‘Mary Shelley’ de Haifaa Al-Mansour: Una simplificación perniciosa.

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Al escribir el guion de la película ‘Mary Shelley’ (2017), Haifaa Al-Mansour y Emma Jensen parecieron decantarse por la teoría de que toda la inspiración que motivó a Mary Shelley a escribir su obra maestra, ‘Frankenstein,’ se habría derivado de los sentimientos de soledad y abandono experimentados por ella debido a la relación de Percy B. Shelley con su hermanastra Claire Clairmont, y asimismo al abandono de Claire por parte de Lord Byron.

En este post espero aclarar que este reduccionismo sentimentaloide y forzado de lo que en realidad fueron una compleja variedad de motivaciones y experiencias vividas por la propia Mary en aquellos años, hace poco por impulsar, forzándolo mediante la representación del papel de Percy B. Shelley como el de un villano superficial y alcohólico – que ciertamente él no fue: no he hallado en ningún material biográfico ninguna referencia a que a Percy se le fuera la mano con la bebida -, el mensaje feminista que necesariamente se debe derivar de la propia vida de la autora sin necesidad de manipulaciones.

Para empezar, y centrándonos en las motivaciones que podrían haber inspirado ‘Frankenstein,’ Lyndall Gordon en su breve biografía de Mary Shelley en el volumen ‘Outsiders. Five Women Writers Who Changed The World,’ defiende la teoría de que la experiencia vital de la cual Mary habría derivado los sentimientos de abandono que la llevaron a crear la figura del monstruo de su obra maestra habría sido no tanto la infidelidad de Percy – aunque esto también la hizo sufrir – como su huida con el propio Shelley – por aquel entonces un hombre casado – y Claire a Europa en 1814, con 16 años, porque de esta manera ella hubo de sufrir el absoluto rechazo y la condena de su padre William Godwin y también el muy severo ostracismo por parte de la sociedad londinense.

El caso es que la puramente romántica huida de Percy B. Shelley con Mary Wollstonecraft Godwin y Claire Clairmont a Europa el 28 de julio de 1814 se pasa completamente por alto en esta adaptación cinematográfica. En la película, la maravillosa historia realmente vivida por Percy y Mary se vuelve prosaica y vulgar: huyen a un apartamento mugriento en Saint Pancras. Pero en la realidad, cuando Percy llegó en un carruaje en la noche para llevarse a Mary y a Claire del hogar paterno, su destino era Dover y, de allí, Calais y luego París. Así fue como en realidad se inició su historia de amor.

Pero si nos retrotraemos al principio de la película, es probablemente cierto que la mala relación de Mary con su madrastra, Mary Jane Vial, la madre de Claire, fuese uno de los motivos de la estancia de Mary en Escocia en 1812 (tenía 14 años, no 16, como se dice en la película), pero es totalmente falso que Mary conociese a Percy Shelley en la casa de los Baxter. El caso es que fue durante esta ausencia de Mary cuando Percy se presentó por primera vez en el número 41 de Skinner Street, donde William Godwin tenía su librería. Es por lo tanto falso que, como se ve en la película, Percy hubiese llegado allí persiguiendo a Mary. El motivo inicial de Percy para acercarse a William Godwin no fue otro que la admiración de su trabajo y la influencia en especial su obra ‘An Enquiry Concerning Political Justice,’ en la que Godwin denunciaba prácticas sociales como el monopolio de la propiedad, el matrimonio y la monarquía y que había influenciado su escritura conjunta con su amigo James Hogg en 1810 en Oxford del panfleto ‘The Necessity of Atheism.’ Como Mary estaba en aquel momento en Escocia, no llegaría a conocerla hasta tiempo después de haberse presentado en Skinner Street.

Pero cuando Shelley llegó a la puerta de Godwin en 1812, Godwin había suavizado sus posturas políticas, en parte por la constatación de la sangría en que derivó la Revolución Francesa, y la agitación de Shelley a favor de la rebelión en Irlanda le parecía muy atrevida, por ejemplo.

Alguien muy importante en sus vidas en aquel tiempo, y que ha sido eliminada de la película, es la medio hermana de Mary, Fanny, la hija que tuvo Mary Wollstonecraft con Gilbert Imlay antes de conocer a Godwin. Mientras Mary estaba en Escocia, a donde viajó en dos ocasiones en este tiempo, Percy y Fanny intimaron, hasta el punto de que Fanny fue enviada de vacaciones a Gales el 23 de mayo de 1814 para alejarla del poeta.

Mary regresó de Dundee en marzo de 1814 y sus desavenencias con su madrastra volvieron a sucederse. En este tiempo Mary hallaba consuelo pasando el tiempo junto a la tumba de su madre en el cementerio de la iglesia de San Pancras. Fue a partir de mayo que Percy empezó a fijarse en ella. Comenzó a visitar la librería cada vez más asiduamente e incluso se alquiló una habitación para alojarse en una dirección cercana.

El 26 de junio de 1814 se encontraban ambos en el cementerio de San Pancras junto a la tumba de la madre de Mary cuando Percy y Mary declararon su amor mutuo. Es importante recalcar que Mary y toda la familia supieron desde un principio que Percy estaba casado con Harriet y que tenían una hija, Ianthe. En sus primeras visitas, en 1812, Percy había acudido a cenar algunas veces con su mujer. En la película, sin embargo, se cuenta que Percy había ocultado este matrimonio a Mary y a su familia con el propósito de seducirla. La realidad es que no hubo ningún atisbo de engaño en Percy. Mary, cuando le confesó su amor en el cementerio de San Pancras, era perfectamente conocedora de que Percy estaba casado y tenía una hija pequeña.

Con su natural sinceridad, Percy comunicó inmediatamente a Godwin su intención de unirse sentimentalmente a Mary, esperando, inocentemente, que Godwin lo aceptaría debido a su enérgica condena de la institución del matrimonio en ‘Political Justice.’ Pero Godwin, a pesar de que en aquel momento dependía económicamente de las inyecciones de capital de Shelley a su negocio editorial, pidió a Shelley que volviese con Harriet y salvase la reputación de su hija y les prohibió verse. En aquellos días, Mary comenzó a dudar sobre la conveniencia de continuar su relación con Percy al conocer que Harriet estaba embarazada del segundo hijo de ambos, concebido probablemente poco antes de que Percy se enamorase de Mary. Como respuesta, Percy se tomó una sobredosis de láudano. Pero el destino se interpuso para reunirles. Mary descubrió que estaba embarazada, y este fue el detonante de la huida de Percy, Mary y Claire en la noche en un carruaje con destino a Europa (aunque Claire no sabía aún en este momento que Mary estaba embarazada).

Así, mientras en la película de Haifaa Al-Mansour, Percy y Mary huyen con Claire a un piso mugriento donde leen libros y beben burdeos sin parar, la realidad es que Percy, Mary y Claire paseaban por las Tullerías y Percy comenzaba a ocuparse de la educación literaria de Mary. De París se dirigieron a Suiza. En su huida se habían llevado los libros escritos por Mary Wollstonecraft y William Godwin, que releían en voz alta continuamente. En especial los libros de Mary Wollstonecraft, en los que defendía la aparición de una nueva mujer emancipada de las convenciones sociales, les influenciaron a los tres. En sus viajes europeos de 1814, de posada en posada, creían estar llevando a la práctica los sueños emancipadores señalados por los padres de Mary Shelley en sus obras.

Al viaje no le faltaron sus penurias. Los pueblos de Francia estaban desolados como resultado de las guerras napoleónicas, y era difícil encontrar agua. En Suiza tomaron un barco para subir por el Rin, hasta llegar a la costa holandesa, cuando apenas ya les quedaba dinero.

De regreso a Londres, cogieron habitaciones en Cavendish Square. William Godwin se negaba a recibir a Mary e incluso prohibió a su hermanastra Fanny que fuese a visitarla. Las antiguas amistades de Mary ahora la ignoraban, incluida Isabel Baxter, su amiga escocesa. Mary se refugió en los libros, sobre todo en los dramaturgos griegos, y Percy ayudó a Mary a aprender griego.

Percy empezaba a necesitar recurrir a los préstamos. Era heredero de una fortuna a la que todavía no tenía acceso. Es cierto que Percy creía firmemente en el amor libre, y que animó a Mary a que tuviese relaciones con su amigo Hogg, que ella rechazó, pero no es cierto que la negativa de Mary provocase una discusión entre ellos ni habría sido en ningún momento posible que, tal y como se ve en una muy falsa escena en la película, Percy se hubiese encarado con ella por su negativa o la hubiese tildado de “hipócrita.” No consta en ningún documento biográfico que Percy nunca tuviese una sola pelea o malas palabras con persona alguna en su vida, sin embargo, en la película es un bravucón.

No fue hasta este tiempo que Claire supo que Mary estaba embarazada. Asustada por las posibles consecuencias, decidió regresar al hogar familiar, temiendo convertirse, como Mary, en una mujer rechazada por la sociedad. Pero sólo estuvo allí tres días. Fue en este tiempo cuando Claire decidió convertirse en una heroína romántica y vivir una vida de aventuras, y cambió su verdadero nombre, Jane, por el de Claire.

Aquel otoño Percy tuvo verdaderos problemas económicos y se vio obligado a ocultarse de las autoridades por no pagar sus deudas. La separación intensificó el amor de ambos. Percy le enviaba poemas de amor en griego. Cada uno admiraba profundamente el intelecto del otro. Es absolutamente falso, como se sugiere en la película, que Percy fuera condescendiente respecto a la inteligencia de Mary. Siempre intuyó el genio de su mente, y él prácticamente completó la educación de Mary que había comenzado Godwin.

Es en este momento cuando Lyndall Gordon sugiere que precisamente la tragedia del monstruo de Frankenstein, la tragedia en que se convierte su abandono, se hubiese originado en este ostracismo que Mary sufrió, soltera y embarazada de un hombre casado, en el Londres de la Regencia, cuando ninguna de sus amistades se dignaba a reconocerla y su propio padre no contestaba a sus cartas. Aunque las infidelidades de Percy seguramente la entristecieron, la verdadera tragedia de su vida fue el ostracismo social.

El argumento de la película de Haifaa Al-Mansour es una simplificación demasiado perniciosa de lo que significó la experiencia vital de Mary y su amor por Shelley. Para presentar a Mary Shelley como una heroína feminista no era necesario manipular el carácter del personaje de Percy B. Shelley para presentarlo como un villano egoísta. El verdadero mal que sufrió Mary fue su ostracismo social por unirse a un hombre fuera del matrimonio. Su padre William Godwin, desde el momento de la huida de Percy con Mary y Claire en 1814, no la admitía en su casa ni contestaba a sus cartas. Es por esto que Lyndall Gordon aventura la interpretación de que la verdadera inspiración detrás de la tragedia de soledad del monstruo se hallaría en este periodo en el que el padre de Mary, su “creador,” la rechazó a ella, su “criatura,” igual que Victor Frankenstein rechaza al monstruo que ha creado.

Es cierto que en diciembre de 1814, cuando Mary estaba embarazada de seis meses, asistió a una conferencia sobre los experimentos con la electricidad, que más tarde influiría su historia sobre la creación del monstruo. Es falso, como se ve en la película, que en esta conferencia conociesen a Lord Byron.

Lo que sí ocurrió por este tiempo, aunque tampoco se menciona en la película, es que el abuelo de Percy falleció. Su padre, Sir Timothy Shelley, adquirió una considerable herencia y otorgó a Percy una renta de mil libras al año. De este modo, Percy pudo destinar parte de sus fondos a la manutención de Harriet. Además, entregó al padre de Mary, que aún no les hablaba a ninguno de los dos, la cantidad de mil libras para ayudarle con sus deudas. Y éste aceptó el dinero a pesar de no hablarles ni reconocerles socialmente.

El 22 de febrero de 1815 Mary dio a luz a una niña prematura que falleció a los diecisiete días. Esta niña no llegó a tener nombre, y no murió, como se ve en la película, porque Percy obligase a Mary a huir de los acreedores con ella en sus brazos bajo la lluvia, sino que murió por las complicaciones derivadas de ser un bebé prematuro.

Es cierto que durante este embarazo de Mary, Percy probablemente comenzó a tener relaciones con Claire. Es probable, aunque no está atestiguado, que Claire se quedase embarazada de Percy, bien en este momento o, más tarde, durante sus viajes en Italia. En este tiempo, en mayo de 1815 se retiró a vivir sola en una cabaña de un alejado pueblecito costero. Quizás Clarie tuvo que alejarse un tiempo para aplacar la furia de Mary.

Viendo que su relación con Percy no iba a prosperar, Claire puso su objetivo en Lord Byron. Había escrito una novelita sobre una “mujer liberada,” y se la envió a Byron para conocer su opinión de su valor literario. La novelita se titulaba ‘Ideot,’ y estaba en parte inspirada en Mary Wollstonecraft y en Mary Godwin, a las que Claire trataba de imitar. Lord Byron prestó atención a Claire debido a su conexión con Shelley, un poeta al que Byron admiraba. En la película, Claire y Byron simplemente se conocen en un teatro. La realidad fue más novelesca.

En aquel tiempo Lord Byron empezó a sentirse acosado por el escándalo del incesto con su media hermana Augusta Leigh, y hubo de marcharse de Inglaterra. Partió el 25 de abril de 1816 en dirección a Suiza, y no volvió a pisar su país. Shelley, Mary y Claire partieron a principios de mayo. Con ellos iba el pequeño William, el segundo hijo de Percy y Mary, que había nacido en enero de 1816 y en aquel tiempo tenía cuatro meses. Es cierto que Byron vivía en la villa Diodatti con su médico particular, John Polidori, pero el grupo de Shelley alquiló su propia casa, que no estaba lejos.

Es cierto que Claire esperaba que su relación con Byron se formalizase, cosa que no sucedió. Es cierto que en este tiempo, en junio, Claire descubrió que estaba embarazada de Byron. Pero fue Percy quien inicialmente se comprometió a ayudar a Claire económicamente durante su embarazo. Tampoco es cierto que Byron no quisiera saber nada del bebé. Acordaron que una vez que naciera el bebé, se criaría con Byron.

Es cierto que Mary y Claire pasaron buena parte del verano haciendo copias manuscritas de los poemas de Byron. No es cierto, como aparece en la película, que Percy pasase el verano emborrachándose en villa Diodatti. La famosa noche lluviosa del 16 de junio en que Byron sugirió que cada uno de ellos escribiese una historia de fantasmas, el grupo había estado leyendo historias alemanas de fantasmas. Continuamente estaban leyendo y escribiendo. En este verano Byron y Shelley escribieron obras extraordinarias que pasarían a la historia de la literatura. No hay constancia biográfica alguna de juergas etílicas de ningún tipo. Pocas noches después, Mary tuvo el sueño a partir del cual se le reveló la historia del monstruo de Frankenstein. En este momento lo que más pesaba en su conciencia era el rechazo de su padre y el ostracismo social vivido en Londres, que les había llevado a regresar al continente europeo.

En julio de 1816, poco después del sueño de Mary, ella y Claire visitaron el glaciar de Chamonix. Este es el lugar en el que el doctor Frankenstein se encuentra con su monstruo. Las palabras del monstruo son: “Tú, mi creador, me odias y me rechazas, a mí que soy tu criatura, a quien estás unido por lazos sólo indisolubles mediante la aniquilación de uno de nosotros dos.” No parece que estas palabras pudieran haber estado inspiradas en la infidelidad de Percy, sino en el rechazo de Godwin, el padre de Mary, que en este momento aún seguía apartado de ella, rechazando toda comunicación.

Es por esto que la teoría que presenta la película de Haifaa Al-Mansour está basada en una negligencia interpretativa, y es excesivamente perniciosa para la imagen de Percy B. Shelley. Mary sufrió por su condición de mujer libre, pero no a manos de su pareja, sino de su padre, y de la sociedad londinense de la Regencia por extensión. Hay un poderoso mensaje feminista en la vida de Mary Shelley, pero no se reduce, de ninguna manera, a la puritana interpretación de Haifaa Al-Mansour y Emma Jensen de una mujer atribulada por las infidelidades de los hombres. El reproche del monstruo a su creador, al que pide que se responsabilice por su existencia, es el reproche de Mary a su padre por rechazar todo contacto con ella después de la huida de ésta con Percy. No en vano, el libro está dedicado a Godwin, precisamente.

Mary estuvo escribiendo durante la segunda parte de 1816 y la primavera de 1817. Al regresar a Inglaterra, el grupo se asentó en la ciudad de Bath, debido a que debían ocultar el embarazo de Claire. Fue en este tiempo cuando Shelley dejó de ayudar económicamente a Godwin – que seguía sin hablarles aunque aceptaba el dinero de Percy –. Mientras, Fanny, la melancólica medio hermana de Mary, que había permanecido angustiada y sola con Godwin y con su madrastra en Skinner Street todo este tiempo, hizo un intento de conectar con Mary y Percy en Bath. Probablemente se encontró con Percy en la estación, pero no se quedó en Bath. Prosiguió su viaje hasta Swansea, donde se suicidó con una sobredosis de láudano. Pero ya sabemos que Fanny no existe en la película.

Un mes más tarde, el 9 de noviembre de 1816, Harriet Shelley se suicidó en el Serpentine, el estanque de Hyde Park. Ni siquiera este dato es trasladado fielmente en la película. En la película, Percy se entera del suicido de su esposa en la villa Diodatti, cinco meses antes, profundamente borracho a la hora del desayuno. No hay constancia, como ya he dicho antes, de que Percy fuera un bebedor. Pero resulta especialmente extraño que ni siquiera se respete el hecho de que Harriet se suicidase en el conocido estanque de Hyde Park. En la película Percy dice que se ahogó en “las sucias aguas de Battersea.” Parece que se haya tratado de hacer uso de cada oportunidad por afear la historia verdadera de Percy B. Shelley.

El caso es que, ahora que Shelley era un viudo, tenía la posibilidad legal de casarse con Mary, y así lo hicieron al mes siguiente del triste suicido de Harriet, a finales de diciembre de 1816. Curiosamente, a partir de la boda, Godwin retomó la relación con Percy y Mary. Pero el germen de la idea de la novela de ‘Frankenstein,’ ya se había desarrollado en la mente de Mary. Sin embargo, en la película, se falsea mucho esta parte de la historia. Se sugiere que mientras Mary escribía la novela se habría producido una separación entre Percy y ella. Esto no tiene ninguna base en la realidad. Nunca estuvieron separados por propia voluntad. Después de la buena acogida de la novela de Mary, en la película, Percy regresa con ella para casarse. Esto hace parecer a Percy como un oportunista que solo valora a Mary después de que haya conseguido el éxito. Lo cierto es que siempre creyó en el talento de Mary, que nunca se separó de su lado, que se casaron tan pronto como Harriet se suicidó, y que Percy acompañó constantemente a Mary mientras esta escribía su obra maestra.

También resulta muy ofensiva, y no tiene base alguna en la realidad, la escena en la que Percy parece no entender la novela de Mary y criticarla. “El protagonista debería ser un ángel, no un monstruo,” es la banalidad que las guionistas del film pusieron en la boca del pobre Percy, presentándole como un inepto incapaz de comprender el genio de Mary.

En la película el manuscrito de la novela es rechazado por varias editoriales. Esto fue cierto. Incluso los editores de Percy la rechazaron. Pero es falso que Mary se presentase ella misma personalmente con su manuscrito en las editoriales. Esto habría sido muy atrevido en una mujer de su tiempo. Fue Percy quien negoció la publicación con Lackington en el verano de 1817.

El 2 de septiembre de 1817 nació Clara, la hija de Percy y Mary que en la película había nacido en 1815, cuando en realidad en 1815 había nacido una niña prematura que falleció por ser prematura, no debido a la irresponsabilidad de Percy. Sin embargo Clara fallecería en la infancia, en Italia, y es cierto que durante un tiempo Mary culpó a Percy de la tragedia, pero las circunstancias fueron muy distintas de como se presentan en la película.

En ese mes Percy escribió el prefacio a ‘Frankenstein.’ Es falso, pues, que hubiesen estado separados durante el periodo en que Mary sacó a la luz la novela. Seguían juntos y tenían ya dos hijos, y estaban casados. En la película ni tienen hijos ni están casados, y encima están separados, para dar la imagen de que Mary era una trabajadora autosuficiente que se encaminaba de editorial en editorial por sí misma con su manuscrito, algo que convienen al falso tono feminista de la película de Haifaa Al-Mansour.

En la película, Percy es totalmente ajeno al proceso de escritura de ‘Frankenstein.’ En la realidad estuvo muy involucrado. Mary le cedió la tarea de corregir las pruebas de la imprenta a su voluntad. Es falso que Mary tuviera 18 años cuando publicó Frankenstein, el 1 de enero de 1818. Tenía 20. Es cierto que Mary adquirió notoriedad por la publicación de su novela, pero nunca, a lo largo de su vida, recuperó la reputación que había perdido por unirse a Shelley estando éste casado.

Al poco tiempo Shelley, Mary y Claire se trasladaron a Italia. Fue allí donde falleció la pequeña Clara, y es cierto que Mary culpó a Percy por lo sucedido, y en aquella historia algo tuvo que ver Claire, y Mary se distanció de Percy, aunque nunca llegaron a vivir separados o a dejar de amarse. Pero la infidelidad con Claire se había convertido en un problema. Sin embargo, estas desavenencias tuvieron lugar en Italia, en una fecha posterior a la publicación de ‘Frankenstein,’ y no pudieron haber influenciado la tragedia del monstruo, tal y como falsamente se sugiere en la película.

Finalmente, en la película se hace hincapié en el tema de la solidaridad de Mary con Claire, a la que Mary consideraría como una “pobre víctima” de la lujuria de los hombres. Esto tampoco es nada exacto. En realidad Mary culpó a Claire de buena parte de su infelicidad, y después del fallecimiento de Percy en 1922, no quiso retomar el contacto con ella durante el resto de su vida. Claire acabaría emigrando a Rusia para trabajar como institutriz, y vivió sola allí hasta una edad avanzada.

En los créditos al final de la película aparece una cita curiosa, teniendo en cuenta que se basa en personajes históricos: “Los personajes representados en esta película son ficticios, y cualquier similaridad con la historia de cualquier persona real es pura coincidencia.” Por una vez han dicho la verdad.

Mi traducción de “El sueño,” un bello relato de Mary Shelley

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EL SUEÑO

El tiempo en el que tuvo lugar la pequeña leyenda que voy a narrar fue aquél del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya accesión al trono y conversión, aunque trajeron la paz al reino, no fueron suficientes para hacer cicatrizar las profundas heridas que los dos bandos enemigos se habían infligido mutuamente. Feudos privados y el vivo recuerdo de afrentas mortales subsistían entre aquellos que ahora parecían unidos; y no era infrecuente que las manos que se apretaban en lo que parecía un saludo amistoso, involuntariamente aferrasen, en el momento de separarse, la empuñadura del estilete, como si se tratase de un portavoz más adecuado de sus pasiones que las palabras corteses que habían acabado de pronunciar sus labios. Muchos de los católicos más acérrimos se retiraron a las distantes provincias de que provenían, y mientras ocultaban en la soledad su resentimiento, con no menor avidez aguardaban el día en que pudieran manifestarlo abiertamente.

En un gran castillo fortificado construido en una escarpada colina sobre el río Loire, no lejos de la ciudad de Nantes, habitaba la última descendiente de su linaje, y la heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había pasado el año anterior en la más completa soledad en su apartada morada, y el luto que lucía por su padre y sus dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era la apropiada razón por la que no formaba parte de la vida de la corte, participando de sus celebraciones. Pero la condesa huérfana había heredado un reputado título e innumerables tierras, y pronto se le hizo saber que el Rey, su guardián, deseaba que ella las entregase, junto con su mano, a algún noble cuya heredad y méritos le hiciesen merecedor de ello. Constanza, por toda respuesta, expresó su intención de tomar los hábitos y retirarse a un convento. El Rey enérgica y resueltamente lo prohibió, creyendo que tal idea era el resultado de una sensibilidad agitada por la tristeza, y confiando en su esperanza de que, transcurrido un tiempo, el apasionado espíritu de la juventud atravesaría esta nube pasajera.

Había transcurrido un año, y aún la condesa persistía en su empeño, así que finalmente Enrique, poco deseoso de forzar su voluntad —deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que conducían a una muchacha tan hermosa, joven y a quien la fortuna había concedido tantos talentos, a desear enterrarse en un convento— anunció su intención, ahora que el tiempo del luto había acabado, de visitarla en su castillo; y, señaló el monarca, si no traía consigo suficientes persuasiones para conducirla a cambiar su propósito, daría su consentimiento a que lo cumpliera.

Constanza había pasado muchas horas tristes, días llenos de lágrimas y noches agitadas por sus penas. Había cerrado las puertas de su castillo y, como Lady Olivia en Twelfth Night, se había abocado a llorar en soledad. Como era su propia dueña, con facilidad pudo silenciar los ruegos y reproches de quienes la servían, y alimentó su desgracia como si se tratase del objeto de su amor. Pero ésta era demasiado insistente, amarga y ardiente para ser una invitada favorecida. Lo cierto era que Constanza, joven, apasionada y vivaracha, se enfrentaba a ella, se debatía y ansiaba desecharla. Pero todo aquello que parecía alegre por sí mismo, o hermoso en apariencia, sólo servía para renovar su pesar, y sólo podía sobrellevar el peso de su tristeza haciendo uso de la paciencia, cuando, rindiéndose ante ella, dejaba que la oprimiese pero sin llegar a torturarla.

Constanza había dejado el castillo para vagabundear por los prados colindantes. A pesar de que sus aposentos eran altos y amplios, se sentía oprimida dentro de sus muros, bajo sus abigarrados tejados. El cielo azul, las tierras que se extendían hacia lo alto y el antiguo bosque, que ella asociaba con cada uno de los tan estimados recuerdos de su vida anterior, la incitaban a pasar horas y días bajo sus umbrosos techos. El movimiento y el cambio que se sucedían eternamente, mientras el viento se colaba entre las ramas, o el sol en su viaje hacía llover sus rayos a través de ellas, la calmaban y la liberaban de aquella monótona tristeza que le oprimía el corazón con una punzada tan implacable bajo el tejado de su castillo.

Había un lugar al borde del bosque, un rincón particular desde el que podía discernir todo el campo que se extendía a lo lejos, pero que al mismo tiempo estaba espesamente poblado con altos árboles que daban abundante sombra —un lugar al que había jurado no volver, pero al que inconscientemente sus pasos siempre la conducían, y adonde en este momento de nuevo, por la vigésima vez en aquel día, había llegado sin darse cuenta. Se sentó sobre un montículo de hierba, y observó con añoranza las flores que ella misma había plantado para adornar aquel recoveco reverdecido —su templo a los recuerdos de su amor. Sostenía la carta del Rey que había sido responsable de tanta desesperación. El abatimiento se había asentado en sus rasgos, y su frágil corazón le preguntaba al destino por qué, tan joven, vulnerable y abandonada, tenía ella que enfrentarse a esta nueva fatalidad.

—Lo único que pido —pensaba— es vivir en la propiedad de mi padre, en el lugar que me es conocido desde la infancia, para regar con mis innumerables lágrimas las tumbas de aquellos que amé, y aquí en estos bosques, donde alumbré un sueño de amor tan imposible, ¡seguir celebrando por siempre las exequias de la Esperanza!

El crujir de las ramas llegó a sus oídos — su corazón latió con fuerza — y luego todo se quedó en silencio.

—¡Qué tonta soy! —murmuró—. Víctima de mis propias imaginaciones: porque fue aquí que nos conocimos, porque sentada aquí le he esperado, y sonidos como estos han anunciado, su ansiada llegada, así que ahora cada liebre que corre y cada pájaro que hace despertar al silencio, me recuerdan a él. Oh Gaspar, que un día fuiste mío, ¡nunca jamás se alegrará este rincón con tu presencia, nunca jamás!

De nuevo los arbustos se agitaron, y se oyeron pisadas en el matorral. Se levantó, su corazón latía impetuosamente, debía de ser aquella tonta de Manon, con sus  impertinentes súplicas para que regresase al castillo. Pero las pisadas eran más firmes y lentas que las de su criada, y en un momento discernió al intruso emergiendo de la sombra. Su primer impulso fue el de huir… pero verle una vez más, oír su voz… una vez más antes de establecer un juramento eterno entre amos, verse juntos, y cubrir el gran abismo que había creado la ausencia, no podría dañar a los muertos, y aliviaría la tristeza fatal que hacía palidecer de tal manera su mejilla.

Y ahora él se hallaba frente a ella, el mismo amado con quien había intercambiado juramentos de fidelidad. Él, como ella, parecía triste. Y tampoco pudo ella resistir la mirada suplicante que le solicitaba que se quedase allí un momento.

—He venido hasta aquí, señora —dijo el joven caballero— sin la esperanza de poder torcer vuestra inflexible voluntad. Vengo tan sólo para veros una vez más, y para despedirme antes de viajar a la Tierra Prometida. Vengo a suplicaros que no os encerréis en un oscuro convento para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien no veréis más. ¡Tanto si muero como si vivo en Palestina, Francia y yo nos hemos separado para siempre!

—¡Palestina! —exclamó Constanza—. Sería algo temible, si fuese verdad, pero el rey Enrique nunca permitiría que se perdiera así su caballero favorito. El trono por el que luchasteis, debéis guardar. Os imploro, si alguna vez he tenido alguna influencia en vuestros pensamientos, que no vayáis a Palestina.

—Una palabra vuestra podría detenerme, tan sólo una sonrisa, Constanza —y el joven admirador se inclinó ante ella; pero la determinación de ella regresó al contemplar una escena anteriormente tan querida y familiar, ahora tan extraña y tan prohibida.

—¡No os detengáis aquí por más tiempo! —gritó—. Vuestras no serán ya más mis sonrisas ni mis palabras. ¿Por qué habéis venido hasta aquí, aquí, donde se pasean los espíritus de los muertos, sintiendo que este rincón umbroso les pertenece, y por lo tanto han de maldecir a la falsa muchacha que permite que su asesino perturbe su reposo sagrado?

—Cuando el amor era joven y vos erais dócil —respondió el caballero— me enseñasteis a pasearme por los recovecos de estos bosques. Me recibíais en este amado rincón, donde una vez jurasteis ser sólo mía, justo debajo de estos antiguos árboles.

—Fue un malvado pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y ha sido duramente castigado!

Sus palabras infundieron nuevos ánimos al joven caballero, quien aún así no se atrevió a moverse, por menos que ella, quien a cada momento parecía dispuesta a emprender el vuelo, fuese perturbada en aquel momento de tranquilidad. Pero respondió lentamente:

—Aquellos eran días felices, Constanza, llenos de terror y de un gozo profundo, cuando al anochecer llegaba yo rendido a vuestros pies, y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera particular de aquel castillo ceñudo, este recodo sombreado sobre el que brillaban las estrellas era el altar del amor.

—¿Días felices? ¡Días miserables! —replicó Constanza. Aquellos en que imaginé que algo bueno podría resultar de no cumplir mi obligación, y que Dios recompensaría la desobediencia. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un océano de sangre nos divide por siempre! ¡No os acerquéis a mí! Aquellos seres amados que han muerto se interponen en este momento entre nosotros: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, ¡y me amenazan por prestar oído a su asesino!

—¡No soy tal! —exclamó el joven. Mirad, Constanza, somos cada uno de nosotros los últimos miembros de nuestro linaje. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos solos. No era así cuando por primera vez nos amamos, y cuando mi padre, mi pariente, mi hermano… ¡qué digo! ¡incluso cuando mi propia madre profería maldiciones contra la casa de Villeneuve, yo, a pesar de todo, la bendecía! Te veía a ti, querida mía, y la bendecía. El Dios de la paz plantó el amor en nuestros corazones, y en medio del misterio y del secreto nos encontramos muchas noches de verano en los valles iluminados por la luna, y cuando lucía la luz del día en todas partes, volábamos a este dulce recodo para escapar de su escrutinio, y aquí, en este mismo lugar en el que yo ahora me arrodillo para suplicaros, ambos nos arrodillamos y nos prometimos el uno al otro. ¿Incumpliremos nuestros votos?

Constanza lloraba mientras su amante recreaba las escenas de horas felices.

—Nunca —exclamó. ¡Nunca jamás! Tú sabes, o conocerás pronto, Gaspar, la fe y los propósitos de aquella que no se atreverá a ser vuestra. ¿Nos correspondía hablar del amor y de la felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre rugían en torno nuestro? Las flores fugaces que  nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas al encuentro mortal con sus enemigos. Mi padre murió por la acción del vuestro, y poco importa saber si, como mi hermano me juró, y vos negáis, vuestra mano asestó o no asestó el golpe que acabó con él. Vos luchabais con aquellos que le mataron. No digáis más, si quiera otra palabra: es impiedad que las almas infelices de los muertos os oigan. Idos, Gaspar, olvidadme. Vuestra carrera será gloriosa bajo el cuidado del caballeroso y galante rey Enrique, y una hermosa chica escuchará, como yo hice una vez, vuestras promesas, que la harán feliz. ¡Adiós! ¡Que os bendiga la Virgen! En la celda de mi monacal hogar no olvidaré la mejor lección cristiana: la de rezar por nuestros enemigos. ¡Gaspar, adiós!

Se alejó rápidamente de aquel recodo. Con pasos presurosos recorrió el claro en dirección al castillo. Una vez que se halló bajo la protección de sus propias habitaciones dejó que estallase la explosión de dolor que rasgaba su dulce pecho como una tempestad. Pues la suya era aquel peor tipo de tristeza que daña los recuerdos de felicidad, uniendo el amor a lo que se presume es la culpa en una sociedad tan temida como aquella a que da lugar el tirano cuando ata a un hombre vivo a un cadáver. Repentinamente un pensamiento le asaltó la mente. Al principio quiso rechazarlo por parecerle pueril y supersticioso, pero parecía no querer irse. Llamó rápidamente a su criada.

—Manon —le dijo­—. ¿Habéis dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon hizo la señal de la cruz.

—¡Santo cielo! Nadie lo ha hecho, desde que tengo uso de razón, excepto dos mujeres: una calló al río Loire y se ahogó; la otra solamente miró el estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir palabra. Es un lugar temible, ¡y si aquella muchacha que pretende hacer votos no ha conducido su vida de manera piadosa, mala será la hora en que deje descansar su cabeza sobre la piedra sagrada!

Constanza también se santiguó.

—En lo que se refiere a nuestras vidas, es solamente a través del Señor y de los santos que alguno de nosotros puede esperar que sean merecedoras. Dormiré en ese lecho mañana por la noche, y si, como he oído, es cierto que la santa se digna a aconsejar a quien va allí a hacerle votos en sus sueños, ella me guiará, y así, conociendo que actúo de acuerdo con los dictados del Cielo, ¡me resignaré incluso a lo peor!

El Rey iba de camino a Nantes desde París, y pasó esta noche en un castillo que sólo distaba unas millas. Antes del amanecer un joven caballero fue introducido en sus aposentos. El caballero tenía el aire serio, quizás deberíamos decir pesaroso, y aunque era hermoso en sus rasgos y en sus proporciones, su aspecto era cansado y ojeroso. Guardó silencio en la presencia del rey Enrique, quien, atento y alegre, dirigió sus vivos ojos azules a su invitado, preguntando con suavidad:

—¿Así que se ha mantenido obstinada, Gaspar?

—Se ha mantenido resuelta a garantizar la miseria de ambos. Aún así, mi señor, no es, créame, la menor de mis penas, el que Constanza sacrifique su propia felicidad al tiempo que destruye la mía.

—¿Y creéis que dirá que no al gallardo caballero que yo mismo le presente?

—¡Oh, mi señor, no penséis eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente vuestra generosa condescendencia. Pero aquella a quien no pudo persuadir la voz de su amado en soledad, mientras los recuerdos y la soledad de los amantes contribuían al hechizo, resistirá incluso las órdenes de Su Majestad. Está empeñada en encerrarse en un convento, y yo, si es de vuestro agrado, me marcharé ahora: desde ahora soy un soldado de la cruz, y moriré en Palestina.

—Gaspar —dijo el monarca— conozco a las mujeres mejor que tú. No la conseguirás ni mediante la sumisión ni los ruegos lacrimosos. Es natural que la muerte de sus familiares haya afectado tanto el corazón de la joven condesa, quien, al alimentar en soledad sus lamentos y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión. Dejad que lleguen a ella las voces de este mundo, la voz del poder y la del sentimiento en conjunción; la primera voz imperiosa, la otra suplicante, de modo que ambas resuenen en su propio corazón, y por mi palabra y la Sagrada Cruz ella será vuestra. Mantengamos nuestro plan. Y ahora cabalguemos: la mañana avanza y el sol se ha levantado.

El Rey llegó hasta el palacio del obispo, y procedió a oír misa en la catedral. Una cena suntuosa tuvo lugar a continuación, y ya era la tarde cuando el monarca prosiguió a través de la ciudad junto al río Loire hacia donde, un poco más arriba de Nantes, el Chateau Villeneuve se erigía. La joven condesa le recibió a la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla blanqueada por la desgracia, el aspecto de triste desesperación que le habían indicado que debería esperar. Su mejilla estaba sonrojada, su manera animada, su voz era apenas trémula.

—Ella no le ama —pensó Henry— o, de otro modo, su corazón ya ha consentido.

Se preparó un almuerzo para el monarca, y tras un momento de inseguridad, provocado por la alegría del aspecto de ella, éste mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y respondió con mucha rapidez:

—Mañana, mi buen señor, pido que me dé tiempo hasta mañana. Todo se decidirá entonces. Mañana he prometido a Dios… o…

Parecía confundida, y el Rey, a un tiempo sorprendido y gratificado, dijo:

—Entonces no odiáis al joven de Vaudemont. Le perdonáis que la sangre enemiga corra por sus venas.

—Se nos enseña que debemos perdonar y amar a nuestros enemigos —la condesa respondió con cierta agitación.

—Ciertamente, por San Denis, esa respuesta es adecuada para un simplón —dijo el Rey, riendo—. ¡Qué veo! ¡Mi fiel sirviente, Don Apolo disfrazado, acercaos, y agradecedle a la señorita su amor!

Así disfrazado el caballero se había quedado atrás oculto a todos, contemplando con infinita sorpresa el comportamiento y la tranquila expresión de la señorita. No podía escuchar sus palabras, pero ¿era ésta aquélla que él había visto temblando y llorando la tarde anterior? ¿Era ésta aquélla cuyo propio corazón estaba dividido por pasiones encontradas, que veía los pálidos fantasmas de su padre y de sus familiares anteponerse entre ella y el amante a quien adoraba más que a la vida misma? Era un misterio difícil de resolver. La llamada del Rey se correspondía perfectamente con su propia impaciencia, y dio un paso adelante. Se arrodilló a sus pies, mientras ella, aún víctima de la pasión, que se había exacerbado por la actitud tranquila que había adoptado, lanzó un grito al reconocerle, y se desmayó sin sentido sobre el suelo.

Era difícil de comprender lo que le ocurría. Incluso después de que sus criados la reanimasen, se desmayó de nuevo, y luego lloró copiosamente, mientras el monarca, que esperaba en el salón mirando de reojo el almuerzo a medio comer y canturreando un romance que conmemoraba la debilidad de la mujer, no sabía cómo responder a la mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente el criado de mayor rango se acercó con una disculpa, diciendo que la señorita estaba indispuesta, muy indispuesta, y que al día siguiente se arrojaría a los pies de Su Alteza, para solicitar su perdón, y comunicarle su intención.

—¿Mañana? ¿De nuevo mañana? ¿Acaso el día de mañana traerá consigo un encantamiento, doncella? —dijo el Rey—. ¿Podríais resolver el misterio, hermosa? ¿Cuál es el extraño cuento que le pertenece al día de mañana, ya que todo depende de su llegada?

Manon enrojeció, dirigió la vista al suelo, y dudó. Pero Enrique no estaba iniciado en el arte de persuadir a las criadas para que revelasen las intenciones de sus señoras. Manon estaba, además, asustada ante el plan de la condesa, que ésta persistía obstinadamente en llevar a cabo, así que se sentiría fácilmente inducida a descubrirlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, acostarse en un estrecho saliente de la roca sobre las profundas y rápidas aguas del Loire, y si, como era más probable, la desafortunada soñadora lograba no caerse al río, interpretar las inquietantes visiones que un sueño tan perturbado habría de producir por el dictado del Cielo, era una locura de la que incluso el propio Enrique no podría creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podría Constanza, ella cuya belleza era tan marcadamente intelectual, y las alabanzas de cuya entereza y talentos él había escuchado perpetuamente… podría ella engañarse a sí misma de una manera tan extraña? ¿Puede la pasión burlarse así de nosotros? ¿Puede como la muerte hacer descender al mismo nivel incluso a la aristocracia del alma, subyugando al noble y al campesino, al sabio y al necio? Era extraño —pero ella debía cumplir su propósito. Al menos ella no estaba segura de qué decisión tomar, y era de esperar que Santa Catalina no jugaría su papel con malas intenciones. En caso contrario, un propósito que hubiese sido modificado por un sueño podría asimismo ser influenciado por otros pensamientos en los días posteriores. En lo que respectaba al tipo de peligro más material, habría que ingeniar algún tipo de salvaguarda.

No hay un sentimiento más terrible que aquel que invade a un frágil corazón humano empeñado en gratificar los ingobernables impulsos que contradicen a los dictados de su conciencia. Los placeres prohibidos son considerados los más apetecibles. Quizás sea así en el caso de aquellas naturalezas más rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la competición, aquellos que se sienten felices en un altercado, y dichosos ante el conflicto de la pasión. Pero el gentil espíritu de Constanza era más dulce y más delicado, y la contienda entre el amor y la obligación oprimían y torturaban su pobre corazón. Subordinar su comportamiento a las inspiraciones de la religión, o, por así decirlo, de la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que amenazaban su empresa le conferían un atractivo añadido; era una felicidad arriesgarse por él, la misma dificultad del camino que conducía a la consecución de sus deseos al mismo tiempo gratificaba su amor y distraía sus pensamientos de su agonía. O si era decretado que debía sacrificarse, el riesgo del peligro y de la muerte serían de poca importancia en comparación con la angustia que entonces le habría sido adjudicada para siempre.

La noche amenazaba con ser tormentosa, el viento imperioso sacudía los cristales de las ventanas, y los árboles agitaban sus enormes brazos umbrosos, como unos gigantes harían en una danza fantástica o en una reyerta mortal. Constanza y Manon, en soledad, abandonaron el castillo por una puerta trasera, y comenzaron a descender por la colina. La luna aún no se había levantado, y aunque ambas conocían el camino, Manon tambaleándose y temblando, mientras que la condesa, envuelta en su manto de seda, subía con paso firme por la ladera de la montaña.  Llegaron a la orilla del río, donde estaba amarrada una pequeña barca, y un hombre esperaba. Constanza se introdujo con delicadeza en la barca, y luego ayudó a subir a su temerosa acompañante. En  unos breves instantes estaban en medio de la corriente. El cálido, tempestuoso y animado viento equinoccial soplaba sobre ellos. Por primera vez desde que enlutase, un ramalazo de placer hinchó el pecho de Constanza. Ella recibió la emoción con una alegría doble. “No puede ser,” pensó, “que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. No puedo amar nunca a otro. Me moriré si me tengo que separar de él, y este corazón, estos miembros, tan despiertos a sensaciones ardientes, ¿pueden estar predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla imperiosamente en su interior. Viviré para amar. ¿Acaso no aman todas las cosas — el viento al tiempo que susurra a las aguas veloces, las aguas al tiempo que besan las orillas llenas de flores y se apresuran para mezclarse con el mar? El Cielo y la tierra son sostenidos por, y viven a través del amor. ¿Será Constanza únicamente, cuyo corazón ha sido siempre un profundo pozo del que surge, desbordándose, el afecto sincero, quien se vea obligada a colocar una piedra sobre la fuente para taponarla por siempre?

Estos pensamientos seguramente conducirían a sueños agradables, y quizás la condesa, adepta a la ciencia del dios ciego, por este motivo los consentía de buena gana. Pero en este momento en que la absorbían estas dulces emociones, Manon la tomó del brazo.

—Señora, mirad —gritó. Se acerca pero los remos no hacen ruido. ¡Que nos proteja la Virgen! ¡Ojalá estuviésemos en casa!

Una negra barca surcó las aguas a su lado. Cuatro remadores, vestidos con túnicas negras, empujaban unos remos que, como había señalado Manon, no emitían ningún sonido. Otro reposaba frente al timón. Como los otros, su persona estaba velada por un manto oscuro, pero no llevaba cubierta la cabeza, y aunque su rostro no se dirigía hacia ellas, Constanza reconoció en él a su amado.

—¡Gaspar! ­—gritó—. ¿Estás vivo?

Pero la figura del barco ni volvió la cabeza ni respondió, y pronto se había perdido entre las sombras que rodeaban a las aguas.

¡Qué diferentes fueron ahora las ensoñaciones de la bella condesa! Ya el Cielo había comenzado su sortilegio, y formas no terrenales las rodeaban, las cuales descubría al fijar la vista a través de la penumbra. En un momento vio y dejó de ver la barcaza que había ocasionado su terror, y ahora parecía que había otra allí, en la que estaban los espíritus de los muertos, y su padre agitaba el brazo para saludarla desde la orilla, y sus hermanos le fruncían el ceño.

Entretanto habían llegado a su destino. La barcaza se amarró en una pequeña cala, y Constanza saltó a la orilla. En este momento tembló, y casi cedió a los ruegos de Manon de que regresasen, hasta que la poco avispada criada mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que ella debía dar al día siguiente. ¿Qué respuesta daría, si regresaba ahora?

Así que se apresuró y subió por el terreno irregular de la orilla, y luego la cruzó, hasta que llegó a una colina que colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba oscuro — salvo por una pequeña lámpara, que, levemente agitada por el viento, parpadeaba débilmente en frente de la figura de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron, oraron, y luego, levantándose, con un acento alegre la condesa dio las buenas noches a su sirvienta. Abrió una pequeña puerta de hierro que daba a una estrecha caverna. El rugido de las aguas se oía a lo lejos.

—No debes seguirme, mi pobre Manon —dijo Constanza— ni aunque mucho lo desees. Esta aventura tengo que vivirla yo sola.

Parecía poco justo dejar a la temblorosa criada sola en la capilla, que no podía ser consolada ni por la esperanza ni por el miedo, el amor o la desgracia; sin embargo, en aquellos tiempos, los escuderos y las damas de compañía a menudo jugaban el papel de subalternos en la armada, recibiendo golpes y ninguna fama. Además, Manon estaba a salvo en territorio sagrado. La condesa mientras tanto siguió su camino, tanteando en la oscuridad a través del estrecho y tortuoso pasaje. Finalmente lo que parecía un haz de luz brilló ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Llegó a una caverna abierta que colgaba en el lado de la colina, sobre la veloz corriente del río. Escudriñó la noche. Las aguas del Loire discurrían veloces, como desde aquel día han seguido discurriendo — siempre distintas, pero las mismas. El cielo estaba espesamente cubierto con nubes, y el viento entre los árboles evocaba un sonido tan lastimero y ominoso como si se agolpase en torno a la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y observó el que iba a ser su lecho — un estrecho saliente de tierra y piedra cubierta de musgo que bordeaba el precipicio. Se desprendió del manto —era ésta una de las condiciones del sortilegio, inclinó la cabeza y deshizo las trenzas de su negra cabellera. Se descalzó los pies, y así, preparada para sufrir de la manera más aguda el frío de la noche, se estiró en el estrecho lecho que apenas le confería suficiente espacio para reposar, y desde donde, si se movía en sueños, caería a las frías aguas que discurrían por debajo.

Al principio le parecía que nunca iba a ser capaz de quedarse dormida. No era extraño que su exposición a las olas y su peligrosa postura impidiesen que sus pestañas se cerrasen. Finalmente cayó en una suerte de ensoñación tan suave y tranquila que no deseaba caer en el sueño. Pero luego poco a poco sus sentidos se empezaron a nublar, y en un momento estaba en el lecho de Santa Catalina, mientras el Loira corría bajo ella y los vientos salvajes pasaban en torno suyo, y al momento siguiente… ¿dónde se hallaba? ¿qué sueños envió la santa? ¿la conducirían a la desesperación o la conminarían a ser feliz para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la negra corriente, un hombre vigilaba, preso de mil miedos y apenas atreviéndose a esperar nada bueno. Había sido su intención llegar antes que la joven, pero cuando se dio cuenta de que había malgastado su tiempo, hizo envolver los remos en una tela para apaciguar su sonido y sin perder un segundo había sobrepasado la barca en la que iba su Constanza, sin ni siquiera girarse al ser llamado, temeroso de enfadarla, y de que le ordenase regresar. La había visto aparecer por el pasadizo, y había temblado cuando ella se inclinó sobre el precipicio. La vio avanzar, vestida como iba de blanco, y pudo distinguirla al yacer ella sobre aquel borde que sobresalía en lo alto. ¡Qué vigilia pasaron los dos amantes! Ella entregada a pensamientos visionarios, y él sabiendo —y la consciencia de ello sacudía su pecho con una extraña emoción— que sólo el amor, y de hecho el amor por él, la había conducido a aquel peligroso lecho, y que mientras todo tipo de peligros la rodeaban, ella solamente se preocupaba por atender a una pequeña y queda voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a decidir los destinos de ambos. Ella quizás dormía —pero él permanecía despierto y la observaba, y la noche pasó, mientras él ahora oraba, ahora caía en un trance producido por la alternancia de la esperanza y el miedo, hallándose sentado en su barca con los ojos fijos en el blanco atuendo de la que dormitaba allá en lo alto.

Se hizo la mañana… ¿era la mañana lo que luchaba por abrirse camino entre las nubes? ¿Llegaría la mañana algún día para despertarla? ¿Y acaso había dormido? ¿Y qué sueños de buena o mala fortuna la habían asaltado? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que siguieran esperando mientras él avanzaba con la intención de escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, más aún, de la imposibilidad del intento. Él se asió al rostro rugoso de la colina, consiguiendo encontrar apoyo para sus pies donde parecía no haberlo. La pendiente, efectivamente, no era marcada; los peligros del lecho de Santa Catalina consistían en la probabilidad de que alguien que se acostase en un lecho tan estrecho se precipitaría sobre las aguas. Gaspar continuó ascendiendo trabajosamente, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cumbre. Con la ayuda de sus ramas, consiguió incorporarse en un extremo del saliente, cerca de la almohada sobre la que descansaba la cabeza descubierta de su amada. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, su cabello oscuro caía en torno a su garganta y acariciaba sus mejillas, su rostro permanecía sereno. El sueño se hallaba allí en toda su inocencia y en toda su vulnerabilidad. Las salvajes emociones se habían amortiguado, y su pecho se alzaba al compás de una respiración regular. Pudo ver cómo el corazón de ella latía al elevar las hermosas manos que se cruzaban sobre el mismo. Ninguna estatua labrada en mármol para construir una efigie monumental podría parecer la mitad de hermosa, y dentro de aquella forma insuperable habitaba el alma más pura, tierna, devota y afectuosa que hubiese alguna vez infundido su calor a un pecho humano.

¡Con qué profunda pasión la observó Gaspar, albergando esperanzas de la placidez de su angelical expresión! Una sonrisa coronaba sus labios, y él también sonrió involuntariamente, mientras recibía estos felices augurios, cuando de pronto la mejilla de ella enrojeció, su pecho se agitó, una lágrima cayó de sus negras pestañas, y luego una multitud de ellas, al alzarse ella gritando: “¡No, no dejaré que muera! ¡Desharé sus cadenas! ¡Le salvaré!” La mano de Gaspar se hallaba junto a ella y sujetó el ligero cuerpo cuando iba a caer del peligroso lecho. Ella abrió los ojos y descubrió a su amado, que había contemplado el sueño del destino de ambos, y que la había salvado.

Manon también había dormido bien, con sueños o sin ellos, y se sorprendió al despertar por la mañana rodeada de una pequeña multitud. La pequeña y triste capilla estaba cubierta de tapices, el altar había sido adornado con cálices de oro, el sacerdote decía misa a un buen número de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba allí, y buscó a otra persona que no pudo encontrar, cuando la puerta de hierro del pasadizo se abrió y Gaspar de Vaudemont hizo su entrada, escortando a la bella Constanza, la cual apareció con sus vestidos blancos y oscuro y despeinado cabello, y en cuyo rostro las sonrisas y el sonrojo competían con una emoción aún más profunda, al tiempo que se acercó al altar, y arrodillándose con su amado, pronunció el juramento que les iba a unir por siempre.

Pasó largo tiempo antes de que el feliz Gaspar pudiese obtener de su mujer el secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de que ella ahora disfrutaba, había sufrido demasiado para no contemplar aún ahora con terror aquellos tiempos en los que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso que les conectaba a ambos contenía oscuros augurios. Explicó que aquella temible noche había tenido muchas visiones. Había visto los espíritus de su padre y sus hermanos en el paraíso, había visto a Gaspar combatiendo victorioso contra los infieles, le había descubierto en la corte del rey Enrique, gozando del favor y del aprecio de todos, y se había visto a ella misma, primero entristecida en un convento, luego como esposa, agradecida al Cielo por la generosa porción de felicidad que se le había encomendado, pero al siguiente momento estaba sola llorando por sus tristes días, hasta que de pronto se halló en tierra de moros, y la santa misma, Santa Catalina, la guiaba sin ser vista a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio, y contempló a los paganos que celebraban su victoria, y luego, descendiendo a las mazmorras, tantearon su camino a través de húmedos túneles  y enmohecidos pasajes de bajo techo, hasta una celda, más oscura y terrible que las demás. En el suelo de ésta yacía un hombre con ropas sucias y raídas, con bucles despeinados y una salvaje barba enmarañada. Su mejilla estaba delgada y pálida, sus ojos habían perdido la llama, su forma era un simple esqueleto, las cadenas caían holgadamente sobre los huesos sin carne.

—¿Y fue mi aparición en aquel atractivo estado y brillante atuendo lo que dulcificó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonriendo ante este retrato de lo que nunca tendría lugar.

—Así es, —replicó Constanza— pues mi corazón me sugirió que todo era culpa mía, y ¿quién podría volver tu pulso a la vida, restaurarte, salvo aquella que te había destruido? Mi corazón nunca se agitó tanto por mi caballero cuando vivía feliz como  lo hizo a su imagen decaída mientras yacía, en las visiones de la noche, a mis pies. El velo que me cubría los ojos cayó, la oscuridad me abandonó. Pienso que comprendí en aquel momento lo que son la vida y la muerte. Me había sido dado creer que para hacer felices a los vivos no debía injuriar a los muertos, y comprendí qué malvada y vana era esa filosofía que identificaba la virtud y el bien con el odio y la crueldad. Decidí que no debíais morir, que yo desharía vuestras cadenas y os salvaría, y os conminaría a vivir para el amor. Me levanté, y la muerte que quería evitar en vos, en mi presunción, habría sido la mía —fue entonces que por primera vez percibí el verdadero valor de la vida— si no fuera que vuestro brazo estaba allí para salvarme, vuestra querida voz me conminaba a ser dichosa por siempre.

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