¿Os amaréis después de esto?

Perdida
Gillian Flynn, Gone Girl, 2012.

¿Tiene cabida la aspiración a encontrar a nuestra media naranja en pleno siglo XXI? ¿Son las parejas perfectas, los matrimonios perfectos, ya cosa de un pasado irrecuperable? ¿Cómo enmendar una relación matrimonial que se ha ido desgastando rápidamente frente a los inconvenientes mundanos de la vida, en los años siguientes a la crisis económica de 2008 que sacudió tantas unidades familiares? Éstas son algunas de las preguntas que intenta responder la inteligente novela de 2012 de la autora norteamericana Gillian Flynn, con la que batió records de ventas, y que en 2014 fue adaptada al cine con Ben Affleck y Rosamund Pike en los papeles de la controvertida pareja protagonista.

El conflicto de identidad es uno de los grandes problemas que comparte la pareja. Amy Elliott Dunne es perfectamente consciente de que su personalidad es puramente ficticia: el cúmulo de una selección de rasgos que definirían el ideal femenino del joven americano: la Chica Enrollada que no pone trabas a las necesidades sexuales de su pareja, a la vez que a le gusta seguir los deportes y comer comida basura, justo como a los chicos, una construcción masculina diseñada con el exclusivo propósito de satisfacer los deseos masculinos más egoístas. Amy fue incapaz de desarrollar una personalidad propia mientras crecía como hija única de un par de exitosos autores de libros infantiles, los libros de la Asombrosa Amy, en los que ella era protagonista, la hija perfecta que crece para convertirse en la mujer perfecta, en la esposa perfecta.

Fue a través de esos libros que Amy aprendió desde niña que la imagen completa que queremos dar de nosotros mismos no sólo puede sino que debe suplantar a nuestro verdadero Yo lleno de carencias (¿si es que éste existe, de alguna manera, o alguna vez lo hemos llegado a conocer?) y de este modo no hay carencias naturales que no podamos lograr disfrazar ejerciendo un rígido control, una estricta disciplina que, en ocasiones, cuando la visión que Amy tiene de ella misma se ve amenazada, la llevan a la autoflagelación que realiza con el fin de producir el chantaje emocional. ¿Pero acabará esta tendencia anormal en el comportamiento de Amy convirtiéndola en una sociópata?

Nick Dunne creció en un ambiente familiar muy distinto al de Amy, en medio de una familia rota de Missouri, en el Medio Oeste americano. Su padre es una figura negativa cuya furibunda misoginia no hace sino acentuarse cuando acaba sufriendo Alzheimer y en quien Nick desea no terminar por encarnarse, aun cuando esto le lleve a convertirse en un ser incapaz de expresar sus emociones; su madre es una mujer amable y sobreprotectora que no le prepara adecuadamente para enfrentarse a los sinsabores del mundo adulto, y mucho menos a la turba mediática que se cierne sobre él cuando todos los indicios apuntan a su culpabilidad en la desaparición y posible asesinato de su esposa Amy.

No parece una coincidencia que Nick Dunne fuese un periodista especializado en el cine americano, lo que lleva a la pareja a compartir una elevada conciencia del carácter mimético de la vida de su generación: aquellos que crecieron bajo la influencia de los programas televisivos y las películas e Internet, influencias ostensiblemente deshumanizadoras, como vemos en el caso de los protagonistas, que tienen en común un único rasgo pero que les une al final de la historia indefectiblemente: la conciencia de que la única manera de seguir adelante pasa por pasar del odio y el deseo de destrucción mutua a un renovado compromiso basado en el fingimiento de que sí se aman, de que sí son felices, de que sí son la pareja americana perfecta.