

correcciones a la traducción de The Goldfinch de Donna Tartt

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A medida que vaya anotando correcciones a la traducción de The Goldfinch / El jilguero de Donna Tartt por Aurora Echevarría iré ampliando esta publicación. La rigurosidad en las traducciones es algo que las editoriales deben tanto al autor como a los lectores.

1. Boy with a Skull / Niño con calavera

II.

Fragmento referido a los temores que experimenta Theo Decker respecto a la reunión del colegio.
Donna Tartt: I had no idea what they might spring on my mother and me once they had us in the office; the very word “conference” suggested a convocation of authorities, accusations and face-downs, a possible expulsion.
Aurora Echevarría: No tenía ni idea de qué nos soltarían a mi madre y a mí una vez que estuviéramos en el despacho; la misma palabra “cita” hacía pensar en una asamblea de autoridades, acusaciones e intimidaciones, una posible expulsión.
Mi traducción: (En lugar de emplear la palabra “cita” (date) muy neutral, emplearía “conferencia,” una traducción directa que conserva un tono de formalidad excesiva por parte de las autoridades del colegio que hace lógicas las aprensiones de Theo Decker.

III.

D. T.: “Along Park Avenue, ranks of red tulips stood at attention as we sped by.”
A. E.: “A lo largo de Park Avenue, las hileras de tulipanes rojos se quedaban en posición de firmes a medida que pasábamos a toda velocidad.”
Mi traducción: “A lo largo de Park Avenue, las hileras de tulipanes rojos se erguían para llamar la atención a medida que pasábamos a toda velocidad.”

D. T.: “The leaves were just coming out on the trees.”
A. E.: “Empezaban a caer las hojas de los árboles.”
Mi traducción: “Empezaban a salirles las hojas a los árboles.” (es el día 10 de abril)

D. T.: “My mother stumbled a little stepping onto the curb, and I caught her arm.”
A. E.: “Mi madre dio un traspié al bajar en la cuneta y me agarró el brazo.”
Mi traducción: “Mi madre se tambaleó un poco al poner los pies en la acera, y la agarré del brazo.”

D. T.: “No. I said time warp.”
A. E.: “Nada. He dicho «vueltas del tiempo».
Mi traducción: “Nada. He dicho «una deformación temporal».”

D. T.: “Lolloping? So much of her talk was exotic to my ear, and lollop sounded like some horse term from her childhood: a lazy gallop maybe, some equine gait between a canter and a trot.”
A. E.: “¿Deambulando? —Gran parte del vocabulario de mi madre sonaba exótico a mis oídos, y «deambular» me pareció algún término de equitación de su niñez, una cabalgada lenta quizá, un paso equino entre galope y trote.”
Mi traducción: “¿Jineteando? —Gran parte del vocabulario de mi madre sonaba exótico a mis oídos, y «jinetear» me pareció algún término de equitación de su niñez, una cabalgada lenta quizá, un paso equino entre galope y trote.

D. T.: “Bits of paper were whirling in the air and tumbling down the street.”
A. E.: “Volaban y se arremolinaban papeles por la calle.”
Mi trad.: “Trocitos de papel se arremolinaban en el aire y caían sobre la calle.”

IV

D.T.: She was good at what she did; she preferred working behind the camera rather than in front of it; and I knew she got a kick out of seeing her work on subway posters and on billboards in Times Square.
A.E.: Se le daba bien; prefería este trabajo a estar detrás de la cámara, y yo sabía que disfrutaba viendo su obra en los anuncios de metro o en las vallas publicitarias de Times Square.
Mi traducción: Se le daba bien. Prefería trabajar detrás de la cámara a delante de ella; y yo sabía que la emocionaba ver su trabajo en los anuncios del metro y en las grandes vallas publicitarias de Times Square.

V

D.T.: I was in a ragged white cave. Swags and tatters dangled from the ceiling. The ground was tumbled and bucked-up with heaps of a gray substance like moon rock, and blown about with broken glass and gravel and a hurricane of random trash, bricks and slag and papery stuff frosted with a thin ash like first frost.
A.E.: Me hallaba en una cueva blanca y escabrosa de cuyo techo colgaban harapos y guirnaldas. El suelo estaba derruido y cubierto de montones de algo semejante a la roca lunar, y por todas partes había cristales rotos y grava, así como una estela de cascotes, ladrillos, escoria y papel desperdigados al azar, revestido de una fina capa de ceniza que recordaba a una primera helada.
Mi traducción: Me hallaba en una cueva blanca y escabrosa de cuyo techo colgaban tiras de escombros. Sobre el suelo hundido se alzaban montículos de una sustancia gris parecida a la roca lunar, y por todas partes habían estallado cristales y grava y un vendaval de desechos, ladrillos y escoria y un material semejante al papel revestido de una fina capa de ceniza que recordaba a una primera helada.

D.T.: … and I must have told you, how I went for piano lessons, at the old Armenian lady’s? There was a green lizard that lived in the palm tree, green like a candy drop, I loved to watch for him…
A.E.: No sé si ya te lo habré contado, pero cuando tomaba lecciones de piano en la casa de la anciana armenia había una lagartija verde viviendo en la palmera, verde como una lechuga. Me encantaba vigilarla…
Mi traducción: No sé si te lo habré contado, pero cuando tomaba lecciones de piano en la casa de la anciana armenia había una lagartija verde viviendo en la palmera, verde como una gominola. Me encantaba vigilarla…

D.T.: The right side of his head was such a sticky drench of blood I could hardly see his ear.
A.E.: De la sien del lado derecho de la cabeza le colgaba un amasijo tan viscoso de sangre que apenas se le veía la oreja.
Mi traducción: El lado derecho de su cabeza era tal amasijo de sangre que apenas podía verle la oreja.

D.T.: Then—to my intense relief—he grew calmer, quieter, his grasp on my hand loosening, melting, a sense of sinking and spinning almost like he was floating on his back away from me, on water.
A.E.: Vi con gran alivio que estaba cada vez más tranquilo, más silencioso; la fuerza con que me agarraba la mano disminuía, se desvanecía, daba la impresión de que se hundía, casi como si se alejara dando vueltas sobre el agua.
Mi traducción: Entonces vi con gran alivio que se tranquilizaba, se sosegaba; la fuerza con la que me agarraba la mano disminuía, desaparecía, mientras transmitía la sensación de que se hundía y giraba casi como si se alejase de mí flotando sobre su espalda, en el agua.

VI

D.T.: Faint traces of fire licked down the far walls of what had been the exhibition shop, spitting and sparkling in the dim, some of it well below the level where the floor should have been.

A.E.: En las paredes de lo que había sido la tienda del museo había pequeñas llamas chisporroteando y echando chispas en la oscuridad, algunas de ellas ardían muy por debajo del nivel donde debía haber estado el suelo.

Mi traducción: Unas débiles llamas consumían las paredes de lo que había sido la tienda del museo, chisporroteando y chispeando en la oscuridad, algunas bastante por debajo del nivel al que tendría que haber estado el suelo.

 

D.T.: Things were looking decidedly more industrial in this direction: wooden pallets, a flatbed pushcart, a sense of crated objects being moved and stored.

A.E.: Todo era resueltamente más industrial por este lado: palets de madera, una carretilla de base plana, objetos dentro de cajones de embalaje que daban la impresión de que los estaban trasladando y almacenando.

Mi traducción: Todo tenían un aspecto decididamente más industrial por este lado: paletas de madera, una carretilla de base plana, la sensación de que por allí se transportaban y se almacenaban objetos guardados en cajones de embalaje.

 

2. La lección de anatomía.

I.

Donna Tartt: He particularly didn’t enjoy being around me, not that he often was: in the mornings, as I got ready for school, he sat puffy-eyed and silent over his coffee with the Wall Street Journal in front of him, his bathrobe open and his hair standing up in cowlicks, and sometimes he was so shaky that the cup sloshed as he brought it to his mouth.

Aurorra Echevarría: Le desagradaba en particular tenerme cerca, si bien eso no sucedía muy a menudo; por la mañanas, mientras me preparaba para ir al colegio, se tomaba el café en silencio con los ojos hinchados, The Wall Street Journal abierto delante de él, el albornoz abierto y el pelo de punta y a veces le temblaban tanto las manos que derramaba café al llevarse la taza a los labios.

Mi traducción: Le desagradaba en particular tenerme cerca, si bien eso no sucedía muy a menudo: por las mañanas, mientras me preparaba para ir al colegio, se tomaba el café en silencio con los ojos hinchados leyendo el Wall Street Journal, con el albornoz abierto y el vello sobresaliéndole en remolinos, y a veces temblaba tanto que la taza se derramaba al llevársela a los labios.

 

Donna Tartt: and some days (…) he didn’t come clattering in until three or four in the morning: banging the door, dropping hsi briefcase, crashing and bumping around so erratically that sometimes I bolted awake in terror…

Aurora Echevarría: y algunos días (…) llegaba a las tres o las cuatro de la madrugada con gran estruendo; aporreaba la puerta, dejaba caer el maletín y daba tumbos tan erráticos por la casa que a veces me despertaba de golpe…

Mi traducción: y algunos días (…) no llegaba con gran estrépito hasta las tres o las cuatro de la mañana: aporreaba la puerta, dejaba caer el maletín y comenzaba a tropezar y a dar tumbos por la casa de manera tan errática que a veces me despertaba de golpe aterrorizado…

 

Donna Tartt: Though the walk home took forever, I don’t remember much about it except a certain gray, cold, rain-shrouded mood on Madison Avenue—umbrellas bobbing, the crowds on the sidewalk flowing silently downtown, a sense of huddled anonymity like old black and white photos I’d seen of bank crashes and bread lines in the 1930s.

Aurora Echevarría: A pesar de que el trayecto de regreso fue interminable, no recuerdo mucho de él aparte de cierto ambiente gris y frío envuelto en lluvia por Madison Avenue; el vaivén de los paraguas, los transeúntes dirigiéndose en silencio hacia el centro, el anonimato de las masas, como en las viejas fotografías en blanco y negro que había visto de quiebras de bancos y de colas para el pan en la década de 1930.

Mi traducción: A pesar de que el trayecto de regreso a casa se me hizo interminable, no recuerdo mucho del mismo excepto cierto ambiente gris y frío y amortajado por la lluvia en Madison Avenue; el vaivén de los paraguas, las multitudes que descendían silenciosamente hacia el centro por las aceras, la sensación del anonimato de las masas, que recordaba a las viejas fotografías en blanco y negro que había visto del tiempo en que quebraban los bancos y la gente hacía cola para recibir comida en la década de 1930.

 

3. Park Avenue

I.

Donna Tartt: … but his tone conveyed a reassuring sense of the nine-to-five world: office filing systems, industrial carpeting, business as usual in the borough of Manhattan.

Aurora Echevarría: … pero su voz transmitía la sensación de control del mundo de los negocios: sistemas de archivo, moqueta industrial y atención permanente al público en el barrio de Manhattan.

Mi traducción: … pero el tono de su voz transmitía la reconfortante sensación del mundo de oficina: sistemas de archivo, moqueta industrial, y el corriente discurrir de los negocios en el barrio de Manhattan.

 

III.

Donna Tartt: Friends of Platt’s called it “the creepatorium”…

Aurora Echevarría: Los amigos de Platt lo llamaban “el estrafalatorio”…

Mi traducción: Los amigos de Platt lo llamaban “el horroritorio”…

(Nota: La casa de los Barbour es oscura, por lo que los amigos de Platt tratan de sugerir con su mote que da miedo, pero no es una casa estrafalaria, sino más bien acomodada.)

 

Donna Tartt: Among the rest of his kittenish, sharp-toothed, athletic siblings—racing around between their friends and their sports teams and their rewarding after-school programs—he stood out like a random pastehead who had wandered out onto the lacrosse field by mistake.

Aurora Echevarría: En medio de sus hermanos atléticos y juguetones que corrían de aquí para allá con sus amigos, su equipo de deporte y sus actividades extraescolares de pago, Andy destacaba como un despistado que se ha metido sin casco en un campo de lacrosse.

Mi traducción: En medio de sus hermanos joviales, incisivos y atléticos, que correteaban entre sus amigos y sus equipos de deporte y sus satisfactorias actividades extra escolares, Andy llamaba la atención como un empollón cualquiera que se hubiese adentrado en el campo de lacrosse por error.

 

IV

Donna Tartt: Sitting around on my own watching movies was the only thing I’d done since my mother’s death that had felt even vaguely normal.

Aurora Echevarría: Ver películas solo era lo único que había hecho desde que había muerto mi madre y me parecía bastante normal.

Mi traducción: Pasar el rato viendo películas yo solo era la única cosa que había hecho desde la muerte de mi madre que me había parecido remotamente normal.

 

VI

Donna Tartt: Actually, the card was from Dorothy (the “Bob,” plainly in her hand, had been squeezed in alongside her own signature as an afterthought).

Aurora Echevarría: En realidad la tarjeta era de Dorothy (resultaba evidente que ella había escrito “Bob”, incorporándolo a su propia firma como un pensamiento tardío).

Mi traducción: En realidad la tarjeta era de Dorothy (resultaba evidente que ella había escrito “Bob,” apretando las letras junto a su propia firma tras recapacitar).

 

Donna Tartt: It’s a perfectly handy skill for any boy to know.

Aurora Echevarría: Es algo útil que cualquier chico puede aprender.

Mi traducción: Es una habilidad que le puede resultar útil a cualquier chico.

 

 

 

¿Os amaréis después de esto?

Perdida
Gillian Flynn, Gone Girl, 2012.

¿Tiene cabida la aspiración a encontrar a nuestra media naranja en pleno siglo XXI? ¿Son las parejas perfectas, los matrimonios perfectos, ya cosa de un pasado irrecuperable? ¿Cómo enmendar una relación matrimonial que se ha ido desgastando rápidamente frente a los inconvenientes mundanos de la vida, en los años siguientes a la crisis económica de 2008 que sacudió tantas unidades familiares? Éstas son algunas de las preguntas que intenta responder la inteligente novela de 2012 de la autora norteamericana Gillian Flynn, con la que batió records de ventas, y que en 2014 fue adaptada al cine con Ben Affleck y Rosamund Pike en los papeles de la controvertida pareja protagonista.

El conflicto de identidad es uno de los grandes problemas que comparte la pareja. Amy Elliott Dunne es perfectamente consciente de que su personalidad es puramente ficticia: el cúmulo de una selección de rasgos que definirían el ideal femenino del joven americano: la Chica Enrollada que no pone trabas a las necesidades sexuales de su pareja, a la vez que a le gusta seguir los deportes y comer comida basura, justo como a los chicos, una construcción masculina diseñada con el exclusivo propósito de satisfacer los deseos masculinos más egoístas. Amy fue incapaz de desarrollar una personalidad propia mientras crecía como hija única de un par de exitosos autores de libros infantiles, los libros de la Asombrosa Amy, en los que ella era protagonista, la hija perfecta que crece para convertirse en la mujer perfecta, en la esposa perfecta.

Fue a través de esos libros que Amy aprendió desde niña que la imagen completa que queremos dar de nosotros mismos no sólo puede sino que debe suplantar a nuestro verdadero Yo lleno de carencias (¿si es que éste existe, de alguna manera, o alguna vez lo hemos llegado a conocer?) y de este modo no hay carencias naturales que no podamos lograr disfrazar ejerciendo un rígido control, una estricta disciplina que, en ocasiones, cuando la visión que Amy tiene de ella misma se ve amenazada, la llevan a la autoflagelación que realiza con el fin de producir el chantaje emocional. ¿Pero acabará esta tendencia anormal en el comportamiento de Amy convirtiéndola en una sociópata?

Nick Dunne creció en un ambiente familiar muy distinto al de Amy, en medio de una familia rota de Missouri, en el Medio Oeste americano. Su padre es una figura negativa cuya furibunda misoginia no hace sino acentuarse cuando acaba sufriendo Alzheimer y en quien Nick desea no terminar por encarnarse, aun cuando esto le lleve a convertirse en un ser incapaz de expresar sus emociones; su madre es una mujer amable y sobreprotectora que no le prepara adecuadamente para enfrentarse a los sinsabores del mundo adulto, y mucho menos a la turba mediática que se cierne sobre él cuando todos los indicios apuntan a su culpabilidad en la desaparición y posible asesinato de su esposa Amy.

No parece una coincidencia que Nick Dunne fuese un periodista especializado en el cine americano, lo que lleva a la pareja a compartir una elevada conciencia del carácter mimético de la vida de su generación: aquellos que crecieron bajo la influencia de los programas televisivos y las películas e Internet, influencias ostensiblemente deshumanizadoras, como vemos en el caso de los protagonistas, que tienen en común un único rasgo pero que les une al final de la historia indefectiblemente: la conciencia de que la única manera de seguir adelante pasa por pasar del odio y el deseo de destrucción mutua a un renovado compromiso basado en el fingimiento de que sí se aman, de que sí son felices, de que sí son la pareja americana perfecta.

mi traducción de los tres primeros capítulos de «La letra escarlata»

CAPÍTULO 1
La puerta de la prisión

Una multitud de hombres barbudos, vestidos con prendas deslucidas y sombreros grises puntiagudos como los chapiteles de los campanarios, mezclados con mujeres, algunas de las cuales llevaban capotas, y otras la cabeza descubierta, estaba reunida en frente de un edificio de madera, cuya puerta había sido construida con gruesos maderos de roble, y estaba tachonada con puntas de hierro.

Los fundadores de una nueva colonia, cualquiera que sea la Utopía de virtud humana y de felicidad que hayan proyectado originariamente, han debido siempre reconocer entre sus necesidades prácticas iniciales el disponer una porción de la tierra virgen para el cementerio, y otra porción para erigir la prisión. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, casi con tanta seguridad como que trazaron el primer cementerio en el terreno de Isaac Johnson, alrededor de su tumba, que con posterioridad se convirtió en el núcleo de todo el conjunto de sepulcros del viejo camposanto de King’s Chapel. Lo cierto es que, unos quince o veinte años tras el asentamiento de la población, la cárcel de madera ya mostraba las marcas producidas por el tiempo atmosférico y otras indicaciones de la edad, que concedían un aspecto aún más sombrío a su fachada ceñuda y lúgubre. El óxido sobre la pesada herrumbre de la puerta de roble tenía una apariencia más antigua que ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo relacionado con el crimen, parecía que nunca hubiese conocido una edad joven.

Al pie de este feo edificio, y entre él y el camino de la calle, había una parcela de hierba, con mucha bardana y otros desagradables hierbajos de ese tipo, los cuales evidentemente encontraban algún elemento de su gusto en el suelo que había tan tempranamente albergado la flor negra de la sociedad civilizada, la prisión. Pero a un lado del portal, con las raíces partiendo casi del mismo umbral, había un rosal salvaje, cubierto, en este mes de junio, con las preciosas y delicadas flores que podría imaginarse ofrecían su fragancia y frágil belleza al prisionero que entraba, y al criminal convicto que se adentraba para vivir su condena, como señal de que el profundo corazón de la naturaleza podía compadecerse de él y mostrarle su bondad.

Este rosal silvestre, por una extraña casualidad, ha pervivido en la historia; pero si meramente sobrevivió, salido del austero y frío bosque, tanto tiempo después de la caída de los gigantes pinos y robles que originariamente le daban sombra, o si, como dice la tradición, creció bajo las pisadas de la devota Ann Hutchinson al cruzar ésta la puerta de la prisión, no me propondré determinar. Al encontrarlo de este modo en el umbral de nuestra propia narración, que va seguidamente a dar comienzo desde un portal tan poco propicio, no podemos dejar de arrancar una de sus flores y ofrecerla al lector. Podrá servir, esperemos, para simbolizar alguna apacible lección moral que nos encontremos por el camino, o podrá suavizar el oscuro final de una historia de fragilidad y sufrimiento humanos.

Capítulo 2
La plaza del mercado

El campo frente a la prisión, una mañana de verano de no hace menos de doscientos años, estaba ocupado por un número considerable de habitantes de Boston que miraban fijamente la puerta de madera de roble con remaches de hierro. En cualquier otra población, o en un periodo más tardío de la historia de Nueva Inglaterra, el aspecto sombrío y rígido de los rostros barbudos de aquella buena gente habría anunciado que se preparaba algún asunto terrible. Habría significado nada menos que la próxima ejecución de algún criminal notable, sobre quien la sentencia de un tribunal legal no habría sino confirmado el veredicto de la opinión pública. Pero, dada la severidad que mostraba el carácter puritano en aquellos primeros tiempos, una conclusión de este tipo no estaría exenta de dudas. Podría ser que algún esclavo perezoso, o un niño desobediente, a quien sus padres habían entregado a la autoridad civil, iba a recibir un correctivo a base de latigazos. O podría ser que un seguidor del antinomianismo, un quákero, o el adepto de alguna otra secta religiosa, iba a ser expulsado de la ciudad, o que un indio vagabundo y ocioso, a quien el aguardiente del hombre blanco hubiese impulsado a armar jaleo en las calles, iba a ser conducido a golpes a la espesura del bosque. Podría ser, también, que una bruja, como la vieja señora Hibbins, la malhumorada viuda del magistrado, iba a morir en el cadalso. Cualquiera que fuera el caso, se reflejaba en los espectadores en gran medida el mismo aire de solemnidad, como correspondía a una gente para la cual la religión y la ley eran casi idénticas, y en cuyo carácter ambas estaban tan irremediablemente entrelazadas, que tanto los más leves como los más severos actos de disciplina se hacían a una vez venerables y terribles. Poca y desapasionada era la simpatía que podía encontrar un transgresor, entre concurrencia como ésta, en el cadalso. Por otro lado, una pena que, en nuestros días, provocaría un cierto grado de ridículo e infamia, podría entonces estar revestida con una dignidad casi tan solemne como la de la misma pena capital.

Era una circunstancia digna de notarse, en la mañana de verano en la que da comienzo nuestra historia, que las mujeres, de las que había varias entre la multitud, parecían estar especialmente interesadas en el castigo que se esperaba. Aquella época no era tan refinada como para que sentido alguno del decoro impidiese a aquellas personas que habitualmente portaban enaguas y miriñaque salir a las vías públicas, si se presentaba la ocasión, y abrir paso a sus voluminosos cuerpos entre la multitud más cercana al cadalso con ocasión de una ejecución. Moral, tanto como físicamente, había en aquellas esposas y doncellas recién llegadas de Inglaterra un material más tosco que en sus hermosas descendientes, separadas de aquéllas por una serie de seis o siete generaciones; pues, a través de aquella línea genealógica, cada madre había transmitido sucesivamente a su hija un rubor más suave, una belleza más sencilla y delicada, y un porte físico menor, además de un carácter menos fuerte y sólido que el suyo mismo. Las mujeres que estaban en ese momento reunidas en torno a la puerta de la prisión se hallaban a menos de medio siglo de distancia del periodo en que la reina Isabel, que había sabido gobernar como un hombre, las había representado no sin acierto. Ellas eran sus rudas súbditas; y la ternera y la cerveza de su tierra nativa, acompañadas de una dieta moral no más refinada, daban consistencia a sus personas. El brillante sol de la mañana, por lo tanto, alumbraba anchas espaldas y pechos bien desarrollados, y mejillas redondas y encendidas, que habían madurado en la lejana isla, y apenas se habían vuelto más delgadas o más pálidas en la atmósfera de Nueva Inglaterra. Había, por encima, un atrevimiento y una rotundidad en el lenguaje de estas matronas, pues todas ellas parecían serlo, que nos sobresaltaría a todos nosotros en el tiempo presente, bien por su intencionalidad o su volumen.
—Comadres, —dijo una ruda dama de unos cincuenta años—, voy a daros mi opinión. Redundaría en beneficio público si a nosotras, mujeres de edad madura y feligresas de buena reputación, nos fuese encomendado el castigo de tales malefactoras como esta Hester Prynne. ¿Qué pensáis, deslenguadas? Si la fresca fuese juzgada por nosotras cinco, que estamos aquí reunidas como en una piña, ¿saldría librada con una sentencia como la que le han dado los venerables magistrados? ¡Doy fe de que no!
—Se dice, —dijo otra—, que el reverendo Dimmesdale, su piadoso párroco, está profundamente afligido por que un escándalo como éste haya tenido lugar en su congregación.
—Los magistrados son buenos hombres temerosos de Dios, pero excesivamente misericordiosos, eso es cierto, —añadió una tercera matrona, ya entrada en años—. Al menos deberían haberle marcado la frente con hierro candente. Eso habría afectado a Madame Hester, estoy segura. Pero a ella, la desvergonzada, ¡poco le va a importar lo que le coloquen en el corpiño del vestido! Pues, pensad, ¡puede que lo cubra con un broche, u otro adorno pagano de ese tipo, y seguir andando por la calle como si nada!
—¡Ah, pero… —exclamó, con mayor suavidad, una joven casada que llevaba a un niño de la mano—, dejadla que cubra la marca como buenamente pueda, el remordimiento siempre anidará en su corazón.
—¿Qué importan las marcas y los signos, tanto en el corpiño de su vestido como en la carne de su frente? —gritó otra mujer, la más fea al tiempo que la más implacable entre este grupo de ellas que se habían constituido como jueces—. Esta mujer ha manchado el nombre de todas nosotras, y debería morir. ¿No hay una ley para ello? Ciertamente la hay, tanto en las Escrituras como en los estatutos de la ciudad. ¡Entonces que los magistrados, que han hecho de ella caso omiso, se agradezcan a sí mismos si sus propias esposas o hijas se desvían del camino correcto!
—¡Que el cielo se apiade de nosotros, señora! —exclamó un hombre entre la multitud— ¿acaso una mujer sólo ha de ser virtuosa si tiene un sano miedo al cadalso? ¡Pues ése es el juicio más terrible que se ha expresado hasta ahora! ¡Callad ahora, cotillas! Pues el cerrojo de la puerta de la prisión está girando y ya llega la misma Hester Prynne.

La puerta de la prisión se abrió de golpe desde dentro y apareció, en primer lugar, como una sombra negra saliendo a la luz del sol, la sombría y espeluznante figura del alguacil, portando una espada hacia un lado, y su bastón de mando en la mano. Este personaje ilustraba y representaba con su aspecto toda la sombría severidad del código de leyes puritano, que era su responsabilidad hacer cumplir hasta las últimas consecuencias para el culpable. Extendiendo el bastón de su oficio con su mano izquierda, dejó descansar la derecha sobre el hombro de una joven mujer, a la que así hizo avanzar, hasta que, en el umbral de la prisión, ésta se zafó de él, en un movimiento caracterizado por la dignidad natural y la fuerza de su carácter, y salió al aire libre como si fuese por su propia voluntad. Llevaba en sus brazos una criatura, un bebé de unos tres meses de edad, que pestañeaba y escondía su pequeño rostro de la luz demasiado vívida del día; probablemente porque en su existencia, hasta este momento, sólo había conocido la penumbra gris de una mazmorra, u otro oscuro apartamento de la prisión.

Cuando la joven mujer, la madre de esta criatura, se halló en presencia de la multitud, pareció ser su primer impulso el de estrechar a la niña contra su pecho, no tanto como un impulso de amor maternal como para ocultar una cierta señal, que había sido bordada o fijada a su vestido. Al momento siguiente, sin embargo, sabiamente comprendiendo que una señal de su vergüenza difícilmente iba a servir para ocultar la otra, sostuvo al bebé con el brazo, y, con el rostro azorado, pero con una sonrisa altiva y una mirada que se resistía a ser humillada, contempló a sus convecinos. En el seno de su vestido, en una hermosa tela roja, rodeada de un bordado muy elaborado y con fantásticos adornos en hilo dorado, aparecía la letra A. Había sido confeccionada tan artísticamente, con tanta creatividad y exuberancia de la imaginación, que tenía el efecto de una acertada decoración final al conjunto que llevaba puesto, que era tan esplendoroso como correspondía al gusto de la época, aunque mucho más de lo que era permitido por las leyes suntuarias de la colonia.

Aquella joven mujer era alta, y su figura derrochaba elegancia. Sus cabellos eran abundantes y oscuros, tan brillantes que reflejaban con vivos destellos los rayos del sol; su rostro, además de ser hermoso por la regularidad de sus facciones y la luminosidad de su tez, tenía toda la fuerza de expresión que comunican un entrecejo bien marcado y unos ojos profundamente negros. Tenía el aspecto de una dama, además, tal como éste era concebido en aquellos tiempos, esto es, la caracterizaban una cierta majestuosidad y dignidad, más que la gracia delicada, evanescente e indescriptible por la que se reconoce a las damas hoy en día. Y nunca había parecido Hester Prynne más una dama, en la antigua interpretación del término, como cuando salió de la prisión. Aquellos que ya la conocían, y habían esperado verla apagada y oscurecida por una nube sombría, sintieron un profundo asombro, e incluso sobresalto, al percibir cómo su belleza irradiaba un halo que partía de la desgracia e ignominia que la cubrían. Puede ser cierto que, a los ojos de un observador atento, había algo exquisitamente doloroso en todo ello. Su vestido, el cual, ciertamente, ella misma había confeccionado para la ocasión en la prisión, siguiendo solamente su propio gusto, parecía expresar la actitud de su espíritu, la desesperada inquietud de su talante, en su estilo salvaje y pintoresco. Pero lo que atraía todas las miradas, y que, de hecho, transfiguraba a la mujer —de modo que tanto los hombres como las mujeres que habían tratado con Hester Prynne anteriormente tenían ahora la sensación de estar viéndola por primera vez en sus vidas— era la Letra Escarlata, tan fantásticamente bordada e iluminada sobre su pecho. Tenía el efecto de un conjuro, sustrayéndola de las relaciones ordinarias con la humanidad y situándola en una esfera propia.
—No puede negarse que es hábil con la aguja —comentó una de las espectadoras— pero, ¿ha habido mujer alguna, antes de esta fresca, que idease manera tan descarada de mostrarlo? Amigas, ¿qué significa esto sino que se ríe en la cara de nuestros piadosos magistrados, convirtiendo en motivo de orgullo lo que ellos, caballeros de gran valía, quisieron infligir como castigo?
—Deberíamos, —murmuró la anciana con el rostro más férreo— arrancarle ese bonito vestido de los delicados hombros de Madame Hester, y por lo que se refiere a la letra roja que ha cosido de manera tan peculiar, yo puedo darle un trapo de esta franela que uso para mi reumatismo.
—Hágase la paz, vecinas —murmuró la más joven de ellas— que no os oiga. Cada puntada de esa letra bordada debe de haberla sentido en su corazón.

El sombrío alguacil hizo ahora un gesto con su bastón.
—¡Haced paso, buenas gentes! ¡Haced paso, en el nombre del Rey! —gritó. Abridle paso, y os prometo que la señorita Prynne se dirigirá a un lugar desde el cual cualquier hombre, mujer o niño podrá contemplar su atrevido traje desde esta hora hasta la una de la tarde. ¡El cielo bendiga la virtuosa colonia de Massachussetts, en donde la iniquidad es obligada a salir a la luz del sol! Ven por aquí, Madame Hester, para mostrar vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.

Inmediatamente se abrió un camino de entre la turba de espectadores. Precedida por el alguacil, y seguida por una comitiva irregular de hombres de duro semblante y mujeres de rostros poco amables, Hester Prynne echó a andar hacia el lugar que se había determinado para su castigo. Un grupo de ansiosos y curiosos colegiales, que entendían más bien poco de lo que ocurría, sacando que resultaba en pasar medio día sin clases, corrían en frente de ella, volviendo las cabezas continuamente para mirarla a la cara, y al bebé que parpadeaba en sus brazos, y al ignominiosa letra en su seno. No había una gran distancia, en aquellos días, entre la puerta de la prisión y la plaza del mercado. Pero desde el punto de vista de la prisionera, debió de parecer un viaje algo largo, pues, aunque su manera era altiva, ella probablemente agonizaba a cada paso de todos aquellos que se amontonaban para verla pasar, como si su corazón hubiese sido arrojado a la calle para que todos ellos lo escarnecieran y lo pisotearan. Sin embargo, nuestra naturaleza es tal que, maravillosa y misericordiosamente, la víctima no llega usualmente a conocer la intensidad de su sufrimiento en el momento de la tortura, sino merced a la amargura que deja tras de sí. De modo que, con un andar casi sereno, Hester Prynne sufrió esta parte de su castigo, y llegó hasta una suerte de cadalso que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, prácticamente bajo los aleros de la iglesia más antigua de Boston, como si formara parte de la misma.

De hecho, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal, la cual, desde hace dos o tres generaciones, ha constituido meramente parte de nuestra tradición histórica, pero que era considerada, en aquellos tiempos, tan efectiva en la promoción de la buena ciudadanía como lo fue la guillotina entre los terroristas de Francia. Se trataba, pues, de la plataforma sobre la que se alzaba la picota, ese instrumento de disciplina ideado para sujetar la cabeza humana firmemente, y así mostrarla a la visión del público. El propio ideal de la ignominia se hallaba encarnado y se hacía manifiesto en esta armazón de madera y hierro. No puede haber una afrenta, considero, contra nuestra común naturaleza humana, —cualesquiera que hayan sido los delitos del individuo— ninguna afrenta más flagrante que prohibir al culpable que oculte su rostro por la vergüenza, tal como era la esencia de este castigo. En el caso de Hester Prynne, sin embargo, y como no era infrecuente en otros casos, su sentencia establecía que debería quedarse un cierto tiempo sobre la plataforma, pero sin tener que estar sujeta a aquel cepo por el cuello. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, ascendió un tramo de peldaños de madera, y así apareció a la vista de la multitud que la rodeaba, aproximadamente a la altura de los hombros de un hombre que estuviese en la calle.

Si hubiera habido un papista entre la multitud de puritanos, podría haber percibido en esta hermosa mujer, tan llamativa en su manera de vestir y en su semblante, y sujetando al bebé contra su pecho, la viva imagen de la Divina Maternidad, que tantos pintores ilustres han rivalizado por representar: alguien que le recordaría, ciertamente, aunque sólo por el contraste, a aquella sagrada imagen de maternidad libre de pecado, cuyo Hijo iba a redimir el mundo. Aquí se hallaba la mancha del pecado más grave sobre la cualidad más sagrada de la vida humana, y el resultado era que el mundo se aparecía más oscuro ante la belleza de esta mujer, y más perdido a causa de la niña que había tenido.

La escena estaba revestida de cierta solemnidad, como la que debe siempre acompañar a un espectáculo de culpa y vergüenza ajenas, antes de que la sociedad se haya vuelto lo suficientemente corrupta para sonreír, en lugar de sobrecogerse ante el mismo. Los testigos de la desgracia de Hester Prynne aún no habían superado esta simplicidad. Eran lo bastante rudos como para poder contemplar su muerte, si ésta hubiese sido la sentencia, sin murmurar sobre su severidad, pero tampoco tenían la falta de corazón de una clase social diferente, que habría hallado objeto de burla en una exhibición como la presente. Incluso si hubiese habido una predisposición a ridiculizar el asunto, ésta habría sido reprimida y contenida por la solemne presencia de hombres tan dignos como el gobernador, y algunos de sus consejeros, un juez, un general, y los sacerdotes de la ciudad, todos los cuales se hallaban sentados o de pie en un balcón de la casa parroquial, observando la plataforma desde lo alto. Al hallarse allí congregadas personalidades de ese calibre, sin que esto pusiera en evidencia la majestad o reverencia de su rango, podía con toda seguridad deducirse que la sentencia legal iba a ser aplicada de manera enérgica y eficaz. En correspondencia, la multitud permanecía sombría y grave.

La infeliz condenada se mantenía en pie como buenamente podía, bajo la atenta mirada de mil ojos implacables, todos fijados en ella, y concentrados en su seno. Era prácticamente intolerable. Siendo de naturaleza impulsiva y apasionada, se había endurecido para soportar los dardos y las puñaladas envenenadas de la afrenta pública, que se descargaría por medio de todo tipo de insultos; pero había una cualidad tan terrible en la actitud solemne del pueblo, que habría preferido observar aquellos rostros rígidos deformados por una alegría desdeñosa, de la que ella fuese el objeto. Si la multitud hubiese estallado en carcajadas —cada hombre, cada mujer cada niño de voz aguda contribuyendo por su parte— Hester Prynne podría haberles correspondido con una amarga y desdeñosa sonrisa. Pero, bajo la severidad del castigo que estaba condenada a soportar, sentía, por momentos, la necesidad de gritar con todo el poder de sus pulmones, y arrojarse del cadalso al suelo, para no volverse loca.

Había, sin embargo, intervalos en los que toda la escena, en la cual ella desempeñaba el papel más destacado, parecía desvanecerse frente a sus ojos, o, cuando menos, brillaba indistintamente, como si los espectadores fuesen una masa de figuras imperfectas y de imágenes espectrales. Su mente, y en especial su memoria, mantenían una actividad casi sobrenatural, y continuamente se le aparecían escenas diferentes a esta tosca calle en una pequeña ciudad junto al borde de las tierras salvajes del oeste: otros rostros distintos a los que la observaban desde los bordes de aquellos sombreros con forma de chapitel. Se trataba de reminiscencias aparentemente nimias e insignificantes, episodios de su infancia y de sus días de colegio, juegos, peleas infantiles, y de su vida doméstica en sus años de soltería se agolpaban en su mente, entremezclados con recuerdos de todo aquello que revistió gravedad en su vida posterior. Cada imagen era tan vívida como la siguiente, como si todas tuviesen la misma importancia, o todas fuesen igualmente un simple juego.

Posiblemente se tratase de un resorte instintivo de su espíritu para liberarse, mediante la exhibición de estas formas fantasmagóricas, del cruel peso y de la dureza de la realidad.
Sea como fuere, podría decirse que el cadalso de la picota le ofrecía a Hester Prynne un punto de vista desde el que le era revelada toda la senda por la que había ido avanzando desde su feliz infancia. De pie sobre aquel miserable promontorio, contempló de nuevo su aldea natal, en la vieja Inglaterra, y el hogar de sus padres: una casa decaída de piedra gris, con un pobre aspecto, aunque retenía un escudo de armas medio borrado sobre el portal, como prueba de una antigua hidalguía. Vio el rostro de su padre, con su frente determinada, y una venerable barba blanca, que flotaba sobre el anticuado cuello isabelino; el rostro de su madre también, cuyo semblante reflejaba un amor atento y ansioso siempre en sus recuerdos, y el cual, desde el día de su muerte, había a menudo reprendido dulcemente a su hija en su camino. Vio su propio rostro, brillando con su belleza juvenil, e iluminando por dentro el oscuro espejo en el que se le había dado por mirarse. Allí contempló otro semblante, el de un hombre bien entrado en años, el rostro pálido, delgado, de un hombre dedicado a los libros, con los ojos débiles y borrosos por efecto de la lámpara de la que se habían servido para inclinarse sobre muchos libros sesudos. Sin embargo aquella misma mirada borrosa tenía un poder extraño y penetrante, cuando el propósito de su dueño era el de leer el alma humana. Esta figura perteneciente al estudio y al claustro, como la imaginación femenina de Hester Prynne no dejaba de percibir, estaba ligeramente deformada, con el hombro izquierdo un poco más alto que el derecho. A continuación se alzaban ante ella, en aquella galería de la memoria, las avenidas estrechas e intricadas, los altos edificios grises, las enormes catedrales, y los edificios públicos, de construcción antigua y de delicada arquitectura, de una ciudad europea, en la que una nueva vida le había aguardado, todavía en conexión con el erudito deforme: una nueva vida, pero alimentada de materiales gastados por el tiempo, como una mata de musgo sobre un muro derruido. Finalmente, en lugar de estas escenas pasajeras, retornó la tosca plaza del mercado del asentamiento puritano, donde todos los habitantes de la ciudad se habían reunido, y dirigían su severa mirada a Hester Prynne —sí, a ella misma que seguía de pie en el cadalso de la picota, con una niña en sus brazos, ¡y la letra A, en color escarlata, fantásticamente bordada con hilo dorado, sobre su seno!

¿Podía ser cierto? Apretó a la niña tan fieramente contra su pecho que ésta emitió un gritito. Bajó la vista para contemplar la letra escarlata e incluso la tocó con su dedo, para asegurarse de que la criatura y la vergüenza eran reales. ¡Sí! —éstas eran sus realidades— ¡todo lo demás se había desvanecido!

Capítulo 3
El reconocimiento

De esta intensa conciencia de constituir el objeto del severo escrutinio general, la mujer que portaba la letra escarlata se vio liberada al discernir, al fondo de la concurrencia, una figura que se apoderó irresistiblemente de sus pensamientos. Un indio, con su habitual indumentaria, se encontraba allí. Pero los pieles rojas no visitaban las colonias inglesas tan infrecuentemente como para que uno de ellos hubiese atraído la atención de Hester Prynne en un momento como aquel, y mucho menos hasta el punto de excluir cualquier otro asunto o idea de su mente. Al lado del indio, y en términos evidentemente amigables con el mismo, se hallaba un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de ropas civilizadas y salvajes.

Era de pequeña estatura, y tenía el semblante surcado por numerosas arrugas, el cual, sin embargo, difícilmente podría describirse como el de un anciano. Sus rasgos mostraban los signos de una gran inteligencia, como si a fuerza de cultivar sus facultades mentales se hubiese modelado su apariencia física, haciéndose su ingenio manifiesto por medio de señales inequívocas. A pesar de que, debido a la aparentemente descuidada disposición de su heterogénea vestimenta, se había esforzado por ocultar o disimular la peculiaridad, resultaba evidente a los ojos de Hester Prynne que uno de los hombros de este hombre se alzaba más alto que el otro. Una vez más, nada más descubrir aquel rostro delgado, y la ligera deformidad del porte de aquel personaje, estrechó a su criatura contra su seno, con tal convulsión que el pobre bebé profirió otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oírlo.

A su llegada a la plaza del mercado, y desde algún tiempo antes de que ella le viera, el extraño había clavado sus ojos en Hester Prynne. Fue descuidadamente al principio, como si fuera un hombre acostumbrado a mirar mayormente en su interior, y a quien los asuntos ajenos son de poco valor e importancia, a no ser que se relacionen con algún elemento de su mente. Muy pronto, sin embargo, esta mirada se volvió determinada y penetrante. Una expresión de horror se retorcía sobre sus facciones, como si una serpiente se deslizase con rapidez sobre ellas, deteniéndose de cuando en cuando, y exhibiendo todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció por obra de alguna fuerte impresión, la cual, sin embargo, éste controló instantáneamente por un esfuerzo de su voluntad, de modo que, salvo por ese único momento, se diría que su expresión general era de calma. Tras un breve instante, la convulsión se hizo apenas imperceptible, y finalmente se recluyó en las profundidades de su naturaleza. Cuando descubrió los ojos de Hester Prynne clavados en los suyos, y vio que ella parecía reconocerle, lenta y tranquilamente alzó el dedo, hizo un gesto con el mismo en el aire, y lo llevó a sus labios.

Entonces, tocando el hombro de un parroquiano que estaba a su lado, se dirigió a él, de manera formal y cortés:
—Dígame, buen señor —dijo— ¿quién es esa mujer? ¿y por qué motivo se halla aquí expuesta a la vergüenza pública?
—No debe de ser usted de esta región, amigo —respondió el parroquiano, observando con curiosidad al que le hacía la pregunta y a su salvaje compañero— de otro modo habría oído hablar de Hester Prynne y de sus fechorías. Ha causado un gran escándalo, le puedo jurar, en la congregación de nuestro piadoso párroco, el señor Dimmesdale.
—Tenéis razón —replicó el otro—, soy un forastero, y acabo de pasar un tiempo viajando, muy en contra de mi gusto. He sufrido terribles contratiempos por tierra y por mar, y he sido prisionero largo tiempo de las tribus paganas hacia el sur, y ahora he sido traído aquí por este indio, para ser liberado de mi cautividad. ¿Le importaría mucho, por lo tanto, explicarme qué ofensas ha cometido esta mujer, Hester Prynne… si he dicho su nombre correctamente, y qué es lo que la ha traído a aquel cadalso?
—Ciertamente, amigo. Y pienso que debe de ser motivo de satisfacción, después de las dificultades de su estancia en las tierras salvajes —dijo el parroquiano— comprobar que se halla finalmente en una tierra en la que la iniquidad es investigada, y sometida a castigo a los ojos de los gobernantes y del público, como es el caso aquí en nuestra bendita Nueva Inglaterra. Aquella mujer, señor, como usted debe saber, era la mujer de un hombre de ciencia, un inglés, pero que vivió por un tiempo en Amsterdam, desde donde, hace ya algún tiempo, tenía la intención de viajar para asentarse entre nosotros los de Massachussetts. Con este propósito, envió a su esposa, quedándose él allá para ocuparse de ciertos asuntos. Pero el caso es, buen señor, que en estos dos años, o menos, en que la mujer ha habitado aquí en Boston, ninguna noticia ha llegado de este hombre de ciencia, el señor Prynne, y su joven esposa, ya veis, al ser abandonada a su propio criterio…
—Ah, ya veo —dijo el forastero, con una sonrisa amarga—-. Un hombre tan sabio como el que describís debería haber aprendido esto también en sus libros. Y ¿quién, según usted, señor, sería el padre de aquel bebé, que debe de tener tres o cuatro meses, me parece a mí, que las señora Prynne sujeta en sus brazos?
—Verdaderamente, señor, ese asunto es aún un enigma, y el profeta Daniel que lo exponga aún no ha aparecido —respondió el parroquiano—. La señora Hester se niega tajantemente a hablar, y los magistrados han conferido sobre el asunto en vano. Quién sabe si el culpable se halla contemplando este triste espectáculo, sin que le conozcan los hombres, y olvidando que Dios sí le puede ver.
—El hombre de ciencia —observó el forastero con otra sonrisa— debería venir él mismo a investigar este misterio.
—Sería muy apropiado, si aún vive —respondió el parroquiano—. Si bien, buen señor, nuestros magistrados de Massachussetts, considerando que esta mujer es joven y hermosa, y que, sin duda, sufrió una gran tentación, y que, además, como parece lo más probable, su marido probablemente se encuentre en el fondo del mar, no se han atrevido a imponerle nuestra recta ley. La pena por su culpa es la muerte. Pero en su gran misericordia y bondad han condenado a la señora Prynne a permanecer sólo durante un espacio de tres horas en la plataforma del cadalso, y luego, permanentemente, por el resto de su vida natural, a llevar una señal de ignominia sobre su seno.
—¡Una sabia sentencia! —exclamó el forastero, inclinando la cabeza gravemente—. Así ella se convertirá en un sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa sea grabada sobre su lápida. Me molesta, sin embargo, que el cómplice en su iniquidad no deba, al menos, permanecer en el cadalso junto a ella. Pero, ¡ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!

Inclinó la cabeza cortésmente hacia el comunicativo parroquiano, y, tras susurrar unas pocas palabras a su ayudante indio, ambos se abrieron camino entre la multitud.

Mientras esto ocurría, Hester Prynne había permanecido en su pedestal, todavía fijando la mirada en el forastero, una mirada tan fija que, en los momentos de mayor concentración parecía que todos los demás objetos del mundo visible desapareciesen, dejándolos solos a él y a ella. En caso de producirse tal entrevista, probablemente ésta habría sido más terrible incluso que encontrarle ahora del modo en que lo hizo, mientras el caluroso sol del mediodía caía sobre su rostro e iluminaba su vergüenza, con la señal escarlata de su infamia sobre su seno, con la criatura nacida del pecado en sus brazos, con toda aquella gente, atraída como si de un festival se tratase, mirando fijamente la fisonomía que debería haber sido contemplada sólo a la cálida luz de la chimenea, en la feliz reclusión del hogar, o bajo un velo en la iglesia. Horrible como era su situación, sin embargo le proporcionaba un refugio encontrarse en la presencia de estos miles de testigos. Era mejor hallarse así, con tanta gente entre él y ella, que tener que verse cara a cara, los dos solos. Buscó refugio, por así decirlo, en su exposición pública, y temió el momento en el que esta protección le fuese retirada. Sumida en estos pensamientos, apenas percibió una voz tras ella que repetía su nombre, en un tono alto y solemne, que podía ser oído por toda la multitud.
—Óyeme, Hester Prynne —dijo la voz.

Ya se ha mencionado que justo sobre la plataforma en la que se encontraba Hester Prynne había una especie de balcón, o una galería abierta, que partía del edificio parroquial. Era el lugar en el que se hacían las proclamaciones, entre un nutrido grupo de la magistratura, con todo el ceremonial que era propio de tales oficios públicos en aquellos días. En el caso que nos ocupa, el gobernador Bellingham atestiguaba la escena en cuestión, y rodeaban su silla cuatro guardias que portaban alabardas. Llevaba una pluma oscura en el sombrero, una capa con los bordes bordados, y una túnica de terciopelo negro por debajo; se trataba de un caballero de edad avanzada, en cuyas arrugas se había escrito la dura experiencia de su vida. Era un hombre muy a propósito para hallarse al frente de una comunidad que debía su origen y progreso, y el presente estado de su desarrollo, no al impulso de la juventud, sino a las severas y templadas energías de la edad viril y a la sombría sagacidad que reunía tantos logros, precisamente por carecer apenas de imaginación y esperanza. Las otras eminentes personalidades por las que estaba rodeado el mayor dignatario se distinguían por la dignidad en el porte, que correspondía a un período en el que era considerado que las formas de la autoridad poseían la sacralidad de las instituciones divinas. Se trataba, sin lugar a dudas, de hombres buenos, justos y sabios. Pero, de entre el conjunto de la familia humana, no habría resultado fácil seleccionar un número similar de personas sabias y virtuosas, que habrían sido menos capaces de sentarse a juzgar el corazón de una mujer extraviada y de separar en él lo bueno de lo malo, que estos sabios de aspecto rígido hacia los que

Hester Prynne ahora dirigía su rostro. Ella parecía consciente, ciertamente, de que cualquier tipo de simpatía que pudiera esperar se hallaba en los corazones más grandes y cálidos del gentío, pues, mientras alzaba sus ojos hacia el balcón, la infeliz palideció, y tembló.

La voz que había llamado su atención era aquella del famoso y reverendo John Wilson, el clérigo más longevo de Boston, un gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos en la profesión, y además un hombre con un espíritu amable y jovial. Esta última cualidad, sin embargo, estaba menos desarrollada que sus dones intelectuales, y él la contemplaba como un rasgo por el que avergonzarse antes que congratularse. Allí estaba; un borde de pelo rizado entrecano le sobresalía por debajo de la gorra, mientras que sus ojos grises, acostumbrados a las sombras de su despacho, pestañeaban, como los de la criatura de Hester, bajo el sol implacable. Tenía la apariencia de aquellos retratos que aparecía en los oscuros grabados de antiguos volúmenes de sermones, y no tenía mayor derecho que el que cabría suponer a uno de esos retratos para aparecer allí, como lo hacía ahora mismo, y entrometerse en una cuestión de pasión, angustia y culpa humanas.
—Hester Prynne —dijo el clérigo— me he esforzado en compañía de este joven hermano, cuya predicación de la Palabra has tenido el privilegio de escuchar, —en este momento el señor Wilson puso la mano sobre el hombro de un pálido joven que se encontraba a su lado— me he esforzado, como decía, por persuadir a este buen joven de que tratase contigo, aquí, frente a la faz del Cielo, y en presencia de estas sabias y rectas autoridades, y ante los oídos de toda la gente, en referencia a la vileza y negrura de tu pecado. Conocedor de tu temperamento mejor que yo, él podría mejor juzgar qué argumentos emplear, si suaves o terroríficos, de modo que prevaleciesen sobre tu dureza y obcecación, de modo que dejases de ocultar el nombre de aquél que te tentó a caer de esta manera. Pero él me señala, con la suavidad propia de un hombre joven, aunque sea más sabio de lo que sus años señalarían, que no estaría de acuerdo con la propia naturaleza femenina el obligarte a descubrir los secretos de tu corazón a plena luz del día, y en presencia de una multitud tan grande.

Verdaderamente, tal y como me he esforzado en convencerle, la vergüenza se debe hallar en cometer el pecado, y no en mostrarlo. ¿Qué dices sobre esto, una vez más, hermano Dimmesdale? ¿Deberías ser tú, o yo, quien tratase con el alma de esta pobre pecadora?

Se produjo un murmullo entre los dignos y reverendos ocupantes del balcón, y el gobernador Bellingham expresó en voz alta lo que discutían, hablando con una voz firme, aunque templada por el respeto al joven clérigo al que se dirigía.
—Mi buen señor Dimmesdale —dijo él— la responsabilidad del alma de esta mujer recae mayormente sobre vos. Os corresponde, de este modo, exhortarla a que se arrepienta y a que, como prueba y consecuencia de esto, confiese.
La decisión de estas palabras condujo las miradas de toda la multitud hacia el reverendo señor Dimmesdale, un joven clérigo que había llegado de una de las mejores universidades inglesas, trayendo toda la sabiduría de la época a nuestros bosques salvajes. Su elocuencia y su fervor religioso ya le habían hecho eminente en su profesión. Era una persona de apariencia muy llamativa, con una frente blanca y elevada, ojos grandes, marrones y melancólicos, y una boca que, a menos que éste la contrajese por su voluntad, solía parecer temblorosa, lo que expresaba tanto sensibilidad nerviosa como un gran dominio de sí mismo.
Así era el joven que el reverendo Wilson y el gobernador habían presentado al público, al pedirle que se dirigiese, frente a los oídos de todos los allí presentes, a aquel misterio que es el alma de la mujer, tan sagrada incluso cuando se corrompe. Al encontrarse en tal difícil tesitura la sangre desapareció de sus mejillas, y sus labios temblaron.
—¡Háblele a esa mujer, hermano! —dijo el señor Wilson—. Es de gran importancia para su alma, y, por lo tanto, como dice nuestro venerable gobernador, de gran importancia para la tuya, a cuyo cargo está la de ella. ¡Exhórtala a que confiese la verdad!
El reverendo Dimmesdale inclinó la cabeza, en actitud orante, como parecía, y luego dio un paso adelante.
—Hester Prynne —dijo, asomándose al balcón, y mirándola fijamente a los ojos— ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves lo que se espera de mí. Si sientes que traería la paz a tu alma, y que tu castigo terrenal de este modo será más efectivo para tu salvación, ¡te exhorto a que digas el nombre de tu compañero en el pecado y en el sufrimiento! No mantengas el silencio al interpretar erróneamente que le debes compadecer y amar, pues, ciertamente, Hester, aunque tuviese que descender desde una posición prominente para encontrarse junto a ti en tu pedestal de vergüenza, sería mejor esto que ocultar un corazón culpable a lo largo de una vida entera. ¿De qué puede servirle tu silencio, excepto para tentarle, sí, conducirle, por así decirlo, a añadir hipocresía a su pecado? El Cielo te ha concedido que tu ignominia sea pública, para que de este modo puedas triunfar públicamente sobre el mal que tienes dentro y sobre la tristeza que te embarga. ¡Fíjate lo que haces al negarle, a quien, quizás, no tiene el coraje de tomarla por sí mismo, la amarga pero gratificante copa que es presentada a tus labios!

La voz del joven pastor era dulce y trémula, rica, profunda y entrecortada. El sentimiento que manifestaba con tanta evidencia, antes que el significado directo de las palabras, hacían que vibrase en todos los corazones, y produjo en los que le escuchaban una simpatía unánime. Incluso el pobre bebé que Hester sujetaba contra su seno pareció verse afectado por la misma influencia, pues dirigió su mirada, hasta entonces vacante, hacia el señor Dimmesdale, y alzó los bracitos con un murmullo en parte gratificado, en parte quejumbroso. Tan vehemente pareció la argumentación del ministro, que a la gente no le cabía dudar que Hester Prynne diría el nombre del culpable, o que, de otro modo, el mismo culpable, donde quiera que se encontrase, por elevada o humilde que fuese su posición, saldría hacia adelante presa de una necesidad interior inevitable, y ascendería al cadalso.

Hester negó con la cabeza.
—¡Mujer, no transgredas más allá de los límites que marca la misericordia del Cielo! —gritó el reverendo Wilson, en un tono más severo que el adoptado previamente—. Ese bebé ha secundado con su vocecita el consejo que se te ha impartido. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, podría arrancar la letra escarlata de tu seno.
—¡Nunca! —replicó Hester Prynne, fijando los ojos, no en el padre Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven sacerdote—. He sido marcada con ella en lo más profundo de mi ser. No podéis arrancármela. ¡Y ojalá pudiera yo soportar tanto su agonía como la mía!
—¡Habla, mujer! —dijo otra voz, con frialdad y severidad, procedente de la multitud que rodeaba el cadalso—. ¡Habla, y dale un padre a tu hija!
—¡No hablaré! —respondió Hester, volviéndose pálida como la muerte, pero respondiendo a esta voz, que seguramente reconoció—. Y mi niña debe conformarse con su Padre celestial, ¡nunca conocerá uno en la tierra!
—¡No quiere hablar! —murmuró el padre Dimmesdale, el cual, inclinado sobre el balcón, con la mano sobre el corazón, había esperado por el resultado de esta petición. Ahora se apartó, respirando profundamente—. ¡Qué maravillosa la fortaleza y generosidad del corazón de una mujer! ¡No quiere hablar!

Al comprender el resuelto talante de la mente de la pobre culpable, el clérigo de más edad, que se había preparado cuidadosamente para la ocasión, dirigió a la multitud un discurso sobre el pecado en todas sus ramificaciones, pero con especial referencia a la letra ignominiosa. Con tal vigor se explayó en lo concerniente a este símbolo, durante la hora o poco más en que sus elaboradas frases rodaron sobre las cabezas de la gente, que éste asumió nuevos terrores en sus imaginaciones, y hasta les pareció que su tono escarlata procedía de las llamas del hoyo infernal. Hester Prynne, mientras tanto, se mantenía en su lugar sobre el pedestal de la infamia, con los ojos borrosos y un aire de cansina indiferencia. Había sobrellevado aquella mañana todo lo que la naturaleza humana puede soportar, y como su temperamento no era del que escapa de un sufrimiento demasiado intenso desmayándose, su espíritu sólo pudo hallar refugio bajo una insensible corteza pétrea, mientras sus facultades físicas permanecían en funcionamiento. En este estado, la voz del predicador rugió sin tregua, pero sin dar resultado, sobre sus oídos. La niña, durante la última parte de esta prueba, había llenado el aire con sus lloros y gritos. Hester intentaba callarla mecánicamente, aunque de modo ausente. Con las mismas duras formas, fue conducida de vuelta a la prisión, y desapareció de la vista de todos tras el portalón con remaches de hierro. Aquellos que la siguieron con la mirada susurraron que la letra escarlata arrojaba un destello espeluznante a lo largo del oscuro pasillo interior.

relatos que comprenden vidas enteras

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Las historias en este último volumen publicado de Alice Munro parecen marcar un progresivo camino descendiente. La autora podría enmarcarse dentro de un realismo poético. Son relatos realistas porque describen retazos de vidas ordinarias de gente corriente que comete deslices que serán más o menos cruciales en sus vidas, y en las que los finales, sin ser felices o infelices, se quedan suspendidos, pues la vida misma no tiene principio ni final, sino que es un río que corre manso pero imparable.

Hablo de un camino descendente porque aunque el tema de la primera historia es un pequeño desliz, un encuentro sexual furtivo en un tren en marcha, la gravedad de cuyas consecuencias corresponde calibrar al propio lector, progresivamente nos encontramos con personajes cuyos errores de cálculo frente a las trampas que les presenta la vida, pequeños fracasos cotidianos, les van hundiendo más y más profundamente en el sufrimiento y la incertidumbre.

La caracterización es uno de los mayores logros de estas historias. Los personajes son los vehículos a través de los cuales los principales temas son presentados al lector. Así, conocemos a Corrie, una rica heredera, pero no tan joven, hermosa pero coja, que se entrega a una pasión ilícita con un hombre casado. ¿Cuál de los dos sale más favorecido?

También están aquellos personajes, mujeres en su mayor parte, que sufren desvaríos cuyas consecuencias no habían calibrado lo suficientemente. Como Greta, la joven mujer casada que tiene un furtivo encuentro sexual en el tren que la lleva a Toronto, donde va a encontrarse con un hombre que la trajo a casa de una cena en la que había bebido demasiado. También, está la madre de Caro, una niña a la que parece costarle aceptar que su madre la haya sacado del confortable hogar familiar para empezar una nueva vida en una caravana a la orilla de un bosque, con un actor algo hippie al que la idea de paternidad responsable le viene bastante ancha.

En su mayor parte, estos personajes son héroes de lo cotidiano, como el conmovedor policía del turno de noche de Maverley, que ofrece a la joven Leah, la hija adolescente de unos granjeros pobres y ariscos, una primera impresión de lo que pueden ser sus posibilidades en el mundo exterior, al contarle las descabelladas anécdotas que tienen lugar en las películas del cine del pueblo, que sus padres le prohíben ver.

Estos héroes anónimos muchas veces se enfrentan a momentos decisivos en los que deben tomar decisiones que transformarán sus vidas, y las de las personas en su entorno. Es el caso de Jackson Adams, el joven soldado que regresa de la guerra a su pueblo natal y a unos kilómetros de la estación decide saltar del tren en marcha en una curva lenta y empezar una nueva vida allá donde el azar le lleve. También está la valiente Dolly, que huye de su casa para evitar ser testigo de la posible infidelidad de su marido.

El tema de la supervivencia en un mundo extraño y poco favorable está acentuado en la historia de Oneida y el chico con el labio leporino, en su juventud tan alejados en el espectro social, pero cuyas vidas acaban convergiendo amarga y entrañablemente a un tiempo. El miedo y el sufrimiento que sienten, atrapados en una vida cuyos códigos no supieron a tiempo descifrar, es palpable en el caso de Dawn, un ama de casa atrapada en un opresivo matrimonio y que sueña con una vida social más gratificante, en la que no falten el arte, la sensibilidad, el gusto por lo superfluo.

Finalmente, una de las historias más hipnóticas y conmovedoras es la de Vivien Hyde, la maestra de escuela que acepta un trabajo en un sanatorio para niños tuberculosos a la orilla de un lago. ¿Encontrara allí su destino, junto al doctor Fox, que le ofrece ir a leer algunos de sus libros por las tardes, junto a una estufa eléctrica, en su pequeña casa abuhardillada?

Muy frecuentemente, al terminar de leer cada una de estas historias, que podrían considerarse mini-novelas, en un giro inesperado, sentimos que necesitamos volver al principio, para seguir las pistas que nos fueron dadas y que nos pasaron desapercibidas, para descubrir aquellos momentos en los que la explicación de todo se hacía ya palpable, pero que nuestros poco avezados sentidos ignoraron, pues la maestría de Alice Munro como narradora de historias es tal que en sus relatos la realidad fluye, como en la vida misma, imperceptiblemente preñada de significados.

Nota: Esta vez me he encontrado con una traducción recomendable realizada por Eugenia Vazquez Nacarino, a la que solamente he tenido que hacer 166 correcciones que no revestían gran gravedad.

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(Originariamente publicado el 25 de diciembre de 2013)