Un poema (musicado) digno del Nobel

johnasbery_Hace algún tiempo traduje este poema de John Ashbery que el compositor Elliot Carter musicó.

Me sorprendió porque sólo he sido capaz de atrapar plenamente sus significados en el proceso de traducirlo. Encierra más profundidad y belleza de lo que a primera vista pueda parecer, hablando de esos misterios de lo Real en los que tan pocas veces muchos se detienen: ¿Hay alguna relación entre los hechos de la naturaleza y el Significado? ¿Cuál es la cualidad más perceptible de los hechos del pasado y cómo se relacionan con nuestro presente? ¿Es el Poeta un testigo incomparable de la Creación?… No me sorprende que Elliott Carter se quedase prendado de esta obra. En su versión musical de 1978 una mezzosoprano recita las palabras de “Syringa” mientras un un tenor canta fragmentos de textos clásicos griegos.

Si tuviera que dar un Premio Nobel de Literatura a un poema musicado yo se lo daría a uno como éste:

***

John Ashbery, “Syringa.”

A Orfeo le gustaba la alegre cualidad personal
De las cosas bajo el cielo. Por supuesto, Eurydice era una parte
de esto. Entonces, un día, todo cambió. Desgarra
Hendiduras en las rocas lamentándose. Las hondonadas, los montecillos
No pueden con ello. El cielo se sacude desde un horizonte
Al otro, casi listo para deshacerse de su plenitud.
Entonces Apolo lentamente le dijo: “Déjalo todo en la tierra.
Tu laúd, ¿para qué? Por qué darle a una sosa pavana que pocos se preocupan de
Seguir, exceptuando unos cuantos pájaros de plumaje polvoriento,
Composiciones del pasado sin vida.” Pero, ¿por qué no?
Todo lo demás también debe cambiar.
Las estaciones ya no son lo que eran,
Pero está en la naturaleza de las cosas ser visto sólo una vez,
Mientras transcurren, entrechocándose con otras cosas, arreglándoselas
De algún modo. Ahí fue donde Orfeo se equivocó.
Por supuesto, Eurydice se desvaneció en la sombra;
Lo habría hecho incluso si él no se hubiera girado.
No sirve de nada quedarse ahí como una toga gris de piedra mientras la rueda completa
De la historia que se conoce destellea a su paso, mudo, incapaz de
Expresar un comentario
Inteligente sobre el elemento más complejo de su recua.
Sólo el amor permanece en el cerebro. Y algo que estas gentes,
Estos otros, llaman vida. Cantando con precisión
Para que las notas asciendan saliendo del pozo del
Difuminado mediodía rivalizando con las diminutas brillantes flores amarillas
Que crecen alrededor del borde de la cantera, encapsula
Los diferentes pesos de las cosas.
Pero no es suficiente
Simplemente seguir cantando. Orfeo lo comprendió
Y no le importó tanto que su recompensa estuviese en el Cielo
Después de que las Ménades lo hubiesen despedazado, medio
Enloquecidas por su música, cómo las transformaba.
Algunos dicen que fue por su trato a Eurydice.
Pero probablemente la música tuviera más que ver con ello, y
La manera en que la música transcurre, emblemática
De la vida y de cómo no puedes aislar una nota de la misma
Y decir que es buena o mala. Debes
Esperar a que se acabe. “El final es la coronación,”
Lo cual significa también que el “tableau”
No está en lo cierto. Pues a pesar de que las memorias, de una estación, por ejemplo,
Se combinen en una única instantánea, uno no puede guardar, glorificar
Ese momento detenido. También fluye, imperceptible;
Es una imagen de paisaje, fluido, aunque vivo, mortal,
Sobre la cual una acción abstracta se hace reposar en gruesas
Duras pinceladas. Y pedir más que esto
Es convertirse en los juncos agitados de aquel lento
Poderoso arroyo, tirando de las hierbas trepadoras
Juguetonamente, pero sin participar en la acción
Más que esto. Luego en el bajo cielo de genciana
Pequeñas sacudidas eléctricas son en un principio apenas aparentes, luego estallan
En una lluvia de llamaradas fijas de color crema. Los caballos
Han visto cada uno una porción de la verdad, aunque cada uno piensa,
“Soy una res libre. Nada de esto me está ocurriendo,
Aunque puedo comprender el lenguaje de los pájaros, y
El itinerario de las luces atrapadas en la tormenta me resulta
Perfectamente lógico.
Su lucha concluye en música tanto
Como los árboles se mueven fácilmente en el viento tras una tormenta de verano
Y está ocurriendo en las sombras de encaje de los árboles a la orilla, ahora
Día tras día.”

Pero qué tarde para estar lamentándose de todo esto, incluso
Teniendo en cuenta que los lamentos se dan siempre tarde, ¡demasiado tarde!
A lo cual Orfeo, una nube azulada con contornos blancos,
Responde que estos no son, de ninguna de las maneras, lamentos
Sino simplemente una cuidada, académica rendición de
Hechos incuestionables, un inventario de piedrecitas en el camino.
Y sin importar cómo todo esto desapareció
O llegó a donde iba, ya no es relevante
Para un poema. Su tema
Importa demasiado, y no lo suficiente, de pie allí desvalido
Mientras el poema se adelantaba, su cola de fuego, un malvado
Cometa pronosticando odio y desastres, pero tan interiorizado
Que el significado, bueno o no, nunca puede
Llegar a saberse. El cantante piensa
De manera constructiva, construye su canto en pasos progresivos
Como un rascacielos, pero en el último minuto se va.
La canción es sumergida en un instante en la negritud
Que debe a su vez inundar todo el continente
Con negritud, pues no puede ver. El cantante
Debe entonces esconderse, ni siquiera aliviado
De la carga maléfica de las palabras. La estrellificación
Es para unos pocos, y llega mucho más tarde
Cuando todas las pistas de estas gentes y sus vidas
Se han escabullido dentro de las bibliotecas, de los microfilmes.
Unos cuantos aún se interesan en ellos. “Pero ¿qué me dices de
Este-y-aquél?” aún es preguntado alguna vez. Pero ellos yacen
Congelados y fuera de nuestro alcance hasta que un coro arbitrario
Habla de un incidente totalmente diferente con el mismo nombre
En cuyo cuento hay sílabas escondidas
De aquello que ocurrió tanto tiempo antes
En alguna ciudad pequeña, un verano diferente.

Unos héroes víctimas de sus propios ideales

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Joël Dicker, El Libro de los Baltimore, 2016.

La tercera novela publicada del joven escritor suizo Joël Dicker nos relata la adolescencia y entrada en la vida adulta de Marcus Goldman, el protagonista de su gran éxito de ventas La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Alfaguara, 2013), en una novela elegantemente escrita y llena de suspense sobre la frágil perdurabilidad de la buena fortuna, sobre los sueños rotos por un destino implacable.

Marcus Goldman se erige como “el escritor,” el narrador de la propia obra que escribe, el libro que tenemos en nuestras manos, para narrarnos por medio de un intricado juego de multiplicidad de perspectivas temporales el auge y caída de sus familiares favoritos, los Goldman de Baltimore, aquellos tíos que habría deseado que fuesen sus padres y que a todas luces representan los aspectos más destacados del ideal de vida norteamericano.

Sin embargo pronto descubrimos que el ideal social encarnado por los Baltimore, la familia rica perfecta, puede ser víctima de las pasiones apenas controladas que la pertenencia a esa clase privilegiada ocasiona entre sus miembros: la envidia, la sensación de humillación, el ansia de poder y éxito absolutos…

La Banda de los Goldman la forman los tres primos: Hillel, Woody – medio adoptado por los Baltimore – y el propio Marcus Goldman, que pertenece a los menos sofisticados Goldman de Montclair, Nueva Jersey. Estos viven la edad de oro de su amistad en lo que fueron los alegres y confiados años 90 para la sociedad americana, haciéndose la promesa – pronto incumplida – de que no se traicionarán, ni siquiera por la chica que los tres aman a la vez, Alexandra Neville.

El comienzo de sus estudios universitarios trae consigo el progresivo resquebrajamiento de sus ideales puros de infancia; la visión perfecta de todo lo que son y lo que representan los Baltimore es empañada por el contacto con promesas todavía más estelares y la ambición por alcanzar metas aún más fulgurantes. Los tres ansían transfigurarse en un sueño imposible de éxito absoluto e inmaculado.

Cuanto más se aproximan a la realización de ese sueño, más salen a relucir los aspectos más oscuros que anidan en el corazón de su vínculo fraterno. Surge la traición, pero ésta no es incompatible con la pervivencia de la admiración mutua y el amor más inquebrantable. ¿Cuál es la tragedia, repetidamente aludida como “el Drama” que se cierne sobre su destino?

En esta novela Joël Dicker se ha dejado llevar por las pulsaciones vitales de los propios personajes para crear un relato complejamente imbricado desde múltiples perspectivas temporales que resulta, dentro de la ficción del relato, de la pluma del propio Marcus, a quien un encuentro fortuito con su amor de juventud, Alexandra, impulsa a realizar un arduo trabajo de rememoración y reparación de los malogrados Baltimore. Es por esto que un aparente error de composición salta a la vista, cuando, hacia el final de la novela, Marcus nos relata ciertos acontecimientos en la vida de sus primos que racionalmente no tenía manera de haber conocido. Este cabo suelto oscurece el logro final, aunque no cabe duda de que Joël Dicker es un novelista que habrá que seguir teniendo muy en cuenta.

El canto triste de una generación perdida

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Milena Busquets, También esto pasará, 2015

En esta aclamada novela de fama internacional con amplios ecos autobiográficos, Milena Busquets, que perdió a su madre, la reconocida escritora y editora catalana Esther Tusquets en el verano de 2012, recrea la dolorosa experiencia de duelo de Blanca, una mujer que, como ella, pierde a los cuarenta años a su madre, de modo que todo el acto de escritura, a través de cuya narración Blanca interpela periódicamente a su madre, se convierte en una ofrenda a la madre muerta y, a la par, es un ejercicio de aserción de la propia madurez literaria.

Moralmente exhausta tras los intensos y desgraciados meses de la terrible decadencia física y mental de su madre antes de morir, Blanca busca regenerarse mediante unas improvisadas vacaciones en el pueblo de la familia, Cadaqués, ansiando el contacto redentor con el mar cristalino que a su madre le gustó navegar, el cielo implacable bajo el sol y el pequeño ejército de casas encaladas agrupado en torno a la iglesia. La perplejidad ante su nueva condición de cabeza de familia – uno de los diversos fraudes existenciales a los que ha de enfrentarse a lo largo de la narración – y la pérdida de la perfección vital de la infancia se entrelazan con sus reflexiones sobre los preocupantes rasgos definitorios de la generación a la que pertenece: los hijos de aquellos padres tan trabajadores y ocupados de los años 60 y 70, ahora padres de hijos sobreprotegidos, una generación a caballo entre dos mundos, el que se terminaba y el que está aún por nacer, quizás una generación perdida y seguramente una generación jamás tenida en cuenta.

Frente a la fragilidad de las relaciones amorosas y las imperfecciones de los amantes sucesivos surge la necesidad de la permanencia del ideal amoroso – “A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser más lista de lo que soy,” dice Blanca – y la certidumbre de los vínculos de sangre, los que mantiene con su madre muerta y con sus dos hijos Edgar y Nico. «También esto pasará» es una historia sobre el delicado arte de vivir con ligereza, cediendo a los impulsos naturales que tal vez acaban por complicarnos la vida, pero es también un libro sobre la necesidad de aferrarse con una fidelidad absoluta a los valores más trascendentes que encarnan aquellas personas sin las cuales nuestra existencia sería apenas soportable.

Las vueltas del tiempo

Marian Izaguirre - Los pasos que nos separan pic
Marian Izaguirre, Los pasos de nos separan, 2014

El paso del tiempo, la manera en que incide en el devenir de las historias humanas, es uno de los principales protagonistas de esta nueva novela de la escritora Marian Izaguirre. De alguna manera todos parecemos quedarnos anclados a determinados momentos de nuestro devenir, quizás, más frecuentemente, a aquellos años en que tenemos la fortuna de formarnos y disfrutar los primeros regalos de la adultez.

Esto es lo que le ocurre a Salvador Frei, un escultor catalán que ronda los setenta años en un verano de finales de la década de 1970 en Barcelona. Su adorada esposa Edita, una hermosa mujer eslovena que conoció en la ciudad Trieste en 1920, ha fallecido hace un tiempo, y él vive solo con su asistenta Eulàlia y el hijo de ésta, Toni. Salvador siente cercana la muerte y ansía realizar un último viaje a los parajes en los que el descubrimiento del amor marcó su historia. Para cumplir esta voluntad pone un anuncio en La Vanguardia con el fin de encontrar un acompañante que le ayude a resolver cualquier dificultad durante el viaje.

Quien llama a su puerta es Marina, una joven estudiante de Historia del Arte que acaba de descubrir que se ha quedado embarazada durante unas vacaciones algo alocadas con unos amigos no muy fiables en la isla de Menorca. El horror ante este embarazo no deseado se multiplica al no tener ella la seguridad de quién podría ser el padre, al tiempo que su medio novio Àlex se desentiende de ella para iniciar una relación con su amiga Tessa, y las ganas de retomar su relación con su auténtico novio Adolfo son nulas. En la España de finales de los setenta, con sus padres anticuados, en Bilbao, con quienes la comunicación resulta muy difícil, la única opción que ve es la de abortar por su cuenta, pero le horroriza hacerlo en el sucio piso de la ronda de San Pablo que le recomienda la dueña de una pensión; lo mejor sería poder ir a hacerlo a Londres, pero para eso necesita el dinero que Salvador Frei podría pagarle por acompañarle en su viaje.

Los recuerdos insistentes y recurrentes de Salvador se superponen con el progreso de la narración del viaje de los protagonistas, y es así que, al ir desarrollándose ambas historias ante nuestros ojos a un tiempo, es posible al final comprender las palabras de la narradora, Olivia, cuando afirma que su propia existencia es el resultado de todas aquellas pasiones desatadas tantos años atrás, en una ciudad extranjera. Dos personas aparentemente extrañas y ajenas descubren durante el transcurso de un viaje compartido que los traumas del presente son sólo una repetición de aquellos del pasado, pero la persistencia de la memoria y de la ansiedad por reparar los propios errores proporcionarán a Salvador la manera de redimir los pecados propios, cuya culpa no le deja vivir en paz, y ayudar a esta chica, Marina, horrorizada e incrédula ante su propia caída en falso.

Se trata, pues, de una historia sobre la necesidad y el derecho a la rectificación; sobre la reconciliación entre la maternidad y la individualidad, sobre las inclemencias del destino, la diferencia entre el abandono y la renuncia, sobre los amores deseados y los no deseados, los hijos rechazados y abandonados y los hijos perdidos, sobre los actos irresponsables de la juventud, la carga persistente de la culpa a través del arco de una vida y la necesidad de redención ante la puerta última de la muerte.

A lo largo de toda la narración surge ante nosotros el hermoso cuadro de la Anunciación del pintor renacentista Antonello da Messina. Este cuadro del siglo XV, en el que la Virgen aparece con rasgos más humanizados que en otras representaciones, (“Es una mujer que quiere conservar su identidad. Es una mujer independiente que pone en tela de juicio la maternidad”) tendrá una parte crucial en el desenlace de los amores de Salvador y Edita en el Trieste de los primeros años 20 del siglo pasado que fue el escenario de las violentas confrontaciones de los camisas negras del incipiente estado fascista, que pretendían italianizar la ciudad recientemente adquirida de Austria como un despojo de la primera guerra mundial, y la población eslovena –el propio Gabriele D’Annunzio tiene un papel en esta historia–, y sirve también para recalcar los complejos sentimientos de Marina ante la noticia de su próxima maternidad.

En la villa Diodati

Villa Diodati

Es a Claire Clairmont, obstinada y enamoradiza hermanastra de Mary Shelley, por aquel entonces aún Mary Godwin, a quien hemos de agradecer —si analizamos la concatenación de circunstancias que condujeron a la memorable noche tormentosa de mediados de junio de 1816 en Villa Diodati, en Ginebra, en la que Lord Byron propuso que cada uno escribiese una historia de fantasmas— que Mary Shelley finalmente acabase produciendo la reconocida obra maestra que es su novela Frankenstein.

Claire Clairmont

Tal y como ocurrió, Claire Clairmont, cuyo verdadero nombre era Mary Jane —la hija de Mary Jane Devereux, la mujer con la que William Godwin se casó tras el fallecimiento de Mary Wollstonecraft, la celebrada autora de la Vindicación de los derechos de la mujer—, manifestaba un vivo interés en la gran estrella literaria del momento, que no era otro que Lord Byron, cuya fama se había establecido tras la publicación de los primeros cantos de La peregrinación de Childe Harold, y de alguna manera a finales de marzo de aquel 1816 había conseguido ser recibida en la concurrida residencia londinense de Piccadilly del celebrado poeta. Aunque en fechas posteriores Byron no mantendría el mismo sentimiento, inicialmente fue encandilado por la joven Claire, que tenía una hermosa voz y tocaba el piano y entregó a Byron copias del trabajo de Shelley. Fue así que ella supo que Byron preparaba su partida hacia Ginebra —planeaba pasar por el campo de batalla de Waterloo en su enorme carruaje diseñado a la imagen del de Napoleón— después del escabroso final de su breve matrimonio con Annabella Milbanke. A Claire poco podían escandalizarle los rumores del incesto de Byron con su media hermana Augusta Leigh, que habían empujado a Annabella a abandonar la residencia común, y no podía tolerar perderle de vista ahora que había dado comienzo su relación, así que decidió que debía conseguir que Shelley y Mary se decidiesen a acompañarla en pos del bardo, pues sólo así lograría que Byron accediese a recibirla en Ginebra. Shelley no tenía aún una reputación literaria establecida, pero Byron probablemente había leído su Queen Mab, y además estaba vivamente interesado en conocer a la hija de William Godwin y Mary Wollstonecraft, que había causado un pequeño revuelo en los círculos chismosos del Londres de la Regencia al conocerse que cohabitaba con un poeta casado (el mismo Shelley, que había contraído matrimonio con la hermosa y jovencísima Harriet Westbrook el 29 de agosto de 1811, y a la que había abandonado al conocer a Mary). Claire era muy adepta a imitar, con un éxito bastante cuestionable, los pasos de su hermanastra Mary en la vida: si Mary había conseguido conquistar a un apuesto poeta casado, ¿por qué no iba ella a seducir a Byron y convertirse quizás en su nueva compañera, su amante oficial, quizás la madre de su próximo bebé tras su reciente fracaso matrimonial? Una niña, de hecho, que se llamaría Allegra y nacería en enero del año próximo, fue concebida durante una de aquellas visitas a la mansión de Piccadilly -dicen las malas lenguas que fue la única ocasión en la Byron accedió a tener relaciones con ella-.

Decididamente, para que Byron se la tomase en serio, Claire Clairmont necesitaba utilizar el reclamo de su afinidad familiar con Mary Godwin. Claire preparó el encuentro entre Mary y Lord Byron, que, para su propio regocijo, fue un éxito. Lord Byron partió el 23 de abril en dirección al continente y Shelley y Mary, con su pequeño William y con Claire el 2 de mayo; poco después atravesaban el canal, y tras un accidentado trayecto en carruaje bajo las fuertes tormentas que asolaron la Europa occidental en la primavera de 1816, el llamado “año sin verano,” llegaron a Ginebra. Se registraron en el Hôtel d’Angleterre en Sécheron dos semanas antes de la llegada del propio Byron, a quien Claire aguardaba expectante. El 1 de junio Shelley y Mary alquilaron una casa, la Maison Chapuis en Cologny, hoy desaparecida, en la ribera izquierda del lago Léman, que contaba con su propio embarcadero.

A un viñedo de distancia cuesta arriba estaba la Villa Diodati, una de las mansiones más impresionantes de la ribera, con magníficas vistas sobre el lago y las montañas del Jura, que Byron alquiló el 10 de junio. Eran muchos los turistas que espiaban la Villa Diodati con sus telescopios desde las pensiones de la otra orilla para no perderse un movimiento del bardo y apercibirse de si tenía compañía femenina. Los días transcurrían plácidamente para Mary Godwin entre libros —estaba leyendo La Eneida—, paseos, dibujos y bocetos y excursiones en barca en el lago, siempre que el tiempo de aquel verano fuertemente tormentoso lo permitía. Mary había contratado los servicios de una muchacha local como niñera para el pequeño William, Louise Duvillard, conocida como Elise, e inició una amistad con el acompañante de Byron, el joven y apuesto médico John Polidori —que escribiría tres años después la brillante novela El vampiro inspirada en el relato sin acabar de Byron y que inspiraría a su vez nada menos que el Drácula de Bram Stoker—, que comenzó a enseñarle italiano mediante la lectura de Torquato Tasso y terminó por enamoriscarse de ella. Mientras, Lord Byron ocupaba el tiempo que le quedaba para sí mismo en componer el celebrado tercer canto de El peregrinaje de Childe Harold.

Es probable que entre las conversaciones de los veraneantes, tal y como sugiere Miranda Seymour en su biografía de Mary Shelley (John Murray, 2000), se hubiesen mencionado las conferencias hacía unas semanas del reputado catedrático de anatomía William Lawrence en el Colegio Real de Cirujanos, que se había atrevido a cuestionar la existencia de una base espiritual en la creación de la vida humana. El galvanismo era en aquellas fechas un método científico en boga; la práctica de aplicar pilas voltaicas a los cadáveres de criminales indeseables para tratar de ver si era posible hacerles volver a la vida estaba inspirada en las corrientes de librepensamiento que habían recorrido Europa en el siglo anterior y había surgido fundamentalmente de la publicación del libro de Luigi Galvani sobre la base electromagnética del sistema nervioso y muscular en 1791. De hecho el lago Lemán en sí era todo un referente de la Ilustración, habiendo residido a sus orillas desde Milton a Voltaire, Rousseau y Gibbon.

Según el prefacio de P. B. Shelley a la primera edición de la novela en 1818, la idea de la que surgiría Frankenstein fue inspirada por la lectura una noche tormentosa en la que los residentes de Maison Chapuis tuvieron que pernoctar en Diodati —que pudo haber sido la del 16 o el 17 de junio; los relatos difieren— de la traducción al francés de un volumen de relatos fantásticos alemanes, titulado Fantasmagoriana, ou Recueil d’histoires d’apparitions de spectres, revenants, fantômes, etc uno de los cuales trataba de la reanimación de la cabeza de un cadáver. A raíz de esta lectura, Lord Byron hizo aquella noche su famosa propuesta de que cada uno de ellos escribiese su propia historia de fantasmas. En la tercera edición de Frankenstein en 1831, Mary ahondaría en la génesis de la historia de su novela. Según explicó, inicialmente todos habían comenzado sus historias menos ella. El día siguiente volvieron a reunirse en torno a la chimenea a las doce de la noche para hablar de fantasmas, y es bien conocido que Byron consiguió aterrorizar a Shelley con su lectura del diabólico poema “Christabel” de Coleridge, quizás despertando en él cierto sentimiento de culpa por haber abandonado a Harriet por Mary. Según Mary, día tras día le preguntaban burlonamente: “¿Ya se te ha ocurrido una historia?” a lo que ella tenía que responder con una negativa. Sin embargo a lo largo de aquellas vacaciones Byron y Shelley mantuvieron arduas discusiones sobre temas diversos aunque extrañamente interconectados: el panteísmo de Wordsworth y el fundamento del “principio de la vida,” esto es, especulaciones sobre las posibilidades científicas de generar vida humana, a las que ella asistía, como “convidada de piedra,” sin tomar parte —era conocido que Byron, aunque apreciaba a Mary, detestaba a las mujeres intelectuales—.

Después de escucharles hablar una noche Mary se fue a dormir, pero no podía conciliar el sueño. Su imaginación volaba más veloz que su pensamiento y una serie de imágenes se sucedían vivamente ante su mente. A la mañana siguiente anunció a sus amigos que había alumbrado una historia. Justamente aquella mañana, el 22 de junio, Byron y Shelley iban a salir a recorrer el perímetro del lago en su barca para visitar los escenarios de la famosa novela de Rousseau La nueva Eloísa, y ella se sentó en su mesa de trabajo y comenzó a escribir las palabras que abren el capítulo IV de la novela (capítulo 7 en la reciente edición de Austral traducida por José C. Vales: “Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre…” y se dispuso a narrar su ensoñaciones de la noche. Cuando Shelley regresó el 30 de junio recibió una impresión muy favorable de su esfuerzo literario y la animó a seguir adelante.

A finales de julio Shelley y Mary, acompañados de Claire, hicieron un viaje por los Alpes, recalando en Chamonix, a los pies del Mont Blanc; la impresionante geografía helada del glaciar de Mer de Glâce inspiraría una escena crucial en Frankenstein en la que el doctor se ve obligado a confrontar a su creación, que le narra los horrores de su vida y le pide una compañera. A partir de ahí, tras el regreso a Maison Chapuis varios elementos —como la incorporación del relato del capitán Robert Walton o la impresión causada por los relatos que Matthew Lewis, el autor de la novela de terror escatológico El monje, que se acercó para visitar a Byron a mediados de agosto, trajo de sus plantaciones de esclavos en Jamaica— debieron conjugarse con el tiempo y la progresiva maduración de la mente creativa de la joven Mary para que ésta produjese, finalmente asentada en Bath con Claire a su regreso a Inglaterra a finales del verano, regreso motivado por cuestiones económicas y el creciente embarazo de Claire, la obra maestra, preclara anticipación del género de ciencia ficción y portadora de una honda riqueza interpretativa, por la que Mary Shelley es mundialmente celebrada y reconocida en la actualidad.

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En la villa Diodati by Lorena Vázquez Porto is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

 

Mi traducción de “El sueño,” un bello relato de Mary Shelley

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EL SUEÑO

El tiempo en el que tuvo lugar la pequeña leyenda que voy a narrar fue aquél del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya accesión al trono y conversión, aunque trajeron la paz al reino, no fueron suficientes para hacer cicatrizar las profundas heridas que los dos bandos enemigos se habían infligido mutuamente. Feudos privados y el vivo recuerdo de afrentas mortales subsistían entre aquellos que ahora parecían unidos; y no era infrecuente que las manos que se apretaban en lo que parecía un saludo amistoso, involuntariamente aferrasen, en el momento de separarse, la empuñadura del estilete, como si se tratase de un portavoz más adecuado de sus pasiones que las palabras corteses que habían acabado de pronunciar sus labios. Muchos de los católicos más acérrimos se retiraron a las distantes provincias de que provenían, y mientras ocultaban en la soledad su resentimiento, con no menor avidez aguardaban el día en que pudieran manifestarlo abiertamente.

En un gran castillo fortificado construido en una escarpada colina sobre el río Loire, no lejos de la ciudad de Nantes, habitaba la última descendiente de su linaje, y la heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había pasado el año anterior en la más completa soledad en su apartada morada, y el luto que lucía por su padre y sus dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era la apropiada razón por la que no formaba parte de la vida de la corte, participando de sus celebraciones. Pero la condesa huérfana había heredado un reputado título e innumerables tierras, y pronto se le hizo saber que el Rey, su guardián, deseaba que ella las entregase, junto con su mano, a algún noble cuya heredad y méritos le hiciesen merecedor de ello. Constanza, por toda respuesta, expresó su intención de tomar los hábitos y retirarse a un convento. El Rey enérgica y resueltamente lo prohibió, creyendo que tal idea era el resultado de una sensibilidad agitada por la tristeza, y confiando en su esperanza de que, transcurrido un tiempo, el apasionado espíritu de la juventud atravesaría esta nube pasajera.

Había transcurrido un año, y aún la condesa persistía en su empeño, así que finalmente Enrique, poco deseoso de forzar su voluntad —deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que conducían a una muchacha tan hermosa, joven y a quien la fortuna había concedido tantos talentos, a desear enterrarse en un convento— anunció su intención, ahora que el tiempo del luto había acabado, de visitarla en su castillo; y, señaló el monarca, si no traía consigo suficientes persuasiones para conducirla a cambiar su propósito, daría su consentimiento a que lo cumpliera.

Constanza había pasado muchas horas tristes, días llenos de lágrimas y noches agitadas por sus penas. Había cerrado las puertas de su castillo y, como Lady Olivia en Twelfth Night, se había abocado a llorar en soledad. Como era su propia dueña, con facilidad pudo silenciar los ruegos y reproches de quienes la servían, y alimentó su desgracia como si se tratase del objeto de su amor. Pero ésta era demasiado insistente, amarga y ardiente para ser una invitada favorecida. Lo cierto era que Constanza, joven, apasionada y vivaracha, se enfrentaba a ella, se debatía y ansiaba desecharla. Pero todo aquello que parecía alegre por sí mismo, o hermoso en apariencia, sólo servía para renovar su pesar, y sólo podía sobrellevar el peso de su tristeza haciendo uso de la paciencia, cuando, rindiéndose ante ella, dejaba que la oprimiese pero sin llegar a torturarla.

Constanza había dejado el castillo para vagabundear por los prados colindantes. A pesar de que sus aposentos eran altos y amplios, se sentía oprimida dentro de sus muros, bajo sus abigarrados tejados. El cielo azul, las tierras que se extendían hacia lo alto y el antiguo bosque, que ella asociaba con cada uno de los tan estimados recuerdos de su vida anterior, la incitaban a pasar horas y días bajo sus umbrosos techos. El movimiento y el cambio que se sucedían eternamente, mientras el viento se colaba entre las ramas, o el sol en su viaje hacía llover sus rayos a través de ellas, la calmaban y la liberaban de aquella monótona tristeza que le oprimía el corazón con una punzada tan implacable bajo el tejado de su castillo.

Había un lugar al borde del bosque, un rincón particular desde el que podía discernir todo el campo que se extendía a lo lejos, pero que al mismo tiempo estaba espesamente poblado con altos árboles que daban abundante sombra —un lugar al que había jurado no volver, pero al que inconscientemente sus pasos siempre la conducían, y adonde en este momento de nuevo, por la vigésima vez en aquel día, había llegado sin darse cuenta. Se sentó sobre un montículo de hierba, y observó con añoranza las flores que ella misma había plantado para adornar aquel recoveco reverdecido —su templo a los recuerdos de su amor. Sostenía la carta del Rey que había sido responsable de tanta desesperación. El abatimiento se había asentado en sus rasgos, y su frágil corazón le preguntaba al destino por qué, tan joven, vulnerable y abandonada, tenía ella que enfrentarse a esta nueva fatalidad.

—Lo único que pido —pensaba— es vivir en la propiedad de mi padre, en el lugar que me es conocido desde la infancia, para regar con mis innumerables lágrimas las tumbas de aquellos que amé, y aquí en estos bosques, donde alumbré un sueño de amor tan imposible, ¡seguir celebrando por siempre las exequias de la Esperanza!

El crujir de las ramas llegó a sus oídos — su corazón latió con fuerza — y luego todo se quedó en silencio.

—¡Qué tonta soy! —murmuró—. Víctima de mis propias imaginaciones: porque fue aquí que nos conocimos, porque sentada aquí le he esperado, y sonidos como estos han anunciado, su ansiada llegada, así que ahora cada liebre que corre y cada pájaro que hace despertar al silencio, me recuerdan a él. Oh Gaspar, que un día fuiste mío, ¡nunca jamás se alegrará este rincón con tu presencia, nunca jamás!

De nuevo los arbustos se agitaron, y se oyeron pisadas en el matorral. Se levantó, su corazón latía impetuosamente, debía de ser aquella tonta de Manon, con sus  impertinentes súplicas para que regresase al castillo. Pero las pisadas eran más firmes y lentas que las de su criada, y en un momento discernió al intruso emergiendo de la sombra. Su primer impulso fue el de huir… pero verle una vez más, oír su voz… una vez más antes de establecer un juramento eterno entre amos, verse juntos, y cubrir el gran abismo que había creado la ausencia, no podría dañar a los muertos, y aliviaría la tristeza fatal que hacía palidecer de tal manera su mejilla.

Y ahora él se hallaba frente a ella, el mismo amado con quien había intercambiado juramentos de fidelidad. Él, como ella, parecía triste. Y tampoco pudo ella resistir la mirada suplicante que le solicitaba que se quedase allí un momento.

—He venido hasta aquí, señora —dijo el joven caballero— sin la esperanza de poder torcer vuestra inflexible voluntad. Vengo tan sólo para veros una vez más, y para despedirme antes de viajar a la Tierra Prometida. Vengo a suplicaros que no os encerréis en un oscuro convento para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien no veréis más. ¡Tanto si muero como si vivo en Palestina, Francia y yo nos hemos separado para siempre!

—¡Palestina! —exclamó Constanza—. Sería algo temible, si fuese verdad, pero el rey Enrique nunca permitiría que se perdiera así su caballero favorito. El trono por el que luchasteis, debéis guardar. Os imploro, si alguna vez he tenido alguna influencia en vuestros pensamientos, que no vayáis a Palestina.

—Una palabra vuestra podría detenerme, tan sólo una sonrisa, Constanza —y el joven admirador se inclinó ante ella; pero la determinación de ella regresó al contemplar una escena anteriormente tan querida y familiar, ahora tan extraña y tan prohibida.

—¡No os detengáis aquí por más tiempo! —gritó—. Vuestras no serán ya más mis sonrisas ni mis palabras. ¿Por qué habéis venido hasta aquí, aquí, donde se pasean los espíritus de los muertos, sintiendo que este rincón umbroso les pertenece, y por lo tanto han de maldecir a la falsa muchacha que permite que su asesino perturbe su reposo sagrado?

—Cuando el amor era joven y vos erais dócil —respondió el caballero— me enseñasteis a pasearme por los recovecos de estos bosques. Me recibíais en este amado rincón, donde una vez jurasteis ser sólo mía, justo debajo de estos antiguos árboles.

—Fue un malvado pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y ha sido duramente castigado!

Sus palabras infundieron nuevos ánimos al joven caballero, quien aún así no se atrevió a moverse, por menos que ella, quien a cada momento parecía dispuesta a emprender el vuelo, fuese perturbada en aquel momento de tranquilidad. Pero respondió lentamente:

—Aquellos eran días felices, Constanza, llenos de terror y de un gozo profundo, cuando al anochecer llegaba yo rendido a vuestros pies, y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera particular de aquel castillo ceñudo, este recodo sombreado sobre el que brillaban las estrellas era el altar del amor.

—¿Días felices? ¡Días miserables! —replicó Constanza. Aquellos en que imaginé que algo bueno podría resultar de no cumplir mi obligación, y que Dios recompensaría la desobediencia. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un océano de sangre nos divide por siempre! ¡No os acerquéis a mí! Aquellos seres amados que han muerto se interponen en este momento entre nosotros: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, ¡y me amenazan por prestar oído a su asesino!

—¡No soy tal! —exclamó el joven. Mirad, Constanza, somos cada uno de nosotros los últimos miembros de nuestro linaje. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos solos. No era así cuando por primera vez nos amamos, y cuando mi padre, mi pariente, mi hermano… ¡qué digo! ¡incluso cuando mi propia madre profería maldiciones contra la casa de Villeneuve, yo, a pesar de todo, la bendecía! Te veía a ti, querida mía, y la bendecía. El Dios de la paz plantó el amor en nuestros corazones, y en medio del misterio y del secreto nos encontramos muchas noches de verano en los valles iluminados por la luna, y cuando lucía la luz del día en todas partes, volábamos a este dulce recodo para escapar de su escrutinio, y aquí, en este mismo lugar en el que yo ahora me arrodillo para suplicaros, ambos nos arrodillamos y nos prometimos el uno al otro. ¿Incumpliremos nuestros votos?

Constanza lloraba mientras su amante recreaba las escenas de horas felices.

—Nunca —exclamó. ¡Nunca jamás! Tú sabes, o conocerás pronto, Gaspar, la fe y los propósitos de aquella que no se atreverá a ser vuestra. ¿Nos correspondía hablar del amor y de la felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre rugían en torno nuestro? Las flores fugaces que  nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas al encuentro mortal con sus enemigos. Mi padre murió por la acción del vuestro, y poco importa saber si, como mi hermano me juró, y vos negáis, vuestra mano asestó o no asestó el golpe que acabó con él. Vos luchabais con aquellos que le mataron. No digáis más, si quiera otra palabra: es impiedad que las almas infelices de los muertos os oigan. Idos, Gaspar, olvidadme. Vuestra carrera será gloriosa bajo el cuidado del caballeroso y galante rey Enrique, y una hermosa chica escuchará, como yo hice una vez, vuestras promesas, que la harán feliz. ¡Adiós! ¡Que os bendiga la Virgen! En la celda de mi monacal hogar no olvidaré la mejor lección cristiana: la de rezar por nuestros enemigos. ¡Gaspar, adiós!

Se alejó rápidamente de aquel recodo. Con pasos presurosos recorrió el claro en dirección al castillo. Una vez que se halló bajo la protección de sus propias habitaciones dejó que estallase la explosión de dolor que rasgaba su dulce pecho como una tempestad. Pues la suya era aquel peor tipo de tristeza que daña los recuerdos de felicidad, uniendo el amor a lo que se presume es la culpa en una sociedad tan temida como aquella a que da lugar el tirano cuando ata a un hombre vivo a un cadáver. Repentinamente un pensamiento le asaltó la mente. Al principio quiso rechazarlo por parecerle pueril y supersticioso, pero parecía no querer irse. Llamó rápidamente a su criada.

—Manon —le dijo­—. ¿Habéis dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon hizo la señal de la cruz.

—¡Santo cielo! Nadie lo ha hecho, desde que tengo uso de razón, excepto dos mujeres: una calló al río Loire y se ahogó; la otra solamente miró el estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir palabra. Es un lugar temible, ¡y si aquella muchacha que pretende hacer votos no ha conducido su vida de manera piadosa, mala será la hora en que deje descansar su cabeza sobre la piedra sagrada!

Constanza también se santiguó.

—En lo que se refiere a nuestras vidas, es solamente a través del Señor y de los santos que alguno de nosotros puede esperar que sean merecedoras. Dormiré en ese lecho mañana por la noche, y si, como he oído, es cierto que la santa se digna a aconsejar a quien va allí a hacerle votos en sus sueños, ella me guiará, y así, conociendo que actúo de acuerdo con los dictados del Cielo, ¡me resignaré incluso a lo peor!

El Rey iba de camino a Nantes desde París, y pasó esta noche en un castillo que sólo distaba unas millas. Antes del amanecer un joven caballero fue introducido en sus aposentos. El caballero tenía el aire serio, quizás deberíamos decir pesaroso, y aunque era hermoso en sus rasgos y en sus proporciones, su aspecto era cansado y ojeroso. Guardó silencio en la presencia del rey Enrique, quien, atento y alegre, dirigió sus vivos ojos azules a su invitado, preguntando con suavidad:

—¿Así que se ha mantenido obstinada, Gaspar?

—Se ha mantenido resuelta a garantizar la miseria de ambos. Aún así, mi señor, no es, créame, la menor de mis penas, el que Constanza sacrifique su propia felicidad al tiempo que destruye la mía.

—¿Y creéis que dirá que no al gallardo caballero que yo mismo le presente?

—¡Oh, mi señor, no penséis eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente vuestra generosa condescendencia. Pero aquella a quien no pudo persuadir la voz de su amado en soledad, mientras los recuerdos y la soledad de los amantes contribuían al hechizo, resistirá incluso las órdenes de Su Majestad. Está empeñada en encerrarse en un convento, y yo, si es de vuestro agrado, me marcharé ahora: desde ahora soy un soldado de la cruz, y moriré en Palestina.

—Gaspar —dijo el monarca— conozco a las mujeres mejor que tú. No la conseguirás ni mediante la sumisión ni los ruegos lacrimosos. Es natural que la muerte de sus familiares haya afectado tanto el corazón de la joven condesa, quien, al alimentar en soledad sus lamentos y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión. Dejad que lleguen a ella las voces de este mundo, la voz del poder y la del sentimiento en conjunción; la primera voz imperiosa, la otra suplicante, de modo que ambas resuenen en su propio corazón, y por mi palabra y la Sagrada Cruz ella será vuestra. Mantengamos nuestro plan. Y ahora cabalguemos: la mañana avanza y el sol se ha levantado.

El Rey llegó hasta el palacio del obispo, y procedió a oír misa en la catedral. Una cena suntuosa tuvo lugar a continuación, y ya era la tarde cuando el monarca prosiguió a través de la ciudad junto al río Loire hacia donde, un poco más arriba de Nantes, el Chateau Villeneuve se erigía. La joven condesa le recibió a la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla blanqueada por la desgracia, el aspecto de triste desesperación que le habían indicado que debería esperar. Su mejilla estaba sonrojada, su manera animada, su voz era apenas trémula.

—Ella no le ama —pensó Henry— o, de otro modo, su corazón ya ha consentido.

Se preparó un almuerzo para el monarca, y tras un momento de inseguridad, provocado por la alegría del aspecto de ella, éste mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y respondió con mucha rapidez:

—Mañana, mi buen señor, pido que me dé tiempo hasta mañana. Todo se decidirá entonces. Mañana he prometido a Dios… o…

Parecía confundida, y el Rey, a un tiempo sorprendido y gratificado, dijo:

—Entonces no odiáis al joven de Vaudemont. Le perdonáis que la sangre enemiga corra por sus venas.

—Se nos enseña que debemos perdonar y amar a nuestros enemigos —la condesa respondió con cierta agitación.

—Ciertamente, por San Denis, esa respuesta es adecuada para un simplón —dijo el Rey, riendo—. ¡Qué veo! ¡Mi fiel sirviente, Don Apolo disfrazado, acercaos, y agradecedle a la señorita su amor!

Así disfrazado el caballero se había quedado atrás oculto a todos, contemplando con infinita sorpresa el comportamiento y la tranquila expresión de la señorita. No podía escuchar sus palabras, pero ¿era ésta aquélla que él había visto temblando y llorando la tarde anterior? ¿Era ésta aquélla cuyo propio corazón estaba dividido por pasiones encontradas, que veía los pálidos fantasmas de su padre y de sus familiares anteponerse entre ella y el amante a quien adoraba más que a la vida misma? Era un misterio difícil de resolver. La llamada del Rey se correspondía perfectamente con su propia impaciencia, y dio un paso adelante. Se arrodilló a sus pies, mientras ella, aún víctima de la pasión, que se había exacerbado por la actitud tranquila que había adoptado, lanzó un grito al reconocerle, y se desmayó sin sentido sobre el suelo.

Era difícil de comprender lo que le ocurría. Incluso después de que sus criados la reanimasen, se desmayó de nuevo, y luego lloró copiosamente, mientras el monarca, que esperaba en el salón mirando de reojo el almuerzo a medio comer y canturreando un romance que conmemoraba la debilidad de la mujer, no sabía cómo responder a la mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente el criado de mayor rango se acercó con una disculpa, diciendo que la señorita estaba indispuesta, muy indispuesta, y que al día siguiente se arrojaría a los pies de Su Alteza, para solicitar su perdón, y comunicarle su intención.

—¿Mañana? ¿De nuevo mañana? ¿Acaso el día de mañana traerá consigo un encantamiento, doncella? —dijo el Rey—. ¿Podríais resolver el misterio, hermosa? ¿Cuál es el extraño cuento que le pertenece al día de mañana, ya que todo depende de su llegada?

Manon enrojeció, dirigió la vista al suelo, y dudó. Pero Enrique no estaba iniciado en el arte de persuadir a las criadas para que revelasen las intenciones de sus señoras. Manon estaba, además, asustada ante el plan de la condesa, que ésta persistía obstinadamente en llevar a cabo, así que se sentiría fácilmente inducida a descubrirlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, acostarse en un estrecho saliente de la roca sobre las profundas y rápidas aguas del Loire, y si, como era más probable, la desafortunada soñadora lograba no caerse al río, interpretar las inquietantes visiones que un sueño tan perturbado habría de producir por el dictado del Cielo, era una locura de la que incluso el propio Enrique no podría creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podría Constanza, ella cuya belleza era tan marcadamente intelectual, y las alabanzas de cuya entereza y talentos él había escuchado perpetuamente… podría ella engañarse a sí misma de una manera tan extraña? ¿Puede la pasión burlarse así de nosotros? ¿Puede como la muerte hacer descender al mismo nivel incluso a la aristocracia del alma, subyugando al noble y al campesino, al sabio y al necio? Era extraño —pero ella debía cumplir su propósito. Al menos ella no estaba segura de qué decisión tomar, y era de esperar que Santa Catalina no jugaría su papel con malas intenciones. En caso contrario, un propósito que hubiese sido modificado por un sueño podría asimismo ser influenciado por otros pensamientos en los días posteriores. En lo que respectaba al tipo de peligro más material, habría que ingeniar algún tipo de salvaguarda.

No hay un sentimiento más terrible que aquel que invade a un frágil corazón humano empeñado en gratificar los ingobernables impulsos que contradicen a los dictados de su conciencia. Los placeres prohibidos son considerados los más apetecibles. Quizás sea así en el caso de aquellas naturalezas más rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la competición, aquellos que se sienten felices en un altercado, y dichosos ante el conflicto de la pasión. Pero el gentil espíritu de Constanza era más dulce y más delicado, y la contienda entre el amor y la obligación oprimían y torturaban su pobre corazón. Subordinar su comportamiento a las inspiraciones de la religión, o, por así decirlo, de la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que amenazaban su empresa le conferían un atractivo añadido; era una felicidad arriesgarse por él, la misma dificultad del camino que conducía a la consecución de sus deseos al mismo tiempo gratificaba su amor y distraía sus pensamientos de su agonía. O si era decretado que debía sacrificarse, el riesgo del peligro y de la muerte serían de poca importancia en comparación con la angustia que entonces le habría sido adjudicada para siempre.

La noche amenazaba con ser tormentosa, el viento imperioso sacudía los cristales de las ventanas, y los árboles agitaban sus enormes brazos umbrosos, como unos gigantes harían en una danza fantástica o en una reyerta mortal. Constanza y Manon, en soledad, abandonaron el castillo por una puerta trasera, y comenzaron a descender por la colina. La luna aún no se había levantado, y aunque ambas conocían el camino, Manon tambaleándose y temblando, mientras que la condesa, envuelta en su manto de seda, subía con paso firme por la ladera de la montaña.  Llegaron a la orilla del río, donde estaba amarrada una pequeña barca, y un hombre esperaba. Constanza se introdujo con delicadeza en la barca, y luego ayudó a subir a su temerosa acompañante. En  unos breves instantes estaban en medio de la corriente. El cálido, tempestuoso y animado viento equinoccial soplaba sobre ellos. Por primera vez desde que enlutase, un ramalazo de placer hinchó el pecho de Constanza. Ella recibió la emoción con una alegría doble. “No puede ser,” pensó, “que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. No puedo amar nunca a otro. Me moriré si me tengo que separar de él, y este corazón, estos miembros, tan despiertos a sensaciones ardientes, ¿pueden estar predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla imperiosamente en su interior. Viviré para amar. ¿Acaso no aman todas las cosas — el viento al tiempo que susurra a las aguas veloces, las aguas al tiempo que besan las orillas llenas de flores y se apresuran para mezclarse con el mar? El Cielo y la tierra son sostenidos por, y viven a través del amor. ¿Será Constanza únicamente, cuyo corazón ha sido siempre un profundo pozo del que surge, desbordándose, el afecto sincero, quien se vea obligada a colocar una piedra sobre la fuente para taponarla por siempre?

Estos pensamientos seguramente conducirían a sueños agradables, y quizás la condesa, adepta a la ciencia del dios ciego, por este motivo los consentía de buena gana. Pero en este momento en que la absorbían estas dulces emociones, Manon la tomó del brazo.

—Señora, mirad —gritó. Se acerca pero los remos no hacen ruido. ¡Que nos proteja la Virgen! ¡Ojalá estuviésemos en casa!

Una negra barca surcó las aguas a su lado. Cuatro remadores, vestidos con túnicas negras, empujaban unos remos que, como había señalado Manon, no emitían ningún sonido. Otro reposaba frente al timón. Como los otros, su persona estaba velada por un manto oscuro, pero no llevaba cubierta la cabeza, y aunque su rostro no se dirigía hacia ellas, Constanza reconoció en él a su amado.

—¡Gaspar! ­—gritó—. ¿Estás vivo?

Pero la figura del barco ni volvió la cabeza ni respondió, y pronto se había perdido entre las sombras que rodeaban a las aguas.

¡Qué diferentes fueron ahora las ensoñaciones de la bella condesa! Ya el Cielo había comenzado su sortilegio, y formas no terrenales las rodeaban, las cuales descubría al fijar la vista a través de la penumbra. En un momento vio y dejó de ver la barcaza que había ocasionado su terror, y ahora parecía que había otra allí, en la que estaban los espíritus de los muertos, y su padre agitaba el brazo para saludarla desde la orilla, y sus hermanos le fruncían el ceño.

Entretanto habían llegado a su destino. La barcaza se amarró en una pequeña cala, y Constanza saltó a la orilla. En este momento tembló, y casi cedió a los ruegos de Manon de que regresasen, hasta que la poco avispada criada mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que ella debía dar al día siguiente. ¿Qué respuesta daría, si regresaba ahora?

Así que se apresuró y subió por el terreno irregular de la orilla, y luego la cruzó, hasta que llegó a una colina que colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba oscuro — salvo por una pequeña lámpara, que, levemente agitada por el viento, parpadeaba débilmente en frente de la figura de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron, oraron, y luego, levantándose, con un acento alegre la condesa dio las buenas noches a su sirvienta. Abrió una pequeña puerta de hierro que daba a una estrecha caverna. El rugido de las aguas se oía a lo lejos.

—No debes seguirme, mi pobre Manon —dijo Constanza— ni aunque mucho lo desees. Esta aventura tengo que vivirla yo sola.

Parecía poco justo dejar a la temblorosa criada sola en la capilla, que no podía ser consolada ni por la esperanza ni por el miedo, el amor o la desgracia; sin embargo, en aquellos tiempos, los escuderos y las damas de compañía a menudo jugaban el papel de subalternos en la armada, recibiendo golpes y ninguna fama. Además, Manon estaba a salvo en territorio sagrado. La condesa mientras tanto siguió su camino, tanteando en la oscuridad a través del estrecho y tortuoso pasaje. Finalmente lo que parecía un haz de luz brilló ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Llegó a una caverna abierta que colgaba en el lado de la colina, sobre la veloz corriente del río. Escudriñó la noche. Las aguas del Loire discurrían veloces, como desde aquel día han seguido discurriendo — siempre distintas, pero las mismas. El cielo estaba espesamente cubierto con nubes, y el viento entre los árboles evocaba un sonido tan lastimero y ominoso como si se agolpase en torno a la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y observó el que iba a ser su lecho — un estrecho saliente de tierra y piedra cubierta de musgo que bordeaba el precipicio. Se desprendió del manto —era ésta una de las condiciones del sortilegio, inclinó la cabeza y deshizo las trenzas de su negra cabellera. Se descalzó los pies, y así, preparada para sufrir de la manera más aguda el frío de la noche, se estiró en el estrecho lecho que apenas le confería suficiente espacio para reposar, y desde donde, si se movía en sueños, caería a las frías aguas que discurrían por debajo.

Al principio le parecía que nunca iba a ser capaz de quedarse dormida. No era extraño que su exposición a las olas y su peligrosa postura impidiesen que sus pestañas se cerrasen. Finalmente cayó en una suerte de ensoñación tan suave y tranquila que no deseaba caer en el sueño. Pero luego poco a poco sus sentidos se empezaron a nublar, y en un momento estaba en el lecho de Santa Catalina, mientras el Loira corría bajo ella y los vientos salvajes pasaban en torno suyo, y al momento siguiente… ¿dónde se hallaba? ¿qué sueños envió la santa? ¿la conducirían a la desesperación o la conminarían a ser feliz para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la negra corriente, un hombre vigilaba, preso de mil miedos y apenas atreviéndose a esperar nada bueno. Había sido su intención llegar antes que la joven, pero cuando se dio cuenta de que había malgastado su tiempo, hizo envolver los remos en una tela para apaciguar su sonido y sin perder un segundo había sobrepasado la barca en la que iba su Constanza, sin ni siquiera girarse al ser llamado, temeroso de enfadarla, y de que le ordenase regresar. La había visto aparecer por el pasadizo, y había temblado cuando ella se inclinó sobre el precipicio. La vio avanzar, vestida como iba de blanco, y pudo distinguirla al yacer ella sobre aquel borde que sobresalía en lo alto. ¡Qué vigilia pasaron los dos amantes! Ella entregada a pensamientos visionarios, y él sabiendo —y la consciencia de ello sacudía su pecho con una extraña emoción— que sólo el amor, y de hecho el amor por él, la había conducido a aquel peligroso lecho, y que mientras todo tipo de peligros la rodeaban, ella solamente se preocupaba por atender a una pequeña y queda voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a decidir los destinos de ambos. Ella quizás dormía —pero él permanecía despierto y la observaba, y la noche pasó, mientras él ahora oraba, ahora caía en un trance producido por la alternancia de la esperanza y el miedo, hallándose sentado en su barca con los ojos fijos en el blanco atuendo de la que dormitaba allá en lo alto.

Se hizo la mañana… ¿era la mañana lo que luchaba por abrirse camino entre las nubes? ¿Llegaría la mañana algún día para despertarla? ¿Y acaso había dormido? ¿Y qué sueños de buena o mala fortuna la habían asaltado? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que siguieran esperando mientras él avanzaba con la intención de escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, más aún, de la imposibilidad del intento. Él se asió al rostro rugoso de la colina, consiguiendo encontrar apoyo para sus pies donde parecía no haberlo. La pendiente, efectivamente, no era marcada; los peligros del lecho de Santa Catalina consistían en la probabilidad de que alguien que se acostase en un lecho tan estrecho se precipitaría sobre las aguas. Gaspar continuó ascendiendo trabajosamente, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cumbre. Con la ayuda de sus ramas, consiguió incorporarse en un extremo del saliente, cerca de la almohada sobre la que descansaba la cabeza descubierta de su amada. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, su cabello oscuro caía en torno a su garganta y acariciaba sus mejillas, su rostro permanecía sereno. El sueño se hallaba allí en toda su inocencia y en toda su vulnerabilidad. Las salvajes emociones se habían amortiguado, y su pecho se alzaba al compás de una respiración regular. Pudo ver cómo el corazón de ella latía al elevar las hermosas manos que se cruzaban sobre el mismo. Ninguna estatua labrada en mármol para construir una efigie monumental podría parecer la mitad de hermosa, y dentro de aquella forma insuperable habitaba el alma más pura, tierna, devota y afectuosa que hubiese alguna vez infundido su calor a un pecho humano.

¡Con qué profunda pasión la observó Gaspar, albergando esperanzas de la placidez de su angelical expresión! Una sonrisa coronaba sus labios, y él también sonrió involuntariamente, mientras recibía estos felices augurios, cuando de pronto la mejilla de ella enrojeció, su pecho se agitó, una lágrima cayó de sus negras pestañas, y luego una multitud de ellas, al alzarse ella gritando: “¡No, no dejaré que muera! ¡Desharé sus cadenas! ¡Le salvaré!” La mano de Gaspar se hallaba junto a ella y sujetó el ligero cuerpo cuando iba a caer del peligroso lecho. Ella abrió los ojos y descubrió a su amado, que había contemplado el sueño del destino de ambos, y que la había salvado.

Manon también había dormido bien, con sueños o sin ellos, y se sorprendió al despertar por la mañana rodeada de una pequeña multitud. La pequeña y triste capilla estaba cubierta de tapices, el altar había sido adornado con cálices de oro, el sacerdote decía misa a un buen número de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba allí, y buscó a otra persona que no pudo encontrar, cuando la puerta de hierro del pasadizo se abrió y Gaspar de Vaudemont hizo su entrada, escortando a la bella Constanza, la cual apareció con sus vestidos blancos y oscuro y despeinado cabello, y en cuyo rostro las sonrisas y el sonrojo competían con una emoción aún más profunda, al tiempo que se acercó al altar, y arrodillándose con su amado, pronunció el juramento que les iba a unir por siempre.

Pasó largo tiempo antes de que el feliz Gaspar pudiese obtener de su mujer el secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de que ella ahora disfrutaba, había sufrido demasiado para no contemplar aún ahora con terror aquellos tiempos en los que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso que les conectaba a ambos contenía oscuros augurios. Explicó que aquella temible noche había tenido muchas visiones. Había visto los espíritus de su padre y sus hermanos en el paraíso, había visto a Gaspar combatiendo victorioso contra los infieles, le había descubierto en la corte del rey Enrique, gozando del favor y del aprecio de todos, y se había visto a ella misma, primero entristecida en un convento, luego como esposa, agradecida al Cielo por la generosa porción de felicidad que se le había encomendado, pero al siguiente momento estaba sola llorando por sus tristes días, hasta que de pronto se halló en tierra de moros, y la santa misma, Santa Catalina, la guiaba sin ser vista a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio, y contempló a los paganos que celebraban su victoria, y luego, descendiendo a las mazmorras, tantearon su camino a través de húmedos túneles  y enmohecidos pasajes de bajo techo, hasta una celda, más oscura y terrible que las demás. En el suelo de ésta yacía un hombre con ropas sucias y raídas, con bucles despeinados y una salvaje barba enmarañada. Su mejilla estaba delgada y pálida, sus ojos habían perdido la llama, su forma era un simple esqueleto, las cadenas caían holgadamente sobre los huesos sin carne.

—¿Y fue mi aparición en aquel atractivo estado y brillante atuendo lo que dulcificó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonriendo ante este retrato de lo que nunca tendría lugar.

—Así es, —replicó Constanza— pues mi corazón me sugirió que todo era culpa mía, y ¿quién podría volver tu pulso a la vida, restaurarte, salvo aquella que te había destruido? Mi corazón nunca se agitó tanto por mi caballero cuando vivía feliz como  lo hizo a su imagen decaída mientras yacía, en las visiones de la noche, a mis pies. El velo que me cubría los ojos cayó, la oscuridad me abandonó. Pienso que comprendí en aquel momento lo que son la vida y la muerte. Me había sido dado creer que para hacer felices a los vivos no debía injuriar a los muertos, y comprendí qué malvada y vana era esa filosofía que identificaba la virtud y el bien con el odio y la crueldad. Decidí que no debíais morir, que yo desharía vuestras cadenas y os salvaría, y os conminaría a vivir para el amor. Me levanté, y la muerte que quería evitar en vos, en mi presunción, habría sido la mía —fue entonces que por primera vez percibí el verdadero valor de la vida— si no fuera que vuestro brazo estaba allí para salvarme, vuestra querida voz me conminaba a ser dichosa por siempre.

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Parejas culpables

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Podría decirse que Corazón tan blanco, publicada en 1992, es la novela que lanzó la carrera internacional de Javier Marías y sin embargo no es una novela que haga muchas concesiones al lector, pues el ritmo de sus peripecias es lento y el calado de sus extensas divagaciones filosóficas –ocasionalmente repetidas palabra por palabra, como un eco maldito de la conciencia– profundo.

La mayor parte de la acción tiene lugar dentro de la conciencia del protagonista, Juan, un joven recién casado de Madrid que trabaja como intérprete. La marca indeleble que ha dejado en su memoria familiar el suicidio inexplicable de su tía Teresa Aguilera al regresar de su viaje de novios con el que luego sería el propio padre de Juan, Ranz, un crítico de arte de dudosos métodos de trabajo, le dificulta la tarea de entregarse a su nueva condición de hombre casado al tiempo que se van incrementando sus sospechas respecto a las personas que componen su círculo más íntimo: su recién estrenada esposa Luisa, su padre, y su perturbador amigo de la infancia, Custardoy el Joven.

No contribuyen a templar la ansiedad del narrador la serie de desdoblamientos ominosos que va estableciendo entre Luisa y él y otras parejas enfrascadas en relaciones destructivas, como Guillermo y Miriam, la pareja de la habitación de al lado en el hotel de La Habana en que pasan parte de la luna de miel, o “Bill” y Berta, que se han conocido a través de los anuncios de contactos en Nueva York.

De todos estos desdoblamientos quizás el que argumente la metáfora central de la novela sea el establecido entre Ranz y Teresa Aguilera y los Macbeth y Lady Macbeth de la ficción shakesperiana, pues es ahí donde se articula la ominosa sensación de culpabilidad que Juan asocia apenas conscientemente al compromiso matrimonial. El hecho de que entre las parejas no pueda haber secretos –pese al misterioso consejo que da Ranz a su hijo en el día de su boda– se debe a que vivir en pareja significa tener que escuchar los relatos del otro, y el acto de escuchar irremediablemente nos hace cómplices, si no instigadores, de las hazañas que se nos relatan al calor conspiratorio de la almohada.

Juan sólo conseguirá aceptar su nueva vida plenamente adulta de hombre casado cuando le es dado compartir la culpa largamente sostenida en silencio por su padre; es ésta, pues, una novela que afirma los lazos familiares al tiempo que expone laboriosamente las mil maneras en que estos nos constriñen y determinan. Al tiempo, la novela plantea un profundo interrogante sobre la condición de la existencia humana y el papel de la voluntad en un mundo condicionado por el pasado y por aquellas personas que incitan a los otros, haciendo uso del lenguaje a menudo tan engañoso, a amar, a matar, a morir.